viernes, 30 de marzo de 2018

"La peste", la leyenda negra y el Imperio español





Vi la serie de Alberto Rodríguez y bueno, en líneas generales me gustó, aunque la trama principal parezca inspirada en un thriller estadounidense.


Antes de seguir, tengo que decir que esta entrada va más bien sobre los aspectos históricos de la serie, pero advierto a navegantes que a partir de ahora OBVIAMENTE HABRÁ DESTRIPES.

Después de acabar de verla, he leído un par de críticas sobre la serie, una buena y otra mala. La buena es de un colega bloguero, John Surena:


Y la mala es de María Elvira Roca Barea, autora de Imperiofobia y leyenda negra: Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio español (Siruela, 2017):


Me han parecido muy interesantes ambas, y digamos que yo, en mi humildad, me situaría entre ellas (para aprender, más que nada).

Estoy de acuerdo con la primera crítica en que la ambientación, la recreación de la época con sus epidemias de peste y todo eso, parece muy logrado. Está muy bien que en la serie se pongan de manifiesto cosas como la presencia opresiva de la Iglesia, la persecución a los homosexuales y la marginación de la mujer. En ese sentido me ha encantado que aparezca una pintora que, como bien señala John, está inspirada directamente en auténticas mujeres artistas de la época cuya existencia se ha ocultado durante siglos solo por misoginia. De hecho, muchas tenían que firmar sus obras con un pseudónimo masculino.

También es loable, como indica John, que en la serie aparezcan esclavos, muy abundantes en aquel momento. Porque, como bien escribe John, existe la creencia generalizada, aún hoy, en un Imperio español no-esclavista por motivos religiosos cuando la verdad histórica es que resultó al contrario y el uso de la coerción a la hora de obtener mano de obra (a través de subterfugios en el caso de los indios americanos, ya que no se les podía esclavizar formalmente, o usando la esclavitud de facto en el caso de la población negra) resultó capital para la economía del Imperio de los Austrias casi en la medida en que lo fue para los romanos. Esto es un hecho, como lo fue en el caso portugués, y no deberían oscurecer el análisis de esta cuestión las valoraciones sobre si los ingleses o los franceses u otros hacían lo mismo o peor. Porque esa no es la cuestión. Sevilla fue, además de muchas otras cosas, un mercado de esclavos y no pasa nada por admitirlo. Lo contrario es intentar “blanquear” la historia cuando no nos gusta la imagen que proyecta sobre nuestros antepasados.

También estoy de acuerdo con John, y en esto han metido la pata en la serie, en que persiste el mito de que el principal metal precioso que se traía de la América española era el oro, cuando en realidad se trataba de la plata.

En cuanto a la fábrica de añil, sí hubo alguna en Andalucía, en lugares como Écija (Sevilla) o Guadix (Granada), después de que su cultivo se importara de América. De hecho, discrepo con John en que sea acertada la frase de uno de los personajes de la serie cuando dice al respecto que "debe ser de las pocas fábricas sevillanas que exporta algo". La verdad es que en aquel momento Sevilla, en su papel de Puerto de Indias, era algo así como la capital del comercio mundial, cosa que creo que tampoco se pone muy de manifiesto en la serie. Y entrando ya en la crítica de Roca Barea, acierta cuando dice que se exportaban muchas manufacturas locales desde ese puerto: loza, paños, libros, vino, sal... y hasta sofisticados productos farmacéuticos trasatlánticos como la quinina, que era el no va más de la medicina de la época. Yo añadiría el trigo y el aceite, por ejemplo.

También parece absurdo, como señala Roca Barea, que aparezcan tantas velas encendidas incluso a plena luz del día.

