miércoles, 15 de mayo de 2019

Un héroe bastante desconocido




Seguramente el bombardeo más famoso de la Guerra Civil Española sea el de Guernica, pero esto no quiere decir que fuera el peor. En cuanto a número de muertos, los bombardeos más virulentos de aquella contienda se dieron en la costa levantina durante 1938, y corrieron a cargo de la Aviazione Legionaria italiana con base en Mallorca, que actuaba al servicio de Franco. De hecho, varios de estos ataques fueron auténticos bombardeos de terror que buscaban ante todo causar un gran número de víctimas civiles. De esa manera, los italianos trataban de poner en práctica las enseñanzas de su compatriota Giulio Douhet, uno de los primero teóricos del bombardeo estratégico. El autor de la obra de dos volúmenes "Bombardeos del litoral mediterráneo durante la Guerra Civil", José Luis Infiesta Pérez, escribe que "la guerra de España fue la cuna, el primer precedente, aunque modesto, de los bombardeos de terror que multiplicados por cien se han producido en los conflictos posteriores". Efectivamente: escuelas, hospitales, bibliotecas, iglesias, mercados, autobuses y colas se convirtieron de un día para otro en blancos potenciales. Además, una parte muy importante de las víctimas fueron mujeres y niños, pues en ese momento la mayoría de la población de ciudades y pueblos estaba formada por mujeres, ancianos y niños, ya que los hombres, e incluso los casi niños, estaban en los frentes de guerra. De manera que los soldados en el frente no solo sufrían por su propia suerte, sino también por la de sus seres queridos en retaguardia.

Los bombardeos del litoral mediterráneo tuvieron algún brutal antecedente. Así, el 2 de noviembre de 1937 fue atacada Lérida por bombarderos italianos con base en Zaragoza, causando cerca de doscientos muertos, más de sesenta de los cuales eran niños, alumnos del Liceo Escolar.



Con respecto a los bombardeos de localidades costeras o cercanas a la costa, voy a mencionar solo los más destacados. El 25 de mayo de 1938 fue bombardeado el Mercado Central de Alicante provocando más de trescientos muertos. Seis días después, el 31 de mayo, Granollers sufrió un brutal ataque aéreo que produjo más de doscientos muertos. Pero la peor suerte la corrió Barcelona. En enero de 1938 sufrió una serie de ataques aéreos, de los cuales el más sangriento se llevó a cabo el 30 de aquel mes ocasionando más de doscientos muertos. Especialmente afectada aquel día fue la iglesia de San Felipe Neri, en la que se habían refugiados numerosos civiles. Tras el ataque solo quedaron en pie la fachada y parte de la estructura. Hubo 42 muertos, en su mayoría niños. Hoy se pueden contemplar aún en la fachada las marcas del bombardeo.



Sin embargo aquello fue solo la primera parte. Entre el 16 y el 18 de marzo, la capital catalana fue víctima de unos devastadores bombardeos que causaron alrededor de mil muertos y que fueron ordenados personalmente por Mussolini. En realidad, desde el primer día de 1938 hasta el inicio de la batalla del Ebro (25 de julio), buena parte de las poblaciones de la cuenca mediterránea que van desde la provincia de Gerona hasta la de Murcia estuvieron expuestas a ataques aéreos sistemáticos.



Y bueno, en medio de esta orgía de terror fascista un aviador italiano decidió rebelarse.

Giovanni Spilzi nació en la localidad véneta de Cresole di Caldogno, en el norte de Italia, el 31 de mayo de 1915. Hijo de una familia de campesinos, las dificultades económicas le obligaron a abandonar sus estudios en 1936 para alistarse en la aviación militar, previo ingreso en el Partido Nacional Fascista. El 12 de mayo de 1938, sin recibir explicaciones sobre su destino, lo embarcaron rumbo a España y así se convirtió en uno de los cerca de 1.400 italianos que sirvieron en nuestro país como pilotos de la Aviación Legionaria. Al poco de llegar, y al entrar en combate sobre el frente de Aragón pilotando un caza Fiat CR.32 (conocido en España como Chirri), sufrió un accidente que le llevó a estar ingresado dos meses en un hospital de Zaragoza. Tras ser dado de alta, participó en un combate sobre Tortosa que para él sería el último.

Dos días después, el 21 de julio, Spilzi despegó junto a su escuadrilla de caza del aeródromo de Caudé (Teruel) para dar escolta a aviones de reconocimiento en el sector valenciano de Alcublas, a unos cuarenta kilómetros de la base republicana de Manises. La misión marchaba con normalidad cuando de forma repentina Spilzi abandonó la formación y dio medio vuelta para dirigirse, presumiblemente, hacia las lineas propias. Cuando el resto de la escuadrilla regresó a la base, supieron que Spilzi no había aparecido, por lo que temieron que hubiera sido derribado o que, a causa de una avería o una equivocación en la ruta, se hubiera visto obligado a aterrizar en territorio enemigo. La verdad se supo después de que el Ministerio de Defensa republicano informara de su deserción en el parte de guerra del 23 de julio:

"En uno de nuestros aeródromos del frente del Centro aterrizó un aparato de marca Fiat, cuyo piloto, de nacionalidad italiana, se pasó voluntariamente a nuestras filas con su aparato".

La deserción de Spilzi es el único caso documentado de un piloto extranjero al servicio del bando franquista que se pasó volando a los republicanos. En el momento en que desertó al aeródromo de Manises, Spilzi era sargento y tenía 23 años. Su avión estaba cargado con 120 litros de combustible y llevaba la munición de sus ametralladoras intacta. Faltaban cuatro días para que comenzara la batalla del Ebro.



