domingo, 26 de enero de 2020

Siete años en el blog




Hoy este mi blog cumple siete añitos, está cambiando los dientes y ya tiene su propia personalidad.




domingo, 19 de enero de 2020

Los traidores de Teruel




Ahora que todos sabemos que Teruel existe, no está de más recordar que allí, en el crudo invierno de 1937 a 1938, se desarrolló la batalla más sangrienta de la Guerra Civil Española. En aquella ocasión resultó gravemente herido mi tío abuelo Manolo, por cierto.

Teruel fue la única capital de provincia conquistada por el bando republicano, aunque fuera por poco tiempo. En la efímera victoria republicana, sucedida el 7 de enero de 1938, tuvo un papel estelar la 84ª Brigada Mixta del Ejército Popular, a la que acompañaron en su avance conocidos corresponsales extranjeros, como Ernst Hemingway, Herbert Matthews o Robert Capa. Este último, además de fotografiar la batalla, realizó sobre la misma la única crónica escrita que publicó en toda la contienda.






El 16 de enero, los hombres de la 84ª Brigada Mixta, que habían sufrido un tercio de bajas, recibieron una semana de merecido descanso y fueron enviados a Rubielos de Mora, en retaguardia, a medio centenar de kilómetros del frente, adonde se trasladaron a pie. Pero al día siguiente Franco inició una gran ofensiva para reconquistar Teruel, de manera que el 19 de enero el mando republicano, en la necesidad de recurrir a todas las fuerzas disponibles para evitar el hundimiento del frente, ordenó a la 84ª Brigada Mixta suspender el permiso y regresar al frente. Los hombres de dicha unidad se sintieron estafados y 600 de ellos se insubordinaron negándose a volver al combate después de haber luchado en la ciudad de Teruel durante más de tres semanas, calle por calle, casa por casa, a veinte grados bajo cero y tras sufrir cuantiosas bajas. Reclamaron continuar con el descanso que les habían prometido y que otra unidad fuera al frente en su lugar. En represalia, y como en la película "Senderos de gloria", las autoridades republicanas seleccionaron a varios de ellos para que fueran pasados por las armas. Algunos lograron escapar, pero 46 hombres resultaron fusilados sin posibilidad alguna de defensa. La brigada terminó disuelta y más de un centenar de sus supervivientes fueron enviados a campos de trabajos forzados para el resto de la contienda.

Algunos restos de los fusilados se encontraron en una fosa común en 2009.




Teruel volvió a caer en manos de sublevados el 22 de febrero de 1938.

Siempre se recalca que la represión franquista fue mucho mayor que la republicana, pero esto fue así básicamente porque los primeros dispusieron de más tiempo para ello, durante la guerra y después. Cuando empezó la contienda, en el verano de 1936, la represión en la capital turolense se cebó en los izquierdistas, pero más tarde, en el poco tiempo que controlaron los republicanos la ciudad de Teruel y sus alrededores, tampoco estos dudaron en dar rienda suelta a los asesinatos llevándose por delante a cientos de personas. De hecho, a lo largo de la guerra los republicanos mataron en la provincia de Teruel a más gente que los franquistas durante la guerra y la posguerra juntas: 1.702 víctimas de los republicanos contra 1.340 de los nacionales. Y hay que tener en cuenta que ya entonces era una de las provincias más despobladas de España. La represión republicana se recrudeció precisamente durante la batalla y la ocupación de la ciudad. Todavía en febrero de 1939, unos soldados republicanos que huían hacia Francia fusilaron en Cataluña a una cuarentena de prisioneros franquistas de la batalla de Teruel, entre ellos al jefe de la guarnición, el coronel Domingo Rey d'Harcourt (repudiado por los franquistas tras haberse rendido), y al obispo de la ciudad, Anselmo Polanco. Después, quemaron los cuerpos cuando algunos todavía agonizaban.

Todo esto también es memoria histórica.


Más información:

-Corral, Pedro, "Eso no estaba en mi libro de la Guerra Civil", Almuzara, 2019.

De héroes a traidores: senderos de gloria en la batalla de Teruel


jueves, 3 de octubre de 2019

Serrano Poncela




Todos sabemos que, tras la Segunda Guerra Mundial, una buena colección de criminales nazis y fascistas se marcharon a hacer las Américas para no caer en manos de los vencedores. Lo que no es tan sabido es que, entre los exiliados políticos que había por allí en aquellos años, también estaba algún otro asesino de masas y no precisamente nazi o fascista, sino del extremo opuesto.

Siempre me ha llamado la atención la doble vida que llevó Segundo Serrano Poncela, un personaje muy desconocido en nuestros días que, sin embargo, cumplió un oscuro e importante papel en un siniestro episodio de nuestra guerra civil.

Serrano Poncela fue un tipo cultivado, licenciado en Filosofía y Letras y en Derecho, socialista, dirigente de las Juventudes Socialistas Unificadas junto a su amigo Santiago Carrillo -que era secretario general de la organización- y con el que ingresó en el Partido Comunista de España al empezar la Guerra Civil.

En noviembre de 1936, con 24 años, Serrano Poncela fue nombrado delegado de Orden Público en Madrid, un cargo equivalente al de director general de Seguridad. Estaba a las órdenes de su camarada Carrillo, de 21 años, que era consejero de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid. El caso es que la firma de Serrano Poncela aparece en algunas de las órdenes de "liberación" o "evacuación" de muchos cientos de presos que acabaron fusilados en Paracuellos de Jarama y Torrejón de Ardoz. Digamos que entre Carrillo, Serrano Poncela y otras autoridades republicanas organizaron las matanzas, y ellos dieron las órdenes.

Antes de que terminara la guerra, Serrano Poncela se enfrentó a su amigo Carrillo y a todo el PCE y se marchó a Hispanoamérica a trabajar de profesor de Literatura Española. Parece ser que antes de cruzar el Atlántico, mientras estaba en Francia, escribió una carta al PCE abjurando del comunismo. Cuando alguien en el exilio le inquirió por su papel en las masacres de Paracuellos, Serrano se limitó a decir que las órdenes se las pasaba Carrillo y que él solo las firmaba. Como si no se enterase de nada, como una infanta Cristina cualquiera, vaya. Por su lado Carrillo negó de forma contumaz y hasta su muerte -hace siete años- haber sabido nada de las matanzas mientras sucedían y, por supuesto, culpó de ellas a su antiguo amigo y camarada Serrano Poncela.