En cuanto a la Biblia del Oso, que realmente existió, dice Roca Barea que al protagonista, impresor de aquel libro y protestante, le hubiera ido como a Miguel Servet, o sea, muy mal, si hubiese logrado su propósito de escapar a Ginebra con los calvinistas, sobre todo por el discurso que se marca borracho en una taberna: en Ginebra estaban prohibidos el alcohol y la música, las tabernas habían sido cerradas y el panteísmo estaba muy mal visto como en toda la cristiandad. Sabemos que el autor de la Biblia del Oso, Casiodoro de Reina, se convirtió al protestantismo y efectivamente huyó a Ginebra, mientras la Inquisición quemaba su imagen en un auto de fe y prohibía sus obras. Pero de Ginebra salió por patas después de ver cómo los calvinistas quemaban a Servet. Estuvo en Inglaterra, donde tampoco le fue demasiado bien, y terminó muriendo en Fráncfort después de pasar por Amberes. Digamos que se pasó la vida huyendo de unos y otros.

Roca Barea comenta que el personaje del médico Monardes (confusamente tocado con un gorrito que recuerda la kipá judía) se queja de que si la Iglesia supiera que emplea piñas para cicatrizar heridas, como los indios, "lo quemaban todo conmigo dentro. Por brujo. Con la mitad de todo lo que aquí hay se podrían curar más de cien enfermedades y, sin embargo, tengo que esconderlo". Roca Barea recuerda con acierto entonces que donde más se quemó a la gente por brujería no fue en España, sino más al norte, sobre todo en territorios protestantes, y como prueba nos remite a la Wikipedia. En su libro, Roca Barea emplea los trabajos del estudioso de la Inquisición, Gustav Henningsen, para darnos algunos datos: en la Edad Moderna fueron quemadas unas 50.000 personas acusadas de brujería, la mitad en territorios alemanes; 4.000 en Suiza (en la Wikipedia pone que 10.000); 4.000 en Francia; 1.500 en Inglaterra... y en España, el número de brujas quemadas por el Santo Oficio fue de 27. La diferencia me parece abrumadora, sobre todo porque también está muy extendida la imagen de la Inquisición española quemando brujas y herejes día sí y día también. De hecho, así termina la serie: con los herejes ardiendo en la hoguera. Como bien señala John, los autos de fe finalizados en ejecuciones en la hoguera resultaban bastante esporádicos y para nada tan comunes como a veces la imaginación popular ha pretendido, y Roca Barea nos da también un número exacto de protestantes víctimas de la Inquisición española: 12, los cuales han dado lugar a tantos libros, comentarios y menciones que parecen doce mil. Los mártires católicos que produjo el protestantismo pueden competir con la guía de teléfonos de una ciudad mediana.

La última crítica de Roca Barea a la serie es sobre una frase genial: «Se embarcan los deshechos, los que aquí no tenían futuro, esperando volver a empezar». Hay pocas migraciones en la Historia de Occidente más supervisadas, cuidadas y mimadas que la que fue al Nuevo Mundo desde España. A Cervantes no le fue permitido viajar. ¿Por qué? Pues porque no tenía oficio ni beneficio. Había sido soldado pero ya no podía serlo tras quedarse manco. Y había que evitar que las Indias se llenaran de aventureros sin cualificar.

Bien, el debate que se plantea aquí es: ¿hasta qué punto el Imperio español, la España de la Edad Moderna, fue ese lugar oscuro, tenebroso, atrasado, represivo, en permanente bancarrota y fallido -John lo compara con la URSS de Stalin-, o más bien, como se nos quiere hacer creer por otro lado, representa una época gloriosa de la historia de nuestro país, regido por grandes gobernantes y, en fin, en su máximo esplendor?

Pues creo que ni una cosa ni la otra, pero sí me parece fundamental encontrar una perspectiva adecuada para contemplar nuestra historia. Una perspectiva basada en la verdad de los hechos, vaya.

