sábado, 28 de febrero de 2015

"Harina de otro costal": Los republicanos españoles en el Gulag (I)


Esta entrada y las que le seguirán están dedicadas a Ana Cepeda Étkina: por su vitalidad, por haber recuperado la memoria de su padre y por ser una amiga de verdad.

Gracias, Ana.




Hay momentos en que los pueblos no quieren mandar ni obedecer, sino solo escapar

Denis Diderot


Conocí a mi amiga Ana Cepeda casi de casualidad, allá por el año 2010, gracias a la magia de internet.

Siempre he sido aficionadillo a la historia contemporánea, y hace unos cuantos años descubrí que hubo españoles exiliados en la URSS tras la Guerra Civil que acabaron en los campos de concentración soviéticos, es decir, en el Gulag. Lo chocante del asunto -españoles republicanos, de izquierdas, represaliados en la patria del proletariado- me llamó la atención, así que me hice con algo de información sobre el tema y lo comenté en un foro de internet en el que entonces participaba: Debatalia (hoy sucedido por Chisland). Después de leer lo que escribí, se registró en el foro una tal Ana que decía ser hija de Pedro Cepeda Sánchez, un niño de la guerra malagueño que tuvo la desgracia de pasar ocho años en el Gulag, aunque sobrevivió para contarlo.

O para que nos lo contara su hija, mejor dicho.

Este va a ser el primero de unos artículos en los que vamos a hablar de los cientos de españoles republicanos que, como Pedro Cepeda, pasaron por el Gulag. Tengo que decir que la historia de Cepeda en concreto la conozco bien porque gracias a aquel foro conocí a su hija, Ana. Y porque ella la ha contado en un libro que publicó el año pasado: Harina de otro costal. Un libro en el que tengo el honor de figurar entre los agradecimientos de su autora y cuya portada encabeza este artículo.



A través de internet también entré en contacto con otros autores de libros sobre el mismo tema: Miguel Marco Igual (autor de Los médicos republicanos españoles en la Unión Soviética) y Luiza Iordache Cârstea (autora de En el Gulag), a quien conocí en persona el año pasado.



La Guerra Civil Española causó cerca de medio millón de exiliados. La gran mayoría de ellos (465.000) se quedó en Francia. Un número considerable se trasladó a Latinoamérica, sobre todo a México. Este país acogió a unas 20.000 personas, entre las que estaba la flor y la nata de la intelectualidad española de la época.

No obstante, unas 4.500 personas fueron a parar a la Unión Soviética. Dentro de ese colectivo, el grupo más numeroso estuvo compuesto por 2.895 niños, de entre 3 y 15 años, evacuados entre 1937 y 1938. La mayoría de estos niños era de origen asturiano y vasco, y un pequeño grupo estuvo formado por hijos de dirigentes y cuadros del Partido Comunista de España (PCE) y de militares republicanos. A todos ellos se sumaron otros 87 niños, que llegaron en 1939 acompañando a sus padres exiliados. Estas casi 3.000 personas, de las que actualmente sobreviven unas pocas, son conocidas popularmente como los niños de la guerra o los niños de Rusia.



Muchos de los adultos exiliados en la URSS estaban ligados al PCE. El perfil intelectual de estas personas era medio o bajo, aunque entre ellas había algunos profesionales con formación universitaria, siendo una veintena de ellos médicos y odontólogos (el grueso de la emigración médica española se quedó en Francia –alrededor de 200 profesionales-, o se marchó a Latinoamérica, sobre todo a México –unos 500 médicos, que representaban el 10% de todos los facultativos del país azteca-). Más adelante hablaremos de un par de ellos.

Por otro lado, antes del final de la Guerra Civil residían también en la URSS otros colectivos de españoles enviados por el Gobierno de la Segunda República, como unos 130 educadores y personal auxiliar que acompañaron a los niños evacuados, alrededor de 285 marinos mercantes, cerca de 190 alumnos pilotos de la cuarta y última promoción de la Escuela de Aviación de Kirovabad (Azerbaiyán), y grupos más pequeños formados por personal de la Embajada española en Moscú y los cajeros del Banco de España que acompañaron a la remesa de oro que se depositó en la Unión Soviética.

Tras la guerra, entre abril y junio de 1939, llegaron exiliados políticos seleccionados por una comisión formada por dirigentes del PCE y de la Komintern. El grupo quedó constituido por algo más de mil personas, militantes y simpatizantes comunistas, procedentes principalmente de los campos de concentración al sur de Francia y el norte de África, a menudo acompañados de sus familias. 

