jueves, 30 de junio de 2016

El Holocausto y el mito de la Gran Guerra Patria (II)


Antes de nada, hay que tener en cuenta que existe una primera parte.



"Bolchevismo sin máscara": propaganda nazi sobre el mito judeobolchevique


Con sus crímenes de masas, los soviéticos ofrecieron a los nazis la ventaja de la promesa de una guerra de liberación. La trágica coincidencia fue que cuando los soviéticos tuvieron a punto los trenes para llevar a cabo sus masivas deportaciones, los alemanes tenían dispuestos los suyos para invadir la URSS. Cuando los germanos cruzaron la frontera el 22 de junio, hacía solo una semana que los soviéticos habían perpetrado una oleada de deportaciones, pero tenían preparada otra aún mayor para finales de mes, de modo que sus cárceles estaban repletas. Tanto Hitler como Stalin eran muy conscientes de que la alianza que habían firmado en 1939 tendría fecha de caducidad más pronto que tarde, pero el primero se adelantó en finiquitarla. De hecho, Stalin se empeñó en creer que todas las informaciones que había recibido acerca de la invasión alemana no eran más que una sarta de mentiras, de modo que no se había podido preparar una evacuación ni una defensa. En tal caso los prisioneros eran la última prioridad, así que muchos fueron asesinados por sus guardianes justo antes de huir. Cuando los alemanes llegaron a los países bálticos contemplaron los cadáveres frescos, igual que en Ucrania occidental. Así, el proyecto soviético de destrucción del Estado coincidió con el nazi en espacio y en tiempo.


Para los nazis, coincidir con el poder soviético en los territorios que fueron doblemente ocupados fue una gran oportunidad de la que sacaron partido. Cuanto más drástica hubiera sido la ocupación soviética, mayor era la justificación política y más amplio el campo para la innovación nazi. La política genocida que comenzó en el verano de 1941 fue una creación espontánea de los nazis y de los habitantes de las tierras que estaban siendo invadidas por segunda vez: la política del mal mayor.

En los seis meses posteriores a la invasión alemana de la URSS, se asesinó a un millón de judíos. Los comandantes de los Einsatzgruppen, que seguían al Ejército alemán hacia el este (cuatro en total: A, B, C y D, de entre 500 y 990 hombres cada uno; todos subordinados al RSHA, es decir, a Heydrich), daban cuenta a Berlín de las personas asesinadas. Estas comunicaciones eran interceptadas y descodificadas por los británicos, que habían descifrado la famosa máquina Enigma con ayuda de criptógrafos polacos. "Nos encontramos ante un crimen sin nombre", dijo Winston Churchill (lo que quiere decir que los Aliados estuvieron al tanto de las masacres de judíos desde que empezaron, aunque no solían mencionarlas en sus declaraciones públicas ni en su propaganda). Sin embargo, al inicio de la invasión, los nazis no tenían ningún plan trazado para el exterminio de los judíos. Ya hemos visto que una propuesta era enviarlos a Siberia tras una campaña victoriosa de pocas semanas que jamás tendría lugar. La misión inicial de los Einsatzgruppen era acabar con el Estado, igual que habían hecho en Polonia, y para ello sus objetivos eran los líderes comunistas (incluyendo a los comisarios) y los varones judíos en edad militar.

El Holocausto no se explica solo por el odio de los nazis a los judíos. Cuando los miembros de los Einsatzgruppen fueron enviados a Austria y a Checoslovaquia en 1938, no mataron a judíos. En Polonia, en 1939, mataron a muchos más polacos no judíos que judíos. Durante la ocupación de la URSS, asesinaron a discapacitados, gitanos, comunistas, polacos, civiles y prisioneros de guerra, además de a los judíos. Los Einsatzgruppen no mataban solo a judíos, y no solo los Einsatzgruppen mataban a judíos. Aunque sus hombres fueron los primeros en asesinar a judíos en masa, eran un pequeña minoría de los ejecutores alemanes. El mito de su responsabilidad total surgió durante los juicios de la posguerra en la República Federal de Alemania: culpando del genocidio exclusivamente a los Einsatzgruppen, se protegía a la mayoría de los responsables y se aislaba a la sociedad alemana de los crímenes. En realidad, el número de hombres de los Einsatzgruppen en el Frente Oriental era muy inferior al de miembros de la Policia del Orden (Ordnungspolizei u OrPo, la policía regular alemana), y estos últimos asesinaron a más judíos. En el momento de la invasión de la URSS, cerca de un tercio de los oficiales de la OrPo pertenecía a las SS y unos dos tercios al partido nazi. De hecho, la policia alemana estaba subordinada al jefe de las SS, Heinrich Himmler. Pero es que los soldados de la Wehrmacht también asesinaron a un gran número de judíos, e incluso ayudaron ya en 1941 a los Einsatzgruppen y a la policía a organizar masacres cada vez mayores. Además, con los Einsatzgruppen, los policías y los soldados alemanes, colaboraron grandes sectores de la población local: entre todos perpetraron asesinatos en masa sin que hubiera ningún plan previo.