Es importante destacar los aspectos más oscuros de la sociedad de entonces: la marginación de las mujeres y las persecuciones a herejes, brujas, homosexuales y otros grupos. Hay que hablar también de la esclavitud y hay que hablar de la Inquisición, por supuesto, pero desmitificándola. La Inquisición, que se ha convertido en la encarnación de todo mal, para empezar ni siquiera surgió en España, sino en Francia, en el siglo XII. Su función era reprimir a los herejes, efectivamente, pero también poner orden, es decir, evitar que cualquiera se tomara la justicia por su mano y le quemara la casa a un vecino o lo colgara de un árbol porque se llevaban mal, acusándole de hereje o de brujo. La Inquisición sometía el delito de herejía a un proceso reglamentado. Sí, hoy esto nos parecería una barbaridad igualmente, pero no hay que olvidar que estamos hablando de una institución medieval. Y no solo hay que situar este tema en su contexto, sino también verlo con perspectiva. Según Jaime Contreras y Gustav Henningsen, entre 1550 y 1700 la Inquisición abrió 44.674 causas, de las que resultaron 1.346 condenas a muerte. Según Henry Kamen, el total de personas ejecutadas por la Inquisición en toda su historia y territorios en que existió, es de 3.000. Es necesario aclarar además que no todas esas personas fueron acusadas de herejía o brujería, también de crímenes que así son considerados hoy en día: violaciones, abusos a menores, contrabando, falsificación de documentos, etc. Según James Stephen, durante los tres siglos de la Edad Moderna solo en Inglaterra se ejecutó a 264.000 personas.

¿No será que esta visión tan negativa de la historia de España que seguimos teniendo está un poquillo influida por nuestra leyenda negra? Quizá Roca Barea exagere con eso de que estamos echando abajo el trabajo de la Marca España y el Instituto Cervantes, pues creo que los acontecimientos políticos del último siglo nos han hecho también mucho daño en cuestiones de imagen, pero a la vez me parece innegable que desde finales del siglo XIX (o sea, tras la pérdida de las colonias), los españoles hemos sido muy críticos en general con nuestra propia historia, quizá demasiado, cosa que han aprovechado los apologistas de nuestra leyenda negra, que a su vez suelen hacer propaganda en favor de los protestantes. Lo dice también García de Cortázar: "en España hemos sido muy torpes a la hora de contar nuestra historia. No sólo no hemos tenido sentido de la propaganda sino, al contrario, hemos cultivado un sentido justiciero de nuestra propia historia que ha permitido la pervivencia de mitos muy dañinos".

No creo que la situación de la España del siglo XVI fuera la ideal, pero tampoco tan desastrosa como se da a entender con frecuencia teniendo en cuenta el contexto. Resulta muy difícil de entender que un país en continua crisis, que iba de bancarrota en bancarrota y que además estaba atrasado, política, económica e intelectualmente, fuera capaz de crear el primer imperio mundial de la historia y que lo mantuviera durante más de tres siglos. Un imperio cuya estabilidad y prosperidad fueron mucho más duraderas que las de cualquier imperio colonial creado después por el resto de potencias de Europa Occidental (Inglaterra, Países Bajos, Francia, Portugal, Alemania, Bélgica o Italia). Eso por no hablar del Siglo de Oro español.

Es verdad que el panorama español en el siglo XVII no era para tirar cohetes, pero es que hubo una crisis que afectó a toda Europa, por eso es importante situar los hechos en su contexto. Una crisis en la que por cierto tuvo mucha influencia cierto cambio climático que se dio por entonces y que se conoce como Pequeña Edad de Hielo. El descenso demográfico que hubo en España a principios de aquel siglo se debió, entre otras cosas, a la migración a América (que no estaba formada por prófugos, como los calvinistas del Mayflower) y a la expulsión de los moriscos.