Finalmente, la emigración española se amplió con 44 republicanos  que se encontraban en Alemania al terminar la Segunda Guerra Mundial y que fueron trasladados a la URSS por el Ejército Rojo, y 51 ex combatientes de la División Azul que eligieron quedarse a vivir en la Unión Soviética, ya fuera por haber desertado -hubo unos 75 desertores en la DA, el 0,2% de los enrolados- o por haberse convertido al comunismo mientras estaban cautivos. 

Según datos estadísticos de 2003, hubo 4.445 españoles emigrados a la URSS a raíz de la Guerra Civil, de los que 3.107 llegaron siendo niños y 1.338 adultos.

Los exiliados adultos se podrían dividir en dos grupos. En el primero estarían los dirigentes del PCE, los que ocuparon cargos en la Komintern o la NKVD, y los que fueron destinados a la radio, prensa y editoriales en castellano. Todos ellos se quedaron en Moscú. También estarían los militares, que ingresaron en academias del Ejército Rojo, y algunas personas más que fueron colocadas como educadoras en las diferentes Casas de Niños Españoles que venían funcionando desde 1937-1938. A los que conformaban este primer grupo los podríamos calificar de privilegiados. Los españoles restantes, que eran la inmensa mayoría de los emigrados, fueran o no obreros acabaron trabajando en fábricas de Moscú y otras ciudades (Gorki, Járkov, etc), en las que se instalaron formando colectivos de trabajadores españoles que vivían en unas condiciones bastante deplorables, y que eran firmemente controlados por el Partido.

Los niños, por su parte, obtuvieron un trato privilegiado. Fueron distribuidos en diferentes casas, cuidadas por personal soviético y español, y recibieron atención sanitaria y libros docentes en castellano imprimidos en la URSS. A causa de la invasión alemana, en 1941, los niños españoles experimentaron una nueva evacuación y padecieron una gran mortandad durante la guerra. Tras la derrota nazi, los jóvenes españoles, ya adultos, no pudieron regresar a España debido a la consolidación del régimen de Franco, de modo que se integraron en el tejido social soviético.

Todos los ámbitos de la vida económica, social y cultural de la URSS estaban dominados por la omnipresente figura de Stalin y controlados por un fuerte, burocratizado y monolítico Partido Comunista, que transmitía rígidamente sus directrices a los dirigentes del PCE, y estos, a su vez, al resto de la emigración.

Muchos exiliados españoles en la URSS se quisieron marchar de allí. Ya antes de la Segunda Guerra Mundial abandonaron la Unión Soviética el personal de la Embajada del Gobierno republicano y los cajeros del Banco de España, que llevaban más de dos años retenidos en el país. También salieron más de un centenar de marinos mercantes, unos pocos alumnos pilotos de la Escuela de Aviación de Kirovabad y algunos educadores y médicos que habían acompañado a los niños evacuados. Entre 1942 y 1943, los nazis y sus aliados fineses capturaron a unos 34 jóvenes españoles -niños de la guerra-, que fueron repatriados a España, siendo entregados a las autoridades franquistas. A finales de la contienda mundial varios dirigentes del PCE abandonaron la URSS, con Dolores Ibárruri a la cabeza (por entonces ya era secretaria general del partido), la cual se instaló en Francia en febrero de 1945. Por esas fechas también pudieron salir unos pocos españoles que habían sido reclamados por sus familias, sobre todo hacia Latinoamérica y algunos a Francia. Muchos compatriotas quisieron hacer lo mismo, y ante las innumerables peticiones que se produjeron para salir de la Unión Soviética, la dirección del PCE decidió tomar cartas en el asunto y envió a Santiago Carrillo a Moscú para impedirlo. El motivo oficial de su visita fue celebrar en los primeros días de julio de 1947 el décimo aniversario de la llegada de los niños de la guerra a la Unión Soviética, pero sus reuniones con los españoles y su discurso en el Teatro Stanislavsky de Moscú fueron una clara advertencia de lo que les podría ocurrir a los que pretendieran abandonar el país. Hay que decir que, en sus memorias, Carrillo hace referencia a este viaje muy de pasada y por supuesto no dice nada de su propósito real.

