jueves, 5 de octubre de 2017

Franco y Pétain: los dos patitos



Franco y Pétain en Montpellier, febrero de 1941.


Si repites una mentira lo suficiente, la gente la creerá, e incluso tú mismo llegarás a creerla.

Cita atribuida a Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de la Alemania nazi.


Las vidas de Francisco Franco y Philippe Pétain, dos militares ultraconservadores que no sentían demasiadas simpatías hacia los comunistas, los judíos, los masones o la democracia, discurrieron por lo general de forma paralela y coincidente, aunque tuvieron finales dispares. Ambos fueron encumbrados por acciones militares, el francés en Verdún y el español en Marruecos. Lucharon del mismo lado contra los rebeldes rifeños en los años veinte y los dos fueron condecorados por el rey Alfonso XIII.




Pétain fue en 1939 el primer embajador francés ante el régimen franquista. Después de que en febrero la República francesa reconociera al Gobierno de Franco, antes incluso de que hubiera caído el Gobierno republicano español, las autoridades galas decidieron enviar como su representante a un militar de prestigio y de ideas similares a las del Generalísimo con el objetivo de mantener a España quietita cuando estallara la guerra con Alemania que se veía venir. Pétain se dedicó entonces a favorecer al régimen franquista todo lo que pudo. Así, hizo que Francia le entregara la flota republicana, que había huido al final de la Guerra Civil al puerto de Bizerta, en Túnez, bajo control galo. También facilitó que el ejecutivo de Édouard Daladier traspasara al Gobierno de Franco algo más de cuarenta toneladas de oro que el Banco de España tenía depositadas en Francia. Con esos fondos se habría podido facilitar alojamiento y comida al medio millón de refugiados españoles que había en Francia, hombres, mujeres y niños que sin embargo fueron encerrados en campos de internamiento bajo condiciones infrahumanas. No obstante Pétain tuvo que dejar el cargo de embajador al año siguiente y volver a su país, el cual estaba siendo invadido por los germanos. Entró en el Gobierno francés como vicepresidente y un mes después fue nombrado primer ministro. Bajo ese cargo firmó el armisticio con Alemania el 22 de junio de 1940, y el 10 de julio el Senado y el Parlamento franceses, reunidos en la Asamblea Nacional, votaron a favor de conceder a Pétain plenos poderes, de manera que a sus ochenta y cuatro tacos se convirtió en presidente del Estado Francés. Se estableció entonces la capital gala en Vichy, que era como Marina d'Or (ciudad de vacaciones) pero francesa, así que al nuevo Estado se le empezó a conocer comúnmente como Francia de Vichy. El nuevo régimen no fue en realidad más que un gobierno títere de los nazis que controló menos del 40% del territorio francés, la llamada "zona libre", la cual terminó siendo ocupada también por el Eje en noviembre de 1942.



Igual que Franco (que se apellidaba como la moneda francesa), Pétain instauró un régimen dictatorial, pero las maneras utilizadas para ello fueron muy distintas: si el español lideró una sublevación militar que aplastó a un régimen democrático -la Segunda República Española- tras una cruenta guerra civil, el francés llegó al poder supremo de forma perfectamente legal y pacífica, aunque bajo una ocupación militar extranjera. Eso sí, el resultado fue el mismo ya que Pétain abolió la Tercera República Francesa. Sin duda Pétain tuvo que inspirarse para lograr sus fines en Franco, a quien admiraba en cierto grado (en 1939 había calificado al Caudillo en una entrevista de "gran intelecto" y de "tranquilo y reflexivo", que ya se sabe que Dios los cría y el fascismo los junta).

De la diferencia entre los métodos empleados por tan insignes personajes para establecer su tiránica potestad se deriva otra: si Franco tuvo que someter España por la fuerza de las armas persiguiendo a gran parte de su población, es un hecho indiscutible que en 1940 había en Francia cuarenta millones de petainistas, es decir, que prácticamente toda su población apoyaba a Pétain. Los franceses, fuera cual fuese su ideología, veían en el anciano mariscal a un padre, un héroe que ya los había librado de los alemanes en el pasado y que volvería a hacerlo. Con él al frente el país estaban a salvo, o eso creían (aún en la primavera de 1944, poco antes del desembarco de Normandía, sería aclamado en lugares como París o Nancy). La popularidad de Pétain disminuiría con el paso del tiempo, justo al revés de lo que ocurriría con la de Franco, lo cual, a mi modo de ver, habla bastante mejor de los franceses que de los españoles.