Miembros de la OrPo durante una redada en el Gueto de Cracovia, 1941


El amplio colaboracionismo con los nazis de un enorme número de ciudadanos soviéticos se ha explicado por su antisemitismo. Esta explicación es la mar de cómoda y tranquilizadora porque permite pensar que solo aquellos que odian ferozmente a los judíos son capaces de hacer algo así. Pero no solo es falsa, sino que además proviene de la propaganda nazi, que pretendía mostrar la violencia contra los judíos como fruto de la ira espontánea y justificada de los pueblos oprimidos por la dominación hebrea. Más adelante la propaganda soviética retomó el argumento nazi, esto es, que solo habían colaborado con los alemanes los antisemitas, pero finalmente sus voceros tuvieron que hacer frente a la incómoda realidad: el genocidio había comenzado precisamente en los lugares en los que la URSS había establecido su nuevo orden revolucionario en los años 1939 y 1940. En realidad, ciudadanos soviéticos de todas las nacionalidades, incluido un número considerable de militantes comunistas, habían participado en el asesinato de judíos, y esto había ocurrido tanto en los territorios anexionados por la URSS como en los que ya formaban parte del Estado soviético anterior a la guerra, incluida Rusia. Entonces los propagandistas soviéticos trataron de limitar la responsabilidad del Holocausto entre sus ciudadanos a los habitantes de los territorios anexionados merced a su pacto con los nazis. Este trasvase de la responsabilidad parecía justificar que la URSS volviera a hacerse con estas tierras tras la guerra. Es decir, que tanto los nazis como los soviéticos se esforzaron en adjudicar la responsabilidad del asesinato de judíos a los países que ambos invadieron.

Efectivamente el antisemitismo estaba extendido por Europa del Este, pero una cosa es el sentimiento y otra el asesinato, y pasar del primero al segundo no es sencillo. Según los nazis, la URSS era un imperio judío que sería destruido por un imperio alemán, pero cuando entraron en territorio soviético no encontraron a la gente dividida entre gobernantes judíos y cristianos oprimidos. Lo que encontraron fue el rastro de la reciente represión estalinista: decenas de miles de asesinados y cientos de miles de deportados desde los territorios más occidentales de la Unión Soviética, no pocos de los cuales también morirían. Incluidos muchos judíos. El régimen soviético, como pasa siempre en las dictaduras comunistas, había integrado a la población completamente en su sistema. De ese modo, prácticamente toda la ciudadanía se había visto implicada en su política y también en sus crímenes, bien participando directamente en ellos, bien apoyándolos, bien dejándose reclutar como informadores, bien sirviendo en la policía o en el Ejército Rojo, o bien colaborando de cualquier otra forma. Como ya dijimos, había personas que podían considerarse como víctimas y colaboradoras a la vez. Por otro lado, los nazis invadieron la URSS bajo el mito judeobolchevique. Esta falsedad les hizo sacar provecho tanto a ellos, como a la población soviética no judía. Ni el sistema soviético era el resultado de un contubernio judío, ni la mayoría de miembros del partido comunista, policía y colaboradores eran judíos. Muchos ciudadanos soviéticos no judíos que recibieron a los alemanes asumieron el mito nazi, a pesar de saber que no era cierto, y afirmaron a su vez que los responsables del régimen comunista habían sido, efectivamente, los judíos. Todos los judíos eran responsables y todos los responsables eran judíos. Al definir el comunismo como judío y a los judíos como comunistas, los nazis perdonaron de facto a la gran mayoría de los auténticos responsables y colaboradores del régimen soviético. Para los nazis, el mito judeobolchevique daba sentido a su invasión: un golpe a la URSS podía ser el fin de la conspiración judía mundial, y por tanto un golpe a los judíos podía acabar con la Unión Soviética. Eliminados los judíos, "toda la podrida estructura del bolchevismo se vendrá abajo como un castillo de naipes", en palabras de Hitler. A la vez, eso permitía limpiar su pasado a las personas que realmente habían participado en el régimen soviético. Los judíos se convertían así -igual que otras veces en su historia- en el perfecto chivo expiatorio. El sangriento resultado de esta situación fue una creación conjunta de los nazis y de los ciudadanos soviéticos, en un momento en que un régimen político brutal daba paso a otro igual, en un lugar en que la colaboración con el estalinismo había sido generalizada y en el que las instrucciones que tenían los invasores para el asesinato racial no eran específicas. Como escribe Snyder, "la política del mal mayor fue una creación colectiva en una época de caos".


