domingo, 16 de diciembre de 2018

Peiró




Seamos hoy revolucionarios conscientes, hagamos la acción eficaz y coordinémosla de modo que sea un ejemplo de entusiasmo, de inteligencia y de capacitación.

Ramón J. Sénder


Siempre me han llamado la atención esos políticos republicanos españoles que huyeron a Francia en 1939, sólo para ser capturados allí por los nazis no mucho tiempo después, devueltos a España, y finalmente encarcelados o ejecutados. Su historia me parece terrible, por la múltiple crueldad que supone tener que dejar tu casa, tu país, para tratar de ponerte a salvo y, una vez que crees que ya lo estás, ser devuelto a las garras de los que te persiguen para matarte.

Fueron unos cuantos los que corrieron esa suerte, aunque de todos, el caso más conocido, y con diferencia, es el de Lluís Companys, presidente de la Generalitat catalana durante la Guerra Civil. El nombre de Companys ha sido profusamente utilizado por el nacionalismo catalán, en ocasiones de forma harto demagógica (desde ciertos sectores políticos catalanes se ha exigido reiteradamente que el Estado español pidiese perdón por su fusilamiento). Además, se ha pedido la revocación de su consejo de guerra, y se le han realizado durante mucho tiempo múltiples homenajes desde diferentes instituciones, no sólo catalanas. Nada que objetar por mi parte a esto último, al contrario más bien. Creo que toda víctima de la barbarie merece, aparte de justicia, un recuerdo, un homenaje. Por eso precisamente me parece injusto que otros que corrieron la misma suerte que Companys hayan caído en el olvido excepto para unos pocos, como los socialistas Julián Zugazagoitia y Francisco Cruz Salido, o el anarquista Joan Peiró.

El caso de Peiró es especialmente sangrante, dado que fue un hombre honesto y trabajador que dedicó su vida tanto a luchar por los más desfavorecidos, como a enfrentarse a la violencia. No hay un solo punto oscuro en su biografía.


Joan Peiró i Belis nació en Barcelona en 1887, en el barrio obrero de Sants, una zona que contrastaba con la, en palabras del historiador García de Cortázar, Barcelona burguesa cuyo escenario embellecen Gaudí, Doménech i Montaner, o Puig i Cadafalch. Es la Barcelona obrera, la Barcelona de las huelgas, manifestaciones y motines, la ciudad atravesada de atentados, bombas, barricadas y represiones militares, la urbe de Salvador Seguí, Ángel Pestaña y Teresa Claramunt, la urbe de la CNT, que aquí tuvo su feudo natural, y que aquí creó su leyenda.

Hijo de un carretero del puerto, a los ocho años Peiró entró a trabajar en una fábrica de vidrio barcelonesa, en el barrio que le había visto nacer. Según un viejo amigo de la infancia, en aquellos tiempos este trabajo era realmente una infamia para los niños, a los que veías moverse entre oscuridades y fuegos cegadores... allí dentro los pobres aprendices eran vapuleados a gritos por mayores desaprensivos. Otro cuenta que los niños trabajaban de cinco de la mañana a siete de la tarde, y que al salir se divertían organizando guerras a pedradas con compañeros de otras fábricas: Los trabajadores éramos como bestias... sólo nos habían educado para la violencia.



Dice García de Cortázar:

Como en  las fábricas de Dickens, las fábricas en las que trabajan los hombres y mujeres de estos suburbios también son sucias y crueles. Cuando Peiró abre los ojos al mundo en 1887, el dinamismo industrial de Barcelona se debe a un conjunto disperso de pequeñas factorías y talleres cuya supervivencia se basa en la sobreexplotación de la mano de obra. Hacinados, los obreros se extenúan en locales oscuros y sin ventilación, encorvados bajo viejas máquinas que a veces los aferran y no les dejan marchar, y en medio de un ruido ensordecedor, constante. La experiencia los ha hecho sabios, y les ha enseñado a no confiar en la piedad. Las jornadas de trabajo parecen infinitas.

A la larga jornada laboral que sufre no sólo el padre de familia, sino por regla general también su mujer y a veces algunos de sus hijos, se suma la angostura de los sueldos, insuficientes para hacer frente a las necesidades básicas.

Miseria, analfabetismo, explotación, y también cólera, tifus y tuberculosis. Eso es lo que rodeaba a Peiró en su infancia.