Mientras tanto, Serrano pudo procurarse una nueva vida como profesor universitario en Santo Domingo, Puerto Rico y Venezuela, e incluso alcanzó cierto prestigio. Es cierto que mientras estuvo en Puerto Rico, apareció señalado en la Causa General junto a Carrillo como responsable de los crímenes, motivo por el que Juan Ramón Jiménez, exiliado como él, se negó a saludarle ("no me he exiliado para acabar dándole la mano a un asesino", diría el autor de Platero y yo). No obstante, Serrano logró que su nombre se relacionara más bien con su trayectoria académica y literaria en el exilio, pues también escribió varias obras de ficción y ensayo que llegaron a ser publicadas en España a partir de los años sesenta. Su libro "Formas de vida hispánica" tuvo incluso buenas críticas nada menos que en el diario ABC, aunque el autor de la reseña, desconocedor de la trayectoria de Serrano Poncela, tuvo que rectificar unos días después tras recibir una llamada de atención del Tribunal Supremo.

Hoy casi nadie se acuerda de Segundo Serrano Poncela -muerto en Caracas en 1976-, y mucho menos se relaciona su nombre con las matanzas de Paracuellos, al contrario de lo que ocurre con el de Carrillo, que decidió seguir metido en política. En ese sentido se puede decir sin lugar a dudas que Serrano pudo hacer borrón y cuenta nueva con su vida. Y es que, como él mismo escribió, "recordar es dejar de vivir".

Más información:



viernes, 6 de septiembre de 2019

El bombardeo de El Havre




Hola, amigos. Os traigo un ejemplo de cómo por muy loables que sean los objetivos, no todo vale. De que el fin no justifica los medios, vaya.

Se cumplen ahora 75 años de los brutales bombardeos aliados de El Havre, una ciudad situada en la desembocadura del Sena, al noroeste de Francia.

A comienzos de septiembre de 1944 El Havre estaba completamente rodeada por las tropas británicas. La ciudad había sido declarada fortaleza (“festung”) por Hitler, de manera que una guarnición alemana de 12.000 hombres se disponía a defenderla. Previamente al asedio, gran parte de la población había sido evacuada, pero 50.000 de sus habitantes decidieron quedarse. El general “Honesto John” Crocker, jefe del I Cuerpo de Ejército británico, lanzó un ultimátum a los alemanes antes de atacar para que se rindieran bajo la amenaza de un tremendo bombardeo, pero el general Hermann-Eberhard Wildermuth, jefe de la guarnición, se negó. No obstante, este pidió a Crocker una tregua de 48 horas para evacuar a todos los civiles, y esta vez fue el británico quien dijo que no. Crocker justificó su drástica decisión alegando que aquel plazo solo serviría para que los alemanes ganaran tiempo. El general británico tenía prisa.

Y entonces comenzó la Operación Astonia. Entre los días 5 y 6 de septiembre, El Havre fue arrasada por los bombarderos de la Royal Air Force (RAF) en el que resultó ser el ataque aéreo más mortífero sufrido por Francia durante la Segunda Guerra Mundial. El colmo de aquel absurdo y criminal bombardeo es que no sirvió para nada desde el punto de vista militar: mató a solo 19 soldados alemanes y a más de 2.000 civiles franceses.

Como ya comenté por aquí, los Aliados tenían la costumbre de liberar territorios ocupados por Alemania arrasándolos primero con sus famosos bombardeos de saturación. De esa forma, causaron más de 60.000 víctimas civiles en Francia y otras tantas en Italia. Por cierto, el “honesto” general Crocker también había sido el encargado de conquistar Caen, una ciudad que tenía que haber sido tomada el mismo día del desembarco de Normandía pero que tardó seis semanas en caer. Eso sí, antes de ser liberada, por supuesto, fue arrasada por la RAF en un bombardeo llevado a cabo el 7 de julio de 1944 que, vaya sorpresa, no afectó a las posiciones alemanas pero sí mató a cientos de civiles.

El 10 de septiembre, tras un nuevo bombardeo, las tropas británicas atacaron El Havre que cayó dos días más tarde. Cada bando sufrió unos 500 muertos.

Obviamente, la recepción de los civiles supervivientes a sus libertadores británicos fue bastante fría. El Havre fue reconstruida en la posguerra, aunque no a gusto de sus habitantes. Quizá por tratar de compensarles, en 2005 el centro reconstruido de la ciudad fue inscrito en el patrimonio de la Unesco.

La verdad es que el tema de los bombardeos aliados sobre territorios ocupados por los nazis es bastante desconocido aún y la bibliografía existente es escasa. No obstante, os dejo un buen documental donde se relata todo esto con más detalle:




domingo, 1 de septiembre de 2019

Mitos nazis




Tras la guerra, la Wehrmacht pervivió durante décadas en forma de una leyenda, la de una Wehrmacht "limpia", leyenda concebida y difundida ya en la fase final de la contienda, así como en la inmediata posguerra por parte de los integrantes de su cúpula militar. Esa leyenda habría de convertirse tal vez en el mayor de todos los éxitos de la Wehrmacht, como sugiere un jocoso y certero dicho popular, según el cual ésta perdió la segunda guerra mundial, pero obtuvo una victoria después del año 1945, esto es, la referida a su imagen ante la opinión pública.

Wolfram Wette, "La Wehrmacht: Los crímenes del ejército alemán"


Desde medianoche callan las armas en todos los frentes. Por orden del gran almirante Dönitz la Wehrmacht ha puesto fin a una guerra sin salida. Así acaba una heroica lucha que se ha prolongado durante casi seis años y que nos ha deparado grandes victorias, pero también amargas derrotas. Al final la Wehrmacht ha sucumbido con honra ante un enemigo netamente superior.

El soldado alemán, fiel a su juramento, ha llevado a cabo gestas por siempre inolvidables en la altísima contienda por su pueblo. La Patria les ha prestado apoyo hasta el final con todas sus fuerzas y con ímprobos sacrificios.

Las hazañas desarrolladas en el frente y en el suelo patrio sabrán hallar posteriormente, en una justa valoración de la historia, su reconocimiento definitivo.