Los alemanes son recibidos con flores en un lugar de Ucrania, verano de 1941


En Polonia oriental, la desaparición del poder soviético con la llegada de los alemanes dio lugar a una oleada de ajustes de cuentas entre la población, pero esta no tenía un carácter étnico, sino que se debía a los agravios acumulados durante el periodo comunista. Sin embargo, a lo largo del verano de 1941, los nacionalistas ucranianos que vivían en el sureste de la Polonia anterior a la guerra ayudaron a los nazis a organizar pogromos. Así, en la ciudad de Leópolis (Lwów en polaco y L’viv en ucraniano) la NKVD asesinó a varios miles de prisioneros en los primeros días de la invasión. Los alemanes tomaron la ciudad el 30 de junio y descubrieron los cadáveres.



Los nacionalistas ucranianos los ayudaron a presentar aquellos asesinatos como un crimen judío contra la nación ucraniana. Los auténticos responsables de la masacre, los miembros de la NKVD, se habían marchado, pero los judíos de la ciudad seguían allí. Un crimen político se transformó de repente en otro que implicaba una responsabilidad étnica. La historia inmediata se convertía así en una fábula racial cuya moraleja era el asesinato. A lo largo de las cuatro semanas siguientes, unos 6.000 judíos fueron asesinados en la ciudad, bien por el Einsatzgruppe C, o bien en pogromos organizados por los nazis y los nacionalistas ucranianos. Los nazis filmaron los ataques para mostrar así la justificada ira popular contra los judíos.







Trochinbrod era un pequeño asentamiento judío creado en el siglo XIX en Ucrania occidental, de modo que antes de la guerra se encontraba en territorio polaco. En 1939 la ciudad fue ocupada por los soviéticos, y en 1941 por los alemanes. Al año siguiente, con ayuda de la Policía Auxiliar Ucraniana, los nazis asesinarían allí a miles de judíos y borrarían literalmente del mapa el lugar. Hoy no quedan ni los cimientos de los edificios.

En el noreste de Polonia los nazis también trataron de provocar pogromos, pero les resultó más difícil al no existir conflictos nacionales. En junio de 1941 la ciudad de Białystok había sido ocupada varias veces. Primero por el Ejército alemán en septiembre de 1939, seguido por la unidad especial alemana más sanguinaria de la campaña polaca, el Einsatzgruppe IV, que perpetró una matanza. Según el Tratado de Amistad, Cooperación y Demarcación firmado entre Alemania y la Unión Soviética el 28 de aquel mes, la Wehrmacht y las SS se retiraron de Białystok para dejársela al Ejército Rojo y la NKVD. Los soviéticos desmantelaron la ciudad, cerraron los negocios y llevaron a cabo arrestos y deportaciones. Tras el inicio de Barbarossa, el 27 de junio de 1941 entró allí la OrPo. Se obligó a los judíos a limpiar Białystok de estatuas de Lenin y Stalin con música soviética de fondo. Después, los policías alemanes empezaron a detener a judíos y asesinaron a algunos en la calle. A algunas mujeres las violaban. Encerraron a unas 2.000 personas en la Gran Sinagoga de la ciudad e instalaron una ametralladora frente a ella. A continuación incendiaron la sinagoga. Aquel día murieron unos 5.000 judíos en Białystok.