Peiró inició su militancia sindical en los años situados entre la huelga general de 1902 y la Semana Trágica de 1909. En 1908, viviendo en Badalona, participó por primera vez en una huelga. Al año siguiente fue detenido y encarcelado. Mientras tanto, en 1907, siendo todavía analfabeto, se había casado con Mercè Olives, con la que tendría cinco hijos.

Decía Federica Montseny que la cárcel era para muchos el único lugar donde podía leerse con provecho. Allí, con veintidós años, aprendió Peiró a leer, y leyó todo lo que pudo, que fue mucho. Escribe García de Cortázar que desde entonces la lectura acompañó a Peiró igual que el asma: signos de identidad, signos de diferencia.

En Badalona Peiró conoció a Salvador Seguí, a quien se unió para lograr el proyecto de revolucionar la sociedad desde una confederación de sindicatos anarquistas. En 1916 era secretario general de la Federación Española de Vidrieros y Cristaleros, y se afilió a la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), fundada en 1910. Al poco tiempo ya era uno de los mayores ideólogos del sindicalismo revolucionario.

Por entonces la CNT era el único sindicato revolucionario del mundo. Sus miembros no se consideraban parte de un partido político, renegaban de las elecciones parlamentarias y de los puestos gubernamentales, y sus dirigentes vivían de su propio trabajo o de la ayuda directa de los grupos de base para los cuales actuaban. Aún en 1936 la CNT tenía un solo funcionario a sueldo y un millón de afiliados. Los anarquistas no querían apoderarse del Estado, sino abolirlo. No buscaban aumentos de salario, ni reformas a las que otorgaban un carácter burgués, querían un sistema de democracia directa en el que la sociedad fuese administrada a través de los sindicatos organizados por oficios y profesiones.

Peiró vivió con Salvador Seguí las huelgas que se sucedieron entre 1917 y 1920. Escribe García de Cortázar:

La huelga general es para Juan Peiró la culminación de una militancia y violencia crecientes, cuando los trabajadores, en un acto de voluntad colectiva y de forma concertada, abandonan sus fábricas y talleres y se alzan como un solo hombre para infligir una derrota total, aplastante, permanente, al sistema que los distribuye en compartimentos y jerarquías, que les despoja de la esencia humana y los aniquila.

Los ecos de la revolución rusa impulsaron a los anarquistas, los socialistas y los republicanos españoles a ir a la huelga general en 1917. Una huelga que, según Víctor Serge, “tendría al mismo tiempo carácter de rebelión”. La huelga estalló con virulencia en Madrid, Cataluña, Asturias, Vizcaya y Levante, y fue duramente reprimida por el Ejército. Sin embargo la derrota extendió todavía más el grito anarquista por España. En 1919, la huelga de La Canadiense –empresa de capital extranjero que monopolizaba la producción hidroeléctrica en Cataluña- dejó Barcelona durante más de cuarenta días a oscuras, obligando a cerrar fábricas y reuniendo a multitud de trabajadores en las calles. Aquello representó el breve reinado de la CNT en Barcelona.

Se acordó la amnistía para los presos anarquistas, la readmisión de los trabajadores en sus puestos de trabajo con un aumento de sueldo, la jornada de ocho horas… Sin embargo, finalmente las autoridades se negaron a liberar a los presos, y los patronos clausuraron las empresas dejando a decenas de miles de obreros en la calle. Con todo, gracias a la huelga general de 1919 España fue el primer país del mundo en aprobar la jornada laboral de ocho horas diarias. Sin embargo, la reacción de la patronal catalana, favorecida por las autoridades, creó un campo de batalla que supuso un verdadero preámbulo lejano de la Guerra Civil. En las calles de Barcelona estalló una sangrienta guerra entre pistoleros de la CNT y de la patronal. Peiró fue víctima de aquella lucha entre bandas asesinas, pues sólo en 1920 sufrió dos atentados y varias prisiones. Él compartía las palabras de Ángel Pestaña, según las cuales la CNT “perdió el control sobre sí misma” y “llegó a caer tan bajo en el crédito público, que decirse sindicalista era sinónimo, y es aún hoy, desgraciadamente, de pistolero, de malhechor, de forajido, de delincuente ya habitual”.


De izquierda a derecha, Salvador Quemades, Salvador Seguí y Ángel Pestaña hacia 1920.


