lunes, 15 de diciembre de 2014

Las enseñanzas de Múnich



Chamberlain, Daladier, Hitler, Mussolini y Ciano durante los Acuerdos de Múnich, en septiembre de 1938


Mecachis en la mar. Tanto que me gustan el cine y la historia contemporánea desde pequeño y no aprendo. Y eso que ambos ofrecen grandes enseñanzas, aunque claro, hay que saber verlas.

En la primera peli de la saga de El Padrino, el personaje de Peter Clemenza dice algo fundamental: "A Hitler había que pararlo en Múnich".

Cuánta verdad en una sola frase y qué poco nos damos cuenta de ello. O al menos eso me ha pasado a mí.

Como cualquiera sabe, Clemenza se refería al momento en que las democracias (o sea, el Reino Unido y Francia) se bajaron los pantalones ante las pretensiones de Hitler de quedarse con la región de los Sudetes, por entonces perteneciente a Checoslovaquia. Es cierto que aquella región estaba poblada mayoritariamente por personas de origen germano, muchas de las cuales soñaban con que sus tierras formasen parte de Alemania, pero hombre, las cosas se hicieron fatal. En primer lugar no se invitó a la conferencia al principal gobierno interesado, esto es, el checoslovaco. En segundo lugar, no se celebró ningún plebiscito previo en la región, dando por supuesto que sus habitantes iban a estar de acuerdo con Hitler (hubo elecciones después de la anexión en las que los nazis obtuvieron más del 97% de los votos, como no podía ser menos). En tercer lugar, aunque efectivamente una mayoría aplastante hubiese estado de acuerdo con ser ciudadanos alemanes, no se tuvo en cuenta la suerte que, con toda probabilidad, correrían las minorías de la zona, como los judíos, sin ir más lejos. Y en cuarto lugar, y lo más importante, se cedió a las pretensiones de un extremista expansionista (el Anschluss ya había tenido lugar) sin ponerle objeción alguna. Las democracias se pusieron del lado de una dictadura -Alemania- en lugar de apoyar a otra democracia -Checoslovaquia-.

Hitler prometió a cambio que frenaría sus exigencias territoriales, y los dirigentes demócratas se lo creyeron y se felicitaron a sí mismos alardeando de haber salvaguardado la paz.


Chamberlain haciendo el ridículo


Creyeron unas palabras que se llevó el viento, claro.

En marzo del año siguiente Hitler se comió el resto de Checoslovaquia. Meses después se alió con Stalin e invadió Polonia. Entonces el Reino Unido y Francia declararon la guerra a Alemania dando lugar precisamente a aquello que se había pretendido evitar el año anterior, cuando la capacidad militar de los nazis era bastante más débil. Y para colmo, la guerra que comenzó entonces fue la peor de la historia.

Bien, aun a riesgo de que se me pueda acusar de violar la ley de Godwin, afirmo que la enseñanza que hay que sacar de todo esto es obvia: cuando alguien te empieza a joder la vida hay que pararlo al principio, al primer síntoma, como se hace con una enfermedad, porque si no lo haces, si crees sus palabras y cedes a sus pretensiones, te la joderá más aún. Desterremos a los Hitleres de nuestra vida antes de que nos provoquen algún tipo de holocausto.

Claro, has descubierto la pólvora, me dirá alguien. Y sin embargo, ¿cuántos de nosotros no hemos sido unos auténticos Chamberlaines en algún momento de nuestra existencia?


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