El objetivo de la masacre de Białystok era mostrar que los judíos eran los responsables de la ocupación soviética y matarlos formaba parte de la liberación, es decir, fomentar los pogromos en aquella región. Incluso hubo órdenes en ese sentido de Heydrich, Himmler y Göring, pero los nazis no lograron los resultados inmediatos que esperaban: en el noreste de Polonia la gente seguiría sin lanzarse espontáneamente contra los judíos. El 10 de julio, en Jedwadne, ocurrió un trágico suceso cuya escenografía fue similar a la de Białystok, con la diferencia de que esta vez los nazis establecieron las normas y los polacos las ejecutaron. En presencia alemana, los vecinos polacos reunieron a unos 300 judíos y los obligaron a quitar la estatua de Lenin. Después, se les obligó a desfilar con una bandera roja hasta un granero donde fueron quemados vivos. Como solía ocurrir en estos casos, entre los asesinos había personas que habían colaborado con el régimen soviético y entre las víctimas había sin duda otras que no lo habían hecho. Y así ocurrió en más lugares del noroeste de Polonia: los nazis reunían a los polacos, los polacos reunían a los judíos, los polacos golpeaban y humillaban a los judíos, los obligaban a cantar canciones soviéticas, a llevar banderas soviéticas y a destruir monumentos de Lenin o Stalin cuando los había. Y luego los asesinaban. Estos sádicos rituales no eran auténticos pogromos, no eran espontáneos, eran más bien el resultado de un esfuerzo conjunto de los nazis y la población local para reinventar la experiencia de la ocupación soviética de una forma aceptable para ambas partes. Matando a los judíos, los polacos podían exculparse a sí mismos de su asociación con el régimen soviético e incluso hacerse con sus propiedades.

Los soviéticos habían destruido Lituania y miles de emigrantes de ese país habían buscado refugio en Alemania. Con una parte de ellos, en noviembre de 1940 se fundó en Berlín el Frente Activista Lituano (LAF), cuyos miembros creían que podrían aprovechar la potencia militar alemana para liberar su país. Los nazis, claro está, pensaban utilizarlos para lograr sus propios fines.

En junio de 1941 los activistas lituanos volvieron a su país con los alemanes. De los 1.593 negocios que los soviéticos habían nacionalizado en Lituania en el otoño de 1940, 1.327 pertenecían a judíos, es decir, el 83%. A pesar de ello, los activistas lituanos colgaron pancartas que identificaban a los judíos con el poder y los crímenes soviéticos, lo que permitía a los lituanos no judíos apoderarse de los negocios expropiados a los judíos. Los soviéticos habían deportado al Gulag a muchos de los judíos más adinerados. Los restantes, quedaron a merced de lo que los nazis y los lituanos quisieran hacer con ellos. El LAF declaró la independencia del país, aunque sería efímera. 

Como en Polonia oriental, en Lituania la población había estado involucrada en el régimen soviético. El mito judeobolchevique ofreció la oportunidad a los lituanos no judíos acogerse a una amnistía política masiva, además de la posibilidad de reclamar todos los negocios que los soviéticos habían expropiado a los judíos, como ya hemos dicho. A los miembros del Partido Comunista de Lituania se les permitió unirse al LAF siempre que no fueran judíos. A los comunistas detenidos se les comunicó que el precio de su libertad era una demostración de lealtad hacia su país: debían matar judíos. En Lituania, la doble colaboración fue más la norma que la excepción. Muchos soldados lituanos desertaron del Ejército Rojo y se unieron al LAF. Policías que habían estado trabajando para los soviéticos se unieron de repente a los partisanos que habían combatido a los comunistas desde el año anterior. Los alemanes no tuvieron que modificar casi la administración local: en general, las mismas personas que habían promulgado las políticas soviéticas promulgaban ahora las nazis. Así, Jonas Dainauskas, un oficial de la policía de seguridad lituana anterior a la guerra, había trabajado después para la NKVD, pero cuando llegaron los nazis se reunió con Franz Walter Stahlecker, comandante del Einsatzgruppe A, para organizar la participación de sus hombres en la matanza de judíos. Juozas Knyrimas, que había ayudado a los soviéticos a deportar a ciudadanos lituanos, se unió a la policía lituana y asesinó a judíos. Y Jonas Baranauskas, que había trabajado para la policía soviética, se unió a los partisanos lituanos y también se dedicó a matar judíos. En el verano y otoño de 1941, un gran número de judíos escasamente relacionados con la ocupación soviética de Lituania fueron asesinados por un gran número de lituanos que sí habían participado en ella. Para finales de año, los alemanes había prohibido toda organización lituana y ya no tenía sentido seguir relacionando el mito judeobolchevique con la liberación del país. Claro que por entonces casi todos los judíos de Lituania habían muerto.



En 1941 había en Vilna cerca de 100.000 judíos. La ciudad había sido capital de Lituania entre diciembre de 1939, cuando la URSS se la cedió tras invadir Polonia, y junio de 1940, cuando la URSS ocupó y se anexionó el país. Durante el año siguiente fue la capital de la República Socialista Soviética de Lituania. En julio de 1941, los nazis y sus aliados lituanos empezaron a asesinar a miles de judíos de Vilna en el cercano bosque de Ponary. Las masacres las dirigía el doctor en Derecho Alfred Filbert, comandante del Einsatzkommando 9. Tres años después, los nazis y sus aliados habían asesinado en Ponary a cerca de 100.000 personas, en su mayoría judíos. 