Tampoco el adversario podrá negar su admiración ante el valor y el sacrificio demostrado por los soldados alemanes de tierra, mar y aire. Todo soldado puede, por tanto, deponer su arma erguido y con orgullo y aprestarse a trabajar, en las más difíciles horas de nuestra historia, con valentía y esperanza por la eterna pervivencia de nuestro pueblo.

La Wehrmacht rinde homenaje en esta difícil hora a todos los camaradas caídos frente al enemigo. Ellos nos obligan a mantener fidelidad incondicional, obediencia y disciplina hacia la Patria que se desangra por incontables heridas.

Último parte de guerra emitido por la Wehrmacht, 9 de mayo de 1945



Karl Dönitz


Hoy se cumple el 80º aniversario del inicio de la Segunda Guerra Mundial y a estas alturas nos seguimos tragando un montón de mitos al respecto, incluidos algunos nazis. Sí, amigos, hay leyendas de origen nazi que continúan en cierta medida vigentes a día de hoy, como por ejemplo:

-La gran ventaja cualitativa y tecnológica de las fuerzas armadas alemanas, que solo fueron derrotadas debido a los errores militares de Hitler y a la abrumadora superioridad numérica aliada (véase por ejemplo la invención del "rodillo soviético").

-Que el grueso de la Wehrmacht salió "limpia" de crímenes de aquella guerra, los cuales se debieron básicamente a Hitler, su camarilla de jerarcas nazis y las SS.

Veamos esto. En realidad, ni las fuerzas armadas germanas fueron nunca tan modernas y avanzadas como se ha dicho durante décadas (algo de eso comenté ya aquí y aquí), ni sus armas eran tan perfectas e innovadoras. Baste decir que el enorme ejército nazi que invadió la URSS en 1941 estaba formado sobre todo por soldados que iban a pie con la única ayuda, casi siempre, de caballos. Por otro lado, si la propia invasión de la Unión Soviética fue un disparate estratégico, hay que decir que el alto mando alemán apoyó en su día los planes de Hitler al respecto de forma entusiasta. A mediados de 1941, después de sus victorias en los años anteriores, los generales teutones se creían invencibles, capaces de conquistar el mundo y hacer con él lo que les viniese en gana. Esto produjo cierta relajación industrial alemana: no se mejoró el equipamiento de la Wehrmacht, que seguía siendo básicamente el mismo que en el año anterior. De hecho, al inicio de Barbarossa, el ejército de invasión alemán tenía más de mil tanques ligeros Panzer I y II, totalmente anticuados, en especial frente a los carros soviéticos. La campaña de los Balcanes tampoco supuso un gran retraso para la invasión de la URSS, porque las lluvias de la primavera de 1941 habrían imposibilitado que el ataque se produjera mucho antes del 22 de junio. La llegada del invierno ya había sido prevista antes de la invasión. De hecho, se había planteado la posibilidad de que la Wehrmacht se acuartelara hacia octubre para reorganizar la logística, pasar el invierno y acabar la campaña en 1942. El desvío de fuerzas hacia Kiev -e incluso hacia el Báltico- también se había previsto, pues el Grupo de Ejércitos Centro no podría avanzar hacia Moscú dejando importantes fuerzas enemigas en sus flancos. El objetivo de la guerra moderna, de la guerra acorazada, no era la conquista rápida del territorio, sino la destrucción del enemigo. Así se había hecho en Polonia y en Francia. Por tanto, la decisión de embolsar a los soviéticos en Kiev fue acertada, y de hecho supuso una enorme victoria alemana. El error germano estuvo pues en lanzarse inmediatamente después a por Moscú en lugar de consolidar sus posiciones, y ahí la culpa no fue tanto de Hitler, sino de sus generales, que se consideraban imparables y que le convencieron de que era posible tomar la ciudad antes de que terminara el año. Culpable fue el capitán general Franz Halder, jefe del Estado Mayor del Alto Mando del Ejército alemán, que por entonces se creía Napoleón. Halder, que tres años antes había llegado a conspirar contra Hitler temblando ante la idea de que este pudiera atacar Checoslovaquia, ahora se embriagaba de gusto imaginando a las tropas alemanas desfilando por la Plaza Roja. Y culpable fue Heinz Guderian, jefe del II Grupo Panzer, un prima donna que no dudaba en saltarse la cadena de mando y acudir directamente a Hitler para que este le autorizase a hacer lo que le diera la gana. Los generales de los Panzer, como Guderian, Hoth o Kleist, se creyeron dioses después de sus victorias en los primeros años de la contienda. Y no tuvieron en cuenta que las enormes distancias del frente del Este iban a implicar una sobrecarga enorme sobre sus hombres, máquinas y suministros. Y por supuesto también influyó en el fracaso alemán la capacidad de resistencia del Ejército Rojo, que soportó unas pérdidas espantosas y que sin embargo aguantó hasta el final. Antes de aquel invierno, en realidad Hitler no se había inmiscuido directamente demasiado en las operaciones militares. Después del fracaso de la operación Tifón sí lo hizo, porque empezó a dejar de fiarse de sus generales. Y claro, esto tampoco ayudaría a Alemania a ganar la guerra.

En cuanto a la cuestión de los crímenes nazis, en realidad los mandos militares alemanes que se opusieron a ellos fueron una excepción, pues la gran mayoría participaron en todo tipo de fechorías cometidas en nombre de Hitler, especialmente en territorio soviético.

El verdadero origen de esas leyendas está en el último parte de guerra de la Wehrmacht, que he transcrito arriba y que fue obra del gran almirante Karl Dönitz, sucesor de Hitler como líder supremo del Reich en los últimos días de la guerra. Ahí ya quedaba reflejada esa visión de la contienda según la cual Alemania había sido derrotada por la abrumadora superioridad del enemigo, a pesar de lo cual la Wehrmacht lo había dado todo en una lucha heroica y honrosa, realizando enormes sacrificios, algo que habría de ser reconocido por el enemigo y valorado por la historia. A continuación los mitos se fueron alimentando en la posguerra, en primer lugar cuando la División Histórica del Ejército de los Estados Unidos ofreció a antiguos oficiales de la Wehrmacht prisioneros la posibilidad de dar su versión de los hechos. En junio de 1946 estaban involucrados en el proyecto no menos de 328 antiguos oficiales -casi todos generales- que hasta marzo de 1948 redactaron más de mil manuscritos con un volumen aproximado de 34.000 páginas. Todo bajo la dirección del antiguo jefe del Estado Mayor del Ejército alemán Franz Halder. 


