lunes, 27 de octubre de 2014

Memoria del nazismo en las dos Alemanias (III)


Antes de nada, hay que tener en cuenta que existen una primera y una segunda parte.


En enero de 1979 se estrenó en Alemania Occidental la miniserie de televisión estadounidenses "Holocausto", dirigida por Marvin J. Chomsky.





"Holocausto" despertó la conciencia de los alemanes con respecto al nazismo casi más que cualquier otra cosa anteriormente, e inició un debate a nivel nacional. Vieron la serie veinte millones de personas, cerca de la mitad de la población adulta de la  República Federal, y el 58% pidió que la repitieran. Después de la emisión del primer episodio, la cadena de televisión recibió 12.000 cartas, telegramas y postales, y 5.200 llamadas telefónicas. El 72,5% eran comentarios positivos y sólo el 7,3% negativos. Al finalizar la serie, el número de llamadas ya era de más de 30.000, y el de cartas y telegramas aún mayor.

Junto a los juicios contra los criminales nazis celebrados entre los años sesenta y ochenta, esta serie fue lo que más contribuyó a emplazar el Holocausto en la conciencia colectiva de los alemanes. Como decía Heinz Höhne en un artículo de Der Spiegel: "Una serie de televisión estadounidense, realizada con un estilo trivial y producida por motivos más comerciales que morales, ha logrado lo que cientos de libros, obras de teatro, películas y programas de televisión, miles de documentos y todos los juicios por los campos de exterminio no habían conseguido en las más de tres décadas transcurridas desde el final de la guerra: informar a los alemanes acerca de los crímenes cometidos en su nombre contra los judíos, de manera que millones de sintieran emocionalmente afectados y conmovidos".

Pero "Holocausto" no gustó a todo el mundo. Algunos intelectuales se quejaron de que la serie comercializaba con los horrores del pasado: Auschwitz como "artículo de consumo". Edgar Reitz, director de la posterior serie "Heimat", que iba sobre el mismo tema, dijo que con "Holocausto" los estadounidenses les habían robado a los alemanes su historia. Añadió que les impedía "tomar posesión narrativa" de su pasado y "romper con el mundo de los juicios". La realidad es que los artistas alemanes habían sido incapaces de narrar el Holocausto hasta ese momento.

La cadena de televisión también recibió cartas insultantes, generalmente anónimas, que calificaban la serie de un montón de mentiras judías. La serie tampoco gustó a los líderes políticos de derechas, como Franz Josef Strauss, primer ministro de Baviera, quien dijo que no era más que una operación para obtener dinero rápido. Y Helmut Kohl, por entonces candidato a la cancillería alemana por la CDU, aseguró que la serie iba a dividir a las familias germanas enfrentando a los nietos con los abuelos.

Hoy en día es impensable que un político importante, y más si es alemán, pueda decir algo así y salir bien librado, lo que da una idea del poder de los medios audiovisuales a la hora de crear conciencias colectivas.



El impacto de la serie en la sociedad alemana se debió a que resultaba muy fácil identificarse con sus protagonistas, los integrantes de la familia Weiss, una familia sólida, instruida y de clase media. Ian Buruma duda de que el impacto hubiese sido igual "si los protagonistas no hubieran sido alemanes cultos de clase media, sino gitanos rumanos pobres, por ejemplo". Como él dice, "la identificación tiene sus límites".

Un mujer escribió a la cadena de televisión: "Después de Holocausto, siento un desprecio profundo por esas bestias del Tercer Reich. Tengo veintinueve años y soy madre de tres hijos, y cuando pienso en las madres y niños enviados a las cámaras de gas, sólo puedo llorar. (Ni siquiera ahora dejan en paz a los judíos. Los alemanes tenemos el deber de trabajar día a día por la paz en Israel). Me inclino ante las víctimas del nazismo y siento vergüenza de ser alemana."

Por lo visto, entre las cartas enviadas tras la emisión de la serie, la reacción de esa mujer fue bastante corriente. Un buen número de alemanes nacidos después de la guerra se avergonzaban de serlo. Obviamente el cambio generacional tenía mucho que ver, pero pensándolo fríamente, esa reacción no tenía mucho sentido: la causa de los crímenes no va en los genes ni en la identidad. El Holocausto fue un crimen alemán, pero la responsabilidad fue de otra Alemania.