A lo largo del verano de 1941, los nazis empezaron a asesinar a mujeres y niños judíos, además de los hombres. El motivo para violar ese tabú, el asesinato de niños, era que la guerra en el este no iba tan bien como esperaban las autoridades germanas. La URSS no se había derrumbado como un "castillo de naipes" o un "gigante con pies de barro", como decía Hitler. Se avanzaba, pero lentamente. Ese mismo septiembre, en Alemania, los judíos mayores de seis años fueron obligados a llevar la estrella amarilla, que los identificaba como responsables de la pérdida de fuerza en la campaña militar. Fueron tomados como rehenes del éxito de la Wehrmacht, un aumento extraordinario de responsabilidad que se mantendría hasta su conclusión lógica.

El asesinato masivo de mujeres y niños comenzó a afectar muy pronto a sus verdugos. El propio Stahlecker, superior de Filbert, reconoció que dichas prácticas suponían para sus hombres una "carga emocional". Los alemanes que asesinaban a niños recibían una dosis extra de alcohol, pero no era suficiente. Los cultos oficiales de las SS empezaron a transmitir la idea de que los judíos debían ser aniquilados porque su intención era acabar con los alemanes, así que exterminándolos los nazis no hacía más que defenderse. Como estas absurdas y sanguinarias teorías no eran suficientes para evitar los remordimientos de los ejecutores, los asesinos alemanes empezaron a reclutar a la población local. Lituanos, polacos y rusos empezaron a ayudar en las masacres. Muchos de ellos habían formado parte del Ejército Rojo, así que tenían que ganarse el perdón.

Igual que en Lituania, los alemanes llegaron a Letonia con un grupo de refugiados del país que habían huido de la ocupación soviética. Igual que en otros lugares, la propaganda empezó a mostrar a los prisioneros asesinados por la NKVD como víctimas de los judíos. En Letonia los nazis inventaron algo nuevo: un comando asesino encabezado por ciudadanos letones que llevaron a cabo la mayor parte de las matanzas siguiendo órdenes alemanas. Su líder fue Viktors Bernhard Arājs


 Arājs


Arājs nació en 1910 en el Imperio ruso. Su madre era de origen alemán. Igual que Stahlecker, Filbert y otros autores de masacres nazis, se formó como abogado. Se matriculó en Derecho en 1932, en la Letonia independiente, e ingresó en la policía para procurarse un sueldo. Se casó con una mujer mayor que le pagaba los estudios y tuvo una amante más joven. Se licenció en la Letonia soviética, es decir, en Derecho soviético, con un trabajo académico sobre la Constitución de Stalin. Parece ser que en el verano de 1941, durante su retirada, los soviéticos mataron a la amante de Arājs y a la familia de esta, aunque se desconoce si él lo supo o si le importó. A comienzos de julio Arājs se reunió con Stahlecker, cuando la violencia contra los judíos ya se extendía por Riga. El 3 de julio, Arājs y sus hombres (el Kommando Arājs) detenían a los primeros judíos. Al día siguiente, quemaron las sinagogas de Riga.


Llegada de los alemanes a Riga


El Riga, Arājs recibió la autorización para utilizar la casa de una familia de banqueros judíos como cuartel general. Los banqueros habían sido expropiados y deportados, pero no por los nazis, sino por los soviéticos. Para cuando llegaron los alemanes, los judíos más ricos de Letonia ya estaban en el Gulag. Otros judíos menos ricos seguían allí, pero nunca recuperarían sus posesiones. 

Muchos de los voluntarios que se alistaron en la unidad de Arājs, o en la Policía Auxiliar Letona (a la que pertenecía la unidad de Arājs), fueron soldados letones del Ejército Rojo que querían deshacerse de la vergüenza de haber llevado uniforme soviético. Otros, fueron ciudadanos letones que habían sufrido la represión comunista. En su mayoría eran trabajadores, y los primeros en enrolarse no sabían de antemano que su principal labor consistiría en asesinar a judíos. Sin duda, no todos eran nacionalistas letones. De hecho, algunos eran rusos. De los cerca de 66.000 judíos que había en Letonia en el verano de 1941, el Kommando de Arājs asesinó a 22.000 y después ayudó a acabar con otros 28.000. Además de judíos, los hombres de Arājs también asesinaron a pacientes de hospitales psiquiátricos y a civiles bielorrusos (en las operaciones contra los partisanos soviéticos).