Franz Halder


Bávaro y católico, Halder era tenido en gran estima por todo el cuerpo de oficiales y gozaba de la fama de haberse opuesto a Hitler. Y bueno, es cierto, como ya he mencionado, que formó parte de la llamada conspiración de Zossen, un fracasado intento de derrocar a Hitler en 1938 ante sus proyectos de invadir Checoslovaquia, pero también lo es que a partir de 1939 dejó de oponerse al Führer y de hecho participó en la elaboración de los planes de invasión de Polonia,  los Países Bajos, Francia, el Reino Unido, los Balcanes y la Unión Soviética. Además, fue responsable de dictar órdenes contra los ciudadanos soviéticos en general y los judíos en particular, las cuales causaron numerosos crímenes y atrocidades en el frente oriental. Es significativo que su decisión de colaborar con los estadounidenses fuera bajo el argumento de "proseguir la guerra contra el bolchevismo". De hecho, la propaganda nazi siempre trató de vender su guerra de exterminio contra la URSS como una cruzada contra el comunismo en la que las tropas de la Wehrmacht eran una suerte de baluarte de la civilización occidental, un dique contra la "inundación asiático-bolchevique". Esta visión no logró evitar el colapso del Reich, pero sí preparó el terreno para la futura alianza de la República Federal Alemana y Occidente y proporcionó un poderoso argumento a los apologistas de la Wehrmacht. 

En términos similares a los de Halder se expresaron el gran almirante y fugaz sucesor de Hitler, Karl Dönitz, así como el general de la inteligencia militar alemana Reinhard Gehlen, máximo responsable de la organización -creada a iniciativa estadounidense- que llevaba su nombre, la Organización Gehlen (y que era conocida como la "Org", algo de lo que ya hablé aquí), que fue embrión del futuro servicio de inteligencia de la República Federal Alemana. Por aquel entonces, entre las fuerzas armadas británicas y estadounidenses pervivía (y quizá perviva hasta hoy), además del sentimiento de repulsión hacia los crímenes nazis, cierta admiración hacia la profesionalidad, la capacidad táctica y el empeño de los militares alemanes. Y a partir de 1947 el interés de las autoridades estadounidenses comenzó a centrarse, más que en el estudio general de las operaciones alemanas en la Segunda Guerra Mundial, en la campaña del frente del Este, es decir, en la Unión Soviética. El caso es que Halder estuvo colaborando con la División Histórica durante quince años, y la visión de la Wehrmacht que se ofreció bajo sus directrices fue abiertamente la de una víctima de Hitler o, al menos, como manipulada por él de cara a imponer su política criminal, a la que los altos mandos trataron de oponerse por todos los medios, incluyendo el intento de asesinato del dictador (hay que decir que Halder fue detenido por los nazis tras el atentado del 20 de julio de 1944, si bien no había participado en el mismo). Vamos, que el modo en que los altos mandos militares alemanes habían conducido la guerra aparecía casi milagrosamente desligado de los objetivos políticos del régimen. Digamos que, según esta gente, hubo diferentes guerras: en el plano moral, la practicada por la Wehrmacht, dura pero decente y supuestamente limpia, y la sucia y criminal llevada a cabo por las SS; y en términos de profesionalidad militar, la de los triunfos germanos, que fueron mérito de los militares, y la de los fallos y las derrotas que, por supuesto, se debieron al incorregible diletantismo de Hitler como estratega. Obviamente se evitó hacer referencia a la guerra de exterminio llevada a cabo por la Wehrmacht en la URSS, llegándose incluso a "hacer desaparecer diferentes documentos inculpatorios -con ayuda estadounidense- que habrían podido verse utilizados en el proceso de Núremberg", según palabras del antiguo general Leo Geyr von Schweppenburg, que prestó sus servicios en la mencionada División Histórica.

El siguiente episodio, el de la consolidación del mito, consistió en que muchos antiguos generales y oficiales alemanes pasaron de trabajar para los distintos servicios históricos aliados a empezar a publicar sus memorias en las que, de nuevo, daban a entender de forma clara que ellos habían sido los artífices de brillantes planes tácticos y estratégicos, los cuales al final se habían ido al traste por la intromisión de Hitler, ese cabo ignorante. Pero ahora era a la opinión pública a la que buscaban transmitir la idea de que Alemania podía haber ganado la guerra porque tenía buenos mandos, buenas ideas, buenos soldados y buenas armas (por algo eran la raza superior, claro), pero la perdió por culpa de Hitler (que estaba muerto y ya no se podía defender). Entre ellos cabe mencionar otra vez al general Franz Halder, al gran almirante Karl Dönitz -condenado como criminal de guerra-, al destacado general de blindados Heinz Guderian, al mariscal de campo y comandante de la Wehrmacht en Italia Albert Kesselring -condenado como criminal de guerra-, al mariscal de campo Erich von Manstein -condenado como criminal de guerra y creador del mito del "rodillo soviético"- y al famoso mariscal de campo Erwin Rommel, el Zorro del Desierto, cuyas memorias de la Segunda Guerra Mundial se publicaron de forma póstuma en 1953. 



Por supuesto estos ilustres generales no dedicaban ni una línea a hablar de los crímenes de guerra o del Holocausto, como si ellos no hubieran tenido nada que ver. Esta versión de los hechos, presentada en plena Guerra Fría, fue bien acogida no solo en Alemania, sino también por renombrados historiadores y periodistas anglosajones, como el prestigioso historiador militar británico sir Basil Liddell Hart, editor de las memorias de Guderian y Rommel en inglés, los cuales además la utilizaban para explicar por qué a sus respectivos países les había costado tanto derrotar al Reich: en lugar de admitir sus propios errores, era mejor alegar que al fin y al cabo se enfrentaban a superhombres. De hecho, el mismo Liddell Hart no dejó de mostrar en sus obras su entusiasmo por el talento militar de los oficiales de la Wehrmacht.