En 1922 Joan Peiró fue elegido secretario general de la CNT. Dos años antes la organización había decidido ingresar provisionalmente en la Tercera Internacional, la Komintern. El propio Peiró había alabado por entonces a Lenin y Trotsky. Sin embargo, en 1922 Peiró se oponía al comunismo, y los informes con respecto a lo que estaba ocurriendo en Rusia de, entre otros, Ángel Pestaña, cada vez mostraban más las incompatibilidades entre el nuevo régimen bolchevique y el anarquismo, así que el 11 de junio de aquel año la CNT celebró la conferencia de Zaragoza, en la que se revocó la adhesión a la Internacional Comunista a la vez que se decidía su afiliación a la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) o Primera Internacional.

Con la dictadura de Primo de Rivera, en 1923 la CNT fue ilegalizada. Mucho de sus dirigentes fueron detenidos, entre ellos por supuesto Peiró, que pasó por la cárcel en 1925, 1927 y 1928 (año en que de nuevo fue elegido secretario general de la CNT). Entretanto, se dedicó a escribir y dejar claro que huía de dogmatismos, y que para él el sindicalismo tenía que ser la escuela de los obreros:

“Queremos la anarquización del sindicalismo y de las multitudes proletarias, pero mediante el previo consentimiento voluntario de éstas y manteniendo intangible la independencia de la personalidad colectiva del sindicalismo”.

En un tiempo de persecuciones y derrotas, de sectarismos y radicalización de posturas, él era un libertario en contacto con la realidad. Las místicas visiones de una Arcadia feliz no le interesaban. Decía que le rebelaba la ingenuidad de los místicos, y que las bellas frases acerca de la humanidad futura le daban risa. Defendía un sindicalismo libre de dogmatismos y del control de los “hombres de acción”, como los del grupo Los Solidarios de Durruti, Francisco Ascaso y García Oliver. Sus escritos eran los de un rebelde que sabía que la revolución era una aventura muy seria, los de un sindicalista consciente de las deficiencias propias y que, al igual que Pestaña, quizá percibía ya las señales de la futura derrota en sus propias filas.

En 1927 se creó en Valencia la Federación Anarquista Ibérica (FAI), una organización encargada de controlar a los anarquistas “moderados” como Peiró o Pestaña.

En 1930 Peiró llegó a ser director del periódico más influyente del anarcosindicalismo, Solidaridad Obrera.



La llegada de la Segunda República fue muy bien vista por Peiró, que pensaba que con ella se abrirían muchas puertas al sindicalismo revolucionario. En el Congreso Extraordinario de la CNT -ya legalizada-, en 1931, apoyó la ponencia “Posición de la CNT frente a las Cortes Constituyentes”, que encauzaba la organización por una línea compatible con el nuevo régimen político. Los planteamientos expuestos y aprobados allí confirmaban el antiparlamentarismo y la acción directa, pero también añadían la formación de federaciones de industria, la necesidad de estar en la República para fortalecer la base de los sindicatos, la elaboración de un programa de mínimos y su difusión por toda España, de tal forma que no hubiese un solo obrero que no supiera adónde ir y por qué camino. Estas tesis llevaban años siendo reivindicadas por Peiró, entre otros, como solución para que la CNT saliera del atolladero en que la habían colocado “los desmanes de los grupitos ultramontanos en 1922-1923”.

Los anarquistas ortodoxos, desde sectores faístas, veían en estos planteamientos una traición a la ideología y un apoyo al sistema burgués. Pensaban que había que ir al comunismo libertario por la vía de la insurrección nacional, y que había que ir ya. Con respecto a los sectores extremistas, dijo Pestaña:

“Estoy desesperado. Yo he dedicado toda mi vida a las ideas, a la lucha obrera; toda, toda mi vida, y ahora que esperaba los frutos, ya lo veis. Eso no es sindicalismo, eso es el caos. Esos hombres están locos o son unos malvados”.

Era la teoría del sindicalismo progresivo (apoyada incluso por algunos miembros de la FAI, como el propio Peiró, que estaba afiliado a ella) contra la de la insurrección continua. Peiró se enfrentaba con sus escritos a una épica que convertía al obrero catalán y al campesino andaluz en carne de cañón. Se enfrentaba a la imagen de Buenaventura Durruti asaltando bancos, arrojando bombas, secuestrando jueces y cruzando fronteras.

