jueves, 25 de agosto de 2016

El Holocausto y el mito de la Gran Guerra Patria (III)


Antes de nada, hay que tener en cuenta que existen una primera y una segunda parte.



El frente oriental entre el 22 de junio y el 5 de diciembre de 1941


Homo homini lupus est

Plauto


En las entradas anteriores hemos visto que las matanzas del Holocausto comenzaron, durante el verano de 1941, en los territorios doblemente ocupados, en las zonas en las que los Estados de entreguerras habían sido destruidos por los soviéticos justo antes de la ocupación alemana. Lo cierto es que en pocas semanas los alemanes alcanzaron las tierras de la URSS prebélica, y allí continuaron las masacres organizadas con apoyo local. La tasa de mortalidad judía en las regiones ocupadas por Alemania que ya eran soviéticas antes de la guerra (95%) fue casi igual de alta que en las de doble ocupación (97%). Los ciudadanos soviéticos colaboraban en los asesinatos masivos de judíos con independencia de que hubieran recibido el pasaporte soviético entre 1939 y 1940, o de que hubieran vivido desde antes en la URSS. Los militantes comunistas colaboraban con los nazis con independencia de que sus carnés del partido tuviesen el sello del año anterior o de hacía una década.


Los judíos que vivían en la Unión Soviética antes de la guerra habían tenido más tiempo para escapar del avance alemán, y algunos lo habían hecho. Esto generó cierta cantidad de casas y pisos vacíos de los que sus vecinos soviéticos no tardaron en apropiarse. Y además, este hecho llevaba a pensar que quedarían aún más propiedades disponibles si desaparecían los judíos que no se habían marchado.

Lo cierto es que la sociedad soviética estaba ya más que acostumbrada a la represión en masa y las denuncias étnicas: en los años anteriores a la guerra, cientos de miles de personas pertenecientes a diferentes etnias (finlandeses, polacos, alemanes, kurdos, coreanos, etc.) habían sido deportadas a distintos lugares del país. En una espeluznante secuencia, al terror de masas soviético (1937-1938) le siguió la alianza con la Alemania nazi (1939-1941) y después la invasión por parte de esta (1941). En las tierras de Bielorrusia, Rusia y Ucrania que alcanzaron los alemanes tras atravesar los nuevos territorios soviéticos, la Gran Purga se había llevado cientos de miles de vidas por delante. Dado que la represión estalinista había eliminado a gran parte de la minoría polaca de esas zonas, como ya vimos, la población ucraniana, bielorrusa y rusa ya había sido testigo de la supresión en su seno de una minoría étnica mediante la puesta en práctica de una política estatal. A todo ello hay que añadir la confusión ideológica sembrada entre los ciudadanos soviéticos cuando entre 1939 y 1941 su propaganda dejó de criticar las políticas alemanas como resultado del pacto entre Stalin y Hitler. En estas condiciones, cuando llegaron los nazis es de suponer que los ciudadanos soviéticos que habían denunciado pocos años antes a sus vecinos polacos casi ni vacilasen a la hora de denunciar a sus vecinos judíos. Y en efecto, así fue. En Kiev, por ejemplo, los ucranianos y los rusos ayudaron a la Policía del Orden alemana a localizar y registrar a los judíos antes de la matanza de Babi Yar.

Járkov era la ciudad más importante del noroeste de Ucrania y albergaba a una significativa minoría rusa. Sus habitantes habían sufrido con horror tanto el calvario del Holodomor (la hambruna provocada por las colectivizaciones soviéticas que causó millones de muertes entre 1932 y 1933), como de la Gran Purga (entre 1937 y 1938, cuando muchos intelectuales fueron arrestados y ejecutados con el objeto de erradicar el nacionalismo ucraniano). Estas experiencias hicieron que no pocos de sus residentes guardaran rencor hacia el régimen soviético.


Una víctima del Holodomor en una calle de Járkov. La fotografía fue tomada por el austriaco Alexander Wienerberger


Los alemanes tomaron Járkov en octubre de 1941. Como en otros lugares de Ucrania, los nazis fueron recibidos con los tradicionales obsequios de pan y sal. Se presentaron allí enarbolando el mito judeobolchevique, como siempre. Colocaron a ciudadanos soviéticos al frente de la administración local, y fue esa autoridad municipal la que ordenó llevar a cabo un censo de los judíos que quedaban en la ciudad. Fue esa autoridad municipal también la encargada de distribuir los bienes de los judíos que habían huido del avance alemán, así como de los que desaparecieran en el futuro. Entre diciembre de 1941 y enero de 1942, los nazis asesinaron en Járkov a miles de personas, en su mayoría judíos. La mayor parte de la labor de conducir a las víctimas hasta el lugar donde morirían recayó en sus conciudadanos soviéticos, unas personas que no eran sino meros productos del sistema estalinista y que simplemente se adaptaban a un nuevo amo.

Con independencia del lugar adonde llegasen los alemanes en la URSS, el resultado era básicamente el mismo: la matanza de los judíos que quedaban, planificada por los nazis pero ejecutada con una amplia colaboración de personas de todas las nacionalidades soviéticas. El mito judeobolchevique separaba a los judíos del resto de ciudadanos soviéticos, y a la mayoría de ciudadanos soviéticos de su propio pasado, de los crímenes comunistas.