Aupados al poder total, tanto Franco como Pétain ofrecieron una imagen de sí mismos como de eminentes prohombres elegidos por el destino para sacrificar su existencia en pro de la patria. Como de padres de sus pueblos. "Hago donación a Francia de mi persona", "los franceses me llaman solo cuando sucede alguna catástrofe", se lamentaba el mariscal. Todavía en el verano de 1944, mientras los Aliados liberaban su país y los nazis se preparaban para llevárselo a Alemania, Pétain escribía (o escribieron por él) a los franceses: "Si no he podido ser durante más tiempo vuestra espada, al menos he querido seguir siendo vuestro escudo". Que casi daban ganas de darle un abrazo al hombre. Por su parte Franco, con algo menos de modestia, diría unos años más tarde en su tradicional discurso de Nochevieja: "Quien recibe el honor y acepta el peso del caudillaje, en ningún momento puede legítimamente acogerse al relevo ni al descanso. Ha de consumir su existencia en la vanguardia de la empresa fundacional para la que fue llamado por la voz y la adhesión de su pueblo, enraizando y perfeccionando todo el sistema levantado".


Je, je, je.


Otro importante nexo entre Franco y Pétain es que ambos tuvieron el dudoso honor de entrevistarse con Hitler y además lo hicieron casi a la vez: el primero el 23 de octubre de 1940, en Hendaya, y el segundo al día siguiente, en Montoire. Y si la entrevista entre Franco y el líder germano dio lugar al mito de Hendaya, de la de Pétain y el Führer nació el mito de Montoire. Estos mitos fueron bastante parecidos entre sí.

Cuando Pétain firmó el armisticio con los alemanes, la gran mayoría del pueblo francés respiró aliviada. El anciano mariscal había evitado una carnicería como la de la Gran Guerra, en la que Francia perdió a un millón cuatrocientos mil hombres. Un millón y medio estaban prisioneros de los germanos, sí, pero seguro que Pétain lograría que fueran pronto liberados. Nadie lamentó el fin de una República que había fracasado tanto política como militarmente, y los conservadores pensaron que por fin alguien libraría a Francia de los comunistas, los judíos y los masones, que la habían llevado a la ruina (recordemos que los gobiernos franceses de los años inmediatamente anteriores a la guerra habían sido de izquierdas). A partir de Montoire, los apologistas de Pétain transmitieron la idea de que el héroe de Verdún estaba jugando con los alemanes, sorteando las presiones de Hitler para meter a Francia en la guerra de parte del Eje a la vez que obtenía jugosas contrapartidas como la liberación de los prisioneros de guerra, que se materializaría pronto (en realidad solo unos pocos fueron repatriados durante la contienda, y en cambio muchos prisioneros formaron parte de los cientos de miles de franceses obligados a trabajar en Alemania para el esfuerzo de guerra nazi, encuadrados en el Servicio de Trabajo Obligatorio -STO- con la aquiescencia de Vichy; miles de ellos murieron por las duras condiciones de trabajo). La verdad, sin embargo, es que fue Pétain quien propuso al Führer entrar de nuevo en la contienda, esta vez al lado de Alemania, porque codiciaba las colonias británicas en África, pero Hitler lo rechazó porque no le interesaba ni rearmar a Francia, ni despertar recelos entre sus aliados italianos, que también buscaban expandirse por el continente africano. Por otra parte, el líder germano obtuvo gracias a Montoire todo lo que buscaba, que básicamente era una actitud francesa servil hacia Alemania: el permiso para la explotación económica y social de Francia, una colaboración militar que se limitara a la defensa de las colonias galas frente a los británicos, y por supuesto la introducción de leyes y medidas contra los judíos. La policía de Vichy y la Milicia Francesa participarían de forma entusiasta en la lucha contra la Resistencia y en las deportaciones de judíos: unos 75.000 judíos residentes en Francia fueron deportados a los campos nazis, de los que 24.000 eran franceses y 51.000 refugiados extranjeros, en su mayoría polacos. Fueron todos asesinados salvo 2.600. Más de las tres cuartas partes de los hebreos que había en el país galo en 1939 lograron sobrevivir, aunque no fue precisamente gracias a Pétain, como se afirmaría más tarde, sino a pesar de él.