En noviembre de aquel mismo año, otros dos miembros del Comité Central, Vicente Uribe y Fernando Claudín, se desplazaron desde Francia a Moscú para “conversar” con la emigración española. Se organizó una maratoniana asamblea que duró tres días, en el curso de la cual se amenazó de nuevo a los españoles que quisieran abandonar la URSS. Se destituyó a José Antonio Uribes, responsable de la emigración, por considerarlo demasiado blando y se colocó en su lugar a Fernando Claudín, que actuó durante ocho años con mano dura sobre sus compatriotas. De hecho, desde 1947 hasta la muerte de Stalin, en marzo de 1953, la simple mención del deseo de salir del país se convirtió en un delito de anticomunismo y una traición, con la posibilidad adicional de ser enviado a un campo del Gulag, lo cual sucedió en varios casos como ya veremos.

Tras la muerte de Stalin, muchos españoles pudieron regresar a su país. La primera expedición de retorno se llevó a cabo en el buque griego fletado por la Cruz Roja francesa Semíramis, que llegó el 2 de abril de 1954 a Barcelona procedente de Odesa con 286 repatriados a bordo. En su gran mayoría eran prisioneros de la División Azul, pero también había 12 ex alumnos pilotos de Kirovabad, 19 marinos mercantes republicanos y cuatro niños de la guerra, todos ellos procedentes de campos del Gulag.





Más tarde, entre septiembre de 1956 y mayo de 1959, regresaron 2.774 personas, 1.911 de ellas adultas, en seis viajes de la motonave Krym, que hacía la ruta de Odesa a Valencia y Castellón de la Plana, y un séptimo y último, realizado por el Sergei Ordzhonikidze, un buque mercante soviético que hizo la travesía entre Riga y Almería. El Krym es conocido popularmente por su nombre en castellano, Crimea. Casi todos estos repatriados eran niños de la guerra, aunque también figuraban antiguos marinos y pilotos republicanos, educadores de los niños y emigrados políticos. Había algunas esposas soviéticas de emigrados españoles, pero no maridos soviéticos de españolas, que tenían prohibido abandonar la URSS.



El resto de españoles que volvieron lo hicieron con cuentagotas, en función de sus circunstancias personales, de la llegada de la democracia a España o de la situación política y económica de la URSS, con la caída del régimen comunista a inicios de los años noventa.

Hubo unos 346 republicanos españoles que pasaron por los campos del Gulag (cerca del 7,6% de todos los exiliados españoles en la URSS). Vamos a analizar algunos casos en profundidad. Estas personas se podrían dividir en varios grupos: niños de la guerra, marinos mercantes, alumnos pilotos de la 4ª promoción de la Escuela de Kirovabad, y otros. Del último grupo, por el que vamos a empezar, hablaremos de dos médicos, Julián Fuster Ribó y Juan Bote García, pues sus casos son de los más conocidos del conjunto de republicanos que tuvieron la desgracia de ser internados en los campos soviéticos.

Julián Fuster Ribó, hijo de un militar catalán, nació en Vigo en 1911. Se licenció en Medicina por la Universidad de Barcelona en 1935. Fue opositor a la dictadura de Primo de Rivera como dirigente estudiantil, militó en el Partit Comunista Catalá (1928-1931) y en otros partidos de izquierda no pertenecientes a la III Internacional. Se afilió al Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC) en 1936 y desempeñó varias tareas en el campo sanitario durante la Guerra Civil, entre ellas la Jefatura de Sanidad del XVIII Cuerpo de Ejército, que dirigía su amigo José del Barrio. Tras la caída de Cataluña, en febrero de 1939, marchó al exilio y fue internado en el campo de concentración de Saint Cyprien, al sur de Francia. Allí trabajó como jefe de Sanidad y colaboró con el doctor Joaquim Vinyes i Espín en el estudio de varios casos de dolores musculares por avitaminosis C, sobre los que Vinyes redactaría un trabajo que obtendría el premio Pourat de la Academia de Ciencias Médicas de París, en 1942. Más tarde, el trabajo daría lugar a la monografía Contribució al coneixement de l’avitaminosi C en l’home, que fue publicada en 1946, en París, por el doctor Vinyes.

En marzo de 1939, Fuster fue encerrado en la fortaleza de Colliure por un enfrentamiento con el jefe de Sanidad francés de Saint Cyprien. Al ser liberado a los dos meses, decidió marcharse a la Unión Soviética en compañía de sus amigos y compañeros de partido, Joan Comorera, Francisco Ramos Molins y José del Barrio, todos ellos por entonces fervientes admiradores del régimen soviético. Llegaron a Leningrado en junio de 1939.