En Bielorrusia, el Einsatzgruppe B, que iba detrás del Grupo de Ejércitos Centro y que estaba dirigido por el SS-Gruppenführer (general de división de las SS) Arthur Nebe, lo tuvo más difícil a la hora de encontrar colaboradores locales para sus siniestras tareas, porque el nacionalismo de la zona no era significativo. En vista de eso, recurrió a la Werhmacht. Así, en una conferencia celebrada en Maguilov, en septiembre de 1941, entre oficiales de las SS y del Ejército, los segundos aceptaron colaborar porque se identificó a los judíos no solo con el comunismo, sino también con los partisanos. El movimiento partisano había cobrado fuerza en Bielorrusia desde los primeros días de la ocupación, de modo que si el Ejército alemán quería librar una guerra limpia y triunfal, debía acabar con los partisanos, es decir, con los judíos. De hecho, durante la conferencia se realizó un ejercicio en el que se asesinó a 32 judíos supuestamente porque eran partisanos, aunque en realidad ninguno lo era.

 
 Arthur Nebe


Por otro lado, la hipocresía nazi quedaba también muy de manifiesto por el hecho de que aunque los alemanes habían anunciado su intención de no respetar las leyes de la guerra en el frente del este, y sus asesinatos masivos así lo constataron, se mostraban muy susceptibles ante las campañas partisanas dirigidas contra sus tropas. Ellos podían ignorar las leyes de la guerra ya que actuaban en favor de la naturaleza y de la supervivencia de la especie humana, pero el enemigo no, y si lo hacía, por supuesto merecía morir.

Minsk, capital de Bielorrusia,  fue tomada por las tropas alemanas el 28 de junio de 1941. En julio se estableció allí un gueto, el mayor de todos los que hubo en los territorios ocupados de la URSS. Albergaría a unos 100.000 judíos, la mayoría de los cuales moriría en el Holocausto. Igual que en otros lugares de la URSS, los nazis no dudaban en asesinar a mujeres y niños junto a los hombres, justificándose en que estaban impidiendo un mal mayor. Uno de los verdugos se lo explicaba así a su mujer:

"En el primer intento, la mano me tembló un poco al disparar, pero después te acostumbras. Al décimo disparo, apunté con calma y disparé con seguridad a la multitud de mujeres, niños y bebés. No dejaba de pensar que yo tenía dos bebés en casa, a quienes estas hordas tratarían exactamente de la misma forma, si no diez veces peor. La muerte que les dimos fue una muerte buena y rápida, comparada con los tormentos infernales de los miles y miles que se hacinan en las cárceles del OGPU. Los bebés salían despedidos, dibujando arcos en el aire, y nosotros les disparábamos y los hacíamos volar en pedazos, antes de que sus cuerpos cayesen en la fosa y en el agua".

En agosto, Nebe organizó en Minsk una matanza de judíos durante una visita de Himmler a la ciudad, y el Reichsführer-SS se mareó al contemplarla. En consecuencia, Himmler se mostró preocupado por la salud mental de los ejecutores de las masacres y encargó a Nebe que buscara métodos más "humanos" para matar. Nebe probó a asesinar a varios enfermos mentales con explosivos, pero el procedimiento resultó ser poco práctico. En vista de ello recurrió al gas de monóxido de carbono, que ya se había empleado durante la Operación T4 para asesinar a decenas de miles de personas "indignas de vivir". Así, en Maguilov se adaptaron furgonetas para que expulsaran el gas del escape dentro de la caja, sellada herméticamente. Era una forma de matar sin tener que enfretarse cara a cara con las víctimas. La idea le gustó a Heydrich. Hay que decir que las camionetas de gas en realidad habían sido inventadas por la NKVD durante la Gran Purga. Los nazis las emplearían sobre todo en el campo de exterminio de Chelmno. Tenían la ventaja adicional de que permitían transportar a las víctimas mientras se las asesinaba hasta un barranco o una fosa donde serían enterradas, pero su uso decaería en favor de las cámaras de gas porque estas posibilitaban matar a más gente, a mayor velocidad, y sin que se escucharan sus gritos.

 
Judíos de Maguilov, 1941


El Einsatzgruppe B fue responsable del asesinato de 45.467 judíos. Curiosamente Nebe acabaría ejecutado por los nazis en 1945 debido a su participación en la Operación Valquiria, el atentado fallido contra Hitler del 20 de julio de 1944.

Si los nazis ocuparon íntegramente Ucrania y Bielorrusia, del territorio propiamente ruso solo llegaron a conquistar un 5%. No obstante, también aquí encontraron colaboradores locales. Los rusos se habían visto afectados por los crímenes soviéticos como el resto de nacionalidades de la URSS. Debido a ello, algunos esperaban con verdadera ansia, y de forma un tanto ingenua, la llegada de los nazis. En su libro Moscú 1941, Rodric Braithwaite recoge un texto muy esclarecedor. Se trata de algo que le dijo el pintor Aleksadr Aleksandrovich Osmerkin a su vecina Raisa Labas, ex mujer del también pintor Robert Rafailovich Falk, en el otoño de 1941:

"He oído que estás preparándote para abandonar Moscú: ¿es que has perdido el juicio? Disculpa mi crudeza, pero ¿hacia quiénes te diriges y de quiénes huyes? ¿Es que de verdad te crees nuestra propaganda barata? En Kiev los alemanes han establecido un gobierno social revolucionario y están dando un gran apoyo a las artes. Después de todo, son el pueblo más culto de Europa. Estoy seguro de que no perseguirán a gente como tú ni como yo. Al contrario, estoy esperándolos con impaciencia, aunque, como sabes, mi esposa es judía. Bueno, pues le diré que tendrá que llevar durante un tiempo una estrella de David cosida en la solapa y ya está, pero no habrá Cheka y tendremos libre contacto con Europa. Yo ya he quemado mis papeles del Partido y me he deshecho de todo el material que tenía en casa y podía comprometerme: los clásicos del marxismo, los retratos y el resto de la asquerosa porquería bolchevique. Dios mío, pienso a veces, ¿y si todo estuviera llegando a su fin?"

Aunque Osmerkin estuviera equivocado, no deja de ser estremecedor pensar hasta qué punto debería estar harto de su propio régimen cuando esperaba tan alegremente la llegada de los nazis, incluso teniendo en cuenta que su mujer era judía. Osmerkin había visto cómo su amigo, el poeta Osip Mandelshtam, desaparecía para siempre en el Gulag.

En octubre de 1941, durante la Operación Tifón, estallaron desórdenes en Moscú y sus alrededores ante la proximidad de los alemanes. Empezó a reinar el caos y el pánico se apoderó de la gente. Se cerraban fábricas, muchos destruían sus carnés del Partido, algunas autoridades huían, y se escuchaban proclamas contra el comunismo y los judíos. En la ciudad textil de Ivánovo (situada  a más de 300 kilómetros al nordeste de la capital, y por tanto bien lejos de los alemanes en aquel momento), cuando las autoridades ordenaron evacuar la maquinaria de las fábricas, las trabajadoras se rebelaron gritando: "¡Dejad las máquinas donde están, para que podamos trabajar para Hitler si aparece por aquí!". Y cuando les ordenaron ir a cavar trincheras, exclamaban: "No les hagáis caso [a los gerifaltes del Partido], no tienen ni idea y llevan veintitrés años mintiéndonos. Han enviado lejos a sus familias y ahora quieren mandarnos a nosotros a cavar fosas". Y añadían: "¡Abajo el poder soviético! ¡Viva Hitler!".

El pánico en Moscú fue brutalmente reprimido por la NKVD. En diciembre, el Ejército Rojo contraatacó y Moscú se salvó de la ocupación alemana. Ese mismo mes, Japón atacó Pearl Harbor y EEUU entró en la guerra. A pesar de que habían sido los japoneses -aliados de Alemania-, quienes habían atacado a los estadounidenses y no al revés, y a pesar de que fue Hitler quien decidió a su vez declarar la guerra a los EEUU sin tener obligación de hacerlo, la lógica hitleriana afirmaba que la existencia de una guerra mundial era el resultado de una conspiración judía que había creado un "frente común" entre el capitalismo y el comunismo contra Alemania. El 30 de enero de 1939, Hitler había "profetizado" ante el Reichstag que si estallaba una nueva guerra mundial, la consecuencia sería el exterminio de los judíos de Europa:



El 12 de diciembre de 1941, en una reunión con los líderes del partido nazi en la Cancillería del Reich, Hitler recordó y reafirmó su "profecía". Según escribió Goebbels en su diario, recogiendo las palabras de Hitler:

"La guerra mundial ya está aquí, y la aniquilación de los judíos debe ser la consecuencia necesaria".

El 30 de enero de 1942, Hitler repitió su siniestra "profecía" una vez más, esta vez en el Palacio de los Deportes de Berlín, ante miles de alemanes. La fecha no era casual. Diez días antes se había celebrado la Conferencia de Wannsee, organizada por Heydrich, en la que un grupo de líderes nazis había debatido el asunto de la solución final de la cuestión judía aunque, como hemos visto, la decisión de exterminar a los hebreos ya había sido tomada hacía tiempo.


Carta de Göring a Heydrich, fechada el 31 de julio de 1941, en la que el primero autorizaba al segundo a planificar una "solución final de la cuestión judía"


Moscú resistió el empuje germano, pero en las ciudades de Rusia que cayeron bajo la ocupación alemana el destino de los judíos fue idéntico al de otros lugares de la URSS. Los rusos denunciaban a los judíos para limpiar su pasado y quedarse con sus bienes, y estaban presentes en los cuerpos de policía auxiliares que acabaron con los judíos, tanto en ciudades de su territorio, como Smolensk, como en las de fuera de Rusia, como Vilna, Riga, Minsk y Járkov.

Al terminar 1941, los nazis y sus colaboradores habían asesinado a cerca de un millón de judíos en los territorios ocupados de la Unión Soviética (y continuarían asesinando allí a cientos de miles de personas en los años siguientes). La consecuencia de la derrota ante Moscú y la transformación de la guerra en mundial iba a ser el exterminio de los judíos en otros lugares, empezando por Polonia. En Polonia los nazis habían reubicado a los judíos en guetos, pero no para matarlos, sino para deportarlos hacia el este una vez derrotado el Ejército Rojo. Las condiciones de vida en esos lugares eran pésimas, y por ello habían muerto decenas de miles de judíos, pero quedaban vivos dos millones. Como ya no era posible deportarlos, había que acabar con ellos, pero los métodos aplicados en la URSS -fusilamientos masivos con la ayuda de un gran número de colaboradores locales- no se podían poner en práctica en Polonia. Hacía falta otra forma de hacerlo.