Al inicio del texto he comentado que la figura de Peiró fue eclipsada por la de Lluís Companys. Desgraciadamente, como anarquista de organización también fue borrado por el anarquista de acción. La novelería del movimiento libertario español ha preferido dar brillo a personajes violentos y espartanos como Durruti o Francisco Ascaso. Ambos murieron en 1936 luchando contra el fascismo y subieron a los altares, pero los hombres como Peiró nunca han ocupado un puesto de honor en la historia del anarquismo.

Volviendo a 1931, también en aquel año los dirigentes sindicalistas firmaron el "Manifiesto de los Treinta". Peiró estaba entre ellos. Ofrecían una alternativa al “concepto simplista, clásico y un tanto peliculero, de la revolución”. La revolución no podía dejarse en manos de “minorías más o menos audaces”. Emanaría de “un movimiento arrollador del pueblo en masa, de la clase trabajadora caminando hacia su liberación definitiva, de los sindicatos y de la Confederación”. “La algarada, el motín”, la “preparación rudimentaria”, “el culto de la violencia por la violencia”, debían dejar paso a la previsión, la disciplina y la organización. Proponían pues consolidar una organización obrera fuerte y permanente, independiente de los partidos políticos, alejada de las actividades incontroladas de grupos de acción y con el objetivo siempre de abolir el capitalismo y el Estado por medio de una revolución “nacida de un hondo sentir del pueblo”. No querían “la revolución que se nos ofrece, que pretenden traer unos cuantos individuos, que si a ella llegaran, llámense como quieran, fatalmente se convertirían en dictadores al día siguiente de su triunfo”. Era la razón frente al azar, frente a “lo imprevisto” y “los milagros de la santa revolución”.

Estas ideas siempre figuraron en los escritos de Joan Peiró. Él, como los otros, fue acusado de “colaboración burguesa”. Acosado por la FAI, Peiró dimitió como director de Solidaridad Obrera junto con el consejo de redacción. Salvo un breve periodo de colaboración en 1932, Peiró ya no volvería al periódico que lo vio crecer como dirigente hasta después del estallido de la Guerra Civil.

A partir de entonces, se conoció a los firmantes del manifiesto, y a los miles de militantes que representaban, como “treintistas”, un estigma con el que tuvieron que cargar durante toda la República.

Todo un conjunto de acontecimientos favoreció el anarquismo ortodoxo frente al sindicalista: la crisis económica, el paro, el trato de favor concedido a la UGT desde el Ministerio de Trabajo, la firme oposición de la patronal y los latifundistas a la anhelada distribución de la tierra, la brutalidad de las fuerzas del orden, el desencanto campesino ante la lentitud de las reformas sociales… Los dirigentes “treintistas” (a quienes García Oliver tildó de “obreristas cansados”) fueron alejados de los órganos de poder. Peiró se fue a los sindicatos de oposición (la Federación Sindicalista Libertaria, una escisión de la CNT que se reintegraría en la misma en 1936), y Ángel Pestaña fundó el Partido Sindicalista en 1932. Sólo unos cuantos le siguieron. Los que se hicieron con el control de la CNT no consiguieron triunfo alguno. La organización empezó a perder afiliados y huelgas con la misma rapidez con la que ganaba mártires y presos.



Huelgas, insurreciones, intervenciones de la Guardia Civil, la Guardia de Asalto, el Ejército… Escribía Peiró:

Es una ingenuidad, algo que hace reír y llorar a la vez, el creer que un plan insurreccional consiste en la consigna de tomar posesión de la tierra, fábricas, talleres y demás centros de producción y tráfico… ¿Quién de los revolucionarios a ultranza ha hablado de cómo habrá de organizarse, nada más que en principio, el conjunto de la vida social en España al estallar la revolución y, sobre todo, después de destruido el sistema capitalista?”

En vísperas de la Revolución de Octubre de 1934 la Confederación estaba rota, desarticulada. “Las revoluciones se hacen sumando fuerzas, no dividiéndolas -escribía Peiró-. El pueblo tiene sobrados motivos para no sentirse satisfecho de la República y para emprender aventuras revolucionarias, pero no basta que un pueblo crea en la revolución social; ese pueblo necesita saber el cómo y para qué de la revolución social”.