Sin embargo, y como se puede comprobar, la mujer de la carta parecía justificar las millonarias indemnizaciones pagadas por la RFA a Israel y las víctimas del Holocausto, según el acuerdo firmado en Luxemburgo en 1952: hasta hoy cerca de 60.000 millones de dólares, y los pagos continúan.

La RFA financió la primera flota mercante de Israel así como su industria agrícola. Cientos de comunidades y organizaciones judías fueron rehabilitados con fondos de Alemania Occidental. Además, se ha indemnizado a miles de personas que fueron perseguidas por los nazis. Todo esto pudo alimentar las paranoias de quienes veían en la serie una conspiración judía para obtener dinero.


El Acuerdo de Luxemburgo


No obstante, el mismo canciller que firmó aquel acuerdo con Ben-Gurión fue el que puso fin a la desnazificación en Alemania Occidental. Efectivamente, a instancias de Adenauer, en 1951 el Bundestag aprobó una amnistía que benefició a casi 800.000 antiguos nazis. Aunque el perdón no alcanzó a los culpables de los peores crímenes, desde luego los amnistiados tampoco eran inocentes.

A mediados de los años ochenta, después de que el mundo retomara conciencia sobre los crímenes nazis, se iniciaba un debate historiográfico en Alemania acerca de aquella época.

Podríamos decir que el primer episodio se produjo a causa de la visita del por entonces presidente de los EEUU, Ronald Reagan, a la RFA en mayo de 1985. Tras la cumbre del G-7, celebrada en Bonn, Reagan y el ya canciller Helmut Kohl visitaron el antiguo campo de concentración de Bergen-Belsen. Pero la polémica vino por lo que hicieron justo después. Meses atrás, a Kohl se le había ocurrido que con motivo del 40º aniversario del fin de la guerra en Europa, él y Reagan podrían visitar el cementerio militar de Kolmeshöhe, en Bitburg, donde estaban enterrados 2.000 soldados alemanes, como simbolo de la reconciliación entre sus países. El problema empezó cuando salió a la luz que una cincuentena de tumbas pertenecían a miembros de las Waffen-SS. En respuesta, se dijo que casi todos ellos habían sido simples reclutas cuya media de edad cuando murieron estaba en los 18 años. Reagan incluso afirmó que aquellos soldados eran tan víctimas del nazismo como los presos de los campos de concentración. Obviamente con sus palabras sólo contribuyó a echar más leña al fuego, sobre todo cuando se descubrió que algunos de aquellos tipos podrían haber participado en crímenes.

A pesar de la polémica, Reagan visitó con Kohl el cementerio, donde colocó una corona de flores.


De izquierda a derecha, el general Johannes Steinhoff (antiguo as de caza de la Luftwaffe), Helmut Kohl, Ronald Reagan y el general Matthew Ridgway (antiguo comandante de la 82º División Aerotransportada)


En fin, más allá de buscar la reconciliación entre antiguos rivales de la Segunda Guerra Mundial, quedó patente la intención de otorgar el papel de víctimas a los soldados alemanes, incluso aunque fueran de las SS.

Al año siguiente, en 1986, estalló en la RFA la llamada Disputa de los historiadores (Historikerstreit), debido a las opiniones del historiador Ernst Nolte, según el cual los crímenes nazis no eran una consecuencia lógica de la historia alemana, sino que se produjeron en respuesta a los cometidos primero por el régimen soviético y a imagen de ellos. Para Nolte, el fascismo y el nazismo sólo pueden entenderse en su época, la de la guerra civil europea iniciada con la Revolución de Octubre de 1917 y finalizada en 1945. El régimen de Hitler, pues, fue una consecuencia del de Lenin y Stalin, y los crímenes nazis no fueron más que un plagio de los soviéticos en cuanto a magnitud y métodos, con la excepción en el segundo caso de los asesinatos en las cámaras de gas.