Si la guerra hubiera ido según esperaba Hitler, una tremenda hambruna tendría que haber asolado la URSS occidental en el invierno de 1941 a 1942. El Plan del Hambre debería haber matado a unos treinta millones de ciudadanos soviéticos, básicamente eslavos, que pertenecían a una teórica raza inferior. Tras la derrota del Ejército Rojo y el hundimiento del Estado soviético, los alimentos de las zonas fértiles del oeste de la URSS, sobre todo de Ucrania, deberían haberse destinado a la población alemana. Esta reorganización de la economía europea debía garantizar tanto la autosuficiencia de los alemanes como su seguridad y confort. En cambio todo había fracasado, la guerra continuaba, pero muchos ciudadanos soviéticos efectivamente morirían de hambre: más de tres millones en los campos de prisioneros, un millón en el cerco de Leningrado, decenas de miles en ciudades ucranianas como Járkov y Kiev. Aun así, el resultado apenas bastaba para alimentar a los soldados alemanes que combatían en el frente oriental, y poco contribuyó a mejorar la situación de la población alemana. Entonces los nazis decidieron redistribuir el hambre. Los soldados alemanes tenían órdenes de recoger alimentos de la tierra para sí mismos y sus animales (unos 750.000 caballos participaron en la invasión), "como en una guerra colonial", de modo que la comida sobrante se utilizó para lograr la colaboración de los prisioneros soviéticos. Por ejemplo, en el asesinato de los judíos.

En Polonia los nazis no habían buscado la colaboración local. Aunque se había conservado la policía (la llamada Policía Azul), los nazis nunca contemplaron la idea de armar a los polacos que harían falta para llevar a cabo una Solución Final mediante fusilamientos, como habían hecho en la URSS, de modo que buscaron otros colaboradores.

A lo largo de la guerra, los nazis capturaron a cerca de seis millones de prisioneros soviéticos. De ellos, más de tres millones (el 57%) murieron en los campos. Las causas de las muertes fueron múltiples, pero la principal fue el hambre, ya que se les privaba de alimentos de forma deliberada. La mayor parte (más de dos millones) murió precisamente durante la segunda mitad de 1941, porque a inicios de 1942 los nazis decidieron cambiar su política respecto a estos prisioneros. En realidad, los nazis no paraban de buscar nuevas formas de explotar a los eslavos, considerados como subhumanos, contra los judíos, considerados como inhumanos. La amenaza de una muerte por inanición transformó los campos de prisioneros de guerra en fábricas de colaboradores. El trato ofrecido por los nazis era simple: colaboración a cambio de comida. Cerca de un millón de soldados soviéticos lo aceptó.

Los nazis no hacía sino adoptar con los eslavos una política puramente colonial: explotar a un grupo al que se despreciaba en detrimento de otro al que se despreciaba aún mas.

Miles de prisioneros soviéticos liberados se entrenaron en el campo de concentración de Trawniki, cerca de Lublin, en el Gobierno General, y ayudaron a construir y vigilar los campos de exterminio de la Operación Reinhard: Bełżec, Sobibor y Treblinka. Más tarde, ayudarían también a vaciar algunos de los guetos más grandes, como el Varsovia.


Prisioneros soviéticos liberados al servicio de los nazis (hiwis o auxiliares voluntarios) en Trawniki


En octubre de 1941, Himmler encargó verbalmente a Odilo Globocnik, Jefe Superior de las SS y la Policía en el distrito de Lublin, la organización y puesta en marcha de la Operación Reinhard, es decir, el asesinato de los judíos polacos. El nombre de la operación era en honor a Reinhard Heydrich. Seguramente fue bautizada así después de su asesinato por agentes checos entrenados en el Reino Unido, en mayo de 1942. Se construyeron en secreto los tres campos de exterminio antes mencionados con la ayuda de antiguos prisioneros soviéticos, ahora transformados en hiwis. La herramienta para realizar los asesinatos en masa sería el monóxido de carbono, que ya se había utilizado en la Operación T4 y en la URSS, empleado ahora en cámaras de gas. Los hiwis serían también los encargados de operar dichas cámaras.


  Globocnik


A los tres campos de exterminio de Bełżec, Sobibor y Treblinka, se les uniría un cuarto campo dentro de la Operación Reinhard, el de Majdanek, que originalmente fue solo campo de concentración. En Majdanek, además del monóxido de carbono, se empezó a utilizar otro gas más eficaz: el cianuro de hidrógeno, ácido cianhídrico o ácido prúsico, más conocido en este contexto como Zyklon B.

La Operación Reinhard se puso en marcha en marzo de 1942 y continuó hasta el otoño de 1943. En ella se asesinó a cerca de dos millones de judíos y gitanos.


 Deportación de judíos a Treblinka, 1942


De forma paralela a los asesinatos masivos de la Operación Reinhard, pero sin formar parte de la misma, en el campo de exterminio de Chelmno se utilizaron furgonetas de gas para asesinar al menos a 150.000 personas, sobre todo procedentes del gueto de Łódź. Chelmno en realidad sirvió de proyecto piloto para la Operación Reinhard, pues fue el primer campo en el que se utilizó gas venenoso.