Cuando todos los principales militantes que habían abandonado la CNT regresaban –salvo los incondicionales de Pestaña-, estalló la Guerra Civil. Como dice el título de un libro de Julián Casanova, los anarquistas pasaron entonces “de la calle al frente”. Lo que a finales de 1935 era incertidumbre, volver a empezar, se tornó en el verano de 1936 en frenesí revolucionario. La sublevación derechista favoreció el ascenso fulminante de la CNT, que tras las jornadas de julio era dueña de Cataluña y la mitad oriental de Aragón. Edificios adornados con banderas rojas y negras, iglesias saqueadas, tiendas y cafés colectivizados, el tú por el usted, el salud por el adiós (“era la primera vez que estaba en una ciudad en la que la clase obrera ocupaba el poder”, escribiría George Orwell).  




Pero también era la “caza de fascistas” y los asesinatos en retaguardia (6.400 sólo en Cataluña al finalizar 1936). Peiró, en una serie de artículos que fueron publicados en forma de libro bajo el título “Perill a la reraguarda”, condenó duramente lo que llamaba “actos de terrorismo individual”, que sólo cesaron casi por completo después de los Sucesos de Mayo de 1937.



Con la guerra, Peiró y los demás “treintistas” vieron imposibilitada su estrategia sindical de consolidación gradual. La mayoría de los dirigentes anarquistas creyeron que, además de derrotar al enemigo en el frente, podrían también revolucionar la sociedad en la que vivían, saltar con las armas al reino de la libertad y hacer desaparecer el Estado, la Iglesia y la propiedad. Pero se equivocaron, y no tardaron en comprobar que no podían ganar la guerra y la revolución por sí mismos. Cuando empezaron a pensar en tácticas y disciplinas, ya habían sido desplazados de los verdaderos centros de decisión.

Peiró apoyó la entrada de los anarquistas en el Gobierno de la Generalitat (“Consejo de la Generalidad”, decían ellos) en septiembre de 1936, y el último acto de la escalada de la CNT se produjo el 4 de noviembre, cuando cuatro anarquistas ocuparon carteras ministeriales en el gobierno del socialista Largo Caballero. Era la primera vez que unos anarquistas formaban parte del Gobierno de un Estado. El Comité Nacional de la CNT eligió cuidadosamente a los cuatro personajes para que con ellos quedasen representados los dos principales sectores del anarcosindicalismo español en los años que habían precedido a la guerra: los sindicalistas y la FAI. Representando al sector sindicalista estaban Juan López y el propio Peiró, en Comercio e Industria, respectivamente. Y por la FAI, García Oliver (en Justicia) y Federica Montseny (Sanidad). Montseny fue además la primera mujer ministra de la historia de España.


Según relató Largo Caballero en “Mis recuerdos”, Azaña “se negó a firmar los decretos porque le repugnaba tener en el Gobierno a cuatro anarquistas”. Como Largo le anunció la dimisión si no firmaba, Azaña “aunque con reservas, los firmó”. El propio Azaña relataría en sus “Memorias políticas y de guerra” “que no solamente contra mi opinión, sino con mi protesta más airada, se impuso la modificación ministerial de noviembre, con la entrada de la CNT y los anarquistas”.

La verdad es que aquellos cuatro ministerios poco tenían que decir a esas alturas en los grandes problemas que afectaban al Estado, a la revolución y a la guerra. Los libertarios tuvieron que tolerar una política agraria que no compartían, no decidían nada en materia militar y para la aplicación de su política industrial, Peiró encontró serios obstáculos en los gobiernos autónomos de Cataluña y País Vasco, precisamente las zonas donde estaban localizadas las principales industrias (la Generalitat no permitía al Gobierno central contratar empresas catalanas, por ejemplo). Ahí, y no tanto en la decisión de participar en el Gobierno, residen los motivos de lo que después sería calificado como “fracaso”. Los anarquistas chocaron con la dura realidad del poder y la guerra y tuvieron que abandonar su retórica y extremismos revolucionarios. Y sin ellos, la CNT quedaría en nada.

Siendo ministro, Peiró consiguió que el Gobierno reconociera el Consejo de Aragón, aunque éste sólo existiría durante unos meses. Y tuvo serias tensiones con su colega Juan Negrín, por entonces ministro de Hacienda, quien se opuso con todas sus fuerzas a las propuestas de López y Peiró para extender la colectivización de industrias y otras medidas revolucionarias (como la incautación y entrega a los mineros de las minas de sales potásicas de Cataluña).