Algunos historiadores consideran que las revelaciones acerca de las políticas genocidas y las deportaciones llevadas a cabo por el régimen soviético aparecidas tras la caída de la URSS, le han dado la razón a Nolte.



En las primeras décadas tras la guerra, la mayoría de los alemanes prefería olvidar, de modo que pocos de ellos eran partidarios de conservar los escenarios de los crímenes nazis. Sin embargo, después esto cambió radicalmente. Hoy en Alemania se considera un deber sagrado el mantenimiento de los antiguos campos del Tercer Reich. Muchos de ellos se han convertido en Gedenkstätte, "lugares para la memoria". Como Auschwitz, en Polonia, son museos, santuarios y atracciones turísticas, todo en uno.

Los museos levantados por las autoridades de la RDA en los antiguos campos que había en su territorio (Buchenwald, Sachsenhausen, Ravensbrück, Dora-Mittelbau) estuvieron en su día dedicados básicamente a la lucha antifascista, por lo que fueron transformados tras la reunificación en auténticos "lugares para la memoria", exentos de propaganda política.

Durante el Tercer Reich, en la zona de confluencia de la Wilhelmstrasse y la Prinz-Albrecht-Strasse (hoy Niederkirchnerstrasse), en Berlín, estuvieron las sedes de las instituciones responsables de las políticas nazis de represión: el cuartel general de la Gestapo y el del SD (Sicherheitsdienst, Servicio de Seguridad de las SS). En 1939, ambas organizaciones -nótese que una era estatal y la otra del partido nazi-, junto a la Kriminalpolizei, conformaron la Oficina Central de Seguridad del Reich o RSHA (Reichssicherheitshauptamt).


Cuartel General de la Gestapo (anterior Escuela de Artes y Oficios Industriales), en el número 8 de la Prinz-Albrecht-Strasse


Estos edificios, los lugares en los que los dirigentes nazis planearon las persecuciones y los asesinatos en masa, es decir, el Holocausto, fueron dañados durante la guerra por los bombardeos y los combates, y destruidos después por las autoridades comunistas.

En los años ochenta surgió la idea de establecer allí un "lugar para la memoria". En 1992 se creó la Fundación Topografía del Terror, dedicada a la investigación de los crímenes del nacionalsocialismo. En 1995 la Fundación instaló una exposición al aire libre sobre los terrenos de los antiguos cuarteles de la RSHA, y hace cuatro años inauguró allí un centro de documentación.



La exposición, junto a los restos del Muro de Berlín



El centro de documentación de la Fundación Topografía del Terror


No muy lejos está el Monumento a los judíos de Europa asesinados, o Monumento del Holocausto, del arquitecto Peter Eisenman, inaugurado en 2005:



Pero ya digo que el afán por recordar y preservar la historia del Tercer Reich no estuvo siempre en el ánimo de la Alemania de la posguerra, ni siquiera en el de Alemania Occidental. Es más, ha habido y sigue habiendo excepciones a esta actitud.

Alemania está plagada de museos y monumentos conmemorativos referentes a la época nazi, pero a la vez hay una insistencia constante en desligar al país del nazismo, en dejar claro que el nazismo es cosa del pasado y que no tiene nada que ver con ni con la Alemania de la posguerra ni con el pueblo alemán.

Ya dijimos que, efectivamente, el Tercer Reich fue otra Alemania, pero también que muchos antiguos nazis fueron perdonados tras la guerra y continuaron viviendo en su país como si nada, cuando no colaborando con las nuevas instituciones. De modo que una parte considerable del pueblo alemán que sobrevivió a la guerra sí fue nazi y sí estuvo implicada en crímenes. Es de suponer que unos cuantos de aquellos nazis siguen hoy vivos, aunque cada vez sean menos.

Esta responsabilidad del pueblo ha sido quizá la parte más incómoda para la República Federal a la hora de tratar el tema del nazismo. Es fácil echarle la culpa a Hitler y otros jerarcas, pero cuando se han buscado responsabilidades entre gente anónima, han surgido los problemas. Y graves.