Una vez en la URSS, Fuster ejerció como cirujano en el Sanatorio de Agudzeri (República de Abjasia). Tras la invasión alemana (junio de 1941), se enroló como médico militar en el Ejército Rojo, trabajando hasta febrero de 1943 en el Hospital de Evacuación de Ulianovsk, ciudad natal de Lenin. En octubre de 1942 fue nombrado cirujano jefe del hospital. Desde abril de 1943 a abril del año siguiente fue médico interino en el Hospital Clínico N. A. Semashko de Moscú. En 1946 entró a trabajar en el Instituto Burdenko de Neurocirugía, donde fue acogido calurosamente en parte por ser un exiliado español y también debido al prestigio de que gozaba por allí la Escuela Española de Histología (Ramón y Cajal, Río Hortega, etc.).

Fuster era un tipo simpático, mujeriego y amigo de destacadas figuras de la cultura soviética, como Serguéi Prokófiev, quien había estado casado con la soprano española Lina Llubera (seudónimo de Carolina Codina), la cual fue detenida en 1948 y pasó ocho años en el Gulag. Desde finales de 1945, Fuster llevaba solicitando un visado para emigrar a México, donde residían su madre y su hermana. En el verano de 1947, tras reclamar una y otra vez su salida del país, se le expulsó del PSUC y en noviembre perdió su trabajo en el Instituto Burdenko. Marginado y sin medios para ganarse la vida, tuvo que acudir a la Embajada de Argentina donde encontró trabajo como traductor, igual que lo estaban ya haciendo otros exiliados españoles con problemas similares, como su amigo Francisco Ramos, el malagueño Pedro Cepeda Sánchez y el ex piloto de Kirovabad José Tuñón Albertos. Cierto día, su ex compañero del PSUC, Rafael Vidiella, le comentó que “ellos” –la dirección del PCE- habían decidido que no se podía marchar de la Unión Soviética y que desistiera incluso de solicitarlo.

En enero de 1948, Fuster fue detenido a raíz del intento de huida de la URSS que protagonizaron José Tuñón y Pedro Cepeda. Ambos trataron de escapar escondidos en unos baúles del equipaje de dos diplomáticos argentinos. Tuñón fue descubierto en el avión que le conducía a Praga y Cepeda no llegó ni a embarcar. Los dos prófugos fueron encarcelados junto a Fuster y sus antiguos compañeros del XVIII Cuerpo de Ejército republicano, los ingenieros Francisco Ramos y Francisco Fernández de la Vega. La MGB (antecesora de la KGB, la policía secreta soviética) detuvo a Fuster en plena calle, acusándole de haber hecho un desfalco. Sufrió ocho meses de duros interrogatorios en la Lubianka, destinados a encontrar algún delito con el que poderle acusar. Lo primero que espetó a sus captores fue que tenía ganas de caer en sus manos para decirles que son todos unos hijos de puta y unos cabrones. Finalmente firmó todo lo que le pusieron delante y fue condenado a 20 años de trabajos forzados por espionaje. Según el propio Fuster, su estancia en la Lubianka fue más dura que el propio campo de trabajo donde sería recluido. La policía secreta encontró una carta escrita por Fuster en la que este criticaba el sistema soviético y al PCE. Entre otras cosas, acusaba a los dirigentes del partido de criminales y de ser agentes mercenarios de Moscú, y sobre Dolores Ibárruri añadía: que sea maldito su nombre y que se coman los perros sus huesos”.

En ese momento Fuster tenía dos hijas, Diana de 11 años, fruto de su primer matrimonio en España con Dolores Bardo, de quien ya se había separado en la URSS, y Anuchka, nacida de su segundo matrimonio con una soviética. Cuando fue detenido, su mujer dijo a la policía que no quería saber nada de él.

El doctor Fuster fue a parar al campo de destino especial de Kenguir, en Kazajstán, que era el campo central del Steplag (Campo de las Estepas, un complejo de campos). Allí trabajó en el hospital, donde intervenía habitualmente a los accidentados en los trabajos forzados, aunque también a los oficiales y guardianes del campo, con sus familiares incluidos. Como tenía un fuerte carácter, a menudo era conducido a las celdas de castigo de las que lo sacaban para acudir a operar. Gozaba de prestigio y popularidad entre sus compañeros del campo.

