lunes, 2 de enero de 2017

An Gorta Mór: la Gran Hambruna irlandesa




Mucho se habla de los crímenes nazis, o del fascismo en general. También con frecuencia se mencionan los del comunismo, haciendo especial hincapié en las hambrunas. Yo mismo en este blog me refiero una y otra vez a todo ello, pero hoy quiero dedicar esta entrada a otras maldades menos conocidas, las del capitalismo, de las que ya hablé de forma genérica en otra ocasión. Mencionar los crímenes del capitalismo puede traernos a la cabeza en primer lugar al imperialismo estadounidense, un fenómeno asimismo muy trillado, sobre todo en círculos izquierdistas. Pero los responsables de lo que vamos a hablar hoy no son tampoco los yanquis, sino los británicos.

El Reino Unido, que al fin y al cabo es la cuna del capitalismo y de la Revolución Industrial, tiene tras de sí un largo historial imperialista y de crímenes de masas. Dejando aparte su sangrienta relación con Irlanda, de la que me ocuparé después, y por poner algunos ejemplos, resulta que la política colonial británica provocó una serie de hambrunas en la India que se llevaron por delante a decenas de millones de personas. La época victoriana fue en realidad un largo y oscuro periodo plagado de episodios que compiten entre sí por su brutalidad. El Imperio Británico fue el primer gran narcotraficante de la historia, pues en el siglo XIX extendió el consumo de opio por China, y lo hizo a la fuerza, gracias a dos guerras. El lado mafioso del Imperio Británico quizá tuvo un exponente muy claro durante la Guerra de la Triple Alianza. Con el objeto de beneficiar sus intereses económicos, parece ser que la diplomacia británica azuzó en 1864 un conflicto contra Paraguay que se saldó con la devastación de este país y un genocidio: el de casi todos sus varones mayores de doce años, un desastre demográfico del que tardaría en recuperarse. Ya en el siglo XX, los británicos tuvieron un papel estelar en los orígenes del conflicto árabe-israelí. En plena descolonización, los británicos llevaron a cabo un genocidio en Kenia que se saldó con cientos de miles de personas asesinadas después de que se encerrara a un millón y medio en campos de concentración. Y en tiempos más recientes, el Reino Unido participó muy activamente en la absurda invasión de Irak liderada por el presidente de EEUU, George W. Bush, que contribuyó notablemente al auge del islamismo radical en la zona.

Pero vamos con Irlanda. A mediados del siglo XVII, las tropas inglesas comandadas por Oliver Cromwell consumaron la conquista de aquel país, que fue despiadada y sangrienta a más no poder. Las consecuencias de estos hechos fueron absolutamente criminales. Hasta el siglo XIX, y a través de las Leyes Penales, los católicos irlandeses -que eran más del 80% de la población- tuvieron prohibido estudiar, votar, ocupar cargos políticos o puestos de funcionarios, ingresar en un gremio profesional, vivir en una ciudad o a menos de ocho kilómetros de alguna, y poseer tierras. Los irlandeses eran parias en su propia tierra. Al llegar el siglo XIX la situación mejoró, pero la gran mayoría de los católicos irlandeses vivían en condiciones de pobreza y tres cuartas partes de los trabajadores estaban en paro, mientras la población crecía de forma exagerada. Casi todos los representantes de Irlanda en el Parlamento británico eran terratenientes ingleses o de origen inglés, y a su vez, la mayor parte de las tierras eran de estos terratenientes. Muchos campesinos irlandeses trabajaban en esas tierras, cuyos propietarios en no pocos casos vivían en Inglaterra. Los alimentos y las rentas obtenidos de las tierras se enviaban entonces a Inglaterra, en un prolongado saqueo inhumano, organizado e institucionalizado. Los campesinos subsistían casi exclusivamente a base de patatas obtenidas en la huerta familiar. Las bases para una catástrofe estaban bien asentadas y solo era cuestión de tiempo que esta ocurriera.

Y el cataclismo llegó en 1845 en forma de organismo microscópico: un protista, similar a un hongo, llamado Phytophthora infestans, que destruyó tanto las plantas de la patata como los tubérculos almacenados. Parece ser que el microorganismo iba en el guano que transportaban los barcos desde Sudamérica al resto del mundo para ser utilizado como fertilizante. Precisamente el guano era el producto más importante del comercio entre la costa sudamericana e Irlanda.

Escribe el catedrático de Biología Celular José Ramón Alonso que "Phytophthora podía haber causado un daño menor pero las políticas de los dirigentes ingleses se movieron en un rango que va de la crueldad a la ineptitud pasando por la arrogancia, el desprecio y la codicia. Según el escritor e independentista irlandés Henry Mitchel: «Dios mandó el hongo, pero los británicos mandaron el hambre»."