Anja Rosmus nació en 1960, en Passau, Baviera. A los 16 años se empezó a interesar por la historia de su ciudad en la época del Tercer Reich, y con 20 años se puso a investigar. Descubrió que algunas personas que se suponía que eran antinazis de toda la vida, o incluso antiguos miembros de la resistencia, en realidad habían sido miembros activos del NSDAP (el partido nazi). Empezó a recibir presiones de su entorno para que dejase de investigar, pero los problemas para ella empezaron en 1983, cuando publicó el resultado de sus investigaciones en un libro:


Widerstand und Verfolgung. Am Beispiel Passau 1933-1939 ("Resistencia y Persecución. El Ejemplo de Passau 1933-1939")


Anja empezó a recibir amenazas por carta y por teléfono. Le llamaban "puta judía", entre otras cosas. Por las noches oía golpes en las ventanas y en la puerta de su casa. Le prometían la muerte a ella y a sus dos hijas pequeñas. Pero contaba con el apoyo de su abuela (que en la época nazi se había atrevido a llevar comida a los presos de un cercano campo campo de concentración, subsidiario del campo de Mauthausen) y continuó escribiendo y publicando libros sobre el tema. En 1994, harta del acoso de sus vecinos, se marchó a vivir a los Estados Unidos.

En 1990 se estrenó la película Das schreckliche Mädchen ("La chica terrible"), del director Michael Verhoeven, basada en las experiencias de Anja. Obtuvo la nominación al Óscar a la mejor película extranjera.



No obstante, en sus investigaciones Anja Rosmus descubrió otra cosa: también hubo personas anónimas que trataron de ayudar a los perseguidos por el nazismo. Estas personas nunca habían recibido ningún reconocimiento y también eran reacias a hablar. Según Rosmus, esto se debía a dos razones: por un lado, a que habían actuado por razones puramente humanitarias, y no por motivos políticos, y por otro, que no querían ser criticadas por haber quebrantado la ley. En aquella sociedad alemana, y quizá en parte todavía en la actual, las normas eran sagradas y estaban por encima de cualquier otra cosa, aunque fuesen las normas del Tercer Reich. Entre los conservadores (y en Baviera siempre ha habido muchos), la desobediencia civil es mala siempre.

Landsberg am Lech es, como Passau, una bonita ciudad bávara. Es también el lugar en que Hitler escribió su famoso libro "Mein Kampf" ("Mi Lucha") cuando estuvo preso tras el fracaso del Putsch de Múnich, en 1924.

En su libro "Mein Kampf. Historia de un libro", Antoine Vitkine relata su visita al museo municipal de Landsberg, hace unos años. Es un edificio de cinco plantas, una de las cuales está dedicada a la historia de la ciudad desde su fundación, hace siete siglos, hasta hoy. La parte de la exposición dedicada al III Reich es muy pequeña, y en ella, por lo visto, no se dice nada de aquello que hizo famosa a la ciudad en el mundo entero: el libro de Hitler. El conservador del museo le dice a Vitkine: "Sabe usted, señor, setecientos años de historia es un tiempo largo y cambiante. Hay en él momentos buenos y momentos malos. Por tanto es preciso hacer una selección".

Un libro que influyó decisiva y brutalmente en el desarrollo del siglo XX no les parece relevante a los responsables de ese museo. Sin embargo, en tiempos de los nazis la ciudad sí sacó provecho del hecho de que Hitler lo escribiera allí. Entre 1933 y 1945 la prisión y la ciudad se convirtieron en lugares de culto que visitaban centenares de miles de personas. Si Berlín era la capital del Reich, Múnich la "capital del movimiento" y Núremberg la "capital de las grandes concentraciones", Landsberg era la "capital de la juventud del Reich".



La ciudad fue calificada como "la más fiel al Führer" e incluso como "lugar de nacimiento del nacionalsocialismo". En 1933 Hitler fue declarado "ciudadano de honor" y se bautizó una calle con su nombre, medidas aprobadas por todos los concejales, incluidos los socialdemócratas del SPD. Para acoger el turismo a que dio lugar "Mein Kampf", el ayuntamiento hizo pavimentar el mercado y mejorar el trayecto que unía la ciudad con Múnich.