Friedrich Jekeln fue un SS-Obergruppenführer (teniente general de las SS) que sirvió como Jefe Superior de las SS y la Policía en el sur y en el norte de los territorios ocupados de la URSS. Fue el artífice de varias masacres de judíos: la de Kamianéts-Podilskyi, en Ucrania (27-28 de agosto de 1941, 23.600 judíos asesinados, en su mayoría deportados por Hungría, aliada de Alemania); la de Babi Yar, cerca de Kiev, Ucrania (29-30 de septiembre, 33.771 judíos asesinados); y la de Rumbula, cerca de Riga, Letonia (30 de noviembre y 8 de diciembre de 1941, unos 25.000 judíos asesinados). Para sus matanzas Jekeln inventó el "método de la sardina", una forma de masacre industrial que permitía matar a más de diez mil personas en un solo día. El sistema consistía en que las víctimas eran obligadas a tumbarse boca abajo en la fosa formando hileras antes de ser asesinadas con un tiro en la nuca. El siguiente grupo era obligado a tumbarse directamente sobre la capa de cadáveres, y así sucesivamente. Cuando la fosa estaba llena, los verdugos caminaban sobre los cuerpos rematándolos. Si alguna víctima sobrevivía a los disparos, era enterrada viva cuando la fosa se cubría de tierra.


"El último judío en Vinnitsa", según reza detrás de la foto. Tiempo después de tomarse esta imagen, en 1943, los nazis descubrieron en aquel mismo lugar de Ucrania unas cuantas fosas comunes con los restos de miles de personas asesinadas por la NKVD durante la Gran Purga. Por supuesto denunciaron el crimen para dejar en evidencia ante el mundo la perfidia del régimen soviético, aunque ellos estaban haciendo lo mismo.



Jeckeln


En las masacres de Jekeln participaron los Einsatzgruppen, la OrPo, la Wehrmacht y los consabidos colaboradores locales. 

Cuando los soviéticos se anexionaron Estonia, en 1940, llevaron a cabo unas 400 ejecuciones. Después llegaron las deportaciones y los asesinatos masivos, estos últimos justo en el momento de la invasión alemana. Entre deportados y ejecutados, el año de ocupación soviética produjo en Estonia unas 60.000 víctimas. Igual que en los otros Estados bálticos, cuando los alemanes llegaron al país, a principios de julio de 1941, lo hicieron acompañados de exiliados a los que pensaban utilizar. De nuevo los nazis esgrimieron el mito del judeobolchevismo y de nuevo encontraron colaboradores deseosos de limpiar su primera colaboración con los soviéticos. Antes de la guerra había unos 4.300 judíos en Estonia. Los soviéticos deportaron a 450 -alrededor del 10%- junto a otros estonios. Casi todos los restantes escaparon hacia el este en el momento de la invasión nazi, quedando en el país unos 1.000 judíos. Prácticamente todos ellos serían asesinados.

La doble colaboración en Estonia fue muy habitual, tanto que los nazis no necesitaron organizar pogromos. La policía estonia, que había participado en las deportaciones de estonios y judíos, ahora ejecutaba las órdenes alemanas y asesinaba a estonios y judíos: en total, unos 10.000 ejecutados, de los que 963 eran judíos. En este caso, el número de no judíos asesinados fue diez veces mayor que el de judíos. Ain-Ervin Mere fue un agente de la NKVD en Estonia, y con la llegada de los alemanes se incorporó a la Policía de Seguridad, la principal institución estonia encargada del exterminio de judíos. Desde 1943 fue oficial de la 20ª Waffen Grenadier Division de las SS (1ª Estonia). Ervin Viks fue policía en la Estonia anterior a la guerra, trabajó para la NKVD entre 1940 y 1941 y luego se unió a la Policía de Seguridad con los nazis. Ordenó cientos de ejecuciones, tanto de judíos como de no judíos. Alexander Viidik trabajó para la Policía Política Estonia, luego para la NKVD y después para el SD, el servicio de inteligencia de las SS, donde contrató a sus antiguos contactos soviéticos.

