viernes, 31 de mayo de 2013

El asesino del amor




-Buenas tardes, señor. Está usted detenido.
-¿Cómo dice?
-Por lo visto, además de detenido también está usted sordo. Soy policía y tiene que venir conmigo: está detenido, señor.
-Pero bueno, ¿y por qué motivo?
-Se le acusa de haber asesinado el amor de su mujer.
-¿Cómo dice?
-¿Se lo voy a tener que repetir todo, señor? Es que no tengo toda la tarde.
-¡Pero si yo a mi mujer la quiero!
-Es posible que usted la quiera, pero ella ya no le quiere a usted.
-¿Y eso quién lo dice?
-Pues ella misma, que es quien le ha denunciado.
-¡Pero esto es absurdo, oiga! ¿Y tengo yo la culpa de que ya no me quiera?
-Eso se verá en el juicio, señor. Habrá testigos y todo.
-¿Testigos?
-Claro. Gente que a lo largo de los últimos meses ha comprobado cómo el amor que su mujer sentía por usted agonizaba lentamente, hasta que al final ni respiraba ni se rebullía, que decía doña Emilia Pardo Bazán.
-¿En serio? Pues yo me estoy enterando ahora, ya ve. E insisto: no entiendo qué culpa puedo tener de eso.
-Pues seguramente toda, señor. Veamos: ¿le daba masajes en los pies?; ¿le regalaba flores con frecuencia?; ¿mantenía limpio el cuarto de baño y lo llenaba de popurrís?; ¿procuraba que nunca le molestaran las cucarachas o las arañas?; ¿le hacía ver cada mañana lo guapa que estaba?; ¿la escuchaba y comprendía cada vez que lloraba sin motivo?; ¿estaba siempre pendiente de ella?
-Pues hombre, alguna vez sí que...
-¡Ajá! "Alguna vez" no es suficiente. Está usted reconociendo su crimen, señor.
-Oiga, sin faltar.
-Su mujer alega que no es feliz con usted.
-Hombre, a ver quién es feliz hoy en día...
-Claro, ahora me dirá que se ha vuelto un asesino por culpa de la crisis.
-¡Pero qué dice, si yo no he matado a nadie!
-Excusas.
-¿Y no podría yo hablar con mi mujer a ver si lo arreglamos?
-No, ya es tarde. Y si lo intenta se le acusará además de escrache sentimental.
-Oiga, le aseguro que yo nunca quise matar el amor de mi mujer.
-Bueno, bueno. Quizá su abogado consiga que sólo se le condene por amoricidio involuntario.
-¿Pero entonces me van a condenar seguro? ¿Y a qué me pueden condenar?
-Seguramente sea usted desterrado a perpetuidad.
-¿Desterrado? ¿Me tendré que exiliar?
-Quiero decir desterrado del corazón de su mujer. Que se romperá su relación para siempre, vamos. Bueno, venga, que ya hemos perdido mucho tiempo. Ah, no le había avisado, pero todo lo que diga, haga o sienta podrá ser utilizado en su contra.
-¿Más aún?

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