domingo, 9 de agosto de 2020

Los nazis que vendieron armas (y estafaron) a la República




Para la Alemania nazi, la República fue una fuente de divisa fuerte tan importante como la zona nacional.

Cita recogida por Antony Beevor en su libro "La Guerra Civil Española"


Aunque edulcorados, todavía persisten unos cuantos mitos franquistas sobre nuestra guerra civil. Por ejemplo el que insiste en que la República recibió más ayuda militar que los vencedores, gracias entre otras cosas al supuesto expolio del oro del Banco de España por parte del Gobierno del Frente Popular, mientras que Franco habría contado tan solo con un escaso apoyo financiero exterior. Ángel Viñas, experto en el tema del famoso "oro de Moscú", ha demostrado que en realidad Franco no solo contó con más apoyos financieros que la República, sino que además estuvo en condiciones de movilizarlos más rápidamente. La República fabricó algunas armas y compró la mayoría de las que empleó, aunque con enormes dificultades debido a la "no intervención" internacional. Franco obtuvo las armas a crédito y se fue apoderando de las que tenían los republicanos a medida que los iba derrotando. Pero no quiero entrar demasiado en temas económicos ni jurídicos, sino que me voy a centrar en la ayuda material propiamente dicha que recibieron ambos bandos y, en especial, en aquella que la República obtuvo, aunque suene paradójico, de sus enemigos.

Desde un punto de vista militar, la imagen global de la Guerra Civil Española podría ser esta: en un lado había un ejército perfectamente pertrechado y entrenado, organizado, con amplias ayudas exteriores, ya que burlaba casi siempre el embargo internacional, y con armamento homogéneo; en el otro todo era desorganización, caos, y un ejército abastecido a medias, entrenado a medias, con las ayudas exteriores entorpecidas por el Comité de No Intervención y con una heterogeneidad armamentística que le ocasionaba serios problemas logísticos. El bando franquista contó desde el principio con la ayuda militar de Alemania e Italia y con el combustible -y esto es menos sabido- de empresas petrolíferas estadounidenses como la Texaco, la Standard Oil de Nueva Jersey (Esso) o la Socony-Vacuum Oil Company, más tarde conocida como Mobil. Franco recibió 3.500.000 toneladas de petróleo a crédito durante el curso de la guerra, mucho más del doble de las importaciones que consiguió la República. Por si fuera poco, otras empresas también estadounidenses, Studebaker, Ford y General Motors, proporcionaros a los sublevados unos 12.000 camiones, tres veces más que los entregados por Alemania e Italia juntas. En 1945 José María Doussinague, subsecretario del Ministerio de Asuntos Exteriores, admitió abiertamente que "sin el petróleo americano, sin los camiones americanos y sin los créditos americanos nunca hubiésemos ganado la guerra". El único país que ayudó a la República con una fuerza militar importante fue la URSS (ante el incumplimiento del "Pacto de No Intervención" por parte de las potencias fascistas en favor de los sublevados), pero el armamento soviético -no muy caro, en contra de lo que se ha repetido durante años- no empezó a llegar a España hasta el 4 de octubre de 1936, es decir, cuando los franquistas habían tomado Toledo y se aproximaban a Madrid. En los meses anteriores los republicanos habían tratado a duras penas de obtener armas de otros lugares, sobre todo de Francia, donde también había un gobierno frentepopulista y se suponía por tanto que era su aliada natural. Si algo se puso de manifiesto en la Guerra Civil Española fue el papel decisivo del poder aéreo, por eso los republicanos comenzaron centrando sus esfuerzos en comprar aviones al país vecino. Pero la airada reacción de la derecha francesa y el riesgo de perder al Reino Unido -que no simpatizaba con el Gobierno republicano español- como aliado en una futura contienda contra Alemania, indujo al Gobierno galo a inhibirse de forma considerable en el suministro de armas a la República. De hecho, el famoso Comité de No Intervención se creó a instancias precisamente de Francia, y aunque no fue respetado por casi ninguno de sus principales países firmantes, terminó perjudicando a los republicanos pues partió de una premisa que resultó falsa: la esperanza de que las potencias fascistas se inhibirían igual que lo harían las democracias. También se pasaron por alto, despectivamente, dos elementos esenciales. El primero es que el Gobierno republicano había sido legítimamente constituido y reconocido por la comunidad internacional y de repente se le negó el derecho inmanente a defenderse. El segundo es que en diciembre de 1935 Francia había llegado a un acuerdo comercial con España que preveía el suministro de armas a nuestro país. 

A lo largo de la Guerra Civil Española, Francia siguió una política de "no intervención atenuada" ayudando a la República de forma muy limitada e intermitente. No hay que olvidar las precarias condiciones en las que llegaban los aviones franceses a suelo republicano durante los primeros meses de la contienda, sin armas y muchas veces sin pilotos, y en mucho menor número que el material que llegaba al otro lado. Eso favoreció enormemente el avance hasta las puertas de Madrid de los sublevados. El armamento soviético que llegó a España en general era de buena calidad, pero no lo hizo en cantidad suficiente como para compensar la ventaja que proporcionaron a los sublevados las armas enviadas por Alemania e Italia. Así, en conjunto la República contó con más tanques y vehículos blindados que sus enemigos, pero estos ingenios estuvieron lejos de resultar determinantes para el resultado de las batallas como sí hicieron la aviación, las armas de infantería o la artillería, más numerosas -salvo, quizá, la artillería- y homogéneas en general entre los franquistas. Y es que la desventaja que sufrieron los republicanos no fue solo cuantitativa. Centrándome de nuevo en la aviación, frente a la frialdad automática y bien organizada con que los nacionales cubrían sus bajas con creces, aumentando la presión sobre el enemigo según lo requerían las circunstancias internacionales, se encontraba un esbozo de fuerza aérea que libraba la más dura batalla solamente para conseguir que el 30% de los aviones disponibles sobre el papel pudiera volar (la República no tenía la capacidad técnica, ni el combustible necesarios, para mantener a tantos aviones en vuelo). Los pilotos republicanos aterrizaban y despegaban sin una DCA que protegiera sus maniobras. Los mecánicos sufrían la pesadilla de la escasez de recambios, producida por un bloqueo que ni la flota ni los diplomáticos supieron romper. El personal de pista vivía bajo las bombas alemanas, cambiando constantemente de aeródromo para seguir a la escuadrilla a través de carreteras plagadas de controles políticos. A los mandos no les iba mejor pues, por un lado, tenían que rechazar los continuos intentos de los diferentes partidos por controlar la aviación, y por otro se enfrentaban a la pesadilla logística que suponía el mantenimiento de más de cien modelos de aviones, con otros tantos tipos de motores y hélices, nueve o diez tipos de ametralladoras de cuatro calibres distintos, veinte tipos de bombas de todas las procedencias imaginables que debían ser distribuidas, probadas y adaptadas cada cual a su correspondiente sistema de lanzamiento. Aparte, los aviones fabricados por la República durante la guerra eran simples células (madera y tela) sin ametralladoras ni motor, pues tan indispensables mecanismos no se habrían podido fabricar en la zona republicana ni aunque los combates hubiesen durado hasta la Segunda Guerra Mundial.

Si bien las penalidades, los riesgos y las bajas sufridas durante los combates aéreos estuvieron repartidos razonablemente entre ambos bandos, habría que reconocer que no ocurrió lo mismo con el apoyo en tierra, el mantenimiento y la disponibilidad de material. En la zona republicana todo ello resultó penoso.

Pero bueno, el caso es que los sublevados tenían acordado el suministro de armas con la Italia fascista desde bastante antes del inicio de la guerra, y tampoco les costó obtener las de los nazis. En cambio, las trabas puestas por Francia obligaron a los republicanos a buscar armas de forma desesperada donde fuera y a tener que tratar desde el inicio de la guerra con ministros, jefes militares y demás altos cargos, a los que tenían que sobornar para que luego en muchos casos ni siquiera les entregaran las armas, o tuvieran que comprarlas "ilegalmente". También sufrieron a menudo la obstrucción de los banqueros y los timos de los traficantes de armas e intermediarios de todo pelaje que eran, en buena medida, parte de la trama que organizara años atrás el multimillonario Basil Zaharoff. Y cuando conseguían por fin las armas, a menudo eran carísimas, obsoletas o incluso inutilizables. Los republicanos fueron víctimas, en definitiva, de chantajes políticos y financieros que socavaron su capacidad para equipar a sus ejércitos, especialmente en los decisivos primeros meses de la contienda. Por eso resulta muy difícil de comprender la insistencia de la República en conseguir armas fuera de la URSS después de que se comenzasen a recibir las de este país, a pesar de que las otras fueran más caras, peores, más heterogéneas y de más complicada adquisición y transporte por tener que obviar los canales oficiales, en lugar de reclamar un mayor volumen de suministros soviéticos. Teniendo en cuenta que Stalin continuó suministrando armas a la República incluso cuando la guerra parecía definitivamente ganada por Franco, no parece que los soviéticos pusieran muchas limitaciones a dichos envíos. Y tampoco hay que olvidar que disponían de las reservas de oro del Banco de España en Moscú.