Heinz Guderian



Erich von Manstein con Hitler


Y es que, por si no ha quedado claro hasta ahora, a medida que la Guerra Fría se hacía más patente, aumentaba el número de estadounidenses y británicos que opinaban que convenía hacer cuanto fuera posible por ganar a los alemanes como aliados y rearmarlos frente al enemigo común soviético, hasta que llegó un momento en que los más firmes valedores de la actuación de la Werhmacht en la Segunda Guerra Mundial fueron precisamente ciudadanos de sus otrora países enemigos. Así, con respecto al mito de la Wehrmacht "limpia" de crímenes, el mismísimo Winston Churchill llegó a donar públicamente una suma de dinero para que el mariscal de campo Erich von Manstein, uno de los más afamados militares alemanes de la Segunda Guerra Mundial y autor del libro de memorias "Victorias frustradas" (guiño, guiño), contratara los servicios de dos abogados defensores británicos durante su juicio, celebrado en 1949. Manstein fue finalmente condenado a 12 años de prisión de los que solo cumplió cuatro. El problema es que era responsable de aplicar órdenes criminales en el frente oriental. El filósofo Bertrand Russell, uno de los más destacados pacifistas británicos, declaró públicamente en Alemania en 1949 que Manstein merecía seguramente castigo, pero que, a la vista de la situación política del momento, el proceso era un error. Según Russell, había que tener en cuenta que los crímenes de guerra de los vencedores no habían sido juzgados, y que si Europa quería recuperarse, habría de ser junto a Alemania, por lo que, en política, había que pensar más en el futuro que en el pasado. En 1950, un grupo de antiguos oficiales de la Wehrmacht escogidos por el canciller de la República Federal Alemana Konrad Adenauer, entre los que estaba el general Hermann Foertsch, uno de los principales responsables del adoctrinamiento nazi de los soldados alemanes llevado a cabo en los años treinta, redactaron el "memorando de Himmerod". En él, exponían claramente a Adenauer su convicción de que solo sería posible establecer unas fuerzas armadas en Alemania en la medida en que representantes de las potencias occidentales efectuasen declaraciones que rehabilitaran el honor de la Wehrmacht. Además le reclamaron la puesta en libertad de los miembros de aquella condenados por crímenes de guerra, "siempre y cuando estos solo hubiesen actuado cumpliendo órdenes y no hubiesen cometido ningún acto punible según las leyes alemanas de aquel tiempo". Finalmente, en 1951, durante su gira por Alemania, Dwigt D. Eisenhower realizó una declaración de desagravio a la Wehrmacht alegando que existía "una diferencia real entre los soldados y oficiales alemanes como tales y Hitler y su banda criminal". "Ike" anteriormente se había pronunciado en términos muy negativos sobre la Wehrmacht, llegando a tacharla de nazi, pero no tuvo problemas en rectificar. Sí, ese mismo Eisenhower que, siendo ya presidente de los Estados Unidos, vino a España a abrazar al dictador Francisco Franco para tenerle como aliado.



El Holocausto además se llegó a equiparar a los bombardeos aliados sobre Alemania.

En la campaña para las elecciones de 1953, el canciller Adenauer no dudó en acudir al penal de Werl -bajo autoridad británica- para visitar a los criminales de guerra nazis allí internados. Este gesto claramente contribuyó a que los partidos de la coalición gubernamental se alzasen con una mayoría de dos tercios de los sufragios. Por cierto, de los 509 diputados electos entonces, 129 habían estado afiliados al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán. En 1955 varios antiguos generales y oficiales de la Wehrmacht, como Erich von Manstein o Heinz Guderian, participaron en la creación de la Bundeswehr, las fuerzas armadas de la República Federal de Alemania. Interesaba por tanto, y mucho, que permanecieran incólumes.




Así, en la primera mitad de los años cincuenta culminó el proceso de interpretación del pasado según el cual la culpa de la guerra y los crímenes cometidos durante el régimen nazi se hizo recaer únicamente sobre Hitler y una reducida camarilla  de "criminales de guerra con responsabilidad principal". O dicho de otra manera, que debido al contexto internacional, en Occidente se ha aceptado durante mucho tiempo la idea de que las derrotas alemanas en la Segunda Guerra Mundial y los crímenes nazis se debieron solo a Hitler y unos pocos que le rodeaban, de los que la gran mayoría del pueblo alemán, incluyendo a casi todos sus jefes militares, solo habían sido unas víctimas más.

Y así continuó siendo hasta que medio siglo después del fin de la Segunda Guerra Mundial -y justo al acabar la Guerra Fría-, en 1995, se rompió el tabú gracias a la inauguración de una exhibición itinerante, la llamada "Exposición sobre la Wehrmacht" (Wehrmachtsausstellung), que recorrió decenas de ciudades alemanas y austriacas hasta 1999 y luego de nuevo, revisada, entre 2001 y 2004. Recibió la visita de más de un millón de personas y tuvo como objetivo demostrar que las fuerzas armadas alemanas habían llevado a cabo una guerra de agresión y de exterminio de los judíos, los prisioneros de guerra soviéticos y la población civil, es decir, la falsedad del mito de la Wehrmacht "limpia". Obviamente la exposición fue controvertida y se enfrentó a las protestas de los partidos de derechas como la Unión Demócrata Cristiana (CDU) y su aliada bávara, la Unión Social Cristiana (CSU), a los que se unieron el Partido Nacionaldemócrata de Alemania (NPD), de extrema derecha, y las agrupaciones de antiguos combatientes. La exposición sufrió incluso un atentado con bomba en 1999, aunque no hubo víctimas (hago notar que en España somos muy dados a la autocrítica con el tema de la memoria histórica, incluso poniendo a Alemania como ejemplo a seguir, pero está claro que en todas partes cuecen habas). Hoy la exhibición se puede ver de forma permanente en el Museo de Historia Alemana de Berlín.





A estas alturas sabemos que las tropas de la Wehrmacht fueron adoctrinadas a través de propaganda antibolchevique, antisemita y antieslava. Sabemos que dicha propaganda fue difundida en parte por sus mandos, acompañándola en ocasiones de órdenes criminales. Sabemos que los soldados de la Wehrmacht no solo estaban en muchos casos al tanto de los crímenes nazis, sino que colaboraban en su ejecución o a veces los iniciaban ellos mismos. Sabemos que la Wehrmacht estableció por la Europa ocupada una red de cientos de burdeles militares donde se utilizaba como esclavas sexuales a mujeres y adolescentes secuestradas. La Wehrmacht no fue, sin más, forzada a obedecer al régimen nazi por el terror y la intimidación, no fue manipulada para que colaborase por parte de una minoría de oficiales nazis, ni apoyó a Hitler debido a un malentendido sobre lo que significaba el nacionalsocialismo. La Wehrmacht formaba más bien parte integral del régimen y, como organización social, reflejó a la sociedad civil en un grado mayor que en el pasado.

