Se puede morir por las ideas, pero nunca matar por ellas.
Melchor Rodríguez García, el ángel rojo
El 8 de diciembre de 1936 fue derribado un avión de la Embajada francesa sobre Guadalajara. Se trataba de un Potez 540, un bombardero transformado en transporte, cuyo piloto consiguió realizar un aterrizaje forzoso, no sin capotar y volcar, en un campo cerca de Pastrana.
En él viajaban el médico suizo Georges Henny -delegado de la Cruz Roja
Internacional-, dos periodistas franceses -Louis Delaprée,
corresponsal del diario Paris-Soir, y André Château, de la
agencia Havas- y dos niñas españolas -María Carlota y María Dolores Cabello- que eran trasladadas a Francia por la Cruz
Roja. La tripulación del avión estaba formada por el piloto Charles Boyer (nada que ver con el conocido actor) y el radiotelegrafista Bougrat.
El doctor
Henny y Château fueron alcanzados en una pierna, mientras que
Delaprée quedó herido de gravedad y murió tres días después, el 11 de diciembre. Tenía 34 años y dejaba viuda y cuatro hijos. Delaprée había denunciado con firmeza las masacres de civiles producidas por los bombardeos franquistas y llevaba consigo fotografías de las víctimas inocentes de los ataques aéreos sobre Madrid, sobre todo niños, destinadas a la prensa internacional. Había discutido con los responsables de su diario por la censura que Paris-Soir había hecho de sus crónicas de los bombardeos. Les acusaba de dar menos importancia al asesinato de un centenar de niños que a “un suspiro de la señora Simpson, la puta del rey”, en referencia a la amante del monarca británico Eduardo VIII.
Una de las niñas, María Dolores, se rompió el antebrazo por el violento aterrizaje. Antes del despegue, Delaprée le había ofrecido a María Dolores intercambiar su asiento para que ella fuera más cómoda en el viaje. Esa decisión le costó la vida al periodista y seguramente salvó la de la niña.
Una de las niñas, María Dolores, se rompió el antebrazo por el violento aterrizaje. Antes del despegue, Delaprée le había ofrecido a María Dolores intercambiar su asiento para que ella fuera más cómoda en el viaje. Esa decisión le costó la vida al periodista y seguramente salvó la de la niña.
El doctor Henny fue trasladado a Madrid donde se le extrajo con éxito
la bala. Château perdió la pierna.
El suceso tuvo mucha resonancia, dado el empeño que se puso en presentarlo como un deliberado ataque perpetrado por la aviación franquista contra un indefenso avión civil. Aquella noche, el parte radiado del Ministerio de la Guerra decía: “A las 18 horas de hoy, cuando volaba sobre la provincia de Guadalajara, ha sido criminalmente atacado y derribado por la aviación fascista el avión correo que hacía el servicio entre Madrid y Toulouse”. Al día siguiente, la prensa republicana insistió. Así, según afirmaba el diario La Voz, “el avión correo Toulouse-Madrid ha sido ametrallado por los trimotores fascistas. Alemania vuelve a disparar contra Francia”. Más adelante se decía, erróneamente, que el aparato pertenecía a Air France y se subrayaba que “el avión francés, portador de insignias y marcas que acreditaban su nacionalidad y del aspecto inconfundible de un gran aparato de pasajeros, sin armamento de ninguna clase, tuvo que resignarse a recibir las descargas de la ametralladora facciosa, buscando al mismo tiempo un lugar de aterrizaje, para poner a salvo la vida de sus ocupantes”.
El titular de Política, órgano de Izquierda Republicana,
rezaba también: “Un avión de pasajeros de la Air-France fue
abatido ayer por un caza faccioso”.
En la noche del 9 de diciembre, el parte del Ministerio de Marina y
Aire corregía el malentendido con respecto a la identidad del avión:
“El avión francés que fue ayer fue agredido por un aparato
faccioso cerca de Guadalajara no pertenecía a la compañía
Air-France, como por error se ha dicho. Se trata del aeroplano que la
Embajada de Francia en Madrid destina a su servicio para el envío de
su valija y para la evacuación de súbditos franceses.
Las señales indicativas de la Embajada francesa, muy visibles y
destacables, no permitían confusión alguna.”
El 11 de diciembre el doctor Henny relataba a Política:
“Llevábamos un rato de vuelo cuando por nuestro lado pasó un
avión, al parecer de caza. Nuestro aparato empezó a moverse. Lo
mismo hizo el otro. El piloto me dijo que hacía esto en señal de
saludo.
Pero unos instantes después sentí un ruido tremendo: otro motor que
debía estar cerca, volando por debajo de nosotros. Apenas tuve
tiempo para verlo. Y sentí también el ruido de la ametralladora,
como sentí un fuerte golpe en el pierna”.