En todo caso, uno de los traficantes de armas con los que trataron los republicanos se llamaba Veltjens.

Josef Veltjens (1894) fue inicialmente un as de caza alemán que logró 35 victorias en la Primera Guerra Mundial. Tras la contienda se enroló en los Freikorps para luchar contra los espartaquistas (comunistas alemanes) y resultó herido tres veces. Más tarde se hizo traficante de armas y se las suministró a Mustafá Kemal Atatürk para el establecimiento de la República de Turquía, a Chiang Kai-shek para la unificación de la China nacionalista y a los militares alemanes que estaban rearmando en secreto a su país. Se unió al Partido Nazi y las SA, pero fue expulsado de ambos a inicios de los años treinta, aunque siguió continuando con la protección de su viejo compañero de armas, el poderoso Hermann Göring (en la foto de la izquierda, arriba; el de la derecha es Veltjens). A mediados de esa década, Veltjens formaba parte de una consolidada banda internacional de traficantes de armas que suministró material a ambos bandos tanto en la Guerra del Chaco (entre Paraguay y Bolivia) como en la Guerra Civil Española (vendieron armas alemanas, polacas, británicas y belgas a los republicanos y alemanas a los nacionales, blanqueando el dinero a través de Finlandia). Haré un inciso para contar algo. A inicios de la guerra civil, en su desesperación por encontrar armas, los republicanos trataron de comprárselas incluso a la Alemania nazi. Así, el 6 de agosto de 1936 el teniente coronel Luis Riaño se presentó en Berlín con ese propósito, pero los dirigentes nazis estuvieron dándole largas y manteniéndole allí casi como prisionero hasta que el 18 de agosto le dijeron "con pesar" que su solicitud debía ser rechazada porque Alemania iba a firmar el convenio de no intervención, como efectivamente hizo el 24 de aquel mes. Sin embargo, la República sí recibiría armas de Alemania.

El capitán John Ball era un oficial británico que tras la Gran Guerra había decidido dedicarse al negocio de las armas, como Veltjens. De hecho, en 1936 formaba parte de la banda de traficantes de Veltjens. A comienzos de aquel año, Austria había encargado la compra de doce monoplanos alemanes para entrenamiento de caza avanzado Focke-Wulf FW 56 Stösser ("Azor"), pero Ball, a través de un agente suizo, había logrado desviar tres de estos aviones para Haile Selassie, emperador de Etiopía, que estaba haciendo frente a la invasión italiana. Seguramente al agente suizo no le costó convencer a los austriacos, que en ese momento no sentían muchas simpatías hacia Mussolini. Los alemanes, necesitados de divisas, tampoco pusieron reparos. Los Stösser estaban en un barco cuando Etiopía se vino abajo, de manera que Ball aparentemente logró vendérselos a los conspiradores españoles, aunque los aviones terminaron en Amberes, Bélgica, a la espera de acontecimientos. En agosto la aduana mandó retirar las armas de los aviones y estos fueron trasladados a Rotterdam. Entonces los nacionales le dijeron a Ball que ya no les interesaban los aparatos, así que este terminó vendiéndoselos a una agente republicano. Los Stösser llegaron a Alicante el 10 de octubre.



Unos días antes, el 1 de octubre, había llegado a Alicante procedente de Hamburgo el carguero galés Bramhill. Llevaba 19.000 fusiles, 101 ametralladoras y más de 28 millones de cartuchos, todo ello de fabricación checoslovaca y comprado por la CNT. Su presencia en aquel puerto fue detectada por el buque de guerra británico HMS Woolwich, que la comunicó de inmediato al Foreign Office. Los británicos preguntaron a los alemanes y estos se excusaron diciendo que Hamburgo era un puerto franco y que por tanto ellos no podían impedir la exportación, pero lo cierto es que el cargamento de armas había partido con la bendición de los jerarcas nazis. Los artífices de esta venta secreta de armas a la República habían sido de nuevo Veltjens y su banda de traficantes, aunque este en realidad actuaba de acuerdo con el comandante supremo de la Luftwaffe, Hermann Göring. De la misma manera, Veltjens había vendido armas al general Mola antes de la sublevación y, sobre todo, a Prodromos Bodosakis-Athanasiadis, un pirata griego muy próximo al dictador Metaxás.


El 4 de agosto de 1936, quizá inspirado por el general Franco, el general Ioannis Metaxás, primer ministro griego, abolió todos los partidos políticos y estableció una dictadura con la excusa de prevenir un golpe comunista. Metaxás era monárquico y germanófilo, de manera que fomentó la inversión alemana en su país con el resultado de que a los tres años Alemania controlaba el 38% del comercio exterior griego. A Metaxás, que no sentía la menor simpatía hacia los rojos españoles, le parecía muy bien la intervención hitleriana en favor de Franco, pero no tanto la de Mussolini, pues desconfiaba de las ambiciones del Duce en el Mediterráneo. En ese sentido, prefería tener a los británicos de su lado y por eso firmó el "Pacto de No Intervención" el 27 de agosto.

Prodromos Bodosakis-Athanasiadis, nacido de padres griegos en 1890 en la Capadocia, tuvo que emigrar a Grecia tras la expulsión de los helenos por Atatürk. Huido de la pobreza y la guerra, a mediados de los años treinta Bodosakis se las había arreglado para controlar un imperio armamentístico en su país. Desde 1934 dirigía Pyrkal, la principal empresa productora de explosivos y municiones de Grecia. Amigo de Metaxás, en el verano de 1936 se convirtió en el mayor accionista y director general de la empresa Poudreries et Cartoucheries Helleniques, S.A., cuyo principal socio y proveedor era la corporación alemana Rheinmetall-Borsig AG, la cual controlaba personalmente Göring. Bodosakis pasaba los pedidos de armamento que recibía a la Rheinmetall-Borsig, con la cobertura del Gobierno de Metaxás, el cual afirmaba que estaban destinados al ejército griego. Cuando el armamento llegaba a Grecia, Bodosakis lo embarcaba en mercantes que zarpaban oficialmente con destino a México, pero que en realidad iban a España. Como Bodosakis negociaba tanto con los nacionales como con los republicanos, a veces embarcaba las armas en dos buques diferentes, uno con material de buena calidad destinado a los franquistas y otro con armas viejas o inservibles para la República. El mercante que contenía este último cargamento era a menudo descubierto y abordado por los nacionales. Ese juego fue el que siguió Veltjens también por su cuenta, como ya hemos visto, así como el que empleó durante bastante tiempo uno de los principales mecenas de Franco: Juan March, "el último pirata del Mediterráneo".

Entre 1937 y 1938, cuando las ventas germanas a la República por este procedimiento alcanzaron su clímax, la empresa de Bodosakis hizo encargos de armamento a la Rehinmetall-Borsig por valor de 40 millones de marcos (3,2 millones de libras esterlinas). Estos pedidos fueron servidos casi íntegramente a los republicanos, con lo que la cifra del pedido de Bodosakis a Göring puede multiplicarse por cinco o seis para obtener la cifra aproximada que debió pagar la República. Hay que pensar que Bodosakis tenía que repartir el botín con el mismísimo Göring, con Metaxás y con otros altos funcionarios de Alemania y Grecia, y que tenía que pagar también elevados costes del seguro para una carga de entrega tan incierta como aquella. Todo eso iba, naturalmente, a cargo de la República (se sabe que Göring cobró una libra esterlina por cada fusil de un pedido de 750.000 unidades enviadas por Bodosakis a los rojos). En noviembre de 1937, Bodosakis viajó a Barcelona en un avión soviético, acompañado por George Rosenberg, hijo del embajador de la URSS en España, Marcel Rosenberg, y agente de compras de compañías navieras, con objeto de firmar personalmente un contrato con la República para el suministro de municiones por un importe de 2,1 millones esterlinas (las aventuras de George Rosenberg serían denunciadas por Indalecio Prieto -ministro de Marina y Aire y después de Defensa Nacional durante la Guerra Civil- como tejemanejes de los comunistas, aunque él también tenía un hijo, Luis, comprando armas por su cuenta). En aquella ocasión, como en todas las demás, Bodosakis exigió que se le pagase por anticipado (crédito irrevocable al cien por cien) en oro o en moneda fuerte.