En Archipiélago Gulag, Aleksandr Solzhenitsyn cita por dos veces a Fuster. En la primera ocasión, refiere cómo Fuster fue castigado a trabajar en una cantera a causa de un conflicto con las autoridades del campo. Poco tiempo después, el coronel Chechev, jefe de Kenguir, enfermó y le mandó regresar para que le operara, ya que era el único médico en quien confiaba. No está claro si Chechev sobrevivió a la operación.

En la segunda cita, Solzhenitsyn se refiere brevemente a Fuster al hablar de una de las revueltas más famosas que se produjeron en el sistema penitenciario soviético, ocurrida en 1954, un año después de la muerte de Stalin. Solzhenitsyn fue quien la dio a conocer al público.

El levantamiento de Kenguir, bautizado por Solzhenitsyn como “Los cuarenta días de Kenguir”, tuvo lugar en mayo de 1954, tras una serie de incidentes. En palabras de Martin Amis, autor de “Koba el Temible, se trató de la rebelión más grande y heroica de la historia de los camposDurante más de un mes, los prisioneros lograron hacerse con el control del campo, un hecho único en la historia del Gulag. Según Fuster:

Podrían descansar, al fin, unos días de la faena agotadora de construir el socialismo en invierno con 40 grados bajo cero y en verano a 40 grados de calor en las estepas del Kazajstán.

En la madrugada del 26 de junio, el campo fue tomado al asalto por soldados y tanques soviéticos de forma brutal. Según el testimonio de la enfermera Luibov Bershadskaya, “los tanques aplastaban a las personas vivas”. Un grupo de mujeres trató de bloquear el paso de los tanques cogidas del brazo pensando que no atreverían a matarlas, pero fueron arrolladas sin contemplaciones. Fuster se pasó dos días con sus dos noches operando a heridos sin parar, alimentándose únicamente de té, hasta que cayó desmayado de agotamiento. En su libro Gulag, Anne Applebaum recoge estas palabras de Bershadskaya, que ayudó a Fuster a curar a los heridos:

Fuster me dijo que me pusiera el gorro y la mascarilla de cirujano (que guardo hasta el día de hoy) y me pidió que estuviera cerca de la mesa de operaciones y anotara el nombre de los que todavía podían pronunciarlo. Por desgracia, casi nadie podía. La mayoría de los heridos murieron allí en la mesa, y, mirándonos con ojos de despedida, decían “escriba a mi madre… a mi esposo, a mis hijos…”, y así sucesivamente.

Cuando el aire se volvió demasiado caliente y viciado, me quité el gorro y me miré en el espejo. Tenía la cabeza completamente blanca. Primero pensé que debía haber habido polvo dentro del campo por alguna razón. No me di cuenta de que mientras estaba en medio de esa increíble carnicería, observando lo que ocurría, todo mi cabello había encanecido en quince minutos.

Según los supervivientes, hubo entre 500 y 700 prisioneros muertos. No obstante, las cifras oficiales soviéticas recogen 37 prisioneros muertos, más otros nueve que morirían después a causa de las heridas y seis más que fueron ejecutados. El número de heridos habría ascendido a 106 prisioneros y 40 soldados.


En 1959, cuando ya había abandonado la Unión Soviética, el doctor Fuster escribió una carta a Nikita Jrushchov indignado al enterarse de que el mandatario soviético había intercedido ante el presidente francés, Charles de Gaulle, para que indultara al independentista argelino de 19 años Abderrahmane Lakhlifi, condenado a muerte. Recordaba al dirigente soviético su doble vara de medir, con la inflexibilidad que le caracterizaba para tratar los asuntos internos de la URSS, de la que es ejemplo la extrema dureza que se aplicó en la represión de la revuelta de Kenguir, y las actitudes humanitarias cuando los acontecimientos sucedían al otro lado del Telón de Acero. Copio el final de aquella carta, en el que habla de la toma del campo por el Ejército soviético:

Pronto mis ayudantes me comunicaron lo sucedido. A las cuatro de la mañana mientras todos dormían en el campo, los tanques habían irrumpido en el campo con los cañones enfilados y vomitando metralla. Tras ellos se habían lanzado las tropas que esperaban al buen tuntún sus metralletas. Todo duró exactamente 10 minutos. Las “aguerridas” tropas y los “gloriosos” tanquistas conquistaron el terreno en unos minutos. Les siguieron los abusos de los cuerpos de investigación del campo que durante los 40 días habían trabajado en las listas de detenciones. Miles de presos fueron seleccionados para ser trasladados ese mismo día en trenes ya dispuestos a otros campos de Siberia. Varios cientos fueron trasladados a cárceles especiales donde debían pasar un año incomunicados con el mundo. Ciento veinte muertos dejaron los tanques bajo sus orugas. Emma Schwartz, fuerte muchacha de veinte años, moría antes nuestros ojos con las dos piernas cercenadas por las orugas de los tanques. Más de cuatrocientos heridos hubieron de ser asistidos en aquel día.