La fortaleza donde fue encerrado Hitler fue prisión hasta 1933; monumento nacional después; campo de concentración en 1944, cuando se empleó a los presos de Dachau para fabricar armas en su recinto (quince mil de ellos murieron allí); "Prisión para Criminales de Guerra Número 1" tras la contienda (allí estuvieron encerrados, entre otros, el general de las SS "Sepp" Dietrich y el industrial Alfried Krupp); y hoy pertenece al Ministerio de Justicia de Baviera.



En Alemania persiste una obsesión por demostrar al mundo que ya hace mucho que no tiene nada que ver con el nazismo. Se reconoce el pasado pero a la vez, en ocasiones, se intenta ocultarlo, quizá por proteger la imagen del país. Así, se proscribe no sólo la exhibición pública de símbolos nazis, como la esvástica, sino también la reedición de "Mein Kampf". Hace sólo dos años, la Audiencia de Múnich prohibió la publicación parcial del libro, a pesar de que iba a contener comentarios realizados por historiadores de prestigio.

El derecho de autor del Gobierno de Baviera sobre "Mein Kampf" se mantendrá hasta el 31 de diciembre de 2015, en virtud de las disposiciones europeas y alemanas. A partir de entonces, teóricamente cualquiera podrá imprimir y vender el libro. La realidad es que las autoridades alemanas están buscando la forma de continuar impidiendo la reedición de "Mein Kampf" más allá de esa fecha. 

De todas formas, el libro se publica y se vende en muchos países, y gracias a internet se puede leer o conseguir con mucha facilidad. ¿Por qué se sigue prohibiendo entonces?

Antoine Vitkine fue a preguntárselo al propietario del libro, el Ministerio de Finanzas bávaro. Un alto funcionario del mismo le respondió que la prohibición se hace "por respeto a las víctimas del nacionalsocialismo, por respeto a sus reacciones y, sobre todo, para no provocar enfados".

Es decir, se emplea a las "víctimas" del nazismo como pretexto.

Entonces Vitkine fue a entrevistar al historiador judeoalemán Rafael Seligmann. Seligmann podría ser una de esas personas ofendidas por la publicación de "Mein Kampf", según las autoridades bávaras. Cuando Vitkine le contó las razones invocadas por el ministerio para impedir la difusión del libro, Seligmann le contestó:

"Es una auténtica estupidez. La verdadera razón es que tienen miedo de que, si se autoriza la publicación de "Mein Kampf", los alemanes lo compren como los escolares compran cigarrillos, por el placer de la transgresión, y que pase a formar parte de la lista de superventas. Tienen miedo de que el mundo entero nos señale con el dedo diciendo: los alemanes vuelven a ser nazis. No se trata de respeto a las víctimas, sino de miedo a los alemanes".


Rafael Seligmann


Efectivamente, el motivo parece ser en realidad el miedo a alimentar el movimiento neonazi en Alemania. Sin embargo tampoco tiene sentido, pues ya hemos dicho que cualquiera puede conseguir el libro, sobre todo gracias a internet. Además, la extrema derecha alemana apenas si tiene seguidores. No obstante, sí da la sensación de que las autoridades germanas continúan teniendo miedo de su propia gente. Quizá porque saben que allá por los años treinta, Hitler llegó a ser un personaje tremendamente popular en Alemania. No cayó sobre los alemanes como un diablo, sino que fueron ellos los que lo encumbraron.

Pero, como ya repetimos, aquella fue otra Alemania, en otro contexto, en otra época. Como dice el historiador Peter Reichel, "Mein Kampf" nunca ha sido valorado en su justa medida: fue subestimado en los años treinta y ha sido sobrestimado después de la guerra. Y como apunta Seligmann:

"La única razón de la prohibición de Mein Kampf es el temor de que los jóvenes se entusiasmen por las ideas de Hitler. Es todo lo contrario: nada da mejor a conocer su violencia, su antisemitismo, su locura, que su propio libro. Es preciso autorizarlo, como en cualquier democracia".

"Yo leí El Capital de Marx y no me hice comunista. Leí Mein Kampf y no me hice nazi. Como ciudadano libre y responsable, quiero tener la posibilidad de formarme mi propio juicio".