Sin embargo, a pesar de todo, los mitos y cuñadismos sobre una Wehrmacht heroica, avanzadísima tecnológicamente para su época e inocente de crímenes, aún persisten entre muchos. En esas seguimos.





Más información:

-Bartov, Omer, "El Ejército de Hitler", La Esfera de los Libros, 2017.

-Peñas Artero, José Antonio, "Detrás del mito. Panzer, los años de las victorias", HRM, 2014.

-Peñas Artero, José Antonio, "Detrás del mito. Panzers: contra la marea", HRM, 2015.

-Wette, Wolfram, "La Wehrmacht: Los crímenes del ejército alemán", Crítica, 2006.

Sujétame el cubata: el mito de la máquina militar nazi


lunes, 5 de agosto de 2019

Jones, Duranty y Stalin: el bueno, el tonto y el malo



Gareth Jones 


En 1933 las ciudades sabían que las aldeas se estaban muriendo. Los líderes y los administradores del Partido Comunista y del Gobierno sabían que las aldeas se estaban muriendo. Las pruebas estaban ante los ojos de todo el mundo: los campesinos en las estaciones de ferrocarril, los informes procedentes de las zonas rurales, las escenas en los cementerios y las morgues. No cabe duda de que la cúpula dirigente soviética también lo sabía.

Anne Applebaum, "Hambruna roja. La guerra de Stalin contra Ucrania"


Entre 1932 y 1933, una terrible hambruna causada por la política estalinista de la colectivización forzosa asoló Ucrania y otros territorios de la URSS. Aquella catástrofe, que se cobró la vida de al menos cinco millones de personas, es conocida como Holodomor en Ucrania. Más de diez años antes, en 1921, otra brutal hambruna había matado a un número similar de personas en los territorios controlados por los bolcheviques durante la Guerra Civil Rusa. Las causas fueron similares, básicamente el llamado comunismo de guerra, es decir, la política leninista de requisas de grano a los campesinos. La diferencia entonces con lo que ocurrió en los años treinta fue que en 1921 las autoridades bolcheviques hicieron frente a la hecatombe pidiendo ayuda internacional, la cual obtuvo una buena respuesta, pero en 1933 el comportamiento de Stalin y sus secuaces fue negar la hambruna de forma absoluta, tanto en la URSS como en el extranjero, con el propósito de hacer como si nunca hubiera ocurrido. En un tiempo en que no había televisión, ni internet, y las fronteras estaban cerradas, podría parecer que tal cosa se pudo hacer sin gran esfuerzo, y sin embargo implicó a muchísimas personas, incluidos unos cuantos tontos útiles, durante varios años.

Desde los tiempos de la Revolución bolchevique, los soviéticos se habían valido de extranjeros para afianzar su propaganda en el exterior. Tras la hambruna de los años treinta, volvieron a alentar a esos "compañeros de viaje" para que hablasen en su favor, esta vez desmintiendo cualquier mención a la escasez de alimentos en la URSS. Algunos lo hicieron. Así, en 1931, cuando se vivían en la Unión Soviética los primeros efectos de la carestía, el escritor y Premio Nobel de Literatura George Bernard Shaw disfrutó en Moscú junto a Nancy Astor de un banquete celebrado en su honor por su septuagésimo quinto cumpleaños. Tras dar las gracias a sus anfitriones, se declaró contrario a quienes difundía rumores antisoviéticos y comentó que, cuando sus amigos se habían enterado de que iba a viajar a la URSS, le habían dado latas de comida para que las repartiera entre la gente. "Creían que Rusia se estaba muriendo de hambre, pero yo arrojé toda esa comida por la ventana en Polonia, antes de cruzar la frontera soviética", añadió. Antes tales palabras, parece que el público "se quedó sin aliento" y que "se pudo oír la reacción convulsiva de sus estómagos": una lata de carne de ternera británica habría supuesto una auténtica fiesta en la casa de cualquiera de los ciudadanos soviéticos allí reunidos.

Pero Bernard Shaw no fue el único intelectual que les siguió el juego a las autoridades soviéticas. Walter Duranty fue un afamado y potentado periodista británico que trabajó como corresponsal en la Unión Soviética de The New York Times entre 1922 y 1934. Resultó ganador del Premio Pulitzer en 1932 precisamente por una serie de artículos sobre el éxito de la colectivización soviética y el plan quinquenal estalinista. Duranty defendía cosas como que la vivisección de animales y la represión de los kulaks (campesinos supuestamente acomodados) en la Unión Soviética podían resultar espantosas, pero que "en ambos casos el sufrimiento infligido obedece a una causa noble". Ofrecía una imagen benigna de los "campos de concentración y trabajo" soviéticos, cada uno de los cuales, según él, formaba "una especie de «comuna» donde todos viven en relativa libertad, no encarcelados, pero obligados a trabajar por el bien de la comunidad. Tienen comida y alojamiento gratuitos y se les paga por su trabajo... desde luego, no son presos en el sentido estadounidense de la palabra". Esta postura hizo que el régimen soviético tratase muy bien a Duranty mientras vivió en Moscú, donde llevaba una existencia de lujo y placer, algo inaudito para la época en aquella ciudad: tenía una gran casa, un frigorífico eléctrico traído de Estados Unidos, un asistente estadounidense que buscaba datos, una anciana cocinera rusa, una joven doncellas rusa, un coche, un chófer, una amante con la que tuvo un hijo, y era el corresponsal que más fácilmente podía acceder a las altas esferas, hasta el punto de que logró entrevistar dos veces a Stalin. De hecho, tenía una foto firmada del líder soviético.


Walter Duranty  


En realidad, todos los diplomáticos y periodistas que había en la URSS estaban al tanto de la hambruna -también Duranty, claro- o al menos habían oído hablar de ella, pero casi ninguno la mencionaba para no importunar al régimen. Aunque hubo alguna notable excepción.

Gareth Jones fue un joven periodista galés que viajó varias veces por la Unión Soviética entre 1931 y 1933, y que fue testigo de la hambruna.