Si nos situamos en el Siglo de las Luces, desde luego el resto de países europeos no es que estuvieran en su mayor momento de esplendor, ni en el terreno de las libertades ciudadanas ni en el de la economía. En lo intelectual es el siglo de la Ilustración, pero es que también hubo una Ilustración española como la hubo inglesa, francesa y de otros lugares. Fijémonos en Francia. Su participación en la Guerra de Sucesión española arruinó a nuestro país vecino y agravó allí la tremenda hambruna de 1709, una de las peores ocurridas en Europa desde el Renacimiento y que mató a cientos de miles de personas. A lo largo del siglo XVIII hubo muchas decenas de levantamientos en Francia provocados por el hambre. Pero vamos, que lo de las revueltas en Francia por causa del hambre para entonces ya era una tradición. La justicia francesa era inexistente y las detenciones arbitrarias mediante la lettre de cachet eran la norma. Se habla mucho de la toma de la Bastilla en 1789, lo que no es tan conocido es que aquella acción se debió precisamente a que la famosa cárcel se había utilizado durante mucho tiempo para encerrar a las víctimas de los abusos monárquicos. En fin, que en esas condiciones no es raro que estallara una revolución en Francia, lo que llama la atención es que no ocurriera antes. En Francia, por cierto, se perseguía a los protestantes, y en Inglaterra a los católicos... y a todos los que no fueran anglicanos. Es muy gracioso que a María I, que era católica, la llamen Bloody Mary por matar a 284 protestantes cuando los reyes anglicanos, empezando por su padre Enrique VIII y continuando con su hermanastra Isabel I, fueron bastante más sanguinarios. Por no hablar de la Gran Hambruna que provocaron los ingleses en Irlanda a mediados del siglo XIX.

En cuanto a la América española, la situación de los indígenas en el siglo XVI, tras la llegada de los primeros conquistadores, por supuesto era nefasta debido al criminal comportamiento inicial de estos y a las enfermedades epidémicas que involuntariamente llevaron consigo. Aunque tampoco resultaba envidiable bajo el dominio de los incas o los aztecas, motivo por el que el imperio se construyó gracias a pactos entre los españoles y distintos pueblos indígenas. En los siglos XVII y XVIII, distando mucho de ser ideales las condiciones de vida de los indígenas, desde luego fueron mucho mejores que en el XIX y el XX cuando, tras la independencia de los Estados hispanoamericanos, se les marginó y persiguió con el objeto de hacerlos desaparecer ya que no encajaban en las sociedades modernas. Con el Imperio español pasó una cosa muy llamativa, y es que en 1551 la flor y nata de los legisladores y teólogos se reunieron en Valladolid para discutir acerca de los derechos de los indios. No es muy común que un imperio en plena expansión detenga sus máquinas para debatir la legitimidad moral y legal de sus conquistas. Y como como pone en la Wikipedia, "no hubo una resolución final, aunque fue el inicio de un cambio que se tradujo en más derechos para los indígenas".

Para España sus territorios en América no eran simples colonias, en realidad eran la España de ultramar. La intención de España era reproducir la metrópoli en América, por eso los españoles construyeron tantas ciudades, caminos, hospitales, escuelas y universidades allí. Para ilustrar esta cuestión, dejo algunas fotos que hice en el Museo del Ejército, en Toledo:





Para acabar, en su libro Roca Barea da una explicación a por qué EEUU ha sido desde su creación una nación exitosa, mientras que las repúblicas que surgieron del Imperio español en América han experimentado un fracaso tras otro. Existe un esquema mental al respecto, el cual procede de la historiografía del siglo XIX, que viene a achacar la responsabilidad de este asunto a quienes colonizaron unos y otros territorios. El resumen sería que Norteamérica (o EEUU) es próspera porque allí hubo colonias inglesas, mientras que los países fracasados surgieron precisamente en territorio hispano. El debate es muy interesante y creo que la autora lo resuelve de forma acertada. Hubo un Imperio español en América que duró más de tres siglos, y hubo un proyecto de imperio británico en el territorio de EEUU que fracasó. Los españoles llegaron a América en 1492 y en cincuenta años habían conquistado más de quince millones de kilómetros cuadrados (con la inestimable ayuda de muchos indígenas, por supuesto). En 1584 Sir Walter Raleigh exploró una zona de Norteamérica a la que llamó Virginia (en honor a Isabel I, conocida como "la Reina Virgen"), pero su intento de establecer allí una colonia no prosperó. El primer asentamiento inglés en el Nuevo Mundo fue Jamestown (Virginia), fundada en 1607. Tres años después habían muerto el 80 por ciento de los colonos. En 1620 llegó a América el Mayflower, un acontecimiento considerado por la mitología fundacional como el origen de las famosas Trece Colonias y por tanto de EEUU. Hay que señalar que aquel barco iba tripulado por puritanos (similares a los calvinistas) que huían de las persecuciones anglicanas. Los prófugos del Mayflower fundaron la colonia de Plymouth. Ciento cincuenta años después, los colonos ingleses habían podido llegar a controlar un territorio aproximadamente tan grande como España. A finales del siglo XVIII, cuando EEUU se independizó de Inglaterra, los territorios americanos controlados por España, además de mucho más extensos, eran asimismo mucho más prósperos que los del Norte. En 1800 la América española contaba con las ciudades más pobladas y con las mejores infraestructuras del continente. México tenía 137.000 habitantes, y Lima, Bogotá y La Habana superaban los 100.000. En cambio Boston, una de las ciudades más pobladas del Norte, tenía 37.000. La prosperidad en el Norte se alcanzó después de la independencia, no antes. A comienzos del siglo XIX el Imperio español estaba cerca de su final, mientras que el del Norte, que era estadounidense y no inglés, comenzaba a expandirse: en sesenta años multiplicó por ocho su superficie.

En resumen, el Imperio español era próspero, al menos en comparación con otros lugares de su época, mientras que la prosperidad de EEUU se debe a los propios estadounidenses, no a los ingleses. Así pues, la suerte que han vivido los países americanos tras su independencia no parece que guarde mucha relación con sus respectivos colonizadores. Quedarían por explicar los motivos de las sucesivas crisis que han vivido las repúblicas independizadas de España en América. Como imperio que es, tras expandirse rápidamente los EEUU se han caracterizado desde el siglo XIX por intervenir en el resto del continente americano, al que han considerado su patio trasero, y es innegable que este intervencionismo (o imperialismo) ha condicionado en gran medida su historia. Pero esto, que es cómodo y tranquilizador porque echa todas las culpas a otro, no explica del todo la crisis permanente que existe en Hispanoamérica desde hace dos siglos (una crisis que quizá sí explica las intervenciones yanquis en esos países, y no al revés). Copio unas palabras de Roca Barea al respecto:

"No es asunto de este libro, pero hago notar que los territorios de un imperio, cuando este se derrumba, pasan por una larga etapa de problemas sociales y políticos, y se ven arrastrados por toda suerte de tendencias disgregadoras que generan una enorme conflictividad. Y esto sucedió en Hispanoamérica y en España por igual. El feudalismo es el resultado de la caída del Imperio romano, esto es, del fracaso del Estado. Se genera automáticamente una situación feudal siempre que se produce esta quiebra estatal, porque el feudalismo no es más que la búsqueda de alianzas personales por encima de la ley. El mundo se vuelve demasiado inseguro para confiar en extraños. Consciente de que la situación de Hispanoamérica era pareja a la de Europa tras el fin del Imperio romano, Simón Bolívar dijo que era necesario dejar que América del Sur hiciera su Edad Media. De semejante manera, viven los Balcanes en una situación de angustia permanente. Las terribles guerras que allí se han comenzado tienen una relación directa con el final del Imperio otomano y el Imperio austrohúngaro. El Imperio español hizo durante varios siglos que el milagro e pluribus unum fuera posible, y cuando el imperio faltó, afloraron todas las diferencias de sustrato, que eran enormes, y lo que triunfó fue ex uno, plures".