Entre septiembre de 1936 y marzo de 1937, el mercante Yorkbrook, de bandera estonia, realizó tres envíos de armas desde Finlandia a la España republicana. En algún envío se descubrió que el armamento era inservible o que había sido saboteado y que incluso había cajas llenas de piedras en lugar de explosivos. El último viaje del Yorkbrook fue un tanto accidentado, ya que el 4 de marzo de 1937 resultó interceptado en el golfo de Vizcaya por el crucero franquista Canarias. El Canarias se encontraba en esas aguas acechando la llegada de barcos mercantes con suministros para la República, en especial la del Mar Cantábrico, que llevaba desde Estados Unidos y México una carga de ocho aviones, armamento, alimentos y ropa. Al día siguiente tuvo lugar un enfrentamiento que se conoce como la batalla del cabo Machichaco, frente a las costas de Vizcaya, en el que el Canarias entabló combate con tres bous (pesqueros armados) vascos hundiendo a uno de ellos y capturando al mercante Galdames, que iba desde Bayona a Bilbao. Mientras tanto, un cuarto bou que no había sido detectado por el Canarias, logró liberar al Yorkbrook y conducirlo a Bermeo donde este dejó su carga. El 8 de marzo el Canarias finalmente apresó al Mar Cantábrico.


Parece ser que pudo haber otro barco con suministros para la República, el vapor sueco Allegro, que también habría sido capturado por los nacionales en 1937, momento en que se habría descubierto que su carga solo consistía en ladrillos y escombros bajo una capa de cartuchos. Los ladrillos habrían sido cargados en Gdynia, Polonia, y los fardos de cartuchos que los ocultaban se habrían llevado a través de Helsinki desde Lübeck, Alemania, que ni siquiera era puerto franco. La existencia de este último buque no queda del todo clara, pero en cualquier caso, tanto el Allegro como el Yorkbrook habrían sido contratados por la compañía A.B. Transport de Helsinki, de la que Veltjens era uno de los administradores.


El suministro de armamento alemán a la República continuó hasta el final de la guerra, como comprobó en enero de 1939 la comisión internacional que se hizo cargo de la repatriación de voluntarios extranjeros. Cuando los franquistas se enteraron de todo este tinglado, protestaron repetidas veces ante las autoridades alemanas afirmando que tenían controlados por lo menos 18 embarques de este tipo entre el 3 de enero de 1937 y el 11 de mayo de 1938, pero jamás llegaron hasta Josef Veltjens y menos aún hasta Hermann Göring.

Pero la República no podía seguir pagando eternamente con oro o con moneda fuerte a aquellos gánsteres que organizaron "la mayor y la más complicada de la operaciones de contrabando de armas de la historia", en palabras del historiador Gerald Howson. A inicios de 1938 las cantidades de oro que quedaban en los depósitos de Moscú y París eran ya escasas, de manera que en marzo de ese mismo año la República tuvo que pedir un crédito a la URSS por valor de 70 millones de dólares y en diciembre otro de 85 millones más. A lo largo de aquel año, la Unión Soviética continuó enviando armas a los republicanos, a crédito y a sabiendas a esas alturas de la guerra de que no tendrían posibilidad de cobrarlas. La última remesa de armamento soviético salió en diciembre de 1938 y en enero de 1939 ya estaba en Francia. Era menos de lo que había pedido Negrín, pero aun así no era nada desdeñable. Una parte de esas armas pasaron a Cataluña, pero casi todas tuvieron que ser devueltas ante el avance franquista. Lo cierto es que, como escribe el historiador Enrique Moradiellos, "Stalin decidió mantener hasta el final su apoyo a la causa republicana". Por eso, como decía más atrás, no se entiende el empeño republicano en conseguir armas fuera de la Unión Soviética.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Hermann Göring llegó a ser nombrado sucesor de Hitler, mariscal del Reich y fue uno de los principales responsables del expansionismo germano y del Holocausto. Además de todo eso, se dedicó al saqueo sistemático de obras de arte y bienes culturales por toda la Europa ocupada. Se suicidó en Núremberg en 1946 cuando iba a ser ahorcado por sus crímenes.

Tras la guerra civil, Veltjens suministró armas a Finlandia para que hiciera frente a la agresión soviética durante la Guerra de Invierno. Los finlandeses le condecoraron por ello. Más tarde, como teniente coronel de la Luftwaffe y emisario personal de Göring, negoció con Finlandia el traslado de fuerzas alemanas a este país con vistas a la invasión de la URSS, algo que se hizo efectivo en junio de 1941, días antes de la Operación Barbarossa. En 1942 fue designado plenipotenciario especial con la misión de trasladar el mercado negro de la Europa ocupada a manos alemanas. Siguió trabajando para Göring durante la guerra hasta que en 1943 murió en un accidente aéreo en Italia.

Metaxás y Bodosakis murieron de causas naturales, el primero en 1941 y el segundo en 1979.


Más información:

-Beevor, Antony, "La Guerra Civil Española", Crítica, 2005.

-Howson, Gerald, "Armas para España. La historia no contada de la Guerra Civil española", Península, 2000.

-Miranda, Justo y De Mercado, Paula, "Aviación mundial en España (Guerra Civil) 1936-1939. Tomo I: Aviones americanos y rusos", Sílex, 1985.

-Molina, Lucas y Permuy, Rafael, "Importación de armas en la Guerra Civil Española. Discrepancias historiográficas con Ángel Viñas", Galland Books, 2017.

-Moradiellos, Enrique, "Negrín", Península, 2006.

-Mortera Pérez, Artemio, "España... ¿traicionada?", en Revista Española de Historia Militar, números 49, 50 y 51, Quirón, 2004.

-Rybalkin, Yuri, "Stalin y España", Marcial Pons Historia, 2007.

-Saiz Cidoncha, Carlos, "Aviación republicana. Historia de las Fuerzas Aéreas de la República Española (1931-1939). Tomo I: Desde el Alzamiento hasta la primavera de 1937", Almena, 2006.

-Viñas, Ángel, "Las armas y el oro. Palancas de la guerra, mitos de franquismo", Pasado y Presente, 2013.




viernes, 17 de julio de 2020

Los posos del comunismo (el poscomunismo)



El hombre del tanque en una fotografía de Charlie Cole


Lo peor del comunismo es lo que viene después. 

Adam Michnik


Normalmente quienes aseguran que sólo se puede conseguir más seguridad a costa de la libertad están intentando negarnos ambas cosas.


Timothy Snyder, "Sobre la tiranía"



La vida ha perdido contra la muerte, pero la memoria gana en su combate contra la nada.

Tzvetan Todorov, "Los abusos de la memoria"


Qué importa que el gato sea negro o gris con tal de que cace ratones.

Deng Xiaoping


Este texto lo escribí el año pasado para conmemorar el trigésimo aniversario de la matanza de Tiananmén, pero no lo publiqué por aquí. Me ha parecido oportuno hacerlo ahora después de corregirlo y ampliarlo un poco.

El comunismo ha sido "la gran religión secular de los tiempos modernos", en palabras de Tzvetan Todorov: "era una religión posible, prometía el paraíso en la tierra, por eso conquistó tantos adeptos". Lo malo es que también causó cerca de cien millones de muertos en menos de un siglo, más de un millón al año de media. Se instauró primero en Rusia en 1917 y lo hizo de una forma bastante brutal: tras un golpe de Estado, provocando una terrible guerra civil que terminó por ganar y una hambruna que causó cinco millones de muertos. Dio así inicio a una dictadura que se mantendría durante siete largas décadas y que conocemos como Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Ese triunfo, como suele ocurrir con las grandes victorias militares, otorgó respeto y cierto prestigio a los dirigentes soviéticos, pero en los años siguientes sus siniestros modos de actuar les obligaron a recurrir al secretismo más exacerbado para mantener su credibilidad en el mundo. Se silenciaron la (segunda) hambruna y las sangrientas purgas de los años treinta (el Saturno bolchevique devoraba a sus propios hijos), lo que unido a la victoria de Stalin ("Padre de los pueblos", se le llamaba entonces) sobre los nazis y sus aliados en la Segunda Guerra Mundial, permitió al tirano soviético extender el comunismo más allá de sus fronteras creando sucursales de la URSS por buena parte del planeta. La historia de la estalinización tras la guerra, especialmente en Europa Oriental, demuestra lo frágil que puede llegar a ser la civilización. Los líderes comunistas continuaron ocultando la represión y los crímenes que iban llevando a cabo y se inventaron para ello tremendas fake news, como aquella que culpó durante casi medio siglo de la masacre de Katyn a los nazis, ordenada por la cúpula soviética en 1940. 






sábado, 6 de junio de 2020

El tipo que empezó la Guerra Civil




Las guerras suelen tener causas complejas que involucran directamente a varias personas. Así, el golpe de Estado que dio lugar al conflicto iniciado en España en julio de 1936 fue fruto de una conspiración derechista organizada desde hacía meses, cuyas raíces se pueden rastrear incluso años atrás. No obstante, a veces el comienzo de una guerra puede estar simbolizado o representado por la acción decidida de un solo hombre.