 El gueto de Łódź en 1940


Probablemente los nazis nunca tomaron la decisión de acabar con todos los judíos polacos en campos de exterminio, y la razón es que necesitaban a algunos para trabajar. Digamos que el exterminio dependía del balance entre la productividad judía y el consumo judío de calorías. En los momentos en que la necesidad de alimentos era más apremiante, se los asesinaba. En los momentos en que la necesidad de mano de obra urgía, se les perdonaba la vida. Obviamente la tendencia general apuntaba a la aniquilación total. La prueba es que el gueto de Łódź se transformó en un enorme campo de trabajo industrial que proporcionaba suministros para el Ejército alemán. Los nazis fueron exterminando a su población poco a poco, de modo que subsistió más que cualquier otro gueto de Polonia. Las últimas deportaciones se llevaron a cabo en agosto de 1944. De los más de 200.000 judíos que se alojaron en aquel gueto, solo sobrevivieron 10.000.

A finales de 1942, la cifra de judíos asesinados por los nazis y sus colaboradores ya sumaba millones. El Holocausto había comenzado en forma de ejecuciones masivas en tierras donde el Estado había sido destruido por partida doble en una rápida sucesión, primero a manos de los soviéticos, y después el aparato soviético a manos de los nazis. Las técnicas desarrolladas en esas zonas para asesinar se aplicaron también más al este, hasta llegar a todos los rincones donde se extendía el dominio alemán en la URSS. En la Polonia central y occidental, ocupada por Alemania desde septiembre de 1939, las matanzas no comenzaron hasta dos años después y en ellas se emplearon nuevas técnicas más "humanas": furgonetas y cámaras de gas. Llegados a este punto, el destino de la mayoría de los judíos que quedaban en Europa era un lugar llamado Auschwitz.


 El Holocausto en Polonia



Llegada de un convoy de judíos a la terminal ferroviaria de Auschwitz II (Birkenau). Al fondo, a izquierda y derecha, las chimeneas de los crematorios II y III, junto a los que estaban las cámaras de gas


Auschwitz es un símbolo, el de la volutad de asesinar a todos los judíos de la Europa ocupada por los nazis. Sin embargo, no todos los judíos enviados allí murieron, puesto que Auschwitz era un complejo que incluía campos de concentración y de exterminio. De ese modo, los judíos eran seleccionados para trabajar o para morir según llegaban. Existe, por lo tanto, una historia de la supervivencia en Auschwitz, mientras que prácticamente ningún judío podía sobrevivir a las fosas de fusilamiento, ni a Treblinka, Bełżec, Sobibor o Chelmno. La palabra "Auschwitz" se ha convertido en la representación del Holocausto en su conjunto, aunque la mayoría de los judíos que fueron víctimas de aquel genocidio ya habían sido asesinados para cuando ese lugar llegó a ser uno de los principales campos de exterminio. Y mientras que Auschwitz forma parte de la memoria colectiva, el resto de los lugares del Holocausto apenas es recordado.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Auschwitz fue un símbolo relativamente útil para Alemania, pues reducía de forma significativa el alcance del mal causado. La asimilación del Holocausto a Auschwitz -un punto en el mapa de Polonia- permitió a los alemanes mantener la grotesca afirmación de que no estaban al corriente de las masacres de judíos mientras estas sucedían, un argumento que aún hoy es sostenido por algunos. Es posible que no todos supieran con detalle qué ocurría, pero es imposible que muchos no supieran nada de las masacres. En Alemania, mucho antes de que Auschwitz se convirtiera en un campo de exterminio, las matanzas eran conocidas y se hablaba de ellas, al menos entre familiares y amigos. En el frente oriental, donde decenas de miles de alemanes fusilaron a millones de judíos en cientos de fosas diferentes durante años, casi todo el mundo estaba al corriente de lo que ocurría. Cientos de miles de alemanes presenciaron las masacres y millones de alemanes lo sabían. En las cartas que los soldados y los policías enviaban a sus familias, aquellos explicaban los detalles y a veces incluían fotografías. Los hogares alemanes se enriquecieron millones de veces a costa de lo que los soldados o los policías se llevaban o enviaban por correo de los saqueos a los judíos que asesinaban.

Auschwitz fue asimismo un símbolo útil para la Unión Soviética de la posguerra, e incluso lo es para la Rusia poscomunista actual. Si se reduce el Holocausto a Auschwitz, resulta más fácil olvidar que los nazis comenzaron a exterminar a los judíos precisamente en lugares recién conquistados por la URSS tras un acuerdo previo con Alemania. En las regiones occidentales de la Unión Soviética todo el mundo estaba al corriente de los asesinatos masivos de judíos, y por el mismo motivo que hemos mencionado antes: la dinámica de las matanzas requería decenas de miles de participantes, y estas eran presenciadas por cientos de miles de testigos. Si el Holocausto solo se asocia a Auschwitz, este episodio también puede ser excluido de la historia y la conmemoración.