De aquí se podrían extraer algunas conclusiones. Una sería que el Imperio español se asemejaría bastante más al romano que a la URSS, por ejemplo. Y otra sería una pregunta: ¿qué pasará cuando se acabe el Imperio estadounidense, del que por cierto formamos parte?




domingo, 25 de marzo de 2018

Eso de bombardear ciudades




El objetivo de la ofensiva combinada de bombardeo (...) debe declararse sin ambigüedades [como] la destrucción de las ciudades alemanas, la muerte de los trabajadores alemanes y la desarticulación de la vida social civilizada en toda Alemania. (...) Debería subrayarse que la destrucción de edificios, instalaciones públicas, medios de transporte y vidas humanas, la creación de un problema de refugiados de unas proporciones hasta ahora desconocidas y el derrumbe de la moral tanto en la patria como en los frentes de guerra por medio de unos bombardeos todavía más amplios y violentos, constituyen objetivos asumidos y deliberados de nuestra política de bombardeos. En ningún caso son efectos colaterales de los intentos de destruir fábricas.

Carta de Arthur Harris, mariscal del aire y jefe del Mando de Bombardeo de la RAF, a Charles Portal, jefe del Estado Mayor de la RAF, 25 de octubre de 1943


He leído una interesante entrevista al historiador británico Richard Overy a cuento de su último libro, The Bombers and the Bombed: Allied Air War Over Europe, 1940-1945.

Aunque Overy en ella se refiere sobre todo a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, cuenta también cómo ese tipo de ataques sobre civiles se han prolongado hasta nuestros días, muchas veces con el objeto de obtener beneficios políticos.

Por hacer un pequeño resumen, aunque los bombardeos de ciudades comenzaron ya en la Primera Guerra Mundial, este tipo de estrategia se desarrolló sobre todo en el periodo de entreguerras. Se pensaba que se podría derrotar al enemigo minando la moral de su población a base de machacarla y aterrorizarla con bombardeos masivos, siendo los británicos los mayores entusiastas de este tipo de teorías. De hecho, fueron  ellos también los primeros en ponerlas en práctica en la Segunda Guerra Mundial.

Curiosamente, la aviación militar surgió con la idea de que cooperara con las fuerzas de tierra y la marina, en un uso que más tarde se denominaría "táctico" para diferenciarlo del "estratégico". El bombardeo estratégico básicamente consiste en utilizar la fuerza aérea de forma independiente para atacar la retaguardia enemiga, y ahí entra el bombardeo de ciudades, como parte también de la guerra total, es decir, la que implica directamente a la población civil.

Como ya he dicho, fueron los británicos los primeros en poner en práctica el bombardeo masivo de ciudades en la Segunda Guerra Mundial, y también quienes lo hicieron en mayor magnitud. Aunque se podría pensar que los nazis serían grandes partidarios de la guerra total, lo cierto es que, a diferencia de la RAF, la Luftwaffe se había formado como una fuerza aérea táctica. Por eso, con la excepción de los bombardeos -precisamente- sobre el Reino Unido, los alemanes no llevaron a cabo ninguna campaña de bombardeo estratégico pues no las consideraban útiles (y las campañas de bombardeo contra los británicos se hicieron en respuesta a ataques de estos sobre suelo alemán). No es que no bombardearan ciudades, que lo hicieron, sino que dichos bombardeos se llevaban a cabo habitualmente como apoyo directo a las fuerzas de tierra germanas, es decir, justo antes de que estas ocuparan las poblaciones atacadas. No obstante, los nazis podrían haber sido juzgados por esos bombardeos en Núremeberg, pues al fin y al cabo dichas acciones eran contrarias a las leyes de la guerra. Pero claro, los alemanes a la vez podrían haberse defendido señalando que los Aliados habían hecho exactamente lo mismo, de manera que se prefirió soslayar el tema.

En la Segunda Guerra Mundial murieron cerca de dos millones de personas por los bombardeos estratégicos (Overy habla de un millón, pero se queda corto), que sirvieron básicamente para eso, para matar a muchos civiles. Los bombardeos no quebraron la voluntad de continuar luchando de ningún país, y en realidad jamás lo han hecho. En las ciudades bombardeadas la gente se organizaba para protegerse y reducir las bajas, y en Alemania, por ejemplo, los ataques aéreos no solo no frenaron el esfuerzo de guerra, sino que este fue aumentando a lo largo del conflicto. Los nazis solo fueron derrotados cuando los ejércitos de tierra aliados ocuparon su país.

