jueves, 16 de octubre de 2014

Memoria del nazismo en las dos Alemanias (I)




Cada 3 de octubre se celebra el Día de la Unidad Alemana, es decir, la fiesta nacional de Alemania, que conmemora la reunificación del país en 1990. Hasta entonces hubo dos repúblicas alemanas, separadas no sólo por una frontera sino también por el mismísimo Telón de Acero. Y además por una forma muy diferente de entender la historia reciente, de suerte que la memoria del nazismo que pervivía en una Alemania no tenía nada que ver con la que existía en la otra.


Como todos sabemos, tras la Segunda Guerra Mundial Alemania quedó dividida en cuatro zonas ocupadas por cada país vencedor. En 1949, las zonas ocupadas por Estados Unidos, el Reino Unido y Francia se transformaron en la República Federal de Alemania (RFA) o Alemania Occidental. La zona soviética pasó, en respuesta, a ser la República Democrática de Alemania (RDA) o Alemania Oriental.

Ambas Alemanias eran sucesoras de la Alemania nazi, pero sólo una lo asumió.

Si la RFA admitió el pasado nazi como propio, la RDA se identificó exclusivamente con la resistencia frente a Hitler, de modo que no aceptó prácticamente ninguna culpa ni responsabilidad al respecto. No obstante, ambos estados pagaron compensaciones a otros países por los crímenes nazis (Wiedergutmachung), si bien las compensaciones de la RDA fueron básicamente dirigidas a Polonia y la Unión Soviética. El país más beneficiado por las compensaciones pagadas por la RFA fue Israel. La RDA siempre se negó a pagar nada a Israel, por un lado debido a que se consideraba heredera de la parte del pueblo alemán que luchó contra Hitler, de la resistencia, de la Alemania buena, y por otro debido a que nunca hubo relaciones diplomáticas entre ambos países.

La distinta actitud frente al pasado de las dos Alemanias tuvo como consecuencia, entre otras cosas, la aparición de dos visiones radicalmente diferentes sobre el periodo nazi.

RDA

La República Democrática Alemana empleó sus tribunales de justicia de una forma muy particular para tratar el pasado nazi, y en muchos aspectos su forma de actuar fue opuesta a la de Alemania Occidental. Los imputados solían ser precisamente las personas que la justicia de la RFA había pasado por alto. Hubo grandes purgas en la judicatura, la administración y la industria. Cerca de 200.000 personas (entre ellas, cuatro quintas partes de los jueces y fiscales de la época nazi) se quedaron sin trabajo. También se celebraron juicios por crímenes de guerra: hasta 1947, a cargo de los soviéticos, y desde entonces en los tribunales germanos.

Los juicios fueron rápidos porque los acusados no pudieron defenderse. En los famosos procesos espectáculo de Waldheimer, en 1950, se hizo saber a los jueces y fiscales elegidos que, puesto que la culpabilidad de los imputados era evidente, no habría necesidad de testigos, abogados defensores ni pruebas documentales. Evidentemente, los juicios supusieron una grave violación de los derechos humanos.



De 3.442 acusados, 3.324 fueron condenados a largas penas de prisión y 33 a muerte. De los últimos, dos murieron antes de cumplirse la sentencia y 24 fueron ejecutados.


La jueza, y posteriormente ministra de Justicia de la RDA, Hilde Benjamin (en el centro), durante los procesos de Waldheimer. Se le apodó "La Guillotina Roja" por su tendencia a dictar sentencias de muerte


Aquel fue uno de los últimos juicios contra nazis celebrados en la RDA.

En total, la RDA ejecutó a 64 personas por crímenes nazis. En la RFA el número de imputados fue mucho mayor que en su homóloga oriental (90.000 frente a unos 13.000), pero no hubo ejecuciones porque la Constitución de 1949 había abolido la pena de muerte.

La república popular antifascista alemana fue más eficaz que la República Federal a la hora de expurgar a los nazis de los altos cargos, pero a los de poca monta los dejó tranquilos, siempre que fueran comunistas obedientes. Los métodos de Alemania Oriental eran a la vez despiadados y expeditivos, pero fue la manera de concluir que la RDA quedaba libre de toda culpa. Tal y como insistía la propaganda oficial, todos los culpables estaban en el Oeste. Allí los fascistas aún eran jueces y dirigían las industrias que produjeron el Wirtschaftswunder, el "milagro económico". En 1960, poco después de que el primer ministro israelí Ben-Gurion anunciara el arresto de Adolf Eichmann, la prensa de Alemania Oriental reveló que Hans Globke, Secretario de Estado del Gobierno de Adenauer, había sido coautor de las leyes racistas de Núremberg de 1935. "Globke es el Eichmann de Bonn", tituló Neues Deutschland, el periódico oficial de la RDA.