La prensa extranjera también se hizo eco de la noticia. El 9 de
diciembre, el periódico francés Le Jour, de tendencia
derechista, señalaba la irresponsabilidad de su gobierno al permitir
el suministro a los republicanos españoles de aviones de guerra
franceses, varios de ellos idénticos al aparato derribado: “Esto
pone de relieve la responsabilidad aplastante de quienes han tolerado
el contrabando de aviones de guerra franceses. En efecto, el aparato
de la Embajada era una máquina militar de bombardeo, un Potez 54,
precisamente del mismo tipo que la docena de unidades expedida
fraudulentamente por el Frente Popular. Habituados a sufrir los
ataques de los Potez 54, los nacionales los persiguen en todo
momento”. Y terminaba: “¿Cómo se les ocurre enviar al cielo de
Madrid, aunque desarmado, un bombardero semejante a los que
participan en las operaciones militares?”
Sin embargo, el 21 de ese mes, el mismo diario Le Jour daba
una noticia bomba achacando el derribo a los republicanos. Así,
titulaba a tres columnas: “L’avion de l’ambassade de France à
Madrid a bien été abattu par les rouges” (entonces todo el mundo
se refería los republicanos como “los rojos”). De esto hablaré más adelante.
Los medios izquierdistas franceses aprovecharon la muerte de Delaprée supuestamente a manos de los franquistas para iniciar una campaña de propaganda, la cual tuvo una contestación por parte de su viuda, Camille, que envió un telegrama a L'Humanité, órgano del Partido Comunista, asegurándoles que “no tienen derecho a utilizar el nombre del hombre que yo tanto amaba para fines políticos”, añadiendo que su marido “solo odiaba una cosa: la guerra”.
Los medios izquierdistas franceses aprovecharon la muerte de Delaprée supuestamente a manos de los franquistas para iniciar una campaña de propaganda, la cual tuvo una contestación por parte de su viuda, Camille, que envió un telegrama a L'Humanité, órgano del Partido Comunista, asegurándoles que “no tienen derecho a utilizar el nombre del hombre que yo tanto amaba para fines políticos”, añadiendo que su marido “solo odiaba una cosa: la guerra”.
Contemos ahora algo sobre el doctor Henny.
Georges Henny, de nacionalidad suiza, fue enviado desde Ginebra a
Madrid el 11 de septiembre de 1936 como delegado del Comité
Internacional de la Cruz Roja (CICR). Mostró una gran preocupación
por la situación de los presos en las cárceles madrileñas y
enseguida comenzó a realizar gestiones en pro de los mismos. Dichas
gestiones las realizó en compañía de dos diplomáticos: el doctor
Edgardo Pérez Quesada, encargado de Negocios de la Embajada
argentina, y Felix Schlayer Gratwohl, cónsul y encargado de
Negocios de la legación noruega (aunque él era alemán).
Felix Schlayer
El 6 de noviembre de 1936, Schlayer visitó a los presos de la
cárcel Modelo de Madrid (situada en el distrito de Moncloa, donde el
actual Cuartel General del Aire) y quedó bastante inquieto por la
suerte que podrían correr. Al día siguiente Schlayer volvió a la cárcel, esta vez acompañado
del doctor Henny. Según cuenta el diplomático en sus memorias, Diplomat im roten Madrid (“Diplomático en el Madrid rojo”), la
plaza que daba entrada a la cárcel “estaba cerrada en semicírculo
por barricadas de adoquines que impedían acceder a ella. Dentro de
la plaza que quedaba cerrada por las barricadas había gran número
de autobuses”. Schlayer y Henny lograron pasar la barricada y, ante la ausencia del
director de la cárcel, se entrevistaron con el subdirector. Éste
les dijo que los autobuses iban a trasladar a unos 120 oficiales
presos a Valencia “para evitar que cayeran en manos de los
nacionales”, que estaban a las puertas de la capital. Dado que Schlayer no acabó de creerse la historia, se dirigió a la
Dirección General de Seguridad donde le informaron que también se
iba a sacar a otros presos de las demás cárceles madrileñas. Como su inquietud iba creciendo, por la tarde visitó en el
Ministerio de la Guerra al general Miaja, jefe de la Junta de Defensa
de Madrid. Le expuso a éste su temor por la suerte de los presos de
Madrid, pero el general, máxima autoridad en la capital tras la
marcha del Gobierno a Valencia el día anterior, le dio su palabra de
que no les ocurriría nada.
En el ministerio Schlayer conoció al nuevo Consejero de Orden
Público de la Junta, Santiago Carrillo Solares, del PCE, quien además era
secretario general de las Juventudes Socialistas Unificadas. Carrillo
le invitó a volver a las siete para tener una entrevista. A las seis Schlayer volvió con Henny a la cárcel Modelo, y allí
vio por fin al director, quien le informó de que los milicianos se
habían llevado a Ricardo de la Cierva y Codorniú, padre del
historiador Ricardo de la Cierva, hermano de Juan de la Cierva (inventor del autogiro), amigo personal de Schlayer y
abogado de la Legación de Noruega. Junto a Ricardo de la Cierva, se
había sacado de la cárcel a varios cientos de presos. A las siete, Schlayer y Henny se entrevistaron con Carrillo en el
Ministerio de la Guerra. Éste les dio “todas las garantías
posibles de buena voluntad y de intenciones humanitarias en cuanto a
la protección de los presos y el cese de actividades asesinas”.