El mito que se creó en torno a la entrevista de Hendaya era similar al de Montoire. La habilidad del Caudillo habría impedido que España entrase en la Segunda Guerra Mundial a pesar de la insistencia y las aviesas intenciones de Hitler al respecto, cuando la realidad, como en el caso francés, es que fue Franco el más interesado en meter a su país en la contienda. Los costes de la intervención española en la guerra habrían sido demasiado altos para Alemania, y por eso fue el propio Hitler quien la desestimó. Franco, como Pétain, tenía intereses coloniales en África, en concreto codiciaba el Marruecos francés y el Oranesado (la región circundante a Orán, en el noroeste de Argelia, entonces perteneciente a Francia). Hitler prefería que las colonias francesas fueran defendidas por el ejército galo, al que consideraba mil veces más fuerte que el español. Como mucho, estaba dispuesto a entregar Gibraltar a España. Además, la entrada de España en la guerra habría supuesto una gran carga económica para Alemania al tener que suministrarle armas, petróleo, materias primas y alimentos en cantidad.




La ocupación alemana de Francia ciertamente tuvo una consecuencia ventajosa para España en el terreno cultural, que la fue la devolución por parte de Pétain de ciertas obras de arte de gran relevancia, como la Dama de Elche, la Inmaculada de Murillo o el Tesoro de Guarrazar. El año pasado, el pueblo toledano de Guadamur, con alcaldesa del PP, recordó el episodio en un espectáculo de luz y color que destacaba la "gran pericia" de Franco entre imágenes del Caudillo, el Führer, Himmler y Pétain.



Aparte de ver a Hitler en persona, Pétain y Franco hicieron una quedada juntos. Fue en Montpellier, el 13 de febrero de 1941, después de que el Caudillo se entrevistara con Mussolini en Bordighera ("un verdadero genio latino", diría el Generalísimo del Duce). Pétain andaba un poco mosca, consciente de las ambiciones africanas de Franco (el año anterior las tropas españolas habían ocupado Tánger, con la aprobación de Alemania, y allí se quedarían hasta 1945), y quería saber si había tratado algo el tema con Mussolini, pero el Caudillo no soltó prenda (en Bordighera Franco se había limitado a quejarse de la poca disposición germana en proporcionar suministros a España). Por lo visto hablaron de los republicanos españoles refugiados en la Francia de Vichy, de los que Franco se desentendió completamente igual que hizo con los miles que cayeron prisioneros de los nazis y terminaron en campos de concentración (porque Pétain se negó a reconocerlos como miembros del ejército francés, aunque habían combatido por Francia), o con los exiliados en la URSS que fueron enviados al Gulag. Miles de ellos tuvieron que trabajar para Vichy y para los alemanes, encuadrados en el STO y la Organización Todt. Franco solo había mostrado interés en algunos republicanos prominentes que se habían escapado a Francia al final Guerra Civil, como Julián Zugazagoitia, Francisco Cruz Salido, Lluís Companys o Joan Peiró, que fueron detenidos por la Gestapo y entregados a las autoridades españoles para que fueran castigados con la cárcel o la muerte (los cuatro mencionados fueron fusilados).

En la entrevista de Montpellier parece ser que Pétain encontró a Franco, como otras veces, "tan orondo, tan pretencioso". Para la ilustre fundación que lleva el nombre del Caudillo, el encuentro fue una entrañable reunión de dos viejos compañeros de armas.

Como jefe del Estado Francés, Pétain firmó decretos contra los judíos que facilitaron el desarrollo del Holocausto en su país. Ya he dicho que la gran mayoría de las víctimas fueron judíos extranjeros, pero también hubo miles de hebreos franceses entre ellas, lo que no impidió a Pétain tener la desfachatez de mostrarse al final de la guerra, cuando lo iban a juzgar, como gran un defensor de los judíos.