Auschwitz fue uno de los pocos capítulos del Holocausto en los que no participaron ciudadanos soviéticos. Estos fueron reclutados para los fusilamientos masivos de judíos, y también participaron en la construcción y las siniestras actividades de los campos de exterminio de Treblinka, Bełżec y Sobibor. En la era posestalinista, que comenzó con la muerte de Stalin en 1953, resultaba muy complicado explicar por qué el régimen soviético había provocado la muerte de millones de sus ciudadanos a base de hambrunas y terror en los años treinta. Aún hoy, esta realidad histórica sigue profundamente politizada. En cambio, el problema, tal vez más grave, de los cientos de miles de ciudadanos soviéticos dispuestos a colaborar con un invasor como los nazis, incluso participando en el asesinato de millones de personas, nunca ha sido abordado. Al contrario, ha sido eludido, y la focalización del Holocausto en Auschwitz permite precisamente sortear ese asunto.

Auschwitz también se ha convertido en el emblema del Holocausto porque, desde una perspectiva mítica y simplista, parece desvincular el genocidio judío de las decisiones y los actos humanos. Mientras que el Holocausto se limite a Auschwitz, se puede aislar de muchas de las naciones a las que afectó y de los paisajes que modificó. Puede parecer que Auschwitz escondía un mal que, en realidad, se extendía desde París a Smolensk. Auschwitz evoca los asesinatos industrializados, la burocracia inflexible. Así, los asesinatos de niños, mujeres y hombres se presentan como algo inhumano, ajeno. Si el asesinato en masa de judíos se limita a un lugar concreto y se trata como el resultado de procesos impersonales, no es necesario enfrentarse al hecho de que en un entorno cercano, personas no muy diferentes a nosotros asesinaron a sus semejantes.

En Auschwitz, los nazis pusieron en práctica su tercera técnica para asesinar en masa, tercera en orden cronológico e importancia. La principal, por ser la primera, la que más víctimas dejó y la que demostró que era posible la Solución Final a base de matanzas, fue el fusilamiento en las fosas. La segunda, y siguiente en ser desarrollada, fue la asfixia por gases de escape de motores de combustión interna. En 1942 se extendió el uso de cámaras de gas y los nazis decidieron acabar con los judíos de todos los territorios que ocupaban. Auschwitz fue el principal punto de exterminio judío entre 1943 y 1944.

Auschwitz surgió en 1940, a partir de un cuartel militar polaco, como el séptimo campo de concentración nazi más grande, después de Dachau, Sachsenhausen, Buchenwald, Flossenbürg, Mauthausen y Ravensbrück. Su famoso lema Arbeit macht frei ("El trabajo libera") lo heredó de sus predecesores. A diferencia de los otros, estaba situado en territorio polaco, aunque anexionado al Reich. En una zona en la que las estructuras estatales habían sido destruidas con el objeto de eliminar a Polonia como nación política. Polonia era la zona donde los nazis daban rienda suelta a su imaginación. Los primeros prisioneros encerrados en Auschwitz fueron polacos condenados por resistencia real o potencial. Su siguiente gran grupo de víctimas fueron los prisioneros de guerra soviéticos capturados después de la invasión de 1941. También hubo judíos desde el principio, aunque la intención era enviarlos hacia el este como mano de obra esclava que construiría el imperio alemán en las tierras soviéticas conquistadas. Los judíos polacos de Auschwitz fueron de los últimos en ser asesinados. Cuando la gran mayoría de judíos del resto de Polonia habia muerto en las fosas o en Treblinka, Bełżec, Sobibor o Chelmno, muchos de los encerrados en Auschwitz seguían con vida, pues eran empleados como trabajadores forzados, la misión original del campo. Su rumbo cambió cuando la misión colonial nazi dio paso a la Solución Final, cuando la explotación de los esclavos dejó de ser prioritaria y el exterminio judío se convirtió en urgente: los nazis pasaron de matar a algunos judíos a matarlos a todos, los ciudadanos soviéticos fueron reclutados como policías auxiliares y el distrito de Lublin dejó de ser un puesto avanzado del imperio para convertirse en terreno experimental de las cámaras de gas. Fue entonces cuando Auschwitz se convirtió en campo de exterminio. Esta evolución se manifestó asimismo en el tipo de agente homicida: en lugar del monóxido de carbono se utilizó Zyklon B. En un principio este gas se empleaba para fumigar los barracones de los prisioneros, pero acabó sirviendo para asesinar a cerca de un millón de personas, en su inmensa mayoría judías.