La respuesta de las autoridades británicas ante el hambre que comenzó a asolar Irlanda fue criminal. Las patatas se pudrían, pero los trigales no se veían afectados. No obstante, los irlandeses no podían acceder al trigo, pues pertenecía a los ingleses y se continuaba exportando desde Irlanda a pesar de la hambruna. Los barcos con víveres tardaban meses en llegar y muchos terratenientes expulsaban a sus aparceros para no tener que ayudarlos o porque estos no podían pagar el arriendo. El Gobierno británico, dirigido desde 1846 por John Russell, y sobre todo Sir Charles Trevelyan, encargado de administrar la ayuda a Irlanda, decidieron aprovechar la hambruna para poner en práctica las ideas sobre el libre mercado, el laissez faire y las teorías malthusianas sobre la superpoblación. De esa forma, se limitó severamente la asistencia a Irlanda, puesto que las autoridades británicas estaban en contra de cualquier intervención del Estado y opinaban que debían ser los propios irlandeses quienes costeasen las ayudas que necesitaran gracias a la iniciativa privada. Vaya, que tenían que apañárselas solitos para salir del entuerto. Como los campesinos que poseían alguna tierra dejaron de recibir ayudas, tuvieron que malvenderlas a los grandes señores para que sus familias no murieran de hambre. En palabras de Trevelyan, la hambruna era "una calamidad enviada por Dios para enseñar a los irlandeses una lección".


Sir Charles Trevelyan


Nada como unos seres inferiores -en este caso los irlandeses, desde el punto de vista inglés- para experimentar con ellos. Parece bastante claro que las autoridades británicas decidieron llevar a cabo una limpieza étnica como Dios manda en Irlanda por motivos racistas.

La hambruna se prolongó hasta 1852, mató a un millón de personas en Irlanda e hizo emigrar a otros dos millones, la mayor parte a EEUU y Canadá. El país perdió así más de un cuarto de su población.

La Gran Hambruna irlandesa fue el culmen de la colonización inglesa de la isla. Resultó ser la consecuencia lógica de la larga y brutal explotación de Irlanda en todos los terrenos: económico, social, político y biológico. Recordemos, por cierto, que antes de la colonización, Irlanda estaba poblada de bosques que fueron diezmados por los ingleses para construir barcos y por el uso de la madera como carbón vegetal durante la Revolución Industrial. Esta masiva deforestación alteró radicalmente el ecosistema y la apariencia física de Irlanda. Además, muchas de sus especies animales como el lobo fueron cazadas hasta su extinción. 

La hambruna supuso un punto de inflexión en la historia de Irlanda. Sus efectos cambiaron para siempre el panorama demográfico, político y cultural de la isla. Quedó grabada a fuego en la memoria colectiva de los irlandeses y potenció su nacionalismo (hago un inciso para resaltar la extrema demagogia de quienes igualan las motivaciones de ciertos nacionalismos españoles con la del irlandés: ni el País Vasco, ni Cataluña, ni Galicia han recibido jamás un trato ni remotamente similar al de Irlanda).


Monumento conmemorativo en Dublín


En 1997, con motivo del 150º aniversario del desastre y en el marco del conflicto norirlandés, el primer ministro Tony Blair reconoció tímidamente la inacción del Gobierno británico durante la hambruna de la patata. Tony Blair, que tres años más tarde participaría de forma entusiasta en la invasión de Irak, y por lo que a su vez también pediría disculpas en 2015. En fin.

Por fortuna, en esta aterradora historia también hay algún espacio para la bondad. Cuando tuvo noticias de la hambruna, el sultán turco Abdülmecid I mostró su intención de enviar 10.000 libras de ayuda a los campesinos irlandeses, pero la reina Victoria le pidió que mandara solo 1.000, pues ella no había donado más que 2.000. El sultán así lo hizo, pero envió a escondidas tres barcos llenos de comida. Los tribunales británicos trataron de bloquearlos, pero los marineros turcos se saltaron las instrucciones, llevaron la comida al puerto de Drogheda y la descargaron, jugándose una posible estancia en la cárcel. Este relato viene muy a cuento en una época como la actual, en la que desde el Occidente cristiano se criminaliza todo lo que provenga de los incivilizados países musulmanes.

Y hubo también por entonces otro pueblo de salvajes que mostró bastante más humanidad que los supuestamente civilizados británicos. Los choctaws son unos indios norteamericanos que en 1831 fueron obligados por el Gobierno estadounidense a abandonar sus tierras ancestrales, cruzar el Misisipi y establecerse en el oeste. Las condiciones del viaje fueron terribles, de forma que de los 17.000 hombres, mujeres y niños que iniciaron el viaje, entre 2.500 y 6.000 murieron de agotamiento, hambre, enfermedades y frío. Hay que decir que en esos años hubo otras tribus que corrieron la misma suerte que los choctaws, en lo que se conoce como el Sendero de Lágrimas (Trail of Tears). Pues bien, dieciséis años después, los choctaws se enteraron de la hambruna en Irlanda, se identificaron con aquellos campesinos que estaban muriéndose de inanición y juntaron todo lo que pudieron para ayudarlos. Reunieron en total 710 dólares. En 1995, Mary Robinson, por entonces presidenta de Irlanda, hizo un homenaje en agradecimiento a la nación Choctaw.

Y termino recogiendo de nuevo con unas palabras del catedrático José Ramón Alonso:

"Phytophthora infestans sigue causando un daño a las cosechas de patata estimado en unos 5.000 millones de euros anuales y es necesario seguir buscando medios para hacer a las patatas más resistentes o para tratar la infección pero es que además, a veces, la estupidez, la avaricia o el racismo, hacen que el daño sea aún mayor."


Más información:

-Alonso, José Ramón y González, Yolanda, "Botánica insólita", Next Door Publishers, 2016.

https://es.wikipedia.org/wiki/Gran_hambruna_irlandesa




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