El poder aéreo aliado lograba sus mayores éxitos cuando apoyaba a las fuerzas de tierra y a la marina, en operaciones anfibias y en el avance por tierra hacia Alemania. Es decir, en acciones tácticas.

Los estadounidenses, que al comienzo de la contienda se manifestaron en contra de los bombardeos a la población, recogieron el testigo de los británicos y terminaron haciendo lo mismo que ellos: participaron en la campaña de bombardeo estratégico sobre Alemania, arrasaron las ciudades niponas con bombas incendiarias e incluso lanzaron dos bombas atómicas en Japón de forma totalmente innecesaria, pues el bloqueo económico y la invasión soviética de Manchuria habrían conducido a la capitulación japonesa en cuestión de semanas. Después, al no poder lanzar más bombas nucleares debido el contexto de la Guerra Fría, continuaron empleando la estrategia del bombardeo de saturación en Corea, Vietnam, Laos (proporcionalmente la nación más bombardeada de la historia) y Camboya. Hay que señalar que en Vietnam, y sobre una población subdesarrollada, los EEUU lanzaron más bombas que en toda la Segunda Guerra Mundial con el objetivo de provocar el derrumbe de Vietnam del Norte y "democratizar" el país. Pero no lo consiguieron y todo Vietnam se volvió comunista.

Con excepciones como la Guerra de las Malvinas, en la que la fuerza aérea se empleó exclusivamente -y de forma exitosa- como apoyo del ejército de tierra y la marina, la misma estrategia errónea de los bombardeos masivos la hemos visto repetida durante las últimas décadas en otros lugares y con similares resultados: en los Balcanes, en Afganistán (tanto por parte de los soviéticos como de los estadounidenses), en Irak, en Libia, en Yemen y en Siria. En este último país, hoy mismo, las fuerzas gubernamentales y rusas sobre todo, pero también las estadounidenses y turcas, machacan a la población civil de forma constante. Los bombardeos sobre territorios controlados por los rebeldes sirios o por el Estado Islámico, lejos de haberlos derrotado, lo que consiguen es aumentar su sed de venganza. Y, como antaño, estos bombardeos también se tratan de justificar bajo la excusa de haberse realizado buscando objetivos militares, se habla de "daños colaterales", o directamente se intenta deshumanizar a las víctimas: hoy se tacha de salvajes a quienes sufren los ataques en los territorios controlados por los rebeldes sirios o por el Estado Islámico, como hace un siglo eran tachados de primitivos quienes se levantaban contra el Imperio Británico y eran bombardeados por ello, o como en la Segunda Guerra Mundial se calificaba de bárbaros a los alemanes y a los japoneses.

Afortunadamente cada vez está peor visto por la opinión pública esto de los bombardeos, gracias entre otras cosas a la labor de los historiadores, como el propio Overy. A pesar de que en esta entrada no he dejado a los hijos de la Gran Bretaña en muy buen lugar, también he de decir que hoy en día son precisamente los historiadores británicos quienes ofrecen las mejores obras sobre la Segunda Guerra Mundial, quizá porque no necesitan justificar ya ningún imperio.




viernes, 2 de marzo de 2018

Belle y Mari




El otro día leí una noticia acerca de una mujer diagnosticada de cáncer, que había muerto tras abandonar el tratamiento convencional y asegurar en vídeos colgados en internet que se había curado gracias a sus rezos, a beber zumos y a una dieta crudivegana. Cuando empeoró, Mari Lopez aceptó someterse a quimio y radioterapia, pero ya fue tarde.

Uno se pregunta qué clase de ideas le están metiendo en la cabeza a la gente los adalides del pensamiento positivo y posmoderno y la medicina natural para que ocurran cosas así. El caso de Mari Lopez es grave no solo porque haya muerto, sino porque para colmo parece ser que su sobrina Liz, que aparecía en los vídeos con ella, continúa convencida de que los zumos, las verduras crudas y rezar, sirven para curar enfermedades.