Seguramente la carta nunca llegó a su destinatario.

Lakhlifi, tras un juicio sin garantías procesales, murió en la guillotina el 30 de julio de 1960 en medio de una campaña internacional de protesta para evitar su ejecución y la de otros compatriotas suyos.

Fuster fue puesto en libertad en marzo de 1955. Trabajó como cirujano hasta octubre de 1956 en el Hospital de Lotoshino, en Moscú. Pasó dos años más como traductor de libros médicos, que era una práctica mejor remunerada. Continuó reclamando su repatriación hasta que consiguió recibir la autorización para hacerlo el 4 de mayo de 1959. Ese mismo mes regresó a España en el buque Serguei Ordzhonikidze, en la séptima y última expedición de exiliados españoles, que estaba formada por 58 personas. Le faltaba un mes para haber completado 20 años de estancia en la URSS, siete de ellos en el Gulag.

Poco tiempo después se marchó a Cuba, en donde se encontraban sus familiares, que se había trasladado desde México. Viajó acompañado de su tercera mujer, Nadia, a quien había conocido en el Gulag (Nadia había sido encarcelada por el “delito” de haber estado casada con un diplomático alemán). Por aquella época, Julián Fuster había terminado más que harto del comunismo, como es comprensible, así que no se adaptó a los aires que iba tomando la revolución cubana. Se dedicó a escribir una serie de artículos titulada “Testimonios del Paraíso comunista”, en los que relataba sus experiencias en la Unión Soviética. Acosado por la policía cubana, tuvo que esconderse y huir de la isla.

Fuster volvió a España de nuevo. Su mujer decidió regresar a la URSS y él sufrió unos interrogatorios por parte de la policía española y dos agentes de la CIA, los cuales le informaron de que sospechaban que Nadia era en realidad una agente de los servicios secretos soviéticos. Un poco harto de todo, Fuster aceptó una oferta de la OMS para trabajar como cirujano en el Congo. Permaneció allí desde enero de 1961 a junio de 1964, momento en que fue evacuado debido a los conflictos bélicos que hacían peligrar su vida. Entre 1965 y 1969 ejerció como cirujano en el Hospital Municipal de Palafrugell (Gerona), durante la que fue posiblemente la etapa más feliz de su vida. Allí conoció a la que sería su última mujer, Carmen Ruiz, con quien tuvo en 1971 a su hijo Rafael, al que Fuster puso el nombre de su hermano, muerto en la Guerra Civil. También en Palafrugell se relacionó con el hijo más ilustre de esta población, Josep Pla, a quien asistió a raíz de un infarto de miocardio. Pla tenía una excelente opinión de Fuster, y así lo expresa en Notes per a Silvia:

El doctor Fuster és una gran persona, molt intel·ligent, molt desenganyat, d’un escepticisme total. Ha viscut trenta anys a Russia, una temporada a la Cuba de Castro, al Congo… Ara viu entre nosaltres, cosa que es molt d’agrair. És un home que ho entén tot perque prescindeix dels prejudicis i dels convencionalismes. He tingut ocasió de parlar-hi del moltes coses. Quina vida més llarga, difícil y navegada!

“El doctor Fuster es una gran persona, muy inteligente, muy desengañado, de un escepticismo total. Ha vivido treinta años en Rusia, una temporada en la Cuba de Castro, en el Congo… Ahora vive entre nosotros, cosa que es muy de agradecer. Es un hombre que lo entiende todo porque prescinde de los prejuicios y de los convencionalismos. He tenido ocasión de hablar de muchas cosas con él. ¡Qué vida más larga, difícil y navegada!”.

Cuando se publicó su obra completa, Pla envió a Fuster un ejemplar dedicado:

En el moment de dedicar aquest llibre al Dr. Fuster, haig de dir-li que la seva aparició a Palafrugell, ha representat l’arribada d’un gran facultatiu, d’un excel·lent cirurgià i d’un lliberal absolut, un dels més grans lliberals que he conegut en aquest pais.