En febrero de 1933, mientras cubría la subida de los nazis al poder, se convirtió en el primer periodista extranjero que viajaba con Hitler en un avión. Jones, que había leído Mein Kampf y suponía las ambiciones de su autor, escribió: "Si este avión se estrellara, toda la historia de Europa cambiaría". Contempló la reacción de los alemanes ante su nuevo canciller percibiendo "una pura adoración primitiva". En un anticipo de lo que le ocurriría después, no parece que sus opiniones fueran tenidas muy en cuenta.

A comienzos de marzo estaba de vuelta en la URSS. Logró un permiso especial para viajar a Járkov, pero se apeó del tren unos sesenta y cinco kilómetros al norte de la ciudad. Con una mochila cargada de alimentos y sin acompañantes, recorrió durante días aldeas y granjas colectivas contemplando el horror que se estaba viviendo en la Ucrania rural. Documentó todo lo que vio en unos cuadernos que más tarde conservó su hermana:

Crucé la frontera de la Gran Rusia con Ucrania. En todos los lugares hablaba con los campesinos con los que me cruzaba. Todos contaban la misma historia.

"No hay pan. Llevamos más de dos meses sin pan. Se está muriendo mucha gente". En la primera aldea ya no había patatas y se estaban quedando sin reservas de buriak (remolacha). Todos decían lo mismo: "El ganado se está muriendo, nechem kórmit (no hay nada con lo que alimentarlo). Solíamos alimentar al mundo y ahora tenemos hambre. ¿Cómo nos vamos a alimentar si solo nos quedan unos pocos caballos? ¿Cómo vamos a poder trabajar en los campos si estamos débiles por falta de comida?".

Luego me junté con un campesino con barba que caminaba conmigo. Tenía los pies cubiertos con yute. Empezamos a charlar. Hablaba en ruso de Ucrania. Le di [un] pedazo de pan y otro de queso. "Eso no se puede conseguir en ningún lugar por veinte rublos. Es que no hay nada de comida". 

Caminamos juntos y hablamos. "Antes de la guerra esto era todo oro. Teníamos caballos, vacas, cerdos y gallinas. Ahora estamos en la ruina [...] Estamos condenados".

Jones encontró "hambre a una escala colosal" y en todas partes escuchaba dos frases repetidas: "todo el mundo tiene el vientre hinchado por el hambre" y "estamos esperando la muerte". Convivió con los moribundos y durmió en el suelo de tierra de las cabañas de los campesinos. Una vez compartió su comida con una niña que después exclamó: "Ahora que he comido cosas tan buenas ya puedo morir tranquila".

En Járkov continuó tomando notas. Vio interminables colas de personas para conseguir pan y habló con la gente sobre la represión, los arrestos y las deportaciones en masa que estaban teniendo lugar en toda Ucrania a la vez que la hambruna.


Cadáveres por las calles de Járkov en 1933 (fotografía de Alexander Wienerberger)


Jones salió discretamente de la URSS y el 30 de marzo dio una rueda de prensa en Berlín donde anunció que se estaba produciendo una gran hambruna en toda la Unión Soviética y emitió un comunicado. Su trabajo se convirtió así en el primero publicado en Occidente sobre la hambruna soviética de los años treinta.



Casi nadie le creyó, pues la mayoría de la intelectualidad de la época simpatizaba con el comunismo. Malcolm Muggeridge, que por entonces trabajaba como corresponsal del Manchester Guardian, publicó de forma anónima y medio censurados tres artículos sobre la hambruna, pero el resto del cuerpo de prensa se posicionó contra Jones. Entre sus críticos destacó Walter Duranty, que el 31 de marzo publicó un artículo en The New York Times titulado "Los rusos están hambrientos, pero no se mueren de hambre", en el que hacía todo lo posible por ridiculizar a Jones:

Ha aparecido en la prensa estadounidense, de cierta fuente británica, una gran historia de terror sobre una hambruna en la Unión Soviética, con "miles de personas ya muertas y millones bajo la amenaza de muerte e inanición". 

Su autor es Gareth Jones, que fue secretario de David Lloyd George y que recientemente pasó tres semanas en la Unión Soviética y que llegó a la conclusión de que el país estaba "al borde de una crisis horrible", en palabras del autor. El señor Jones es un hombre de mente aplicada y activa, y se ha tomado la molestia de aprender ruso, idioma que habla con considerable fluidez; pero el autor de este artículo estimó que la opinión del señor Jones parecía algo precipitada y le preguntó en qué se basaba. Parece ser que hizo un viaje a pie de sesenta y cinco kilómetros por aldeas de las proximidades de Járkov y que las condiciones le parecieron lamentables.

Le insinué que esa era una muestra representativa bastante inapropiada de un país enorme, pero nada hacía flaquear su convicción de que estábamos a las puertas de una gran catástrofe.

Duranty continuaba empleando una expresión que más tarde se haría famosa ("pero -diciéndolo de forma brusca- no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos") y explicaba que había hecho "indagaciones exhaustivas" y que había llegado a la conclusión de que las "condiciones son malas, pero no hay hambruna". Es lo que hoy llamaríamos una fake new.



Indignado, Jones escribió una carta al editor de The New York Times en la que enumeraba sus fuentes -muchísimas personas entrevistadas, entre ellas más de veinte diplomáticos- y atacaba a los cuerpo de prensa en Moscú:

La censura los ha convertido en maestros del eufemismo y el circunloquio. Por ello, a la "hambruna" le dan el agradable nombre de "escasez de alimentos", y "muriéndose de hambre" se suaviza para que se pueda leer como "amplia mortalidad fruto de enfermedades causadas por la desnutrición".