A finales de 1941, mientras el Ejército alemán combatía contra el Ejército Rojo, cientos de miles de hombres, mujeres y niños judíos estaban siendo asesinados en retaguardia, en las zonas ocupadas de la URSS. La Wehrmacht ya estaba perdiendo la guerra contra los soviéticos, pero los nazis estaban ganando la guerra contra los judíos, de modo que las SS podían afirmar que estaban triunfando allí donde los demás fracasaban. "¡El Este pertenece a las SS!", exclamaba Himmler.


Mapa enviado por Stahlecker en octubre de 1941 detallando 220.250 asesinatos cometidos por el Einsatzgruppe A bajo su mando. Estonia está marcada como judenfrei ("libre de judíos")


Rumanía fue el principal aliado de Alemania en el frente oriental, y fue el único otro Estado en desarrollar una política propia para el exterminio de judíos. Tradicionalmente el antisemitismo había estado más arraigado en la historia rumana que en la alemana. En el siglo XIX las autoridades rumanas ya había estigmatizado a los judíos como un peligro para la seguridad del país, y solo la presión de las potencias occidentales tras la Primera Guerra Mundial consiguió que se los reconociera como ciudadanos de pleno derecho. Durante la Segunda Guerra Mundial Rumanía no perdió la estatalidad, pero sí perdió territorios. Recuperar esas tierras se convirtió en la mayor obsesión del Gobierno de Bucarest y, más tarde, los judíos de dichas zonas fueron las principales víctimas de las nuevas políticas genocidas.

Tras la Primera Guerra Mundial, además de advertencias acerca del trato igualitario a los judíos, Rumanía también recibió enormes ganancias territoriales. En los años veinte y treinta la gran preocupación de Bucarest fue la rumanización de esas tierras, pero en el verano de 1940 perdió la mayor parte de lo que había ganado: la Unión Soviética ocupó y se anexionó el noreste de Rumanía (Besarabia y el norte de Bucovina), en virtud de sus acuerdos con los nazis. Además, Alemania ordenó a Bucarest que cediera a Hungría el norte de Transilvania, y poco después los rumanos perdieron el sur de Dobruja en favor de Bulgaria. Así que, de un plumazo, en aquel verano Rumanía perdió cerca de un tercio de su territorio y de su población. El rey Carlos II, un tipo corrupto que se había declarado a sí mismo dictador real dos años antes, trató de desviar hacia los judíos la culpa de todo lo que estaba pasando, pero tuvo que abdicar en septiembre en favor de su hijo Miguel: quienes depusieron al rey lo culpaban tanto a él como a los judíos de las pérdidas territoriales.



Se hizo entonces con el poder el general Ion Antonescu, que gobernaría con poderes dictatoriales y que tuvo el apoyo durantes los primeros meses del movimiento fascista rumano Guardia de Hierro. Rumanía era un tradicional aliado de Francia, pero este país había sido derrotado por Alemania, que a continuación había obligado a Bucarest a ceder territorios a sus vecinos. Para Antonescu, la única opción era aliarse con Alemania, puesto que París ya no era relevante y Alemania podía modificar las fronteras a su antojo. La propaganda rumana no criticó las acciones alemanas, sino que se centró en la agresión soviética. Los judíos rumanos perdieron todos sus derechos, y la ley rumana se diseñó a imagen de la nazi. En enero de 1941 Antonescu visitó Berlín y fue el primer líder extranjero en enterarse del plan de Hitler de invadir la URSS. A Hitler le interesaba tener al Ejército rumano de su lado en la lucha contra los soviéticos, y a Antonescu le interesaba contar con la confianza de Hitler. En esas condiciones, el dictador rumano rompió con la Guardia de Hierro y decidió gobernar en solitario.


Antonescu con Hitler, 1941 


El Ejército rumano cruzó la frontera soviética junto al 11º Ejército alemán el 2 de julio de 1941, uniéndose así al resto del Grupo de Ejércitos Sur germano. Lo que ocurrió entonces fue una reinvasión, igual que en Polonia oriental y en los países bálticos. Las tropas rumanas ocuparon Besarabia y el norte de Bucovina, territorios que había formado parte de su país hasta un año antes. De la misma manera que en las otras zonas reocupadas, los soviéticos estaban entonces allí en plena deportación masiva. A lo largo del año que duró la ocupación soviética de dichos territorios, cerca de 90.000 personas fueron detenidas o deportadas, y miles asesinadas. Por otro lado, en los días previos a la invasión de la URSS, se iniciaron pogromos en territorio rumano que dejaron en pañales el acoso a los judíos en la Alemania de la preguerra. Además, cuando las fuerzas rumanas entraron en Besarabia y el norte de Bucovina, asesinaron a cerca de 43.500 judíos. Igual que los nazis, los rumanos invadieron la URSS proclamando el mito judeobolchevique: los judíos tenían la culpa de que los soviéticos hubieran ocupado parte de Rumanía y hubieran cometido allí toda clase de tropelías. Las autoridades rumanas sabían que no era así, pero al incriminar a los judíos estaban proporcionando una coartada a su propio pueblo.