El 17 de julio de 1936, un tipo llamado Luis Soláns Labedán (Albalate de Cinca, Huesca, 1879; es el que está en el centro de la foto) se puso al frente de la sublevación de las fuerzas del Tercio y Regulares en Melilla, dando así inicio a la Guerra Civil Española. Según los planes del general Emilio Mola, organizador de la conspiración contra el Gobierno del Frente Popular, el golpe debería haber comenzado al día siguiente, pero un inesperado registro policial adelantó el momento de pasar a la acción. De manera que Soláns fue el primer líder de la zona sublevada, que en aquel momento se correspondía con el mando oriental del Protectorado español de Marruecos. Por entonces Soláns era coronel de infantería y jefe de la Agrupación de Cazadores. Sus ayudantes en la rebelión fueron los tenientes coroneles Juan Seguí Almuzara (que, aunque estaba retirado en 1936, era jefe de Falange en Marruecos), Darío Gazapo Valdés y Maximino Bartomeu.

Los sublevados detuvieron al comandante militar de la plaza, el general Manuel Romerales Quintero, leal a la República, junto a sus colaboradores del Estado Mayor. Aunque no ofreció resistencia alguna, Romerales acabó siendo fusilado por los sublevados un mes y pico después debido a sus supuestas "ideas extremistas" (curiosamente, le tachaban de extremista los que se habían levantado en armas contra el Gobierno).



Se ha acusado de inacción en aquellos cruciales momentos al entonces presidente del Consejo de Ministros y titular de la cartera de la Guerra, Santiago Casares Quiroga, hasta el punto de que ante la insistencia de los periodistas preguntándole por una posible sublevación, él les habría respondido que si los militares se levantaban en Marruecos, él se iría a acostar. Lo cierto es que Casares llamó por teléfono aquel día al general Romerales para averiguar qué ocurría y ordenarle que detuviera a los responsables, pero fue el propio Soláns quien contestó: "No pasa nada, presidente", le dijo. Casares se puso en contacto entonces con el general Agustín Gómez Morato, comandante del Ejército de África, que se encontraba en Larache, para que fuese a Melilla a hacerse cargo de la situación, pero este fue detenido por los rebeldes nada más aterrizar. Gómez Morato permanecería preso hasta poco antes de morir, en 1952. Mientras tanto en Tetuán, capital del protectorado, el coronel Eduardo Sáenz de Buruaga y el teniente coronel Carlos Asensio Cabanillas se sublevaron y detuvieron al Alto Comisario, Arturo Álvarez-Buylla, que sería fusilado al año siguiente. En Ceuta se alzó el coronel Juan Yagüe.

Volviendo a Melilla, los sublevados leyeron en la calle un bando que proclamaba el estado de guerra en nombre del general Francisco Franco, a quien ellos mismos habían adjudicado el puesto de general jefe superior de Marruecos. A pesar de eso, Franco, que estaba en Canarias, no se sublevaría hasta el día siguiente, 18 de julio.

En la madrugada del 17 al 18, Soláns le envió el siguiente telegrama a Franco:

"Este Ejército, levantado en armas, se ha apoderado en la tarde de hoy de todos los resortes del mando en este territorio. La tranquilidad es absoluta. ¡Viva España!"

Rápidamente Soláns transformó Melilla en el reino del terror: los sublevados se hicieron con listas de cientos de sindicalistas, izquierdistas y masones a los que encerraron en el campo de concentración de la Alcazaba de Zeluán, abierto a los pocos días del golpe y que permaneció como tal hasta 1939. Ya en la noche del 17 al 18 de julio, los rebeldes asesinaron a 225 personas en el Marruecos español. Por cierto, varios de los represaliados eran judíos, aunque no se les persiguió por tal motivo, sino por ser de izquierdas o masones. Eso sí, en la zona sublevada y durante el franquismo, los judíos españoles tuvieron que soportar la propaganda del régimen, virulentamente antisemita, que se tradujo en hostigamientos, extorsiones económicas y el cierre temporal de algunas sinagogas, como la de Melilla, donde la Falange también se incautó durante años del Colegio Hebreo para transformarlo en su sede local.




La única resistencia armada que encontraron los sublevados en Melilla fue la de la Base de Hidroaviones del Atalayón, en la Mar Chica, que se defendió a tiros (al inicio de la Guerra Civil, se dio la circunstancia de que la mayoría de los militares de aviación apoyaron a la República). En el combate los atacantes perdieron a dos hombres que fueron los primeros muertos de la Guerra Civil, un soldado y un sargento marroquíes. Finalmente los defensores se rindieron, y su jefe, el capitán de aviación Virgilio Leret Ruiz, fue fusilado con un brazo roto al amanecer del 18 de julio junto a otros dos oficiales. Leret, como ya comenté en otra entrada, además de aviador era ingeniero e inventor y había diseñado y patentado uno de los primeros motores a reacción de la historia que, sin embargo, no llegó a fabricarse: el estallido de la guerra y la muerte de Leret impidieron que el proyecto se llevase a cabo y que, por tanto, España fuera uno de los países pioneros en ese campo.

No contento con ejecutar a Leret, Soláns hizo detener también a su mujer, Carlota O'Neill, y a su criada, Librada Jiménez. O´Neill, feminista de izquierdas, escritora y fundadora de la revista Nosotras, fue separada de sus hijas, Carlota y Mariela, y encerrada junto a otras mujeres republicanas en el Fuerte de Victoria Grande, la primera cárcel franquista, un lugar en el que se sucedieron torturas, violaciones y asesinatos. Carlota permaneció encarcelada hasta 1940 mientras que Librada fue puesta en libertad en 1937. Tras salir de la cárcel, Carlota obtuvo la custodia de sus hijas y más tarde partió con ellas al exilio, a Venezuela y México. Allí escribió su autobiografía, Una mujer en la guerra de España.


El capitán Virgilio Leret, Carlota O'Neill y sus hijas Mariela y Carlota



El Fuerte de Victoria Grande en la actualidad


Bien, Luis Soláns continuó activo durante la guerra y en algún momento ascendió a general. Entre agosto y septiembre de 1936 fue comandante militar de Huesca y, cómo no, responsable de la muerte de decenas de personas en aquella localidad. Solo el 23 de agosto fueron fusiladas 95 personas en las tapias del cementerio de la ciudad. Más adelante, Soláns fue gobernador militar de Cádiz y comandante del II Cuerpo de Ejército, en Extremadura. Tras la guerra fue miembro del Consejo Nacional del Movimiento y procurador en las Cortes franquistas. Murió en Vitoria en 1951.

Para terminar, en la web de Albalate de Cinca, lugar de nacimiento de Luis Soláns, se le menciona como ilustre hijo, y al menos hasta hace cuatro años, el colegio público de dicha localidad llevaba su nombre, aunque por lo visto ya lo cambiaron.

La RAE define el término "ilustre" en su segunda acepción como insigne, célebre. Pues está claro por qué es célebre el señor Luis Soláns Labedán, aunque si yo estuviera al frente del Ayuntamiento de Albalate creo que no me sentiría muy orgulloso de él. 



Más información:

-Medel, Óscar, "La Guerra Civil Española mes a mes: La sublevación (julio 1936)", Unidad Editorial S. A., 2005.

-Preston, Paul, "El holocausto español. Odio y exterminio en la Guerra Civil y después", Círculo de Lectores, 2011.

Carlota O'Neill de Lamo


domingo, 17 de mayo de 2020

Represión y humanitarismo en la Guerra Civil Española





Efectivamente, a este hombre yo le elevo una estatuta por todo el bien que ha hecho a mucha gente, y luego lo fusilo por haber sido ministro.

Coronel Federico Loygorri Vives, presidente del tribunal que condenó a muerte a Joan Peiró


En una guerra civil, es preferible una ocupación sistemática de territorio, acompañada por una limpieza necesaria, a una rápida derrota de los ejércitos enemigos que deje al país infectado de adversarios.

Francisco Franco


La Segunda República Española fue, con sus muchas imperfecciones, la primera experiencia realmente democrática que hubo en nuestro país. A partir del inicio de la Guerra Civil el Estado de derecho simplemente desapareció en España: en la zona rebelde fue sustituido por un férrea dictadura militar y en la republicana lo fue por una revolución social, eso sí, desencadenada por la sublevación del 17 de julio de 1936.