El fet que hagi meditat, amb la profunditat que ho ha fet, sobre aquestes coses, es un fenomen insospitat i admirable.

Amb l’agraiment i l’afecte de Josep Pla

Palafrugell, novembre 1967

“En el momento de dedicar este libro al Dr. Fuster, debo decirle que su aparición en Palafrugell, ha representado la llegada de un gran facultativo, de un excelente cirujano y de un liberal absoluto, uno de los más grandes liberales que he conocido en este país.

El hecho de que haya meditado, con la profundidad que lo ha hecho, sobre estas cosas, es un fenómeno insospechado y admirable.

Con el agradecimiento y el afecto de Josep Pla

Palafrugell, noviembre 1967”



Fuster pasó los últimos años de su vida en La Pobla de Montornés (Tarragona). Murió el 22 de enero de 1991 en el Hospital de Santa Tecla de Tarragona, víctima de un infarto de miocardio, que puso punto final al deterioro físico que le provocaba una enfermedad de Parkinson que le había sido diagnosticada diez años antes. Seis años más tarde murió su mujer.


En algunos textos su apellido aparece escrito como “Fúster”, pues él mismo pedía a sus interlocutores que le llamaran así.

 
Julián Fuster en la Guerra Civil Española y como cirujano en la URSS


Juan Bote García, de familia humilde, nació en 1896 en Alcuéscar (Cáceres). En 1926 ya era licenciado en Ciencias Naturales y Medicina por la Universidad Central de Madrid. Vivió durante unos cinco años en la Guinea Española dedicado al tratamiento del paludismo y otras enfermedades tropicales. Fue director del Laboratorio de Santa Isabel y del Hospital de San Carlos en la isla de Fernando Poo, la actual Bioko. Volvió a España cuando ya se había instaurado la Segunda República.


De izquierda a derecha, el marino Agustín Llona, el aviador Francisco Llopis y el doctor Juan Bote en el Gulag


En septiembre de 1935 fue nombrado profesor complementario del Institut Escola de la Generalidad de Cataluña. Durante la Guerra Civil era catedrático de Ciencias Naturales en el Institut Pi i Margall de Barcelona. En 1937 fue designado primer comisario-director del Institut Obrer de Sabadell. Impartía las asignaturas de Ciencias Naturales, Física y Química, y también era responsable de las prácticas de laboratorio. Los alumnos le consideraban un profesor duro, pero recordaban con agrado sus clases. En el centro era conocido como José Bote, en lugar de Juan Bote. El hecho de que fuera nombrado responsable de uno de los cuatro institutos obreros creados en la España republicana indica que mantenía buenas relaciones con las autoridades del Ministerio de Instrucción Pública y Sanidad, dirigido por el comunista Jesús Hernández. Juan Bote era militante del PSUC.

El 30 de noviembre de 1938 Juan Bote quedó separado de la enseñanza y perdió todos los derechos como funcionario por haber abandonado su puesto en el Institut Obrer “sin conocimiento ni autorización” del Ministerio de Instrucción Pública y Sanidad. Una nota aparecida en la Gaceta de la República el 10 de diciembre aclaraba que el mencionado Catedrático ha marchado al extranjero en misión de “propaganda cultural” que le ha sido encomendada por Organismo no dependiente de este Ministerio. Lo mismo le ocurrió a Mariano de la Cámara Cumella, profesor del Institut Obrer de Barcelona.

En realidad, el doctor Bote y Mariano de la Cámara se habían ido a la URSS en calidad de profesores de la expedición de niños refugiados que partió de Barcelona el 25 de noviembre de 1938 y llegó a Leningrado el 6 de diciembre del mismo año. La expedición había sido organizada por el Ministerio de Trabajo, controlado por los comunistas. Desde abril de 1938, el Ministerio de Instrucción Pública y Sanidad, del que dependían Bote y De la Cámara, estaba bajo control de los anarquistas, así que las sanciones contra ambos seguramente fueron la expresión de un enfrentamiento entre los dos ministerios.

Mariano de la Cámara fue profesor de Geografía en la Casa de Niños número 8 de Leningrado y murió de disentería en la primavera de 1942 mientras era evacuado al Cáucaso.