Adenauer y Globke


En resumen, la RDA juzgó a los nazis importantes y dejó a los menos significativos, concluyendo después que no tenía relación alguna con el pasado hitleriano. La RFA asumió el pasado y pretendió teóricamente juzgar a todos los nazis, pero hizo la vista gorda con algunos de los importantes en aras de la lucha contra el comunismo, como ya veremos.

Ese peculiar estado de inocencia de la República Democrática causó algunos inconvenientes cuando el Estado comunista dejó de existir. Por ejemplo, tenemos el caso de Gustav Just. Su carrera despegó en el SPD después de la reunificación. En 1991, a los setenta años, se convirtió en decano del Parlamento de Brandeburgo y Presidente de la Comisión Parlamentaria Constitucional. Sin embargo, en 1992 un periódico reveló que Just había asesinado a seis judíos ucranianos en 1941, tras alistarse voluntariamente en la Wehrmacht. El alegó que sólo había cumplido órdenes, pero tuvo que dimitir.

Lo curioso es que ya había sido juzgado en la RDA. En su día dirigió la Asociación de Escritores Alemanes y perteneció al SED, el Partido Socialista Unificado de Alemania que dirigía la RDA, hasta que fue procesado en 1957 y tuvo que pasar cuatro años en la cárcel. Durante el juicio espectáculo, el juez mencionó el asesinato de los judíos, pero a Just no se le juzgó ni condenó por eso, sino por editar un semanario levemente crítico con el régimen comunista. Fue un juicio ejemplar para que otros intelectuales no se apartaran de la línea oficial. Se le dijo que si volvía a contrariar a las autoridades comunistas se le juzgaría por crímenes de guerra, pero eso fue todo.


Gustav Just (segundo por la izquierda), durante un encuentro de escritores y científicos alemanes y soviéticos, en 1954


Tras la guerra, fue despedido el noventa por ciento de los profesores de instituto de la zona soviética de Alemania. Los que quedaron después de 1949 sólo podían ser comunistas.

En las aulas de la RDA no se mencionaba la masacre de Katyn y se daba una versión particular del Pacto Ribbentrop-Molotov de agosto de 1939. En su libro "El precio de la culpa", Ian Buruma transcribe lo que ponía al respecto en un viejo libro de texto de la RDA: "Los planes para resolver las contradicciones internas del sistema imperialista a expensas de la Unión Soviética habían fracasado. La URSS frustró el propósito de constituir una poderosa coalición antisoviética y frenó la agresión alemana en Europa oriental. El pacto garantizó a la Unión Soviética dos años de paz, durante los cuales pudo preparar sus defensas". La invasión soviética de Polonia no perseguía robar territorio a otro país, sino "proteger la vida y la libertad de los pueblos de Ucrania y Bielorrusia contra el fascismo".

El libro de texto seguía: "Al ser una dictadura que integraba los elementos más reaccionarios y agresivos de la alta burguesía, el régimen de Hitler entraba objetivamente en contradicción con los intereses de la mayoría de las clases. Así pues, la lucha contra la dictadura de Hitler debía tener por objetivo un orden antifascista y democrático. Todas las fuerzas democráticas y amantes de la paz estaban interesadas en ese objetivo, y el Partido Comunista de Alemania propuso el programa para esa amplia alianza". Y más adelante: "Mientras los ejércitos de la coalición antihitleriana se acercaban por el este y el oeste a las fronteras de Alemania, los comunistas en la resistencia, en los campos de exterminio o en el exilio ya se estaban preparando para construir una Alemania democrática y amante de la paz en cuanto el régimen fascista fuera derribado".

Según esta visión de las cosas, la RDA era una Alemania democrática y pacífica creada por el partido comunista, el cual lideró durante la guerra la resistencia contra los nazis en su país (esto último es una falsedad para cualquiera que esté mínimamente informado: la resistencia alemana contra Hitler estuvo conformada por grupos de diferentes ideologías, en muchos casos sin conexiones entre sí). No había lugar para la culpa. Los estudiantes de la RDA eran hijos de la resistencia, la RDA era heredera directa de la resistencia alemana contra el régimen de Hitler, un régimen que fue simplemente la última fase, y la más violenta, del capitalismo burgués. La República Democrática Alemana no tenía nada que ver con el Tercer Reich, era precisamente lo opuesto a él. Como señaló un actor cómico de Berlín Oriental: el pasado es del Oeste y el futuro es nuestro.