Schlayer le informó entonces de la salida de los presos de la cárcel
Modelo, aunque Carrillo contestó que no sabía nada de ese tema,
cosa que, según parece, el cónsul vio probable. He de hacer notar
que esta disculpa no aparece en la versión en castellano
del libro de Schlayer editada por Áltera en 2006 (ver página 124), lo que se debe a una mala traducción, quién sabe si interesada o no. Sí la podemos encontrar, sin embargo, en la traducción de Schlayer que hace Ian Gibson en su libro “Paracuellos. Cómo fue”, así como en la edición de la obra de Schlayer por parte de Espuela de Plata (2008). El caso es que el tema de la disculpa no es baladí, y por eso Santiago Carrillo la resaltó en sus memorias publicadas en
1993 (página 209): “Tuve las primeras noticias del suceso por el
embajador de Finlandia [sic], que vino a mi consejería a protestar.
Era un nazi y unos años después publicó un libro en Berlín, donde
reconoce que cuando me visitó yo no sabía nada del asunto. Pero
en ese momento él tampoco pudo darme una información precisa. La
verdad es que yo he empezado a oír hablar de Paracuellos bastantes
años más tarde”. Dejando aparte que Schlayer sí le dio bastante información, y que no hay ninguna constancia de que fuera nazi, de lo
que no dice nada Carrillo es de lo que cuenta el cónsul poco después:
“Durante la noche y el día siguiente prosiguieron, pese a sus
falsas promesas, los transportes de presos sacados de las cárceles.
Prosiguieron sin que Miaja ni Carrillo intervinieran para nada; y
sobre todo, sin que pudieran seguir alegando desconocer unos hechos
de los que les acabábamos de informar” (página 124).
José Miaja
Santiago Carrillo
José Miaja
Santiago Carrillo
Entre los días 7 y 8 de noviembre de 1936 fueron “evacuados” de
la cárcel Modelo de Madrid 970 presos, y todos ellos acabaron
fusilados en Paracuellos de Jarama.
Aquella noche Schlayer regresó a la cárcel Modelo. Allí, un preso
le relató lo que había ocurrido: por la tarde habían salido dos
grandes expediciones de presos, atados por parejas y sin que se les
permitiese llevar nada con ellos. Cuando Schlayer iba a abandonar la cárcel, constató sorprendido que
los hombres de la XI Brigada Internacional, recién llegados a
Madrid, estaban alojados allí. El asalto de las tropas franquistas a la capital estaba a punto de comenzar.
Al día siguiente, 8 de noviembre, Schlayer volvió de nuevo a la
Modelo decidido a descubrir lo que había ocurrido de verdad con los
presos. Entonces el director de la cárcel le mostró una orden
firmada por el subdirector de la Dirección General de Seguridad,
según la cual, debía entregar a 970 presos “a efectos de su
traslado a la prisión de San Miguel de los Reyes, en Valencia”, orden que ya se había cumplido. Schlayer cuenta que
dicha orden había sido transmitida verbalmente por el director
general de Seguridad, Manuel Muñoz, de Izquierda Republicana, al
subdirector en la noche del 6 al 7 de noviembre.
Manuel Muñoz
Manuel Muñoz
En su libro sobre Paracuellos, Ian Gibson aporta un listado con los
nombres de 968 de los presos asesinados ordenados alfabéticamente.
En los días siguientes, Schlayer se enteró de más expediciones que
habían salido de otras cárceles madrileñas, las de Porlier y San
Antón. Entonces telefoneó a los destinos teóricos de las
“evacuaciones” de la cárcel Modelo y de Porlier, las prisiones
de Chinchilla y San Miguel de los Reyes, y preguntó a los directores
de ambas, procurando no despertar sus sospechas, cuántos presos
procedentes de las cárceles de Madrid habían llegado en los últimos
quince días. Los directores le aseguraron que ni uno solo.
Con respecto a San Antón, Schlayer se enteró que de las tres
expediciones que habían salido hacia Alcalá de Henares, sólo
habían llegado dos, la primera y la tercera. Los componentes de la
segunda habían sido asesinados.
Le llegaron rumores al cónsul de fusilamientos en Torrejón de
Ardoz. Fue allí, y por un campesino amigo suyo se enteró de que el
domingo 8 de noviembre habían pasado por la zona varios autobuses en
dirección al río Henares. Por diferentes referencias supo que otros
autobuses habían ido a Paracuellos el 7 de noviembre. Así que Schlayer, acompañado del doctor Henny, fue a Alcalá donde
coincidió con Pérez Quesada. Los tres hombres decidieron desvelar
los crímenes, así que tomaron el camino que va desde Torrejón a
Loeches, llegaron al puente sobre el Henares, y pararon su coche
junto a las ruinas de la casa donde se había suicidado el anarquista
Mateo Morral después de haber lanzado una bomba contra Alfonso XIII
y Victoria Eugenia el día de su boda. Preguntaron a una mujer y
ésta les dijo que el domingo y el lunes anteriores (8 y 9 de
noviembre) habían parado varios autobuses cerca del Castillo de
Aldovea y que se habían oído disparos. En el castillo, Schlayer, muy diplomáticamente (algo lógico, dada su profesión), preguntó a un
miliciano por el sitio donde se había fusilado a los presos, como si
fuera cosa archisabida, y éste les llevó hasta una zanja con un
montón de tierra removida de unos dos metros de altura. “Aquí
empieza”, les dijo.