La pregunta que hay que hacerse no es solo qué clase de ideas son esas, sino también qué clase de personas las propagan. Y así llegamos al caso de Belle Gibson.

Belle Gibson es una bloguera australiana nacida en 1991 y defensora de la medicina alternativa, que en 2013 afirmó públicamente que cuatro años antes se le había diagnosticado un cáncer cerebral con metástasis, es decir, terminal. Según dijo, había abandonado el tratamiento médico sustituyéndolo por terapias naturales: dejar de comer gluten, lácteos, carne, conservantes y productos transgénicos, hacer prácticas ayurvédicas, someterse a irrigaciones colónicas (las lavativas de toda la vida), terapia craneosacral y otros procedimientos alternativos. Gibson aseguraba que su cáncer había aparecido como reacción a la vacuna contra el virus del papiloma humano (comercializada como Gardasil). Hay que decir que en España la oposición a esta vacuna ha partido de conocidos personajes como Gaspar Llamazares, Teresa Forcades, Josep Pàmies y las organizaciones que giran en torno al médico de familia Juan Gérvas, todos ellos enfrentados a la mayor parte de la comunidad médica y científica, tanto en España como en el resto del mundo.

La afirmación de Gibson era un tanto rara, porque el programa de vacunación contra el virus del papiloma humano (VPH) había comenzado en Australia en 2007 para chicas de entre doce y trece años de edad, y ella en aquel momento tenía dieciséis. Pero mucha gente la creyó simplemente porque era una joven cuya vida había sido puesta en peligro por las temibles mafias médicas y farmacéuticas y se había salvado valerosamente rebelándose contra el sistema y eligiendo un estilo de vida alternativo y natural. Y eso vende.

Gibson empezó a contar su historia en 2013 cuando lanzó al mercado una aplicación para móviles llamada The Whole Pantry ("Toda la despensa"), con sus propias recetas mágicas para vencer el cáncer y sus consejos sobre un estilo de vida alternativo que incluían la recomendación de que no se vacunara a los niños, así como el consumo de leche cruda no pasteurizada (en 2014, en el estado de Victoria, donde vive Gibson, un niño de tres años murió y otros cuatro menores de cinco años enfermaron gravemente después de consumir leche cruda). La aplicación fue un éxito, se descargó más de trescientas mil veces, le generó cerca de un millón de dólares en un año, y fue seguida por un libro, un blog y una cuenta en Instagram que llegó a tener casi doscientos mil seguidores. Convertida en un fenómeno mediático, en 2014 una desconsolada Belle Gibson informó a sus seguidores de que tenía metástasis en sangre, bazo, cerebro, útero, hígado y riñones. Entonces aseguró que una cuarta parte de los beneficios que recaudaba por diferentes vías la destinaría a causas caritativas, y que de hecho ya había donado trescientos mil dólares.




Pero el pastel comenzó a descubrirse cuando a comienzos de 2015 las organizaciones a las que se supone que había destinado los fondos denunciaron que no habían recibido ni un centavo. Un mes después Gibson reconoció en una entrevista que se lo había inventado todo, que de cáncer rien de rien, y que era por culpa de una infancia complicada.



La editorial Penguin Australia, que había publicado el libro de Gibson, lo retiró del mercado y tuvo que pagar una multa de treinta mil dólares australianos al Fondo Legal del Consumidor del estado de Victoria por publicar de forma irresponsable las afirmaciones de una autora sin confirmarlas. En septiembre de 2017 Gibson fue condenada a pagar una multa de cuatrocientos diez mil dólares.

Pero claro, el daño ya estaba hecho.


Más información:

-Schwarz, Mauricio-José, "La izquierda feng-shui. Cuando la ciencia y la razón dejaron de ser progres", Ariel, 2017.