A diferencia de otros lugares de exterminio nazis, como las fosas de fusilamiento en las zonas ocupadas de la URSS, o los campos de exterminio de Chelmno, Bełżec, Sobibor y Treblinka, Auschwitz se eligió como un lugar para matar a muchos judíos ciudadanos de Estados que Alemania aún reconocía como soberanos. En general, sus víctimas vivían fuera de las zonas ocupadas por Alemania tras la desaparición de las estructuras estatales, por lo que eran menos vulnerables al poder de las SS. Para morir en Auschwitz, estas personas tuvieron que ser abandonadas por sus respectivos gobiernos, o despojadas de su condición de ciudadanas, y ser transportadas desde sus países de residencia hasta allí. No fue un proceso automático, y de hecho con frecuencia resultó complicado. Hitler comunicó a todos sus subordinados su deseo de limpiar Europa entera de judíos no más tarde de la primavera de 1942. Por entonces, el exterminio masivo de judíos, iniciado un año antes en la URSS, ya estaba extendido, si bien la forma y hasta qué punto podía llevarse a cabo dependía del lugar de residencia de las víctimas. Lo ocurrido en el este de Europa no podía repetirse con el mismo éxito en otros países. Es decir, los nazis no podían explotar los recursos piscológicos, materiales ni, sobre todo, políticos creados por la Unión Soviética en lugares que no hubieran sido ocupados previamente por esta. En el Museo estatal de Auschwitz, abierto en 1947 en la Polonia comunista, se clasificó a las víctimas según su ciudadanía. Esto pretendía camuflar el hecho de que en su gran mayoría eran judías y habían sido asesinadas simplemente por ese motivo. Pero también ocultaba un detalle más sutil e importante: los judíos que fueron asesinados allí habían sido previamente separados de sus Estados. En muchos lugares desde donde los judíos debían ser enviados a Auschwitz, las condiciones anteriores no se cumplían, y gracias a eso millones de judíos se salvaron. Nunca subieron a un tren que los habría conducido a la muerte.

Aunque pueda parecer paradójico, en los países ocupados por Alemania, los judíos que en teoría debían ir a Auschwitz tenían más probabilidades de sobrevivir que aquellos que no debían ser enviados allí. Esta cuestión solo puede aclararse teniendo en cuenta en qué grado los Estados habían sido o no destruidos. Como dice Snyder, Auschwitz representa el proyecto universal de acabar con los judíos, pero también demuestra la importancia de los Estados a la hora de protegerlos.

Para dejar clara la relevancia de todo esto, Snyder establece una comparación entre dos países de similares características ocupados por Alemania: Estonia y Dinamarca. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, ambos eran pequeños Estados del norte de Europa con una amplia costa báltica y poca población judía. Ambos sufrieron la ocupación alemana, fueron sometidos a la Solución Final y declarados judenfreien -libres de judíos- por los nazis. Sin embargo, la historia del Holocausto en cada uno de estos países fue muy diferente: en Estonia, cerca del 99% de los judíos presentes cuando llegaron los alemanes fueron asesinados, y en Dinamarca, cerca del 99% de los judíos con ciudadanía de aquel país sobrevivieron. Los judíos daneses debían ir a Auschwitz, pero los de Estonia perecieron antes de que Auschwitz se convirtiera en un campo de exterminio.

Ningún país ocupado por Alemania registró un índice tan elevado de judíos asesinados como Estonia, ni uno de supervivientes tan alto como Dinamarca. ¿Era la población estonia especialmente antisemita? En realidad, tradicionalmente lo era más la danesa, lo que no significa que esta tampoco lo fuera en exceso. ¿Estaba Estonia gobernada por antisemitas ya antes de la guerra? Como ya vimos en otra entrada, en Estonia existía un régimen autoritario conservador pero no antisemita, al igual que en el resto de los países bálticos. La dictadura de Konstantin Päts y Johan Laidoner se instauró después de que ambos dieran un golpe de Estado contra la extrema derecha en 1934, precisamente para evitar que Estonia se convirtiera en un país fascista. De hecho, los judíos de Estonia eran considerados ciudadanos iguales en un país que, además, había acogido a refugiados judíos alemanes y austríacos. Dinamarca, por el contrario, rechazó a los refugiados judíos a partir de 1935. Obviamente lo ocurrido en la guerra se debió a las propias experiencias sufridas durante la misma.

Ya vimos que, igual que Letonia y Lituania, Estonia fue ocupada por la URSS en 1940 gracias al Pacto Ribbentrop-Mólotov, modificado y ratificado por el Tratado Germano-Soviético de Amistad, Cooperación y Demarcación. La ocupación soviética conllevó la destrucción de dichos Estados y una dura represión. Al año siguiente llegaron los nazis y los hechos se sucedieron como narramos en la entrada anterior: implantación del mito judeobolchevique, doble colaboración, asesinatos en masa. El caso de Dinamarca fue muy diferente: no compartía fronteras con la URSS, no estuvo sujeta al Pacto Ribbentrop-Mólotov y por tanto no fue ocupada por el Ejército Rojo, ni padeció la costumbre soviética de los fusilamientos y las deportaciones en masa. En consecuencia, el recurso político creado en Estonia no servía para Dinamarca, puesto que el Estado danés no había sido destruido. Tampoco cabía esperar una doble colaboración, ya que Dinamarca solo resultó ocupada una vez.

Dinamarca fue ocupada por Alemania en el marco de la Operación Weserübung, el 9 de abril de 1940. Los nazis no veían en Dinamarca ni a un enemigo ideológico ni un objetivo racial, así que la ocuparon por razones exclusivamente militares. Los daneses no opusieron casi ninguna resistencia y se rindieron a las dos horas de empezar la invasión de su país. Los alemanes no decretaron, como habían hecho en Polonia y tratarían de hacer en la URSS, que el Estado que acababan de tomar ya no existía. Se respetó la soberanía danesa: el rey Cristián X permaneció en Copenhague ejerciendo de jefe del Estado, el Parlamento continuó funcionando y bajo la ocupación alemana se celebraron elecciones (que ganaron los socialdemócratas, mientras que el partido nazi local solo obtuvo un 2,1% de los votos). A cambio de esta leve política de ocupación, Dinamarca suministraba alimentos a Alemania y, tras la invasión de la URSS, en 1941, puso fuera de la ley al partido comunista local. Unos 6.000 voluntarios daneses servirían en el frente del este encuadrados en las Waffen-SS (algunos de ellos en la división Wiking, junto a los estonios).