La zanja tenía una longitud de unos trescientos metros. Había un
fuerte olor a putrefacción, “por encima del suelo se veían
desigualdades, como si emergieran miembros” y asomaban unas botas.
Según Ian Gibson, los tres hombres visitaron el lugar probablemente
el 12 o 13 de noviembre.
El 15 de noviembre Schlayer fue a Paracuellos. Sus dos compañeros de
investigación no le acompañaron esta vez por miedo a meterse “en
aquel avispero”. Preguntando con su habitual diplomacia, el cónsul
de Noruega encontró dos fosas, cada una de unos doscientos metros de
extensión. Un chico le dijo que la matanza se había producido el
sábado 7 de noviembre y que se prolongó durante todo el día.
El 24 de noviembre, el doctor Henny enviaría una carta al CICR
relatando lo que había visto en Torrejón en compañía de los otros
dos hombres: “una fosa llena de tierra fresca”. Henny decía que
había tenido conocimiento de fusilamientos de presos (sin dar
ninguna cifra oficial), y explicaba que Schlayer había visitado
Paracuellos y redactado un informe para su Gobierno y el Cuerpo
Diplomático.
La noche del 13 de noviembre, Schlayer y Henny, decididos a denunciar
lo que sabían, se presentaron en la sede madrileña del Partido
Nacionalista Vasco, cuyos miembros, entre ellos el famoso Jesús de
Galíndez, trataban de salvar a los presos vascos en peligro. Según
cuenta Galíndez en su libro “Los vascos en el Madrid sitiado”,
“con voz entrecortada por la emoción, nos hablaron de las matanzas
de la cárcel Modelo, y nos dijeron que personalmente habían estado
en Paracuellos del Jarama, donde habían visto la fosa en que fueron
enterradas las víctimas y recibido detalles indudables de lo sucedido”.
En esas fechas, el doctor Pérez Quesada protestó ante la Junta de
Defensa de Madrid. Dijo que había estado en Torrejón y había visto los
cadáveres. “Si esto no se investiga –afirmó- el Cuerpo
Diplomático abandonará España.” La Junta le respondió que si
deseaba elevar una protesta formal debía de hacerlo en Valencia ante el
ministro de Estado, Julio Álvarez del Vayo.
Edgardo Pérez Quesada
Edgardo Pérez Quesada
Probablemente los primeros en dar noticias acerca de las matanzas
directamente al Gobierno fueron miembros de PNV. Así, el 10 de
noviembre, a través de un teletipo, el ministro sin cartera de dicho
partido Manuel Irujo, preguntó al general Miaja por el asunto y
éste respondió que no sabía nada. Mintiendo, evidentemente.
El 11 de noviembre, el ministro de Gobernación, Ángel Galarza, del
PSOE, desmintió las matanzas en otro teletipo enviado a sus colegas Irujo y Giral. Según Galarza, simplemente se trasladó a 180 presos “y llegaron
sin novedad a los puntos de destino”. Por otro lado, contaba que
varios familiares de víctimas de los bombardeos franquistas habían
conseguido entrar en la cárcel Modelo y asesinar a varios presos “en
número muy inferior al que se ha hecho circular”, aunque “se
cortaron estos graves incidentes con rapidez.”
Según Ian Gibson, Galarza debía de estar muy al tanto de lo que había
ocurrido en realidad con los presos, así que mintió descaradamente
a sus colegas. Como él dice, “ni aquel Gobierno republicano ni
ninguno posterior aclararía públicamente la verdad de lo ocurrido
con los presos madrileños”.
Para colmo, el 14 de noviembre la Junta de Defensa de Madrid publicó
una declaración realizada en la sesión del día anterior, a la que
asistieron los ministros de Justicia, Juan García Oliver, y de
Sanidad, Federica Montseny, ambos de la CNT. En ella, la Junta mentía
afirmando que “ni los presos son víctimas de malos tratos, ni
menos deben temer por su vida. Todos serán juzgados dentro de la
legalidad de cada caso.”
Como escribe Gibson, “produce conmoción leer las falsedades
emitidas por la Junta al respecto. Junta que, desde luego, sabía
perfectamente lo que había ocurrido en Paracuellos del Jarama y
Torrejón de Ardoz”.
También resulta evidente, en palabras de Gibson, que “las
actividades de Schlayer, Henny y Pérez Quesada molestaban
profundamente a las autoridades republicanas, que ahora se veían en
la necesidad de mentir ante el mundo acerca de posibles malos tratos
sufridos por los presos políticos de Madrid”.
El 10 de noviembre las matanzas se detuvieron gracias al nombramiento como inspector general de Prisiones del anarquista Melchor Rodríguez García, también conocido como El ángel rojo por su labor humanitaria para evitar los asesinatos de presos en la zona republicana, tratando en realidad de que se cumpliera la legalidad republicana. Desgraciadamente Rodríguez dimitió de su cargo el 14 presionado por el ministro García Oliver, lo que permitió que los asesinatos masivos se reanudaran a partir del 18 de noviembre. Así, las sacas continuaron hasta el 4 de diciembre, cuando Melchor Rodríguez, con el apoyo del presidente del Tribunal Supremo, Mariano Gómez González, y del Cuerpo Diplomático, volvió a su puesto aunque esta vez con plenos poderes como delegado general de Prisiones. De esa forma, Rodríguez pudo detener las matanzas de Paracuellos definitivamente.