Para apoyar estas tesis, los libros de texto de la RDA estaban ilustrados con retratos de héroes de la resistencia alemana, como Erich Honecker, que gobernó aquel Estado durante casi dos décadas, o Heinz Kapelle, que gritó ¡Viva el Partido Comunista! antes de su ejecución, en 1941. También había imágenes de Hitler rodeado de magnates de la industria, para mostrar cuáles eran los enemigos de la resistencia. Las fotos de la guerra propiamente dichas eran escasas, salvo algunas fotografías de soldados soviéticos en combate. También había fotos de los campos nazis, especialmente de Buchenwald, donde hubo muchos comunistas prisioneros.

Las atrocidades y el genocidio ocupaban un lugar poco destacado en los textos en comparación con el heroísmo de los libertadores soviéticos y los rebeldes comunistas. A los jóvenes de la RDA no se les pedía ninguna expiación, ni se les proponía que reflexionaran sobre los crímenes cometidos por sus padres o sus abuelos. Auschwitz no formaba parte de su identidad, no tenía nada que ver con ellos. Tenían que identificarse con los héroes.

Por todo el mundo comunista surgieron monumentos a la resistencia antifascista. El levantado en Buchenwald, obra de Fritz Cremer, es uno de los ejemplos más grandiosos: heroicas figuras de piedra rompiendo las cadenas de la esclavitud fascista y avanzando hacia un futuro glorioso de paz y solidaridad fraternal:



Aquel culto obligatorio a los héroes formó parte de la propaganda totalitaria comunista y supuso una grave distorsión de la historia. Cuando el comunismo se desmoronó, muchos jóvenes del Este sustituyeron a esos héroes por los de la dictadura anterior, o sea, la nazi. Desde entonces, los neonazis siempre han obtenido sus mejores resultados electorales en los territorios de la antigua RDA.

Buchenwald fue el santuario más sagrado de Alemania Oriental. Allí estuvieron encerrados en la época nazi muchos comunistas importantes, y allí fue asesinado en 1944 Ernst Thälmann, líder del KPD, el partido comunista alemán de la preguerra. Además, una supuesta sublevación justo antes de la liberación del campo, en abril de 1945, encabezada por los reclusos comunistas, había ingresado en el acervo de la RDA como uno de los más grandes acontecimientos de la historia. Según el mito, la resistencia organizada dentro del campo (que, de hecho, sí existió y logró hacerse con algunas armas), dirigida por comunistas, lo había liberado justo antes de la llegada de las tropas estadounidenses.

Después, los presos supervivientes habían redactado el Juramento de Buchenwald, en el que se comprometían a continuar la lucha hasta destruir el nazismo y a "construir un mundo nuevo de paz y libertad":



El campo de concentración de Buchenwald, en el que bajo el dominio nazi murieron más de 56.000 personas (hombres, mujeres y niños), fue demolido en 1950. Sólo se respetaron el crematorio (en honor a Thälmann), la entrada y dos torres de vigilancia. Ocho años después se inauguró allí el Memorial Nacional de Buchewald (Nationale Mahn- und Gedenkstätte Buchenwald).

Aquel día, en el acto celebrado por la inauguración del museo, Otto Grotewohl, primer jefe del Gobierno de la RDA, se dirigió a una multitud de 80.000 personas asegurando que el Juramento de Buchenwald se había cumplido, instrumentalizando de esa forma toda la historia de la liberación del campo.



Otto Grotewohl



Sello postal germano oriental de 1988 conmemorando la inauguración del Memorial Nacional de Buchenwald


A partir de entonces, cientos de miles de escolares, miembros de las juventudes socialistas, trabajadores, campesinos y camaradas llegados del extranjero acudían todos los años a ese auténtico "santuario rojo" para depositar ofrendas florales, escuchar discursos, desfilar en marchas con antorchas y, en general, demostrar su determinación en seguir avanzando hacia el paraíso comunista.

El museo en realidad era un homenaje al realismo socialista y a la resistencia comunista frente al fascismo. Un lugar de propaganda, vamos. No se hacía casi mención de los distintos grupos que fueron perseguidos y encerrados allí por los nazis: judíos, gitanos, homosexuales, Testigos de Jehová, presos políticos de distintas ideologías (no sólo comunistas), prisioneros de guerra... En lo que respecta a los judíos, sólo había una pequeña placa de piedra que recordaba a los miles que fueron encerrados allí  tras ser detenidos durante la Noche de los Cristales Rotos, en 1938. No hacía falta nada más. Según el dogma socialista, la Segunda Guerra Mundial fue una manifestación de la lucha de clases, en la que los fascistas y los plutócratas se enfrentaron al pueblo. Todas las víctimas del fascismo eran, pues, iguales, y por tanto no había que distinguir a los diferentes grupos. Todas eran "el pueblo". Como ponía en una guía del museo impresa en 1988: "La destrucción del marxismo, la venganza por la guerra perdida y el terror brutal contra toda resistencia fueron los objetivos declarados del fascismo alemán desde el comienzo. Lo que realmente estaba en juego eran los intereses del capitalismo monopolista, que había promovido con generosidad el movimiento nazi".