En ambas zonas se llevó a cabo desde el primer momento una sangrienta represión política que dejó decenas de miles de muertos por el camino: unos 50.000 a manos de los republicanos y otros 150.000 que fueron víctimas de los franquistas durante la guerra y la posguerra. Esta diferencia numérica no es sin embargo muy significativa, como bien explicó el historiador Santos Juliá hace diez años en su artículo "Duelo por la República Española":

La diferencia consiste en que, a pesar de su rearme, la República no logró conquistar nuevos territorios, y dentro del suyo la limpieza ya había cumplido la tarea que se le había asignado sin que la revolución social hubiera culminado como revolución política: en un territorio progresivamente reducido era inútil -y ya no había a quién- seguir matando a mansalva, como en las primeras semanas de la revolución. Los rebeldes, sin embargo, cada vez que ocupaban un pueblo, una ciudad, proseguían la implacable y metódica política de limpieza valiéndose de la maquinaria burocrático-militar de los consejos de guerra. Eso fue lo que cavó un abismo entre la rebelión triunfante y la República derrotada, un abismo en el que sucumbieron otros 50.000 españoles fusilados tras inicuos consejos de guerra una vez la guerra terminó.

La represión republicana, brutal durante el primer medio año de guerra, se atenuó mucho desde inicios de 1937 si bien no desapareció hasta el final de la contienda. Esa disminución a partir de un momento determinado de las muertes por motivos políticos en la zona gubernamental se debió a varios factores, como el hecho de que las matanzas del estilo de la de Paracuellos no estuvieran ofreciendo una buena imagen internacional de la República. Pero la causa fundamental fue la que señaló Santos Juliá: a lo largo de la guerra los republicanos no hicieron prácticamente otra cosa que perder territorio, con lo que llegó un momento en que no tenía sentido continuar con una represión que ya se había cobrado sus víctimas con creces, hasta el punto de que prácticamente ya no había a quién perseguir, encarcelar o matar. En el caso de los franquistas ocurrió justo lo contrario: la conquista de nuevos lugares dejaba en sus manos cada vez a más población y por tanto a nuevas víctimas potenciales de una represión despiadada y sistemática que se prolongó durante años tras la guerra. Si el curso de la contienda hubiera sido al revés, con los republicanos ganando terreno, todo indica que sus cifras de ejecutados en retaguardia habría sido mayores y tenemos una prueba de ello: Teruel fue la única capital de provincia conquistada por el bando republicano en toda la guerra, y aunque sus tropas solo llegaron a controlar la ciudad durante mes y medio, fue tiempo suficiente para que allí se diera rienda suelta a una represión que se llevó por delante a cientos de personas.



Digamos que a partir del golpe de Estado, la suerte que corriera cada uno en cualquier lugar de España dependía en gran medida de las ideas políticas que hubiera manifestado antes de la guerra. No obstante, sí hubo a mi modo de ver una diferencia importante entre ambas zonas referente a la represión. Me explico. Dejando aparte la encomiable labor de las 
embajadas y legaciones extranjeras, así como de la Cruz Roja, que durante la Guerra Civil salvaron a miles de personas, seguramente había mucha gente con inquietudes humanitarias por toda España. 




Pero en lo que respecta a la ayuda hacia los perseguidos políticos, quienes se involucraron en ella de forma altruista solo se hicieron notar en la zona republicana, pues fue exclusivamente ahí donde estos individuos alcanzaron puestos de responsabilidad. Dicho de otra manera, hubo dirigentes republicanos que, además de no tener las manos manchadas de sangre, se esforzaron en salvar de los suyos a la gente de derechas a pesar de que con ello pusieran en grave riesgo sus propias vidas. Quizá entre todos ellos destaque el anarquista Melchor Rodríguez, aunque no fuera el único. Rodríguez, conocido como El ángel rojo y cuya máxima era "morir por las ideas, nunca matar por ellas", salvó a miles de personas durante la Guerra Civil al detener numerosas sacas de las cárceles, paseos y fusilamientos como los de Paracuellos. Aquello no le costó la vida pero sí su matrimonio, pues su mujer le dejó a comienzos de 1939 convencida de que Melchor estaba siendo utilizado por la quinta columna.



Debido a sus principios y su labor humanitaria, entre la monarquía, la Segunda República y el franquismo Melchor Rodríguez pasó por la cárcel más de treinta veces. Y es que su afán por salvar vidas no ha sido reconocido hasta tiempos muy recientes. De hecho, al acabar la guerra los franquistas le mostraron su "agradecimiento" por ayudar a los suyos sometiéndole a dos consejos de guerra que pedían para él la pena de muerte. Fue condenado a veinte años de cárcel de los que finalmente cumplió cuatro, aunque como se mantuvo fiel a sus ideas anarquistas hasta el final de su vida aún tuvo que permanecer alguna temporada más en prisión.

Pero ya digo que Rodríguez no fue el único republicano significado que puso empeño en detener la represión ejercida por los suyos. Por poner otro ejemplo, Joan Peiró, uno de los cuatro ministros anarquistas del Gobierno de Largo Caballero, denunció los asesinatos en Cataluña en una serie de artículos que fueron reunidos en un libro bajo el título de "Perill a la reraguarda" ("Peligro en la retaguardia").



Algo similar se puede decir del ministro socialista Julián Zugazagoitia, quien desde las páginas del periódico que dirigía, El Socialista, condenó las matanzas en el Madrid de 1936, y como ministro de Gobernación salvó la vida a numerosos presos derechistas.



Menos conocido es el caso de Melitón Serrano Ortiz, un dirigente socialista de la provincia de Ciudad Real que no solo denunció en público los crímenes cometidos en la retaguardia republicana, sino que además llevó a cabo gestiones para liberar de las cárceles a todos los derechistas que pudo. Tanto empeño puso en ello que algunos de sus compañeros de filas le preguntaron que si se había hecho fascista e incluso llegaron a amenazarle de muerte. La respuesta que Melitón daba a estos cerriles era que cometer asesinatos en la retaguardia precisamente servía solo para desprestigiar la causa por la que luchaban.

Como en el caso de Melchor Rodríguez y otros, el destino que encontraron en la posguerra estos personajes fue brutalmente injusto. Zugazagoitia y Peiró fueron atrapados por los nazis en Francia en 1940 y extraditados a España. El primero fue ejecutado ese mismo año, mientras que Peiró fue torturado y fusilado en 1942 después de haberse negado a colaborar con el Sindicato Vertical falangista. Serrano había sido fusilado el año anterior. Por cierto, cuando Peiró estuvo en la cárcel Modelo de Valencia coincidió con el doctor Joan Peset, médico, abogado, rector de la Universidad de Valencia entre 1932 y 1934 y diputado por Izquierda Republicana desde las elecciones de febrero de 1936. Durante la contienda trabajó en hospitales militares a la vez que ayudaba a perseguidos de derechas, llegando a alojar a algunos en su casa igual que hizo Melchor Rodríguez. Los franquistas lo atraparon en Alicante al final de la guerra. Declarado culpable de "adhesión a la rebelión" (en una triste ironía, los defensores de la legalidad republicana eran tachados de rebeldes por quienes se habían rebelado contra ella) en 1940, fue condenado a muerte por dos veces -ya que se repitió el juicio- y sin haber cometido crimen alguno. Todavía pasaron catorce meses hasta que Franco ratificó con su "enterado" la sentencia y lo fusilaron. Hasta entonces, Peset continuó ejerciendo la medicina en la cárcel. 



Todos ellos contaron en sus respectivos procesos con los avales de las personas a las que habían ayudado durante la guerra, pero no sirvió de nada. Los franquistas, tan defensores como decían ser de la civilización cristiana, no solo no fueron generosos ni caritativos a la hora de valorar la labor humanitaria de ciertos dirigentes republicanos, sino que procuraron castigarles con saña precisamente porque habían ostentado cargos de importancia. La estupidez de tan implacable razonamiento está en que si pudieron ayudar a los derechistas perseguidos fue precisamente por su posición en puestos de autoridad. En fin, como escribió el historiador Ángel Viñas, "siempre atento a realzar los valores cristianos, el régimen los fusiló sin la menor compunción, a pesar de los múltiples testimonios a su favor".