Las bases sindicales no mostraron apenas resistencia a la presencia de sus dirigentes en el Gobierno mientras ésta se produjo. En realidad la ruptura de ese equilibrio llegó con los Sucesos de Mayo de 1937, que sacaron a los anarquistas del Gobierno. Fue entonces cuando comenzó a considerarse la colaboración como el mayor “error” histórico de la CNT y a los “colaboracionistas” sus principales responsables. Sin embargo, Peiró siempre sostuvo una opinión muy diferente. Para empezar, acusó a los comunistas –muy acertadamente- de haber provocado la crisis de mayo de 1937 (a pesar de que el Gobierno prohibiese las críticas al comunismo y a la URSS en la prensa anarquista), y denunció la persecución contra el POUM. Y para seguir, sólo unos meses antes del final de la guerra, escribió que la consecución del anarquismo, “más que de sus principios”, dependía “de la Historia y de las tácticas que se emplean para realizarlo”. La “naturaleza de la guerra” impedía “todo movimiento contra el Estado, a menos de contraer la más enorme de las responsabilidades ante el mundo y ante nosotros mismos: cuando la Historia no se pone de acuerdo con el anarquismo, que sea el anarquismo el que se ponga de acuerdo con la Historia”.



Ya fuera del Gobierno, Peiró regresó a la cooperativa vidriera de Mataró que había dejado para ser ministro, y se dedicó a escribir artículos como director de “Catalunya”, periódico de la CNT catalana. En abril de 1938 fue nombrado comisario general de Energía Eléctrica, pero en enero de 1939 tuvo que dejar su casa y partir con su familia hacia Francia ante la llegada de las tropas franquistas. El 5 de febrero cruzó la frontera.

En Francia representó a la CNT en la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE), que competía con el Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles (SERE), organizado por Juan Negrín, y del que se diferenciaba por no tener representación comunista. Peiró se dedicó a sacar de los campos de concentración franceses a miembros de la CNT y facilitarles su traslado a México.

Cuando los alemanes invadieron Francia, Peiró decidió quedarse allí pues debía reunirse con su familia. Cuando trató de huir, fue devuelto por los alemanes a París, aunque éstos no lo identificaron. El 31 de octubre de 1940 las autoridades francesas le enviaron una orden de expulsión por la que debía abandonar Francia antes del 2 de diciembre. No era más que una forma de evitar su caída en manos de los nazis y su entrega a Franco, como había pasado con Lluís Companys, que quince días antes había sido fusilado en Barcelona tras ser detenido en la zona francesa ocupada el 13 de agosto. Si Peiró lograba llegar a la zona no ocupada, podría acogerse al convenio franco-mexicano y marcharse a América con su familia. Sin embargo lo atraparon los alemanes, que informaron de ello a las autoridades españolas.

En enero de 1941 el Ministerio de Asuntos Exteriores, que ocupaba Ramón Serrano Suñer, solicitó su extradición, y mientras, la Dirección General de Seguridad pedía a la policía de Barcelona los antecedentes de Peiró. Según el informe aportado por la policía, Peiró había trabajado "por la organización de sindicatos ácratas, coaccionando siempre que pudo a los obreros, para que éstos ingresaran en ellos, mostrándose en toda ocasión como agitador profesional de cuidado". Se añadía el dato de que había sido detenido ya dieciséis veces antes de 1924. Se le acusaba de aprovechar el "Glorioso Movimiento Nacional" para erigirse en director del horno de vidrio en que trabajaba, ignorando que era una cooperativa y que por lo tanto no había sido colectivizada. También se le presentaba como presidente del comité revolucionario de Mataró "siendo en esta localidad el responsable máximo y principal de cuantos asesinatos se cometieron hasta mayo de 1937, ya que los ejecutores materiales de los crímenes no eran más que simples agentes de la autoridad emanada del referido Peiró". Finalmente, el haber pertenecido al sector “moderado” de la CNT no le eximía de nada, pues “en la práctica demostró mayor ensañamiento que los más fanáticos de la FAI".

Es decir, una sarta de mentiras.