Y ahí quedó todo. Duranty era más famoso, más leído y más creíble que Jones, de manera que lo eclipsó. Nadie salió a defender a Jones, ni siquiera Muggeridge, uno de los pocos corresponsales de prensa en Moscú que se habían atrevido a manifestar un punto de vista similar. Además, a Occidente en aquel momento le preocupaba más Hitler que Stalin. Hasta Polonia, que tenía información detallada sobre la hambruna, guardó silencio, pues había firmado un pacto de no agresión con la URSS en 1932. En agosto de 1933, el político radical francés Édouard Herriot, que había sido jefe del Gobierno de su país en tres ocasiones, fue invitado a visitar Ucrania para desmentir los rumores sobre la hambruna. En un viaje que duró dos semanas, Herriot inspeccionó una colonia modelo infantil, vio tiendas en Kiev cuyos escaparates, vacíos todo el año, se habían llenado convenientemente para la ocasión, viajó en barco por el Dniéper, se reunió con obreros y campesinos entusiastas aleccionados de antemano, y visitó una granja colectiva de la que después recordaría lo "admirablemente bien irrigadas y cultivadas" que estaban sus huertas. Obviamente todo había sido preparado hasta el último detalle para que Herriot contemplara una imagen idílica del país. "He viajado por toda Ucrania y puedo aseguraros que he visto un vergel en todo su esplendor", declaró después. En cuanto a Estados Unidos, su nuevo presidente, Franklin Delano Roosevelt, había decidido que tras los últimos acontecimientos en Alemania y la necesidad de contener a Japón, era hora de que el país entablase plenas relaciones diplomáticas con Moscú. Roosevelt, que leía a Duranty, tenía mucho interés en la planificación centralizada y en lo que creía que eran los grandes éxitos económicos de la URSS. En noviembre de 1933, Estados Unidos reconoció a la URSS en una ceremonia que tuvo lugar en la Casa Blanca, después de lo cual se celebró un lujoso banquete en el Waldorf Astoria de Nueva York, presidido por el comisario de Asuntos Exteriores soviético, Litvínov, y el propio Duranty, el cual se levantó e hizo una reverencia ante mil quinientos invitados. Se produjo un fuerte aplauso. Según informó después The New Yorker, aquel fue "el único momento de alboroto realmente prolongado" de la noche. "De hecho, daba la impresión de que Estados Unidos, en un arrebato de buen criterio, estaba reconociendo tanto a Rusia como a Walter Duranty".

Y así, el encubrimiento de la hambruna soviética pareció estar completo.

Podríamos pensar que algo así, la ocultación de un crimen de tales dimensiones, sería difícil que ocurriera en nuestro siglo XXI, con la televisión, internet y las fronteras abiertas. Sin embargo, la historia parece empeñada en repetirse en cierto grado. Hoy desde luego es difícil no haber oído hablar o leído algo sobre el drama que lleva viviendo Venezuela desde hace años propiciado por sus autoridades. Sin embargo, hace unos meses leímos que la escritora Almudena Grandes no tiene claro lo que ocurre en aquel país y que, en consecuencia, opta por la equidistancia. Y hace poco, la corresponsal del canal estatal ruso RT en América, Anya Parampil, nos ha contado en la cadena Fox News que la culpa de todo lo malo que ocurre en Venezuela la tienen la oposición y los Estados Unidos, y que los medios nos mienten al respecto:


De manera que en el presente, a pesar de tanta información como tenemos a nuestra disposición, sigue habiendo quienes desde los grandes medios de comunicación tratan de disfrazar o tergiversar la realidad con el objeto de apoyar de forma más o menos directa a gobiernos tiránicos.

Tras sacar a la luz los crímenes de Stalin, por supuesto a Jones se le prohibió la entrada en la URSS. En 1935 estaba en Manchukuo, la Manchuria ocupada por los japoneses, que lo detuvieron y le forzaron a salir de allí. Pero antes de que pudiera hacerlo, fue secuestrado y asesinado en circunstancias un tanto misteriosas. Se cree que detrás de su muerte pudo estar el NKVD, en venganza por sacar a la luz los crímenes de Stalin.

Walter Duranty murió en Orlando. Florida, en 1957, a los setenta y tres años de edad. Llevaba años sin escribir y se había casado con una viuda rica poco antes de morir, en el mismo hospital. Su hijo y su amante habían quedado abandonados y olvidados en la URSS hacía mucho. Parece ser que en el tiempo en que permaneció en territorio soviético fue un informante de la OGPU. Siempre había tenido debilidad por las chicas jovencitas de las que el empresario Armand Hammer, también muy ligado a la URSS, le mantuvo bien abastecido. Cuando murió, el nombre de Walter Duranty significaba muy poco para el público estadounidense.

Hoy, quince países reconocen el Holodomor como un genocidio y otros cinco lo califican de crimen estalinista.

Sirva el recuerdo a Gareth Jones de homenaje a todos aquellos que persisten en denunciar públicamente la tiranía allá donde ocurra, aunque no se les haga mucho caso, aunque les cueste la vida.




Más información:

-Applebaum, Anne, "Hambruna roja. La guerra de Stalin contra Ucrania", Debate, 2019.

-Snyder, Timothy, "Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin", Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2011.

-Tzouliadis, Tim, "Los olvidados", Debate, 2010.

Gareth Richard Vaughan Jones

Holodomor victim's Memorial


viernes, 31 de mayo de 2019

Melnik y los héroes de Chernóbil




Continúo con mi saga de héroes no muy famosos.

Esta vez quiero aprovechar el éxito de esa fantástica serie de televisión llamada "Chernobyl" para publicar algo que escribí hace tiempo y que tenía por ahí guardado.

Mykola Melnyk, más conocido como Nikolai Melnik, nuestro héroe, nació en 1953, cerca de Kiev. Ingresó en la Escuela de Pilotos Militares de Viazma, cerca de Moscú, donde consiguió sus alas. Su padre también fue piloto de pruebas militar y murió en accidente probando un prototipo de un reactor soviético cuando Melnik tenía tres años. 

Voló en distintos tipos de aviones y un día, pilotando un MiG-21bis, sufrió una despresurización accidental a 15.000 metros de altitud por la que afortunadamente no se vio seriamente afectado. No obstante, según los procedimientos de la fuerza aérea, cuando un piloto sufre este tipo de incidente e independientemente de cómo haya quedado físicamente, es dado inmediatamente de baja en vuelo de reactores supersónicos y transferido a volar aviones de transporte o helicópteros, a elección del piloto.Voló más tipos de aparatos, tanto aviones como helicópteros, y en 1978 solicitó su ingreso en Kamov OKB como piloto de pruebas, donde entró finalmente en 1980 tras seguir un curso específico. 

2011 fue el año del accidente de la central nuclear de Fukushima I, ocurrido como consecuencia del terremoto y maremoto que afectaron a Japón en el mes de marzo. Además, en abril de aquel año se cumplió el 25º aniversario de otro accidente nuclear, el de Chernóbil, Ucrania, en 1986.