Melchor Rodríguez
El 8 de diciembre, el mismo día en que fue derribado el Potez 540, Melchor Rodríguez arriesgó su vida enfrentándose a una turba que quería linchar a los presos de la cárcel de Alcalá de Henares tras un bombardeo.
Entre el 7 de noviembre y el 4 de diciembre de 1936, fueron asesinadas en Paracuellos de Jarama y el Soto de Aldovea (Torrejón de Ardoz) un mínimo de 2.000 personas. Es probablemente la mayor atrocidad ocurrida en la zona republicana durante la Guerra Civil.
Uno de los asesinados fue el dramaturgo Pedro Muñoz Seca, a quien Pérez Quesada trató de salvar la vida sin conseguirlo.
El 10 de noviembre las matanzas se detuvieron gracias al nombramiento como inspector general de Prisiones del anarquista Melchor Rodríguez García, también conocido como El ángel rojo por su labor humanitaria para evitar los asesinatos de presos en la zona republicana, tratando en realidad de que se cumpliera la legalidad republicana. Desgraciadamente Rodríguez dimitió de su cargo el 14 presionado por el ministro García Oliver, lo que permitió que los asesinatos masivos se reanudaran a partir del 18 de noviembre. Así, las sacas continuaron hasta el 4 de diciembre, cuando Melchor Rodríguez, con el apoyo del presidente del Tribunal Supremo, Mariano Gómez González, y del Cuerpo Diplomático, volvió a su puesto aunque esta vez con plenos poderes como delegado general de Prisiones. De esa forma, Rodríguez pudo detener las matanzas de Paracuellos definitivamente.
Melchor Rodríguez
El 8 de diciembre, el mismo día en que fue derribado el Potez 540, Melchor Rodríguez arriesgó su vida enfrentándose a una turba que quería linchar a los presos de la cárcel de Alcalá de Henares tras un bombardeo.
Azulejo dedicado a Melchor Rodríguez en la casa del barrio de Triana de Sevilla donde nació
Entre el 7 de noviembre y el 4 de diciembre de 1936, fueron asesinadas en Paracuellos de Jarama y el Soto de Aldovea (Torrejón de Ardoz) un mínimo de 2.000 personas. Es probablemente la mayor atrocidad ocurrida en la zona republicana durante la Guerra Civil.
Uno de los asesinados fue el dramaturgo Pedro Muñoz Seca, a quien Pérez Quesada trató de salvar la vida sin conseguirlo.
Orden del 27 de noviembre de 1936 para “poner en libertad” a los presos de la lista. Está firmada por Segundo Serrano Poncela, por entonces delegado de Orden Público a las órdenes de Santiago Carrillo, de quien además era amigo y camarada. Todos los integrantes de la lista fueron asesinados al día siguiente. Muñoz Seca aparece a la izquierda, en el puesto decimoséptimo.
Pero vayamos de nuevo al 8 de diciembre, día en que fue derribado el avión
que trasladaba a Francia al doctor Henny, acompañado de dos
periodistas. El destino final de Henny era Ginebra.
Volviendo al diario Le Jour del 21 de diciembre, en él
aparecía un amplio reportaje firmado por su redactor J. Vilbert, que
había entrevistado a las dos niñas que iban en el avión, las
hermanas Cabello. Ellas dijeron que el avión que habían visto
desde el Potez era “verde con bandas rojas”, lo que correspondía
a un aparato republicano.
En el número 9 de la Revista Española de Historia Militar (marzo de
2001), Felipe Ezquerro publicó un artículo sobre el tema, que
investigó durante varios años. Así, en 1986 entrevistó a un
sacerdote llamado Antolín Abad, que en 1936 era estudiante de
Teología en Pastrana. Cuando estalló la guerra Abad se escondió,
pero el día del derribo del Potez pudo ver desde su refugio que los
dos cazas atacantes llevaban los colores de la aviación republicana.
Hoy no cabe tener muchas dudas acerca del bando al que pertenecían
los dos cazas atacantes, entre otras cosas porque Andrés García
Lacalle, jefe de la aviación de caza republicana, en su libro “Mitos
y verdades” da incluso los nombres de los dos pilotos: Gheorghij Zajarov y Nicolai Shmelkov; ambos soviéticos, claro está. Pilotaban cazas
Polikarpov, también soviéticos. El historiador francés Jean Liron confirmó las identidades de los
pilotos a Felipe Ezquerro en 1987.
¿Por qué unos pilotos soviéticos al servicio de la República
derribaron el avión de la Embajada francesa?
Schlayer no tiene dudas: el objetivo era eliminar al doctor Henny,
quien “disponía de material acusatorio de peso, sobre todo en
lo relativo a los asesinatos de detenidos que se habían producido en
el mes de noviembre”.