Peiró fue entregado a las autoridades españolas en febrero, incumpliendo las leyes francesas e internacionales. Estuvo en la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol de Madrid, hasta abril, donde fue interrogado y torturado. En los interrogatorios, pudo dar una lista de personas perseguidas en la zona republicana a las que había ayudado durante la guerra. La policía investigó los hechos relatados por Peiró y elaboró un informe que decía: "Todos los individuos interrogados han coincidido en asegurar que es verdad que Peiró hizo campañas en sus escritos contra los asesinatos y desmanes que se realizaron, aunque siempre defendiendo sus ideales anarquistas, siendo prueba de ello los artículos que figuran en el periódico Libertad y en el libro Peligro en la retaguardia". Es decir, que desde un primer momento sus captores fueron conscientes de la calidad humana del personaje.

El 9 de abril fue trasladado a Valencia. Parece bastante seguro que se ofreció a Peiró la colaboración con el falangismo a cambio de salvar su vida, cosa a la que él se negó. Recibió las visitas, entre otras, de los jefes falangistas Juan Gil Senís y Luis Gutiérrez Santa Marina.

Luis Gutiérrez Santa Marina fue un literato falangista (firmaba como “Luys Santa Marina”) nacido en Santander y afincado en Barcelona desde 1927. “Camisa vieja”, tras la contienda fue el único jefe superviviente del falangismo barcelonés de preguerra. Se había salvado de dos condenas a muerte por conmutaciones de forma sorprendente, dado el contexto y su categoría política. En su salvación intervinieron ciertos escritores catalanistas, por lo que Santa Marina ayudaría más tarde a algunos autores condenados como Agustí Esclasans, y eso explicaría que al entierro de Santa Marina acudiesen personas de cierto relieve en la vida cultural barcelonesa, cuya presencia en aquel acto resultó chocante. Santa Marina fue director de Solidaridad Nacional durante veinticuatro años. El diario del régimen utilizaba la maquinaria y el local que había tenido Solidaridad Obrera. Se decía que había sacado de la cárcel a antiguos cenetistas que habían trabajado en la imprenta del diario para volver a emplearlos allí.

Acerca de las visitas de los jefes falangistas a Peiró, escribe García de Cortázar:

Juan Gil Senís y Luis Gutiérrez Santa Marina le ofrecieron salvar la vida a cambio de su colaboración con el nacionalsindicalismo, lo que no debe extrañarle, ya que los falangistas de primera hora siempre habían admirado el anticomunismo anarquista de la CNT y la visión organizativa y nacional de sus líderes, con los que compartían antiparlamentarismo y fantasías revolucionarias. Estrafalarios o no, los jóvenes falangistas se acercaron al veterano sindicalista con su oferta: conversión y vida.

Ya no había tañido de esperanzas. Había callado el ruido de los camiones, el griterío de las milicias, el eco de los obuses, para dar paso al transcurso de las horas bajo cuyo imperceptible oleaje se sumerge el podría haber sido. Ya no había tampoco escapatorias y tal vez aquella mano podía librarle de una ejecución ya anunciada en su traslado a la cárcel de Valencia, donde había sido ministro. Tal vez, de aceptar esa mano también él, habría podido hallar refugio en el seno de Falange, como consiguieron muchos otros anarcosindicalistas que regresaron de Francia en 1941. Tal vez, de haber luchado contra sí mismo, de haberse obligado a vivir con otra casaca, habría podido construirse un futuro en medio del franquismo. Pero las posibilidades, además de infinitas, son gratuitas, porque Juan Peiró rechazó la oferta.

Quizá porque resignarse a interpretar un papel que condenaba su pasado era incompatible con su carácter, quizá porque no quiso resignarse a dejar de ser lo que había sido, porque estaba en un callejón sin salida, contra el muro, y no tenía escape y sabía que a un hombre como él, y en la España que había ganado la guerra, después de lo que había sido y vivido y fantaseado, no le quedaba otra salida que entregarse por fin a las aguas, reconciliarse con la muerte y aguardar sin moverse el zarpazo del verdugo. Hay una reclusión y una renuncia y un abandono de todo menos de la paz consigo mismo que no están dictados por el orgullo ni la valentía sino por la coherencia.

El periodo sumarial no se abrió hasta el 31 de diciembre de 1941, y la sentencia no se dictó hasta el 21 de julio de 1942. Declararon en favor de Peiró militares, religiosos, jueces, empresarios, diferentes personas de derechas y el falangista Santa Marina. Entre los jueces destacaba Francisco Ruiz Jarabo, futuro ministro de Franco. Veintiocho declaraciones en su favor, juradas y certificadas. Gente a la que Peiró en su día había ayudado. Durante el juicio, Santa Marina se enfrentó al presidente del Tribunal, el coronel Loygorri, y calificó a Peiró de luchador íntegro, anarquista utópico, hombre honesto y valiente.