"No creo que un ciudadano normal y maduro tenga miedo de verse contaminado por Mein Kampf; vivimos en libertad, tenemos una democracia que funciona desde hace sesenta años. El argumento del Estado de Baviera da por supuesto que la gente no sería suficientemente adulta, suficientemente digna de confianza. Los alemanes son lo suficientemente maduros como para no tener miedo".

Seligmann también critica la necesidad de que si se publicara "Mein Kampf" debería ser en ediciones comentadas: "no tengo necesidad de que un historiador me explique qué tengo que pensar.

Tras la guerra sí tenía sentido temer un resurgimiento del nazismo. Hoy no. Y no es de la pequeña comunidad judeoalemana de donde proviene la voluntad de prohibir "Mein Kampf".



Al final todo se reduce a una preocupación excesiva por la imagen del país. Y hay más ejemplos.

En 1947 los soviéticos demolieron los restos de la Cancillería del Reich, en Berlín, y trataron de hacer lo mismo con el famoso búnker de Hitler, situado bajo el jardín del edificio.






Las autoridades de la RDA continuaron intentando hacer desaparecer los restos del búnker después, aunque su proximidad a la tierra de nadie y el Muro de Berlín dificultó la tarea. Durante unas obras a finales de los ochenta y principios de los noventa para construir edificios, aparecieron más restos del búnker. En 1995 se decidió clausurarlos, a pesar de las protestas del partido Alianza 90/Los Verdes, que quería mantener los restos como "lugar de memoria". De nuevo se temía que aquello se pudiera convertir en un santuario neonazi.

En 2006, con motivo del Mundial de Fútbol, se colocó por primera vez un cartel explicativo en el lugar.




Otro ejemplo. En 1987, tras la muerte de Rudolf Hess, único recluso que quedaba en la prisión de Spandau, en Berlín, ésta fue demolida y en su lugar se construyó un centro comercial. ¿Motivo? Evitar que se convirtiera en un lugar de peregrinación neonazi. Sin embargo era un edificio con más de un siglo de historia.



Alemania recuerda a las víctimas del nazismo, pero a la vez trata de borrar muchos restos de aquella época. Como le dijo a Ian Buruma el director de la oficina turística situada al lado del ayuntamiento de Passau, Gottfried Dominik:

"Cuando uno tiene un brazo deforme, no quiere ir enseñándolo. Aquella época fue un mal momento en nuestra historia. Pero fueron unos simples doce años en miles de años de historia. Por eso la gente suele esconderlo, del mismo modo que una persona con un brazo deforme no suele llevar camisa de manga corta".

Ahora bien, ¿hasta qué punto podemos reprochárselo? Al contrario que Japón o la RDA, la República Federal de Alemania reconoció muy pronto los crímenes de la Segunda Guerra Mundial y compensó -y continúa compensando- a las víctimas. La RFA lleva más de medio siglo tratando de mirar de frente a su pasado. Y nada simboliza mejor esa actitud que algo ocurrido hace ya más de cuarenta años, cuando un canciller alemán -Willy Brandt- se arrodilló frente al monumento a las víctimas del Levantamiento del gueto de Varsovia:



Más información:

-AA.VV., "Crónica del Holocausto" (Libsa, 2002).

-Buruma, Ian, "El precio de la culpa. Cómo Alemania y Japón se han enfrentado a su pasado" (Duomo, 2011).

-Gaddis, John Lewis, "La Guerra Fría" (RBA, 2008).

-Hassell, Agostino von; MacRae, Sigrid, "Alianza contra Hitler" (Ariel, 2008).

-Juárez, Javier, "La guarida del lobo" (Malabar, 2007).

-Nolte, Ernst, "La guerra civil europea, 1917-1945. Nacionalsocialismo y bolchevismo" (Fondo de Cultura Económica, 2011).

-Vitkine, Antoine, "Mein Kampf. Historia de un libro" (Anagrama, 2011).








2 comentarios:

  1. Se pueden hacer matizaciones pero en general te has currado un pedazo de trilogía. Muy buenas las tres entradas.

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