 
Miembros del Frikorps Danmark (Cuerpo Libre Dinamarca) en 1941, prestando juramento


En 1942, la Solución Final comenzó a extenderse desde los territorios ocupados de la URSS hacia el oeste. Las autoridades danesas, que hasta entonces habían colaborado con los nazis sin problemas, comprendieron que si entregaban a sus ciudadanos judíos la soberanía de su país quedaría en entredicho. En diciembre de aquel año, los Aliados emitieron una declaración conjunta denunciando el exterminio judío (fue la primera y la última en toda la guerra) y asegurando que castigarían a los responsables del mismo. Los gobiernos soberanos, como el danés, no podían hacer oídos sordos a tales advertencias. En 1943 Alemania fue derrotada en Stalingrado, Túnez, Sicilia y Kursk: el rumbo de la guerra se volvía contra ella. Conpenhague tenía menos razones aún para participar en la Solución Final.

A pesar de todo, el exterminio de los judíos seguía siendo una prioridad para los nazis. El Plenipotenciario del Reich en Dinamarca, Werner Best, comunicó a Berlín que la Solución Final no podía llevarse a cabo en aquel país porque supondría una violación de la Constitución y precipitaría la caída del Gobierno, lo que obligaría a una intervención masiva de Alemania que rompería el equilibrio tan favorable que habían logrado alcanzar. Había que ir a por los judíos en algún intervalo de inestabilidad. A mediados de 1943, la resistencia danesa se volvió más activa y estallaron huelgas y disturbios por todo el país en protesta por la ocupación germana. Los nazis presionaron al Gobierno para que prohibiera las huelgas e instaurara la pena de muerte para los saboteadores, pero este se negó y dimitió el 29 de agosto. Las autoridades alemanas se hicieron entonces con el control del país y decidieron que era el momento propicio para deportar a los casi 8.000 judíos daneses.


Erik Scavenius, ministro de Exteriores y luego primer ministro danés, con Werner Best, de uniforme


Pero la tarea no iba a ser fácil, porque el Reino de Dinamarca seguía existiendo como tal, con su rey, sus instituciones, sus partidos políticos, su sociedad civil, su Gobierno -de jure- y un cuerpo policial del que no cabía esperar ninguna colaboración. Nada que ver con las zonas de no estatalidad. Los nazis planearon deportar a los judíos daneses en la noche del 1 al 2 de octubre de 1943: era el año nuevo judío, de modo que sería fácil atraparlos en sus casas. Pero la orden se filtró y se convirtió en un secreto a voces. Mientras tanto, entró en escena Suecia, neutral durante la guerra pero cómplice del esfuerzo de guerra alemán a través del comercio e incluso al haber permitido el paso de tropas germanas por su territorio. El vecino de Dinamarca tenía pues razones de sobra para tratar de caer en gracia a los Aliados, de modo que propuso a Alemania hacerse cargo de los judíos daneses y después hizo público dicho ofrecimiento. Los daneses entonces organizaron una flotilla de barcos para trasladar a sus judíos a Suecia. La policía danesa cooperó en la evacuación. La Gestapo no tuvo capacidad de impedir la huida en masa de los judíos daneses porque incluso las fuerzas militares alemanas de ocupación hicieron la vista gorda.




El traslado de 7.220 judíos daneses a Suecia fue una de las mayores acciones de resistencia colectiva frente los nazis. Y fue posible, entre otras cosas, porque en Dinamarca no se castigaba a quienes prestaban ayuda a los judíos, como sí se hacía en Polonia o en los territorios ocupados de la URSS. De ese modo, el día de la redada la Gestapo solo pudo capturar a 464 judíos que fueron enviados al campo de concentración de Theresienstadt, en Checoslovaquia. Las autoridades danesas intercedieron por ellos para que pudieran recibir envíos de comida y medicinas y, sobre todo, para que no fueran trasladados a Auschwitz. Y así fue: ni uno de ellos fue gaseado. Sin embargo, otros judíos de países diferentes sí que fueron trasladados de Theresienstadt a Auschwitz. Los nazis aprovecharon la presencia de los judíos daneses en Theresienstadt para permitir la visita de la Cruz Roja al campo e incluso rodar un documental propagandístico que mostraba las supuestas buenas condiciones en que vivían los judíos en los campos de concentración. En Theresienstadt morirían 51 judíos daneses, en su mayoría ancianos.

Los judíos que tenían la ciudadanía danesa sobrevivieron prácticamente todos, lo que no es exactamente igual que decir que los judíos sobrevivieran en Dinamarca. No es muy sabido que las autoridades danesas dejaron de acoger a refugiados judíos en 1935 y que incluso durante la guerra devolvieron a Alemania a algunos de los que habían llegado poco antes. Y a estos judíos, a quienes el Estado danés negaba su protección, les esperaba el mismo destino que a otros que tampoco gozaban de ninguna protección estatal: la muerte.


Continuará...


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