Los crímenes franquistas se quedan pequeños al lado de los nazis, aunque lo cierto es que si el Caudillo hubiera tenido los mismos medios para asesinar en masa que el Führer habría actuado de forma parecida, con la única diferencia de que las víctimas habrían sido básicamente los rojos en lugar de los judíos. En cualquier caso la complicidad de ambos regímenes fue mucho mayor de lo que tradicionalmente se nos ha hecho creer. A los alegatos antisemitas de Franco hay que sumar el hecho de que su régimen elaborara en 1941 un censo de los judíos que vivían en España para entregárselo a los nazis. Durante la Segunda Guerra Mundial, varios diplomáticos españoles situados en distintos países de la Europa controlada por Hitler lograron salvar a algunos miles de judíos, en muchos casos desobedeciendo las órdenes del Gobierno de Franco, que solo admitía que se pudieran proporcionar visados a los que tuvieran la ciudadanía española, y ni siquiera para que se quedasen en España. El régimen franquista solo empezó a mostrar interés en salvar de verdad a los judíos en 1944, cuando estaba claro que Alemania iba a perder la guerra. A pesar de eso, la propaganda presentaría a Franco como "salvador de los judíos", y lo que es peor, continúa haciéndolo.

Si Alemania explotó económicamente a Francia, también hizo algo parecido con España, que había quedado en deuda con ella y con Italia por sus respectivas ayudas a los sublevados en la Guerra Civil. Las autoridades españolas favorecieron además las actividades militares y de inteligencia alemanas en nuestro país durante la Segunda Guerra Mundial. Tanto la Francia de Vichy como la "neutral" España enviaron a partir de 1941 a miles de hombres a combatir en las filas de la Wehrmacht contra el Ejército Rojo. Todavía en la batalla de Berlín se pudieron ver a soldados españoles y franceses encuadrados en las Waffen-SS.

Pétain fue juzgado en 1945 y condenado a muerte, aunque la pena fue inmediatamente conmutada a cadena perpetua gracias a De Gaulle (a pesar de que este a su vez había sido condenado a muerte en rebeldía por Vichy). Casi todas las culpas recayeron el odiado Pierre Laval, que se había refugiado en España. Laval tuvo la pésima suerte de caerle mal a todo el mundo, y quizá fue por eso que de todos los cientos de nazis y fascistas que se escondieron en España, el antiguo jefe del Gobierno de Vichy fue el único criminal de guerra que Franco entregó a los Aliados.



Por su parte el Caudillo continuó en el poder hasta su muerte, en 1975. Hay que decir que en 1951, cuando Pétain estaba a punto de morir, Franco decidió enviarle fruta como obsequio mientras los españoles se morían de hambre por su absurda y criminal política económica.

Con la derrota del Eje, tanto Pétain como Franco trataron de borrar toda colaboración con Hitler, si bien el segundo lo tuvo mucho más fácil porque no fue juzgado y, de hecho, su operación de lavado de imagen logró convencer a gran cantidad de personas. Por otro lado la Guerra Fría contribuyó a alimentar tanto el mito de Hendaya como el de Montoire, por eso la tumba de Pétain estuvo adornada con flores hasta los años noventa. Afortunadamente, en 1995 un presidente de Francia, Jacques Chirac, reconoció por primera vez que el Holocausto también había sido un crimen francés. A partir de entonces pocos han podido defender con un mínimo de seriedad el legado de Vichy. Sin embargo, en España los restos de Franco continúan reposando en un mausoleo, su tumba sigue hoy adornada con flores y existe una fundación que lleva su nombre, una fundación que defiende que el Caudillo fue "la antítesis de Hitler" y que por supuesto continúa manteniendo vivo el mito de Hendaya. Una fundación que está en poder de documentos clasificados y que entre los años 2000 y 2003 recibió del Gobierno de la España democrática 150.000 euros en subvenciones.

Otro día, más.


Más información:

-Boadella, Albert, "Franco y yo", Espasa Calpe, 2003.

-Costa, Mario, "Pétain", Orbis, 1985.

-Gildea, Robert, "Combatientes en la sombra", Taurus, 2016.

-Hernández de Miguel, Carlos, "Los últimos españoles de Mauthausen", Ediciones B, 2015.

-Lottman, Herbert, "Pétain", Espasa Calpe, 1998.

-Lottman, Herbert, "La Depuración", Tusquets, 2007.

-Preston, Paul, "Franco: Caudillo de España", Debate, 2015.