Igual que en otras zonas reocupadas, tras la retirada del Ejército Rojo hubo ajustes de cuentas entre la población, pero no tuvieron prácticamente ningún carácter étnico, puesto que los colabores de los soviéticos habían sido tanto judíos como no judíos. Las fuerzas rumanas recuperaron rápidamente esos territorios y continuaron hacia el este, ocupando una parte considerable de Ucrania: lo que se conoció como Transnistria.



Igual que en el caso de la Wehrmacht, tras el Ejército rumano llegaban unidades especiales con la misión de instigar pogromos, aunque dando apariencia de espontaneidad. Pero como pasaba en todas partes, la mayoría de la población veía aquello con pasividad, no reaccionaba lanzándose contra los judíos. Tras algunos pogromos, se llevó a cabo la deportación general de los judíos de Besarabia y el norte de Bucovina -unas 200.000 personas- a campos de concentración improvisados en Transnistria. Durante las deportaciones, los rumanos cometieron robos, violaciones y asesinatos. La vida en los campos era infernal, de modo que los judíos empezaron a morir de inmediato. Aparte, desde octubre de 1941, tras la batalla de Odesa, en la que Rumanía tuvo decenas de miles de bajas, los soldados rumanos masacraron a decenas de miles de judíos en las afueras de la ciudad.



Durante la Segunda Guerra Mundial, Rumanía fue responsable del asesinato de unos 280.000 judíos, el 94% de los cuales procedía de Besarabia, el norte de Bucovina o Transnistria, es decir, de lugares en los que se les podía culpar del comunismo. Las autoridades rumanas también planearon deportar a los judíos de la zona central de su país, pero jamás lo hicieron. Esos judíos no habían perdido la ciudadanía, ya que en aquella parte del país no se podía culpar a nadie del comunismo.

En 1942, la política rumana respecto a los judíos, hasta entonces supeditada a la nazi, cambió. Los nazis trataron de que todos los judíos supervivientes bajo control rumano fueran enviados a los campos de exterminio, en Polonia, pero Bucarest se opuso alegando razones de soberanía. El Gobierno rumano se creía con derecho a deportar y asesinar a los judíos que estaban bajo su control, pero el despotismo de los alemanes le molestó. Tampoco le gustó que, mientras a Rumanía se le pedía que entregara a sus judíos, los de Hungría e Italia, países también aliados de Alemania, permanecieran en sus casas. También le disgustó que, a pesar de su contribución a la guerra en el frente oriental, no pudiera recuperar el norte de Transilvania, anexionado por Hungría. En definitiva, el Gobierno rumano decidió evitar que aumentara la influencia germana en su país.

Los rumanos pretendían deportar y asesinar a los judíos sin complicaciones políticas, pero cuando este cálculo cambió, su política también lo hizo. De ese modo, en octubre de 1942 detuvieron las deportaciones y los asesinatos masivos. También deportaron y asesinaron a miles de gitanos al amparo de la guerra, pero como este proceso iba ligado al de los judíos, también se interrumpió. En 1943, después del desastre de Stalingrado, Antonescu decidió que las montañas de cadáveres rumanos alrededor de aquella ciudad ya eran bastante sacrificio y continuó protegiendo a los judíos de su nacionalidad. Al año siguiente, el rey Miguel I dio un golpe de Estado contra Antonescu, que fue depuesto. Rumanía cambió radicalmente sus alianzas y su Ejército terminó la guerra luchando contra los alemanes, al lado de los soviéticos. En total sobrevivieron al Holocausto dos tercios de los judíos rumanos. Casi todos los que murieron pertenecían a las zonas donde la URSS destruyó las estructuras del Estado rumano, y después Rumanía hizo lo propio con las estructuras soviéticas. La diferencia entre Antonescu y Hitler fue que si bien el primero era antisemita, consideraba la cuestión judía como un problema más entre otros, y por encima de todo trataba de proteger su país. Así, cuando la supervivencia del Estado empezó a peligrar, redujo las persecuciones a los judíos. Hitler, que creía en un mundo de razas y no en un mundo de Estados, hizo todo lo contrario.


Continuará...

 

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