Durante la guerra, la represión que llevaron a cabo los sublevados estaba encaminada básicamente a controlar militarmente los territorios que iban ocupando al precio que fuera. Esta situación cambió después, cuando llegó la paz (de los cementerios). Así, en la posguerra, con el enemigo derrotado y todo el país sometido, la represión, cuyas víctimas mortales aún se contaron por decenas de miles, tuvo más que ver con la depuración de la población y la venganza por los crímenes de "los rojos". Para los allegados de los "caídos por Dios y por España" esa fue la forma de exigir justicia y reparación en memoria de sus seres queridos, en la que contaron con el apoyo entusiasta del régimen deseoso de establecer lazos de sangre con sus seguidores. En esas circunstancias, tras una guerra civil y con tanto rencor en el ambiente fomentado por la machacona propaganda franquista que culpaba de todo a la vesanía "roja" obviando el hecho de que la guerra se había producido por un golpe de Estado derechista, era muy complicado que los partidarios de la sensatez y la mesura se hicieran escuchar, de manera que pagaron por los crímenes republicanos tanto responsables como inocentes. Y ello a pesar de la proclama franquista según la cual los republicanos que no hubieran cometido delitos de sangre no tendrían nada que temer, algo que se reveló como absolutamente falso. En cualquier caso, no hubo prácticamente ángeles entre los personajes prominentes del régimen franquista, no hubo casi ninguno que se distinguiera por su labor humanitaria ayudando a los presos "rojos" y tratando de frenar la represión, ya fuera durante la guerra o después. Y si hubo alguno desde luego tuvo escaso éxito. A la hora de hablar de represión, esa es para mí la verdadera diferencia entre ambos bandos de la Guerra Civil Española.


Más información:

-Del Rey, Fernando, "Retaguardia roja. Violencia y revolución en la guerra civil española", Galaxia Gutenberg, 2019.

-Domingo, Alfonso, "El ángel rojo. La historia de Melchor Rodríguez, el anarquista que detuvo la represión en el Madrid republicano", Almuzara, 2009.

-Juliá, Santos et al., "Víctimas de la guerra civil", Temas de Hoy, 1999.

-Preston, Paul, "El holocausto español. Odio y exterminio en la Guerra Civil y después", Círculo de Lectores, 2011.

-Ruiz-Manjón, Octavio, "Algunos hombres buenos. Historias de mujeres y hombres que pusieron la justicia por encima de las ideologías durante la Guerra Civil", Espasa, 2016.

Conflictos bélicos y ayuda humanitaria: La guerra civil española (1936-1939)




viernes, 1 de mayo de 2020

Aprender de la historia




Expertos cargan contra el doctor Cavadas por su alarmante aviso sobre el coronavirus


Así que era necesario enseñar a la gente a no pensar y no formarse opiniones, obligarla a ver lo que no existía y sostener lo contrario de lo que resultaba obvio para todos.

Boris Pasternak, "Doctor Zhivago"


El ayer llegó de repente.

Paul McCartney


Durante el otoño, un tipo desconocido de coronavirus originó un brote en China que fue silenciado inicialmente por las autoridades de aquel país, las cuales además ofrecieron un menor número de casos que el realmente existente. El resto del mundo tuvo noticias del problema gracias a que un médico dio la alerta por su cuenta.

¿Os suena? Pues es lo que ocurrió entre noviembre de 2002 y abril de 2003 con la epidemia del síndrome respiratorio agudo grave (SARS según sus siglas en ingles). Pero es que, puestos a buscar hechos semejantes en la historia, podemos irnos aún más atrás. 



Hoy todos conocemos a Valery Alekséyevich Legásov, el científico soviético encargado de investigar y frenar los daños causados por la explosión de la central nuclear de Chernóbil ocurrida hace ahora 34 años, en abril de 1986. Legásov hizo su trabajo e informó públicamente sobre el mismo de una forma excesivamente honesta, tanto que a partir de entonces fue censurado y condenado al ostracismo por las autoridades de su país, a pesar de la glásnost de Gorbachov. Es normal, puesto que responsabilizó al propio sistema soviético del accidente y una de las características fundamentales de dicho régimen era el secretismo. Afectado por todo ello y por la radiación, Legásov se suicidó dos años después dejando grabada en unas cintas su versión de lo sucedido.



El abril de 2003, el doctor Jiang Yanyong logró contactar con los medios occidentales y denunciar el encubrimiento de la epidemia del SARS por parte de las autoridades de su país, lo que hizo que el Gobierno chino reconociera la situación y que el mundo fuera consciente del problema. Es bastante probable que la actuación de Jiang Yangyong evitara una pandemia.

En 2004 Jiang fue más lejos y emplazó a su Gobierno a que diera explicaciones por la masacre de Tiananmén. El médico, que por entonces tenía ya 72 años de edad, estuvo detenido durante más de mes y medio y fue sometido a un lavado de cerebro.



En diciembre del año pasado, el doctor Li Wenliang alertó a otros médicos sobre un creciente número de pacientes infectados por un tipo de coronavirus y con síntomas similares a los del SARS. En consecuencia, Li y otros siete médicos fueron castigados por "difundir rumores". Para "salvaguardar la seguridad del Estado", el Gobierno chino no comunicó públicamente la gravedad del problema hasta el 20 de enero, cuando ya se le había ido de las manos. De nuevo, el secretismo oficial contribuyó a agravar una catástrofe que ha afectado a la salud del mundo entero. Y mientras tanto, el 7 de febrero de este año el doctor Li Wenliang murió infectado por coronavirus.

El doctor Jiang Yangyong sigue vivo, aunque por lo visto permanece en arresto domiciliario desde el año pasado.

Ya es casualidad, ¿verdad?

Dicen que es importante conocer la historia para no repetirla. Pues a ver si es verdad, porque hasta ahora parece que no aprendemos. Y eso que las autoridades chinas hacen hoy lo mismo que llevan haciendo desde hace décadas.



martes, 14 de abril de 2020

Cómo ser dentista y morir en el intento




Tú que eres tan guapa y tan lista.
Tú que te mereces un príncipe, un dentista.

La Cabra Mecánica, "La lista de la compra"


Hoy en día persiste el mito del sacamuelas anodino, torturador, ricacho y facha (o sea, un tanto psicópata pero en soso) que, aunque ha podido ser cierto en algunos casos y en determinadas épocas, ni lo es hoy, ni lo ha sido siempre. Y es que en esta profesión -hoy copada por mujeres- también ha habido tipos legendarios, como el famoso pistolero "Doc" Holliday, el naturalista Félix Rodríguez de la Fuente o el futbolista Hugo Sánchez. Incluso Roger Taylor, el gran batería de Queen, estuvo a punto de ser odontólogo. Además la dentistería ha servido de inspiración para personajes novelescos o de película, bien siniestros como el doctor Christian Szell (Marathon Man), terroríficos como el doctor Alain Feinstone (The Dentist), sádicos como el doctor Orin Scrivello (Little Shop of Horrors), severos como el doctor Wilbur Wonka (Charlie and the Chocolate Factory), animados como el doctor Philip Sherman (Finding Nemo), divertidos como el doctor Stuart "Stu" Price (The Hangover), o heroicos como el doctor King Schulz (Django Unchained).



Pero por encima de todo, los dentistas hemos sufrido y padecido los diversos desastres ocurridos a lo largo de la historia como todo quisque, y lo seguimos haciendo en estos tiempos de pandemia.

No obstante, en esta entrada quería hablar de algunos ejemplos concretos de odontólogos que lo pasaron muy mal a causa de un hecho muy concreto: la Guerra Civil Española. Por lo demás, se trata de dentistas que formaron parte del bando republicano. Que eran rojos, vaya, por desmitificar más el tema.

Empezaré comentando que, tras la guerra, el profesor Bernardino Landete Aragó, pionero de la estomatología y la cirugía maxilofacial en España y director de la Escuela de Odontología de Madrid, fue depurado y apartado de la docencia igual que otros catedráticos, científicos, intelectuales y profesores en general, de ideas izquierdistas.



Pero no es Landete en quien me voy a centrar.


Dos familias de judíos ucraniano-gallegos

Cuenta el doctor Miguel Marco Igual en su libro "Los médicos republicanos españoles en la Unión Soviética", que a comienzos del siglo pasado se trasladó a Galicia procedente del Imperio ruso una familia de origen judío en la que abundaban los odontólogos. Así, Simeón Kúper, nacido en Kamianets-Podilskyi (Ucrania) en 1879, acabó estableciéndose en Vigo hacia 1907 donde abrió una clínica dental que fue de las primeras de España en tener aparatos de radiología. De ideología socialdemócrata, Kúper había sido encarcelado tras participar en la Revolución rusa de 1905, aunque logró fugarse y salir de su país. Las hermanas de Simeón, Elisa y Sofía -conocida como Sonia-, y el marido de la segunda, Abraham Zbarsky, también eran odontólogos y emigraron asimismo a Galicia siguiendo los pasos de aquel. Elisa, viuda y con una hija, se puso a trabajar en la clínica de su hermano, en Vigo, mientras que los Zbarsky abrieron una consulta en Pontevedra. Simeón estaba casado con Ana Kuperstein, con quien tuvo un hijo en 1911 al que llamaron Alejandro y que acabó siendo médico endocrinólogo. Lydia Kúper, hija de Elisa, optó por las letras, mientras que Jacobo y Elías Zbarsky, hijos de Sonia y Abraham, se hicieron también dentistas.