Obviamente el suceso fue recogido por la prensa republicana con profusión, e incluso mereció una crónica en el diario Las Noticias de Barcelona, órgano de la UGT. Ahí fue donde Spilzi expuso los motivos que le habían llevado a desertar, que fueron básicamente los bombardeos de objetivos civiles:

"El hecho no tiene nada de particular cuando se trata de un hombre que como yo tiene sentimientos de persona civilizada. He venido a la zona republicana apenas me convencí de que me habían traído a combatir contra un pueblo que defiende su independencia, su hogar y su dignidad ultrajada (...). Por orden del mando se bombardean las poblaciones civiles y los grupos escolares y los hospitales, porque aseguran que así se quebranta la moral de la retaguardia y las mujeres piden más pronto la paz".

El aviador italiano cobraba 1.500 pesetas al mes por sus servicios en la Aviación Legionaria. Días antes de escapar, había enviado a su padre la cantidad de 9.000 liras, importe de su sueldo de tres meses, para que pudiera hacer frente a posibles represalias por su deserción. Se ofreció a combatir como piloto republicano, aunque él mismo reconocía que "mi afán es imposible, no tendrán confianza en mí para entregarme un aparato, pero puedo instruir, enseñar, porque creo que soy un piloto competente". Sus antiguos superiores al frente de la Aviación Legionaria supieron que Spilzi había suministrado al enemigo todo tipo de información acerca del número, tipos y eficacia de sus aparatos. Además, se le acusó de:

"Exaltar el espíritu de la población y las milicias "rojas" mediante declaraciones públicas, discursos en la radio, entrevistas a los periódicos, en los cuales eran retratadas desfavorablemente las condiciones de vida en la zona nacional, inventadas o exageradas las pérdidas sufridas por las fuerzas franquistas, y difamados los sistemas e ideales del régimen fascista".

Spilzi se incorporó como sargento a la aviación republicana, aunque solo cumplió funciones de propaganda e información. Según el testimonio de algunos pilotos italianos capturados por los republicanos, Spilzi actuaba de intérprete en sus interrogatorios, durante los cuales "llegaba a pronunciar invectivas contra los oficiales de la Real Aeronáutica y contra el Duce".

En enero de 1939 Spilzi envió un telegrama a su familia a través de la Cruz Roja Italiana en el que aseguraba encontrarse bien y "bajo la protección de la República". Unos días después, la Embajada italiana propuso incluirle en un canje de aviadores prisioneros, a lo que las autoridades republicanas respondieron, según se dice en el expediente del tribunal militar italiano que lo juzgó en rebeldía, que Spilzi "no era un prisionero sino un desertor y que vivía tranquilo en el hotel Ritz de Barcelona".

Tras la caída de Cataluña, en febrero de 1939, Spilzi pasó a Francia junto a decenas de miles de españoles republicanos y fue internado en el campo de Gurs.



Un año más tarde fue juzgado en rebeldía por un tribunal militar italiano en Vitoria, por los delitos de deserción y traición. Fue sentenciado a la pena de muerte, previa degradación, mediante fusilamiento por la espalda.

Cuando los alemanes invadieron Francia capturaron a Spilzi y lo entregaron a las autoridades italianas. En 1942 se le conmutó la pena de muerte por diez años de cárcel. En septiembre de 1943, tras la caída de Mussolini y el armisticio de Italia con los Aliados, los alemanes invadieron rápidamente el país. En aquel momento Spilzi se encontraba preso en la cárcel militar habilitada en el cuartel XXX Maggio de la localidad de Pesquera del Garda, en la provincia de Verona, en el Véneto. El 9 de septiembre, Spilzi y otros presos decidieron rebelarse frente los alemanes pero fracasaron. Los germanos les dieron a elegir entre unirse a ellos o ser deportados a Alemania. La mayor parte de los prisioneros, entre ellos Spilzi, se negó a combatir contra los Aliados, de manera que ese mismo día fueron conducidos a la estación de tren para ser enviados en vagones de ganado a los campos de concentración nazis. Su primer destino fue Dachau. A finales de 1944, Spilzi y otros compañeros fueron trasladados a Buchenwald.

Giovanni Spilzi, el joven piloto italiano que se negó a colaborar en el bombardeo de civiles españoles, y que más tarde se negó también a colaborar con los nazis, murió a consecuencia de la tortura y la enfermedad en el subcampo de Ohrdruf, Buchenwald, el 21 de enero de 1945, dos meses y medio antes de que el lugar fuera liberado por los estadounidenses. En 1951 el Estado italiano amnistió a Spilzi de todos los cargos que le había impuesto el régimen fascista.



A veces ocurre que hay personas que anteponen su ética y la suerte de los demás a la suya propia. Cuántos casos habrá en que, por desgracia, sus acciones no hayan trascendido y permanezcan en el anonimato. Por eso creo que hay que dar difusión a historias como la de Giovanni Spilzi, no solo porque es de justicia, sino también para que podamos seguir teniendo fe en la naturaleza humana, a pesar de tantos horrores.


Más información:

-Corral, Pedro, "Eso no estaba en mi libro de la Guerra Civil", Almuzara, 2019.

-Infiesta Pérez, José Luis y Coll Pujol, José, "Bombardeos del litoral mediterráneo durante la Guerra Civil" (vols. 1 y 2), Quirón, 1998 y 2000.

-Solé i Sabaté, Josep María y Villarroya, Joan, "España en llamas. La Guerra Civil desde el aire", Temas de Hoy, 2003.

http://www.adar.es/wp-content/uploads/ICARO-103..pdf




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