martes, 12 de noviembre de 2013

Apolonia



Santa Apolonia, de Zurbarán


Este relato está dedicado a los dentistas y a los catalanes. Está, por tanto, especialmente dedicado a los dentistas catalanes.


Se cuenta que Santa Apolonia, patrona de los dentistas, fue una virgen convertida en mártir cristiana tras morir a manos de los paganos egipcios, allá por el siglo III. Pero la verdadera protectora de los sacamuelas fue otra. He aquí su historia.

La Apolonia de la que hablamos tomó su nombre de una antigua y legendaria ciudad, y fue una joven siciliana que vivió en la segunda mitad del siglo XIII. Culta y educada, llegó a ser amante del mismísimo Carlos de Anjou, hermano del rey de Francia, que por entonces dominaba la isla. Apolonia era una mujer libre, autónoma, y como tal se ganaba la vida bregando en una actividad liberal: era dentista.

De espiritu rebelde e inquieto, Apolonia no fue inmune al hecho de que su amante dominara a los sicilianos a sangre, hierro y fuego. Incapaz de permanecer impasible ante las felonías que los franceses cometían contra su pueblo, respondió al grito de Sicilia abandonando a su amante y echándose al monte al frente de un grupo de insumisos. A la vez que se ocupaba de la salud bucodental de sus hombres, Apolonia lanzaba audaces golpes de mano contra las huestes de Carlos que, herido terriblemente en su orgullo, juró acabar si era preciso con todos los sicilianos hasta dar con la valerosa joven que a sus ojos le había traicionado.

La situación para los insurrectos sicilianos se tornó difícil. La crueldad de los franceses extendió un manto de terror sobre la isla que hacía que muy pocos se atrevieran a unirse a Apolonia. Hasta que a través de un emisario, el rey Pedro III de Aragón devolvió las esperanzas a los insumisos y a todo el pueblo de Sicilia: contaban con su apoyo.

La alianza entre Apolonia y Pedro desembocó en las famosas Vísperas Sicilianas: una vendetta en la que los sicilianos llevaron a cabo una masacre contra los franceses que terminó con el fin del dominio de Carlos de Anjou en la isla. El propio Carlos, hundido en la desesperación por haberlo perdido todo, no tardó en morir tras una sobreingesta compulsiva de arancini.

Es necesario señalar que estos hechos produjeron una rivalidad terrible entre Aragón y la casa de Anjou que perduró a través de los siglos. Así, cuando Felipe de Borbón, duque de Anjou, se convirtió en rey de España a principios del siglo XVIII, los nobles de la Corona de Aragón, temiendo una posible revancha por parte del francés, se rebelaron contra él dando lugar a una sangrienta guerra civil en el seno de una no menos sangrienta guerra europea. Como ganó Felipe, aún hoy persiste un fuerte sentimiento de honor ultrajado contra sus descendientes y quienes les apoyan en el territorio de la antigua Corona aragonesa que más resistencia ofreció: Cataluña.

Pero volvamos tras este inciso a nuestra heroína, Apolonia. En agradecimiento por su ayuda militar, la joven dentista se ofreció a arreglarle la boca sin cobro alguno a Pedro de Aragón, que al verla quedó prendado por la luz de sus ojos, por su blanca sonrisa, por sus labios carnosos, por sus sinuosas formas. O sea, por lo rebuena que estaba. Como el rey de Aragón, a pesar de ser entrado ya en la cuarentena, se mantenía recio y atractivo, Apolonia accedió a iniciar un romance con él. A partir de entonces, a Pedro se le conocería como el polaco, por aquello de que se estaba trajinando a (A)polonia. Incluso sus habituales acompañantes, casi todos de origen catalán, empezaron a ser motejados de igual forma: los polacos.

Pero el romance, ay, sería tan breve como el anterior. Pedro, coronado nuevo rey de Sicilia, embriagado por sus triunfos y no menos ambicioso y brutal que su antiguo rival Carlos, no tardó en desengañar a nuestra protagonista. Los nuevos señores de la isla perpetraron allí prontamente tal cantidad de perfidias e infamias que dieron origen nada menos que a la leyenda negra española.

Ante semejantes hechos, Apolonia, rota en su interior, se juró a sí misma no volver a besar ni tan siquiera sonreir a un hombre, y para asegurarse de cumplir tal voto se arrancó a sí misma todos y cada uno de sus dientes. Se cuenta que el dolor de su corazón herido le impidió percibir ningún otro, incluyendo el de sus automutilaciones bucales, pero el gesto fue malinterpretado durante siglos en los que se han venido practicando extracciones dentarias sin ningún tipo de anestesia, e incluso de forma doméstica con ayuda de cordeles atados a puertas que se cerraban bruscamente. Tal ha sido la trascendencia de aquellos acontecimientos.

Después, Apolonia se escapó decidida a luchar por la libertad y el derecho de autodeterminación de los sicilianos, causando esto último una honda impresión en los acompañantes catalanes de Pedro, quienes asombrados por no haber visto jamás un hecho semejante lo recordarían siempre como el fet diferencial.

Pero la situación había cambiado, los sicilianos estaban cansados de revueltas y Apolonia se encontró sola. Pedro la persiguió al frente de una mesnada y la acorraló nada menos que en la cima del Etna. Allí, frente a Pedro, se despojó de sus ropas y se lanzó desnuda a la lava ardiente derritiéndose cual calcinable en autoclave.

Y así terminó sus días Apolonia, la valiente dentista siciliana, la guerrillera que hizo frente a la tiranía de unos y otros, la mujer que prefirió desdentarse e incluso suicidarse antes que seguir soportando la estupidez de los hombres. Murió igual que vivió: libre.

(Pedro, sumido en una profunda depresión, murió poco después igual que Carlos: tras un atracón de arancini).


Nota: Esta historia es ficticia, aunque todo parecido entre ella y la realidad es bastante. De hecho, para escribirla me he inspirado en algunos hechos reales y además en un cómic: Bois-Maury (11) - Assunta, de Hermann (Norma Editorial).


2 comentarios:

  1. Pues para ser ficción te quedó la cosa impecable, dudo que nadie que no esté muy puesto en el tema se diera cuenta del engaño si dices que es real.

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    1. Te juro que la prota es totalmente inventada :P

      El resto de la historia es más o menos real.

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