Eso sí, se podía visitar la celda de Thälmann.

En 1983, unos operarios encontraron un montón de huesos humanos en una fosa común situada en el bosque de hayas situado cerca del campo (Buchenwald significa "hayedo"). El Gobierno  de Alemania Oriental ordenó el cierre inmediato de la fosa y declaró zanjado el asunto.



Sin embargo, años después, mientras la RDA se derrumbaba, aparecieron más huesos, y lo que durante cuarenta años ni siquiera había podido mencionarse pasó a ser de pronto tema de debate público: Buchenwald, junto a otros campos de concentración alemanes como el de Sachsenhausen, se habían mantenido plenamente operativos hasta 1950. En cuanto el Ejército soviético llegó a Weimar, Buchenwald volvió a entrar en servicio, esta vez para castigar a los antiguos nazis, pero también a los enemigos de clase, a los contrarrevolucionarios (incluidos los socialdemócratas que se opusieron a que los comunistas se hicieran con el control de su partido), y a las víctimas de denuncias y arrestos arbitrarios. En el Campo Especial Número 2 del NKVD (así se llamó el Buchenwald soviético, uno de los diez Campos Especiales que la URSS tuvo en Alemania Oriental, y que pasaron a formar parte del Gulag en 1948), hubo incluso prisioneros que ya habían estado allí encerrados durante el periodo nazi.

Entre 1937 y 1945, en el Buchenwald nazi murieron más de 56.000 personas, como ya dijimos. Entre 1945 y 1950, por el Campo Especial Nº 2 soviético pasaron casi 30.000, de las que murieron más de 7.000 (hombres, mujeres y niños). Sus familias no recibieron noticias de las muertes.

En 1950, los soviéticos cerraron sus Campos Especiales y los entregaron al Gobierno de la RDA. Como ya hemos visto, Buchenwald fue demolido ese mismo año.

En 1990, se decidió introducir algunos cambios en el Memorial Nacional de Buchenwald "para subsanar cierta parcialidad en la presentación de los hechos", según indicaba un folleto. En consecuencia, se le cambió el nombre por el de Gedenkstätte Buchenwald (Memorial de Buchenwald) y hoy hay dos museos, uno dedicado al campo nazi y otro al soviético:






Como escribió Jorge Semprún, en su día miembro de la resistencia francesa y deportado a Buchenwald por los nazis:

Es por lo tanto lógico, una vez consumada la reunificación democratica de Alemania, que en el recinto dedicado a la memoria en que se ha convertido el antiguo campo de Buchenwald se encuentren dos museos: el del campo nazi y el del campo estalinista. También es lógico que una fundación, Stiftung Ettersberg, se consagre allí al estudio comparativo de los dos totalitarismos que asolaron Europa en el curso del siglo pasado.

(Jorge Semprún en "Gulag", de Tomasz Kizny)


Hoy Buchenwald ya no es un lugar de propaganda, sino de memoria.

En 1978 se estrenó la serie televisiva estadounidense "Holocausto", de Marvin J. Chomsky, que dio a conocer al público el genocidio perpetrado por los nazis como nunca nada lo había hecho antes. En la República Federal de Alemania se emitió por primera vez en enero de 1979, y supuso tal conmoción allí que desató un debate nacional sobre el Tercer Reich.

"Holocausto" jamás se emitió en la República Democrática, pero los habitantes de la zonas fronterizas podían sintonizar los canales occidentales, y lo hacían, aunque oficialmente estuviera prohibido. En su libro, Ian Buruma cuenta una anécdota al respecto:

En 1992, pregunté a una profesora del antiguo Berlín del Este si había visto la serie, y me dijo que sí. ¿La habían comentado en la escuela? No, porque entonces tanto los alumnos como los profesores habrían tenido que reconocer que habían quebrantado la ley. ¿Entonces la gente fingía no haber visto Holocausto? La profesora de historia respondió que sí y añadió: "En todo caso, el problema judío no existía para nuestros niños. Ahora tenemos que enseñárselo, pero no entienden muy bien qué tenían de particular los judíos, ni por qué Hitler quería exterminarlos. Por aquí no estamos muy familiarizados con la Biblia, ¿sabe?, ni con el Antiguo Testamento ni con el Nuevo".

