Siempre se ha tenido
una imagen de la Luftwaffe de Hitler
-la Fuerza Aérea alemana en la Segunda Guerra Mundial- como de una cosa ténicamente
casi perfecta, con aviones poderosísimos y avanzadísimos para su época, con un
pila de ases de la aviación y, en fin, como si se tratara del clásico ejemplo
de la famosa e insuperable ingeniería alemana. Un arma casi invencible
que sólo fue derrotada por las circunstancias, por culpa de las decisiones de
Hitler y, sobre todo, debido a la abrumadora superioridad numérica de sus
enemigos.
Bien, pues esta
visión tiene mucho de mito. Ciertamente contó con algunos tipos de aviones muy
buenos, pero también con otros no tan buenos. Ciertamente contó con un gran
número de excelentes aviadores (y una cantidad inusitada de ases de caza que
alcanzaron unas cifras astronómicas de derribos), pero también con una
barbaridad de pilotos inexpertos -sobre todo en los últimos años de la guerra-,
que eran enviados como carne de cañón a volar casi sin entrenamiento.
Ciertamente, y como es obvio, las decisiones de Hitler tuvieron mucho que ver
con la marcha de guerra pero, en lo referente a la Luftwaffe, la verdad es que
el Führer tomó pocas decisiones -salvo en momentos concretos-, porque la
aviación era un tema un tanto desconocido para él. El responsable de la Fuerza
Aérea, en todo caso, fue su jefe, el Mariscal del Reich Hermann Göring, un antiguo as de caza de la Gran Guerra. Sin
embargo, y en mi modesta opinión, el tipo que más culpa tuvo directamente de la
derrota de la Luftwaffe no fue Göring, aunque éste sí cargara con gran parte de
la responsabilidad, entre otras cosas porque fue quien colocó en su puesto al
hombre del que hablamos: Ernst Udet.