Al parecer el avión debía despegar el 7 de diciembre, pero Schlayer
cuenta que en la tarde del día 6, un francés “que desempeñaba
importantes funciones en el contraespionaje rojo” le dijo a un
miembro del CICR que “el avión no saldría al día siguiente”. Y
en efecto, se descubrió una avería que retrasó el vuelo
veinticuatro horas.
Con respecto al ataque del día siguiente, Boyer, el piloto francés
del Potez, también confirmó a Schlayer que los cazas eran
republicanos.
En 1987 Felipe Ezquerro entrevistó al doctor Francisco Cortijo Ayuso, que
en 1936 era el médico de Pastrana (Cortijo era un personaje muy
conocido y querido en Pastrana, y fue citado por Cela en su primer
“Viaje a la Alcarria”). El doctor Cortijo acudió al lugar donde
había caído el Potez para auxiliar a las víctimas, y al llegar vio
que “el aparato capotado al tomar tierra, estaba panza arriba, con
las ruedas al aire”. Observó “unos treinta impactos de bala en
dos filas, que agujereaban la cabina a ambos lados de la parte
central.” En cuanto a los pasajeros, “más o menos heridos”,
estaban semitumbados, abrigados “y reflejando todavía en el rostro
el miedo y el terror pasados en el aire y recelando también en sus
miradas de todas las personas que llegaban (…). Los heridos de bala
eran tres hombres jóvenes; cerca, dos niñas mayores, en la primera
pubertad, con lesiones pequeñas, mientras los pilotos, absolutamente
ilesos, atendían y animaban a todos, después de sacarlos del avión
y ponerlos en las mejores condiciones posibles.” Y el relato del
doctor Cortijo sigue así: “Habían hecho fuego recogiendo alguna
leña, aumentando la fogata con un maletín de cuero del que aún
quedaba sin quemar algún trozo y restos de cartulinas de
fotografías, diciéndonos que lo habían quemado por el frío
ambiental y porque su contenido no tenía importancia, lo que no
convenció a nadie, aunque de momento no hubo más comentarios (…).
Al lado de un herido, junto a su mano, se veían dos bolsas de lona
fuerte, bien atadas con cordón y candado, como dos sacos de
películas aunque más pequeños que, en realidad, eran dos valijas
diplomáticas de las que más tarde hablaremos (…).
Mientras tanto la noticia había sido transmitida a Guadalajara y
después a Madrid (…). Al poco tiempo, ya casi de noche, se
organizó un buen jaleo en Pastrana pues empezaron a llegar coches de
Guadalajara y Madrid, trayendo personajes, responsables y tipos de
todas clases y cataduras que, con más o menos ínfulas, mandaban,
inquirían o pedían noticias a unos y otros tratando de enterarse de
lo ocurrido sin faltar detalle, y entre ellos venían algunos que
buscaban algo más, algo muy importante y eran los dos sacos de lona
que el médico herido [el doctor Henny], al fin, confiado, me entregó
y yo escondí de momento, para más tarde, cuando tuve seguridad de a
quién debía entregarlo, dárselo al Secretario de la Embajada
francesa, dejando defraudados a todos los demás que los deseaban
(…).
El contenido del maletín parece que estaba formado por un montón
de fotografías tomadas en las calles y en las afueras de Madrid de
las víctimas de los “paseos” y asesinatos, y también de los
militares profesionales fusilados. Las valijas diplomáticas no sé
qué documentos contendrían pero debían ser del mayor interés para
el Gobierno republicano puesto que fueron buscadas con el mayor afán.
Parece ser que estos documentos y las fotos, de haberse publicado
en Francia, habrían escandalizado en Europa y en todo el mundo. Está
claro que con el derribo del avión se evitó todo esto”.
Uno de los personajes que se presentaron en Guadalajara tras el
incidente fue Mijail Koltsov, en teoría corresponsal de Pravda
y en la práctica un agente soviético que, según algunos autores, pudo estar involucrado en las matanzas de Paracuellos.
Ya vimos que el 24 de noviembre Henny había enviado una carta al
CICR relatando su visita a Torrejón. Ian Gibson pidió información
al CICR sobre el derribo del Potez y la supuesta información
acusatoria que llevaba Henny; el Comité le respondió que el doctor
Henny no mencionó “la existencia de un maletín que hubiera
contenido documentos reveladores acerca de las sacas de las cárceles
de Madrid, y no hemos encontrado ningún documento de este tipo que
nos hubiera sido remitido después del accidente
del avión”.
Es curioso que el CICR califique el hecho de “accidente”, pero es que así lo hizo en 1936 el presidente de Cruz Roja en la zona republicana, Aurelio Romeo Lozano:
Sefton Delmer era corresponsal del “Daily Express” en Madrid y
amigo de Louis Delaprée, el periodista del Paris-Soir que murió el 11 de
diciembre. En 1961 Delmer publicó un libro, “Trail Sinister”, en el que
acusa a la NKVD (policía secreta soviética) del derribo del avión.
Al parecer, el jefe de la NKVD en España, Aleksandr Orlov (un tipo
al que también se acusa del asesinato de Andreu Nin y que se exilió en 1938 a EEUU para evitar que
Stalin a su vez le asesinara a él), se enteró de las investigaciones de Henny y
decidió impedir que éste pudiera llegar a Ginebra y leer su informe
ante el Consejo de Seguridad de la Sociedad de Naciones. Los pilotos soviéticos habrían actuado entonces siguiendo
instrucciones de Orlov.