A mediados de los años treinta había hasta ocho odontólogos de origen judío y ruso (o ucraniano) registrados en Galicia aunque, según una investigación del estomatólogo José Manuel Álvarez Vidal, "todos, menos uno, se ausentaron sin aviso ni petición de baja, en agosto de 1936". Procedían de dos familias, la ya mencionada de los Kúper-Zbarsky y la formada por Marie Dicker, sus hijos Marc Zilberman Dicker y Miguel Dainow Dicker, y su segundo marido Wladimiro Dainow, padre de Miguel. Esta segunda familia de odontólogos abrió consultas en Orense capital y otros lugares de la provincia. Además, la hermana de Wladimiro, Leya Dainow, y su marido Salvador Rozental, tuvieron una clínica dental en La Coruña. Hay que decir que ni Sonia Kúper ni Wladimiro Dainow aparecían en el registro oficial, aunque ejercían como odontólogos igual que el resto. En cualquier caso, el colectivo de dentistas judeorusos gozaba de gran prestigio en la sociedad gallega, tanto a nivel humano como profesional.



En 1936, Jacobo Zbarsky, hijo de Sonia y Abraham, de 22 años de edad, además de odontólogo era alférez de complemento del Ejército de la República y militante del PSOE. Cuando se enteró de la sublevación militar del 18 de julio, se presentó uniformado en el Gobierno Civil de Pontevedra y se hizo cargo de las milicias antifascistas. Pistola en mano, exigió al gobernador civil Gonzalo Acosta Pan (de Izquierda Republicana) que entregara armas a la población civil, pero este se negó. Los sublevados se hicieron rápidamente dueños de la situación, detuvieron a Jacobo el 21 de julio y lo sometieron a consejo de guerra el 7 de agosto. Acusado de tomar parte en la formación de milicias para oponerse a la sublevación, de actuar como jefe de las fuerzas resistentes y de haber disparado con su pistola contra un hidroavión de la base de Marín, fue condenado a muerte y fusilado el 10 de agosto en el polígono de tiro de Campolongo. La prensa de los sublevados dio la noticia del fusilamiento con el siguiente titular: "Un soviético juzgado por oponerse al Movimiento".



Abraham Zbarsky, de 54 años de edad y padre de Jacobo, también fue detenido ya que era miembro destacado del PSOE. Lo encerraron en el lazareto de la isla de San Simón, un lugar transformado en el que con el tiempo sería, probablemente, el peor centro penitenciario franquista. En la práctica fue un auténtico campo de concentración en el que hasta 1943 se hacinaron miles de personas en espantosas e insalubres condiciones. Cientos de presos murieron allí de hambre, malos tratos o en las sacas que había por las noches, a pesar de que los funcionarios de la prisión se aseguraban de extorsionar económicamente primero a buena parte de los fusilados, o a sus familias, bajo falsas promesas de liberación. Precisamente Abraham fue sacado de la prisión, junto a otros tres presos, con la excusa de ser trasladados a la cárcel de Puente Caldelas. El 29 de diciembre de 1936 sus cadáveres aparecieron el cementerio de San Amaro de Pontevedra. Oficialmente se argumentó que Abraham aprovechó una avería del coche en el que viajaba para intentar huir y que hubo que dispararle por la espalda causándole la muerte, en una aplicación clásica de la ley de fugas. Parece ser que en realidad fue fusilado en el cuartel de la Guardia Civil de Pontevedra después de que hubiese amenazado con llevar ante la Sociedad de Naciones el caso del fusilamiento de su hijo Jacobo. Después de asesinar a Abraham, los franquistas asaltaron la casa que la familia tenía en Pontevedra y la desvalijaron.




Simeón Kúper, sus hermanas Elisa y Sonia, y su sobrino Elías Zbarsky fueron asimismo detenidos en julio de 1936 y encerrados en la cárcel de Vigo durante más de dos años. En agosto de 1938 fueron canjeados, gracias a la mediación de la Cruz Roja, por los familiares de un importante militar rebelde, probablemente del general Sanjurjo. Todos ellos pasaron a Cataluña a través de Francia y en 1939 se marcharon a Moscú donde se reunieron con los miembros supervivientes de la familia.

Una orden judicial de marzo de 1939 decretó la incautación de los bienes de Simeón Kúper. También se subastó la casa que poseía en Vigo para pagar una multa que se le había impuesto. El juez que organizó la subasta era a la vez el director de la cárcel donde había estado Simeón. En 1985 sus familiares pudieron recuperar unas monedas de oro de su propiedad depositadas en el Banco Pastor de Vigo.

A comienzos de los años setenta, el odontólogo Celso González Muñoz tuvo que prestar un servicio profesional en la cárcel de Vigo. En la enfermería del centro llamó su atención una caja de instrumental de exodoncia, de diseño y calidad especial. Un funcionario le informó que había pertenecido a un dentista ruso fusilado. Ante la insistencia del odontólogo en preguntar por el motivo de la ejecución, el funcionario le espetó: "¡porque era ruso, joder!". En visitas posteriores a la prisión, el odontólogo advirtió que la caja había desaparecido. Afortunadamente, el propietario de la caja, Simeón Kúper, no había sido fusilado.

Una vez en la Unión Soviética, Simeón Kúper fue profesor del Instituto de Medicina nº 1 de Moscú. Su trabajo era enseñar latín y ruso a los alumnos extranjeros. Cuando a inicios de 1953 se desató el llamado Complot de los Médicos (una supuesta conspiración integrada por médicos, mayoritariamente judíos, destinada a asesinar a dirigentes soviéticos, incluido Stalin), Simeón se quedó sin empleo debido a su condición de judío. Tras la muerte de Stalin, en marzo, se demostró que todo había sido un montaje cuyo objetivo era llevar a cabo una sangrienta purga antisemita, pero Simeón ya no pudo recuperar su puesto de trabajo. Murió en Moscú en 1957.




Elías Zbarsky trabajaba antes de la guerra como odontólogo con su familia y entre sus pacientes estaba Pilar Bahamonde y Pardo de Andrade, madre del general Francisco Franco. Elías era un tipo culto, extrovertido y de talante liberal que frecuentaba a la alta sociedad gallega. Fue campeón de La Coruña de ajedrez y, como gran aficionado al fútbol, acompañaba al club Celta de Vigo en sus desplazamientos. Cuando fue puesto en libertad de la cárcel de Vigo en 1938 quiso llevarse a su hijo Alejandro con él, pero las autoridades franquistas no se lo permitieron. Ya en la URSS, trabajó de intérprete y profesor de español en la Komintern (Internacional Comunista) y más tarde en la Escuela Superior de Diplomacia de la Universidad Estatal Lomonósov de Moscú. A lo largo de su vida tuvo varias relaciones sentimentales, se casó dos veces y, además de su hijo Alejandro, en Moscú tuvo una hija, Natasha, que se dedicó a la pintura. La ola de antisemitismo que recorrió la Unión Soviética en los últimos años de vida de Stalin también afectó a Elías, que perdió su puesto de trabajo. El motivo fue que era sobrino de Boris Zbarsky, hermano de su padre Abraham y uno de los artífices del embalsamamiento del cadáver de Lenin cuando este murió en 1924, así como de su posterior conservación. Boris fue encarcelado en marzo de 1952, dentro de la ola de represión ejercida sobre los científicos de origen judío, y aunque fue puesto en libertad en 1953, después de la muerte de Stalin, ya no recobró sus cargos anteriores. Elías tampoco recuperó su trabajo, así que sobrevivió ejerciendo como dentista en la fábrica de automóviles Lijachov. Tras la muerte de Franco, pudo volver en ocasiones a España y reunirse con su hijo en Madrid. Falleció en Moscú en 1994.

Alejandro Kúper, hijo de Simeón, se licenció en Medicina en la Universidad de Santiago de Compostela y se especializó como endocrinólogo trabajando en la clínica del doctor Gregorio Marañón, en Madrid. En 1936 ingresó en el PCE y, tras el estallido de la Guerra Civil, ejerció de médico en el frente y de intérprete de los consejeros soviéticos en la Brigada de Carros de Combate del Ejército Popular de la República. Después trabajó como secretario cultural de la Comisión del PCE en el Consulado General (entonces Embajada) soviético en Barcelona, época en la que ya era un agente de la NKVD. Alejandro estaba casado con la radióloga Concepción Ema Berenguer, que durante la guerra ejerció también como médica en la Brigada de Carros de Combate y después en el hospital militar de Barcelona. En 1938 el matrimonio residía junto a la madre de Alejandro, Ana Kuperstein, y otros miembros de la familia en un sexto piso de la calle Muntaner de Barcelona. Una noche, Ana pidió a su nuera Conchita, en avanzado estado de gestación, que interpretara al piano una pieza que le gustaba especialmente. Mientras Concepción tocaba, Ana, que sufría una profunda depresión por la separación de la familia y las circunstancias de la guerra, se suicidó arrojándose por el balcón. Al día siguiente, 3 de agosto, Conchita dio a luz a su primera hija, a la que llamaron Ana, como su abuela.