Juan Bote fue profesor de Ciencias Naturales, Geografía y Matemáticas en varias Casas de Niños, pero cayó en desgracia al mantener criterios docentes distintos de la línea oficial y no dejar de expresar sus opiniones en público. Así, como se utilizaba papel para borrar la tiza de las pizarras, que hacía un ruido bastante desagradable, Bote se quejaba: “en los países capitalistas, ¡hay trapos!”, poniendo en cuestión el dogma oficial de que en los países occidentales todo era peor que en el “paraíso” soviético. 

Empezó en enero de 1939 como profesor en la Casa de Niños número 2 de Krasnovidovo. Ya en aquel mismo mes, tres maestras de la casa, Mari Rodríguez, Adela Rubio y Libertad Fernández, junto a una inspectora soviética del Narkompros -la institución soviética que velaba por la educación de los niños españoles-, denunciaron la actitud docente de Juan Bote, denuncia que momentáneamente fue desestimada gracias a su experiencia. Un día acudió a la casa una comisión inspectora, de la que formaban parte varios miembros del PCE, que se escandalizó porque los alumnos desconocían la traición del coronel Casado a la República, quién había escrito “El Capital”, la fecha de nacimiento de Dolores Ibárruri o la fecha de la promulgación de la Constitución Soviética. La comisión determinó que los alumnos carecían de formación marxista y sus miembros increparon y amenazaron al profesor Bote, porque los niños “necesitaban menos Historia, Geografía y Matemáticas y más, mucho más, marxismo”. Bote replicó que era importante que los niños recibieran una buena formación académica y que cuando fueran más mayores ya estudiarían materias políticas. Algunos autores han invertido el sentido de la frase y la atribuyen a Juan Bote (“estos niños necesitan menos marxismo y más matemáticas”). En cualquier caso, Bote fue trasladado en diciembre de 1939 a otra casa, la de Pravda número 1, situada en Moscú. Ante la actitud independiente de Bote, y su persistente costumbre de emitir sus quejas en público, en noviembre de 1940 fue separado de la docencia y enviado primero a la Casa de reposo de Senezh y, más tarde a la de Opálija, ambas en los alrededores de Moscú. En la Casa de Pravda se quedaron su mujer y su hijo. En la Casa de Opálija Bote coincidió con unos 25 alumnos pilotos españoles procedentes de la Escuela de Aviación de Kirovabad. Uno de ellos, Miguel Velasco Pérez, pone en boca del médico y pedagogo lo siguiente:

Sencillamente no soy un profesor apto para una generación comunista y me han traído a descansar una temporada y, al mismo tiempo, quieren que vaya asimilando ciertas lecciones de pedagogía indispensables para el buen funcionamiento de una escuela de niños… Se me ha traído aquí como primera providencia. Ya sé que mi final será cualquier campo de Siberia, porque inculcaba en los niños a mi cargo “virus capitalistas”. Os hablo en los mismos términos que me han hablado. Sí, les hablaba de España, de nuestra historia, de nuestra geografía, de nuestras cosas..., y por lo visto todo esto deben ignorarlo los pobres. Hay que hablarles de Marx, de Stalin y hacerles entrar en sus almas e inteligencia que no hay más dioses que estos señores, ni más patria que Rusia. Yo no estaba de acuerdo. Ya me lo advirtieron al principio, me dieron unas normas de cómo había de educarlos. Hice caso omiso de ellas y empleé lo que creo digno y sensato. Seguí los mismos métodos que conmigo emplearon en mi niñez. Lo han sabido y aquí estoy. Presumo que nuestros destinos se han juntado y que seguiremos el mismo camino. Me alegro de habernos encontrado. Empezaba a desesperarme aquí, tan solo...


Continuará...



3 comentarios:

  1. Ayer me leí a fondo esta entrada. He de decir que me ha encantado cómo has ido exponiendo y enlazando la vida de las diferentes personas que sufrieron la represión estalinista y que, al llegar al punto donde nombras que Fuster tuvo a su último hijo Rafael, y lo llamó como su hermano (curioso, mi padre también tuvo un Rafael que murió en esta hecatombe), se me saltaron las lágrimas.

    Espero poder contarte de primera mano el viaje a Karagandá, y prometo traerte fotos y documentación para que sigas aportando al resto toda tu sapiencia al respecto (jajaja).

    Besotes.

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    1. Muchas gracias, Anita. Espero que la siguiente entrada te guste aún más :P

      Un beso.

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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