Delaprée, ya moribundo, confirmó también a Delmer en Gudalajara
que los cazas atacantes llevaban distintivos republicanos.
Hay que señalar que el regreso de Henny a Ginebra coincidía con la
llegada a la Sociedad de Naciones del ministro socialista Julio
Álvarez del Vayo, quien pronunció un vehemente discurso el 11 de
diciembre contra la intervención extranjera a favor de los
sublevados en España. Es evidente que si en aquel momento un delegado del CICR hubiese
leído un informe sobre las matanzas de Paracuellos y Torrejón ante
la Sociedad de Naciones, la imagen de la República habría quedado
muy seriamente dañada.
Julio Álvarez del Vayo
Julio Álvarez del Vayo
Cabría preguntarse si los dos pilotos soviéticos derribarían al
Potez por equivocación, cosa que no parece muy probable: los militares
soviéticos en España eran todos expertos, y la aviación franquista
no tenía ningún tipo de aparato que pudiese confundirse con ese
avión que, de hecho, sí servía como bombardero en la aviación republicana. Por otro lado, recordemos que además de ir provisto de matrícula civil, el Potez llevaba la inscripción
“Ambassade de France” a ambos lados del fuselaje.
Cuenta Ian Gibson que el Gobierno francés llevó a cabo una
investigación sobre el incidente de Pastrana, pero que nunca se ha publicado. El informe de dicha investigación existe, salió a la luz hace unos años y confirma que el ataque al Potez 540 de la Embajada de Francia en Madrid fue realizado por dos cazas con las bandas rojas distintivas de la aviación republicana. Según el hispanista Martin Minchom, las conclusiones del informe pudieron ser filtradas a la prensa a finales de diciembre de 1936 en el contexto del enfrentamiento en Francia entre partidarios y detractores de la República española. Una vez concluido el informe, y sin darle ningún tipo de publicidad, el Gobierno francés se limitó a enviar a las autoridades republicanas una nota formal de protesta exigiendo que sancionaran a los autores del ataque e indemnizaran a las víctimas, pero el Gobierno de Largo Caballero, contra viento y marea, continuó culpando a los franquistas. Así lo hizo el ministro de Estado, Álvarez del Vayo, el 3 de enero de 1937, cinco días después de recibir la nota de protesta y en respuesta a las filtraciones aparecidas en la prensa francesa que achacaban el ataque a aviones republicanos. En una nota difundida por la agencia Fabra el 5 de enero, el ministro insistía en la autoría rebelde:
«En una carta oficialmente dirigida por Álvarez del Vayo al encargado de Negocios francés en Valencia, el ministro de Estado español afirma de una manera rotunda que el Gobierno legal tiene pruebas incontestables de que el avión en el que viajaba el periodista Delaprée fue agredido por un aparato rebelde y no por un avión gubernamental, como han pretendido hacer creer ciertas informaciones de la Prensa derechista francesa».
«El mismo día en que se produjo el incidente –señalaba la carta de Álvarez del Vayo– y unas horas después del mismo, el aeródromo de Alcalá de Henares era atacado por los aviones rebeldes,aviones de bombardeo y de caza, entre los que indudablemente se hallaba el agresor del avión de la Embajada francesa. Una hora antes, los aviones rebeldes efectuaron un vuelo de reconocimiento en los alrededores de Pastrana».
«El Gobierno español termina aconsejando al Gobierno francés que ayude a hacer una encuesta para desmentir las fantásticas informaciones publicadas por el diario fascista L'Echo de París, según el cual los gubernamentales quisieron derribar el avión de la Embajada francesa ya que en el mismo viajaba Hery [sic], delegado de la Cruz Roja Internacional en Madrid».
Por si no fuera suficiente inventiva, la nota de Fabra terminaba asegurando que, según Álvarez del Vayo, «Hery [sic] fue asesinado hace unos días por 1.500 soldados del Tercio bajo las órdenes de los generales rebeldes». La realidad es que Georges Henny, tras asumir sin ninguna duda que él había sido la diana del ataque al Potez, abandonó la España republicana para no volver jamás. Hay que decir que el periodista André Château, que perdió la pierna como consecuencia de las heridas sufridas en el ataque, consideraba que el delegado de la Cruz Roja Internacional era un “testigo incómodo”. El cónsul de Francia en Madrid, Emmanuel Neuville, pensaba lo mismo.
En respuesta a las afirmaciones de Álvarez del Vayo, el Quai d'Orsay decidió difundir en la prensa diez días después de redactarla la nota de protesta que había remitido al Gobierno republicano. Hasta entonces el Gobierno de Blum había preferido no hacer pública la nota de protesta para no dañar la causa de la República.
La nota de protesta dejaba nítida la identidad de los aviones atacantes:
29 de diciembre de 1936
El Encargado de Negocios de Francia tiene el honor, por orden de su Gobierno, de llamar la atención del Gobierno español sobre la agresión de la que fue objeto el 8 de diciembre el avión de la Embajada de Francia encargado de asegurar las conexiones con el territorio francés.