Para el estalinismo, la suerte de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial no fue algo lo suficientemente importante o significativo como para ser contado, por eso era un tema que se ignoraba (intencionadamente) en los países comunistas. Es más, hablar del "martirio judío" era tachado de "egotismo nacional", y por tanto peligroso. Las víctimas del nazismo eran simplemente "personas" o "ciudadanos", "el pueblo", como ya hemos visto, pero no judíos o gitanos. Los países comunistas fueron así los primeros en negar o tergiversar el genocidio nazi.

En la esquina suroccidental de la iglesia de Santa María (Marienkirche) de Wittenberg, la iglesia donde predicaba Lutero, hay una curiosa escultura del siglo XV que sobresale como una gárgola, a unos diez metros de altura. Es una cerda amamantando a dos personas y un cerdito, mientras un tipo le levanta una de las patas traseras y el rabo. Ese tipo, según dijo el propio Lutero, es un rabino, y por lo visto estaba leyendo el Talmud en el culo del animal. Sobre la escena de los cerdos y los judíos figura la inscripción Schem Ha Mphoras, que significa en hebreo "El Nombre Verdadero", el nombre de Dios.

Se trata de una Judensau, una Cerda judía. Era un ornamento muy frecuente durante la Edad Media en muchas iglesias germanas y su fin era humillar a los judíos, reírse de ellos. La relación entre un rabino, unos fieles, el nombre de Dios y un animal impuro era para los judíos una blasfemia terrible.

Todavía se pueden ver unas cuantas imágenes de este tipo por Europa, sobre todo en Alemania.



Durante la época del Tercer Reich, las imágenes de la Judensau gozaron de mucha aceptación, motivo por el cual algunas fueron destruidas tras la Segunda Guerra Mundial, a pesar de ser muy anteriores al periodo nazi.

En 1983 se inciaron las obras de rehabilitación de la iglesia de Wittenberg. Aprovechando esta circunstancia, los miembros más jóvenes de la congregación luterana decidieron hacer algo con la Judensau. No podían permitir que siguiera allí, inadvertida, de modo que recaudaron dinero para encargar un monumento que recordara a la gente el significado de la escultura. Iba a ser un Mahnmal, un "monumento de advertencia".

El Mahnmal fue obra del escultor Wieland Schmiedel, y se colocó en la acera, justo debajo de la Judensau. Es de bronce. Representa una Biblia sellada con alambre de espino en forma de cruz. Alrededor tiene unas palabras del salmo 130:1 en hebreo: "Desde lo más profundo clamo a ti, Yahveh". Y un texto del autor berlinés Jürgen Rennert que dice: "El verdadero nombre de Dios, el difamado Schem Ha Mphoras, que los judíos consideraron sagrado mucho antes que los cristianos, murió junto a seis millones de judíos bajo el signo de la cruz".



El monumento se colocó en 1988, pero como en la RDA el antisemitismo no era un problema oficialmente reconocido, ninguna autoridad asistió a la inauguración.

A Ian Buruma, el alambre de espino de la escultura se le asemeja a los dedos de las víctimas del Holocausto que se levantan de la fosa común. Al respecto, escribe:

También sugieren algo más abstracto y más acorde quizá con un monumento de advertencia: recuerdos vergonzosos que no pueden reprimirse y que se abren paso hasta nuestra conciencia, como una pesadilla recurrente. El Mahnmal de Wittenberg es uno de los miles de monumentos de advertencia de Alemania; pero es el único, de los que yo he visto, que no alude a un acontecimiento concreto, sino a la memoria en sí misma.

En 1948 el SED había apoyado la independencia de Israel siguiendo las directrices de Stalin. De la misma manera, el giro antisemita que llevó a cabo el dirigente soviético a continuación hizo que el SED cambiara su política hacia el Estado judío. La RDA se negaría a pagar compensaciones por el Holocausto y nunca mantuvo relaciones diplomáticas con Israel. Tras la Guerra de los Seis Días, en 1967, todo el Bloque del Este -salvo Rumanía- rompió relaciones con los israelíes. Mientras muchos miles de judíos tuvieron que abandonar Polonia, los dirigentes de la RDA veían en Israel y Alemania Occidental unos simples instrumentos del imperialismo yanqui.

En la segunda mitad de los ochenta, Erich Honecker trató de acercar posturas con Israel. El fin de la RDA impidió una posible reconciliación.

Tras la caída del régimen comunista, la población judía en Alemania Oriental empezó a crecer de nuevo.


Continuará...

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