Como ya he dicho, en 1939 los miembros supervivientes de la familia se marcharon a la Unión Soviética. Durante la Segunda Guerra Mundial Alejandro se incorporó al Ejército Rojo en calidad de médico, aunque en 1942 se fue a México como jefe de una célula de la NKVD encargada de proteger a Ramón Mercader, encarcelado allí por el asesinato de Trotsky, y de paso evitar que hablara. Los agentes soviéticos en México planearon la fuga de Mercader de la prisión de Lecumberri, pero esta fracasó por lo visto debido a las rencillas entre ellos, a la poca disposición del propio Ramón, temeroso de acabar igual que su víctima, y a la inesperada irrupción en escena de su madre, Caridad del Río, que puso en alerta a los servicios de seguridad del país. De hecho, parece ser que Alejandro Kúper llegó a organizar un par de atentados contra ella para asustarla y que huyera de México, como así ocurrió. Mientras tanto, en 1943 murió en Moscú la mujer de Alejandro, Conchita, probablemente a causa de una leucemia contraída debido a la radiación a la que estuvo expuesta durante su ejercicio profesional. A finales de los años cuarenta Alejandro volvió a la URSS y se dedicó a la traducción de libros, entre otros las obras completas de Stalin al castellano. Posteriormente vivió en Rumanía y Checoslovaquia y en 1988 regresó a España, instalándose en Valencia. Murió de cáncer de hígado al año siguiente.

Lydia Kúper, hija de Elisa y sobrina de Simeón, no siguió la tradición familiar. Se decantó por estudiar Filosofía y Letras y trabajó como profesora de Historia en el Instituto Velázquez de enseñanza media de Madrid. Se casó con Gabriel León Trilla, uno de los fundadores del PCE, y durante la Guerra Civil fue intérprete de los asesores militares soviéticos, entre ellos Rodion Y. Malinovsky, quien más tarde sería mariscal y ministro de Defensa de la URSS. Según Julián Gorkin, Lydia y Malinovsky fueron además amantes. Lydia salió de España en avión al final de la contienda acompañando a los últimos consejeros soviéticos, y tras un accidentado viaje por el norte de África y Francia, se exilió en la Unión Soviética. Mientras tanto Trilla, su marido, se había separado de ella y escapado a Francia, aunque en 1943, siguiendo directrices del partido, volvió a España de forma clandestina. Acabó asesinado por sus propios camaradas en el Madrid de 1945, en una purga ordenada por la dirección del PCE.



Lydia se casó dos veces más, la última con el antiguo alumno piloto de la cuarta expedición a Kirovabad, Leoncio Velasco, que durante la Segunda Guerra Mundial formó parte de la Fuerza Aérea Soviética tripulando el famoso Sturmovik. El matrimonio regresó a España en 1957 en el buque Krym. Excelente traductora de literatura rusa, Lydia recibió un importante reconocimiento en los medios culturales españoles por su traducción al castellano de la novela de Tolstoi, Guerra y Paz. Murió en Madrid en 2011.



Marie Diecker y su marido Wladimiro Dainow, también originarios de Ucrania, se establecieron en Orense hacia 1909. Cuando estalló la Guerra Civil los sublevados se incautaron de todas sus propiedades y la familia tuvo que exiliarse en Francia. En 1942 fueron encerrados en el campo de internamiento de Drancy, al nordeste de París, por ser judíos. Gracias a las organizaciones internacionales hebreas y a las gestiones del Cónsul General de España en Francia, Bernardo Rolland de Miota, lograron salir en 1943 y regresar a España en un convoy de refugiados de origen sefardita, pero Marie murió al llegar a la estación de Irún debido a las duras condiciones que había padecido durante su internamiento. Wladimiro se estableció en Cádiz mientras que su hijo Miguel volvió a Orense donde continuó ejerciendo la odontología.




Un dentista, alcalde de Ciudad Real

José Maestro San José nació en Salamanca en 1900 en el seno de una humilde familia. Huérfano de padre a los ocho años, desde muy joven tuvo que buscar trabajo recorriendo para ello varias ciudades. A partir de los años veinte ejerció como protésico dental y odontólogo en Ciudad Real. Afiliado a la UGT y al PSOE, llegó a ser alcalde de la ciudad entre 1931 y 1934 logrando gran popularidad por su labor en el puesto. Se presentó a las elecciones de 1936 y fue elegido diputado del Frente Popular por Ciudad Real. Al producirse la sublevación del 18 de julio, el partido le envió a Valladolid junto al también diputado Juan Lozano Ruiz y el subsecretario de Hacienda, José María Sánchez Izquierdo, para ayudar a los militantes socialistas de la zona a mantener la legalidad. Los tres fueron detenidos el 23 de julio y sometidos a un consejo de guerra el 13 de agosto. Condenados a muerte por "rebeldes", fueron ejecutados el 18 de agosto, justo un mes después del golpe militar.



La fatal noticia de la suerte de José Maestro se confirmó en Ciudad Real el 22 de agosto por boca de su mujer, ya que hasta entonces era solo un rumor. Calixto Pintor, "hombre de acción" del Partido Socialista que llegaría a ser también alcalde de la localidad entre 1937 y 1939, era además amigo íntimo de José Maestro. De manera que, al enterarse de su asesinato, proclamó públicamente que había que vengarlo y que Ciudad Real debía pagar un tributo de sangre por esa muerte. Según el odontólogo Juan José Sánchez Rivero, las palabras de Pintor crearon "un estado de terror" entre los vecinos de la ciudad. Hay que decir que Sánchez Rivero era hijo de Gaspar Sánchez Pérez, sucesor de José Maestro al frente de la alcaldía de Ciudad Real por el Partido Republicano Radical, tras la Revolución de octubre de 1934. Gaspar Sánchez Pérez fue fusilado el 23 de octubre de 1936 en Fernán Caballero tras ser detenido por orden del Comité de Defensa.

El caso es que, en medio de aquel ambiente revolucionario que impregnó la retaguardia republicana durante meses y que se cobró muchas víctimas desde los primeros días de la Guerra Civil, varios milicianos salieron de Ciudad Real el 20 de agosto hacia Piedrabuena con el objeto de asesinar al diputado de la CEDA, José María de Mateo de la Iglesia, junto a otras seis personas, cosa que llevaron a cabo ese mismo día. No eran los primeros asesinatos producidos durante la guerra en la provincia manchega, pero sí supuso un preludio de lo que vino poco después. Por lo visto, Mateo de la Iglesia, que había intentado escapar, sobrevivió a la primera descarga y fue arrastrándose hasta los márgenes del río Guadiana donde lo remataron de un tiro.

En la noche del 22 de agosto y a lo largo del día siguiente, tras conocerse el asesinato de José Maestro y pedir venganza su amigo Calixto Pintor, fueron fusiladas en Ciudad Real o sus alrededores otras 33 personas. Entre ellas el obispo de la diócesis, Narciso de Estenaga y Echevarría, y su capellán, el sacerdote Julio Melgar, así como el abogado del Estado y diputado por el Partido Agrario, Daniel Mondéjar Fúnez.

Calixto Pintor fue ejecutado en 1940 por los franquistas.


Y hasta aquí este breve relato, basado en hechos reales, en el que las vidas de unos cuantos odontólogos discurren a duras penas a lo largo de una oscura época . Con él espero haber contribuido un poquillo a derribar viejos estereotipos sobre los dentistas que en absoluto se corresponden con la realidad. Que esto de ser sacamuelas no siempre es una suerte, vaya. Por decir algo positivo, también podemos sacar como conclusión que ha habido tiempos peores que los actuales de los que la humanidad ha sabido salir. Recordemos, por ejemplo, que ese periodo al que llamamos Renacimiento vino después de una pandemia de peste negra. Pero sobre todo mi intención ha sido la de entretener a quien haya tenido la paciencia de leer hasta aquí y, si puede ser, que se haya olvidado por un rato de los también difíciles días que nos está tocando vivir últimamente.


Más información:

-Del Rey, Fernando, "Retaguardia roja. Violencia y revolución en la guerra civil española", Galaxia Gutenberg, 2019.

-Gorkin, Julián, "Contra el estalinismo", Laertes, 2001.

-Marco Igual, Miguel, "Los médicos republicanos españoles en la Unión Soviética", Flor del Viento, 2010.

Los médicos republicanos españoles exiliados en la Unión Soviética