Dicho aparato, provisto de las marcas de nacionalidad y números de matriculación reglamentarios de la aviación civil (FA.000), y llevando además la inscripción «Embajada de Francia», dejó el aeródromo de Barajas el 8 de diciembre a las 12.20 h con destino a Toulouse, después de haber cumplido con todas las formalidades requeridas.
Pilotado por el Sr. Boyer, tomó el rumbo habitual que le mantiene constantemente por encima del territorio que ha permanecido fiel al Gobierno español y lo más lejos posible de las fuerzas insurgentes. En los alrededores de Alcalá se cruzó con un avión que llevaba las bandas rojas características de la aviación gubernamental, el cual pareció haberlo reconocido, por lo que no se preocupó. Hacia Pastrana, un biplano de caza con unas bandas rojas parecidas evolucionó alrededor del avión francés durante el tiempo suficiente para asegurarse de su identidad. El Sr. Boyer continuó su camino sin imaginar la posibilidad de un ataque y pensando solamente que había sido reconocido de nuevo, cuando una salva de balas alcanzó el avión de la Embajada y a cuatro de sus pasajeros. La sangre fría y la presencia de ánimo del piloto permitieron un aterrizaje en unas condiciones especialmente peligrosas y evitaron una catástrofe aún mayor.
El ataque tuvo las graves consecuencias siguientes: a pesar de la ayuda encontrada en las autoridades locales y los auxilios médicos prestados de inmediato, el Sr. Delaprée no sobrevivió a sus heridas, y otro francés, el Sr. Chateau, estuvo durante varios días en un estado muy preocupante. El delegado del Comité Internacional de la Cruz Roja y una joven, embarcados regularmente, resultaron igualmente heridos. En lo que respecta a los daños materiales causados, son importantes. El avión francés quedó completamente inutilizable y su estructura destruida. Los objetos pertenecientes a los pasajeros o bien se han perdido o bien han resultado dañados.
Debido a estas circunstancias, así como al hecho de que el ataque se produjo en una región donde las autoridades gubernamentales ejercen efectivamente su autoridad, el Gobierno francés lamenta tener que formular una protesta formal ante el gobierno español, pedirle que sean sancionados los autores de dicho ataque y rogarle que le haga saber las reparaciones que piensa conceder para las personas que fueron víctimas de él y para las pérdidas materiales consecuentes.
La nota de protesta del Gobierno francés deja muy claro el testimonio del piloto Charles Boyer, alguien que sobrevuela una nación en guerra y al que se le supone conocimiento suficiente para identificar sin género de dudas los distintivos de los aviones contendientes.
Quiero terminar esta entrada con unas palabras de Pedro Corral, concejal por el PP en el Ayuntamiento de Madrid, escritor, periodista e investigador, que publicó hace tres años en ABC la nota de protesta del Gobierno francés, hasta entonces inédita en España:
“El intento de eliminar a un testigo incómodo de las matanzas de Paracuellos y Torrejón, nada menos que al delegado de Cruz Roja Internacional en la zona republicana, resultó fallido. Pero aun de haberse consumado el asesinato de Georges Henny, nada habría evitado que se conociera la mayor masacre de civiles de la Guerra Civil perpetrada bajo las indicaciones y con la colaboración de una parte de las autoridades del Madrid asediado y el consentimiento de las restantes”.
Más información:
-Carrillo, Santiago, “Memorias”, Planeta, 1993.
-Corral, Pedro, “Eso no estaba en mi libro de la Guerra Civil”, Almuzara, 2019.
-Domingo, Alfonso, "El ángel rojo", Almuzara, 2009.
-Corral, Pedro, “Eso no estaba en mi libro de la Guerra Civil”, Almuzara, 2019.
-Domingo, Alfonso, "El ángel rojo", Almuzara, 2009.
-Ezquerro, Felipe, “El derribo del Potez de la Embajada Francesa
sobre Pastrana. ¿Error o intención?”, en Revista Española de Historia Militar n° 9, Quirón, 2001.
-Galíndez, Jesús de, “Los vascos en el Madrid sitiado. Memorias
del Partido Nacionalista Vasco y de la delegación de Euzkadi en
Madrid desde septiembre de 1936 a mayo de 1937”, Ekin, 1945.
-García Lacalle, Andrés, “Mitos y verdades. La aviación de caza
en la Guerra Española”, Oasis, 1973.
-Gibson, Ian, “Paracuellos. Cómo fue”, Temas de Hoy, 2005.
-Schlayer, Félix, “Matanzas en el Madrid republicano” (título
original: Diplomat im roten Madrid, “Diplomático en el
Madrid rojo”), traducción de Ignacio Valdezate y Carmen Wirth Lenaerts, Áltera, 2006.
-Schlayer, Félix, “Diplomático en el Madrid rojo”, traducción de Alejandro Martín Navarro, Espuela de Plata, 2008.
Infame.
ResponderEliminarBlanco y en botella.
Muy buena entrada, Pedro.
EliminarMuchas gracias, Javier :)
Gracias por la información y por mantener viva LA MEMORIA de estos hechos
ResponderEliminarGracias a ti por tu interés y tus palabras. Un saludo.
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