A pesar de todo, fue condenado a muerte.

A la salida del juicio, el coronel Loygorri comentó: "Efectivamente, a este hombre yo le elevo una estatua por todo el bien que ha hecho a mucha gente, y luego lo fusilo por haber sido ministro".

Antes de ser fusilado, Peiró pasó unos minutos con su abogado. Cuando se despedía, el viejo sindicalista notó su desolación y le dijo: “Váyase, no sufra. No ha podido hacer nada más…” Y añadió: “No se preocupe. Me gano a mí mismo.”

Joan Peiró fue fusilado a las ocho y media del atardecer del 24 de julio de 1942 en el campo de tiro de Paterna junto a otros seis cenetistas. El único privilegio de que había gozado era haber sido juzgado él solo cuando era normal juzgar y condenar a grupos enteros, algunos numerosos. Un amigo recogió el cadáver para que no fuese a parar a la fosa común como el resto y lo depositó en un nicho que acababa de comprar. Hoy sus restos reposan en el cementerio de Mataró.

Paradójicamente le fue bastante mejor a otro destacado líder anarquista, Cipriano Mera. En la guerra fue el más importante jefe militar anarquista, consiguió un gran prestigio y llegó a comandar un cuerpo de ejército. Fue detenido en 1942 en el Marruecos francés y condenado a muerte (lo cual celebraron con una “chocolatada” los presos comunistas, según contó en sus memorias). Sin embargo, en 1946 se le concedió la libertad provisional y pasó clandestinamente a Francia al cabo de algún tiempo. El hecho de que participase en el golpe del coronel Casado contra el gobierno de Negrín al final de la guerra no parece atenuante suficiente, pues Julián Besteiro también formó parte de aquella sublevación y fue condenado a cadena perpetua muriendo en la cárcel.

Refiriéndose a los fusilamientos de Julián Zugazagoitia y Joan Peiró, que tanto hicieron por salvar vidas de derechistas, escribe Ángel Viñas:

Siempre atento a realzar los valores cristianos, el régimen los fusiló sin la menor compunción, a pesar de los múltiples testimonios a su favor.

Y sobre la muerte de Peiró, dice García de Cortázar:

Juan Peiró murió como los personajes de los cuentos de Jack London, entre los chacales y el frío, como aquel que tumbado contra el tronco de un árbol se dispone a entregar su vida al saberse condenado a una muerte por congelación en los paisajes helados de Alaska. Las palabras “Me gano a mí mismo”, que al igual que las palabras de Maeztu frente a los fusiles milicianos (“¡Vosotros no sabéis por qué me matáis, yo sí sé por qué muero, porque vuestros hijos sean mejores que vosotros!”), pertenecen a la tradición oral y no retroceden ante la leyenda, recuerdan la frase final de London:

Cuando hubo recobrado el aliento y el control, se sentó y recreó en su mente la concepción de afrontar la muerte con dignidad”. 

O mejor, recuerdan a un personaje de una novela de Baroja perdido en la historia. Tiempo después de su ejecución, el falangista y ministro de Trabajo José Girón diría: “Bien sabe Dios que hice todo lo posible para salvar a ese hombre, pero no fue posible.”




Más información:

-AAVV, “La Guerra Civil Española mes a mes”, vol. 16, Biblioteca El Mundo, 2005.

-Casanova, Julián, “De la calle al frente. El anarcosindicalismo en España (1931-1939)”, Crítica, 1997.

-Elorza, Antonio y Bizcarondo, Marta, “Queridos camaradas. La Internacional Comunista y España, 1919-1939”, Planeta, 1999.

-García de Cortázar, Fernando, “Los perdedores de la Historia de España”, Planeta, 2006.

-Moradiellos, Enrique, “Negrín”, Península, 2006.

-Viñas, Ángel, “La soledad de la República”, Crítica, 2006.

-Viñas, Ángel, “El escudo de la República”, Crítica, 2007.



2 comentarios:

  1. Qué buen artículo, Pedro.
    Es una verdadera pena que este tipo de personas, por su integridad y trayectoria vital, no sean más conocidas y valoradas.
    Un abrazo

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