viernes, 27 de enero de 2017

Cuatro




Ayer este mi blog cumplió cuatro añitos. Cuatro, como los elementos, como las esquinas, como las estaciones, como los Beatles y Queen, como los Jinetes del Apocalipsis, como las muelas del juicio.

Pues con este blog y un cuatro, aquí está mi retrato.




jueves, 26 de enero de 2017

Ecologismo y comunismo



Campaña china de las Cuatro Plagas


Hace unos años, José María Aznar decidió soltar una de sus míticas frases lapidarias y proclamó aquello de que el ecologismo es el nuevo comunismo. Lo que está claro es que, en general, el ecologismo es algo que le toca bastante las narices al poder, pero en esta entrada pretendo demostrar que, al menos desde el punto de vista histórico, el ecologismo en realidad tiene muy poco que ver con el comunismo.

Resulta paradójico que hoy muchos ecologistas centren sus ataques en el capitalismo, alegando que este es indefectiblemente dañino para el medio ambiente, cuando tradicionalmente han sido los regímenes comunistas los más antiecológicos del mundo con sus brutales colectivizaciones de la agricultura y sus industrializaciones forzadas (que además provocaron la muerte de millones de personas). Nada más lejos de mi intención que negar los males del capitalismo, pero una cosa no quita la otra. Así por ejemplo, la desecación y la contaminación masiva del mar de Aral comenzaron en tiempos de la Unión Soviética, y se realizaron de forma completamente intencionada.




Más. Durante la Guerra Fría, los soviéticos llevaron a cabo cientos de pruebas nucleares en la isla de Nueva Zembla, incluyendo la de la Bomba del Zar, la mayor explosión provocada por el hombre de la historia. Esta actividad provocó una alta contaminación nuclear del mar de Barents, al norte de Rusia. 



Fue también en aquel mar donde, en los años sesenta, los soviéticos introdujeron el cangrejo rojo gigante para proporcionar un nuevo alimento a la población local. Aunque el animal es apreciado por su carne, como especie invasora está amenazando el ecosistema al devastar los fondos marinos de la zona, y además se está extendiendo por la costa noruega hacia el sur.

Si a comienzos de los años treinta las colectivizaciones en la URSS provocaron millones de muertos (en especial en Ucrania) y destrozaron el campo, entre 1958 y 1961 algo similar ocurrió en la China de Mao Zedong, pero peor. La versión china de la política estalinista de colectivizar (es decir, requisar la comida a los campesinos) e industrializar a marchas forzadas se llamó Gran Salto Adelante, y causó una hambruna que mató a decenas de millones de personas. Fue la mayor hambruna de la que se tiene constancia a lo largo de la historia.




Como Mao seguía el modelo del bueno de Stalin, también aplicó las teorías de un charlatán estalinista con título de ingeniero agrónomo llamado Lysenko, que defendía que la genética no era más que una mentira burguesa y que hizo encarcelar y asesinar a cientos de científicos provocando un atraso considerable en las ciencias soviéticas. Los métodos de Lysenko, impuestos a los campesinos chinos, se revelaron desastrosos y arruinaron la agricultura.


Lysenko


Centrándonos en el tema del ecologismo (o mejor dicho, del antiecologismo), dentro del despropósito general del Gran Salto Adelante podemos destacar la llamada Campaña de las Cuatro Plagas, en la que el Gobierno chino decretaba el exterminio de cuatro especies animales que consideraba letales para las cosechas: mosquitos, moscas, ratones y gorriones. Los gorriones eran los más fáciles de matar, así que se convirtieron en la principal víctima de la campaña. Según el brillante razonamiento de las autoridades chinas, como los gorriones se comían el grano de las cosechas, cuantos más se mataran más gente se podría alimentar. Se movilizó a toda la población en la guerra contra los gorriones a los que se mataba de todas las formas imaginables: con veneno, destruyendo sus nidos, por agotamiento al asustarlos para que no pudieran dejar de volar, etc. Obviamente no solo morían gorriones, también otras aves. Eso sí, en unos meses los gorriones fueron prácticamente exterminados en China.





En 1960, científicos de la Academia Nacional de Ciencias de Washington publicaron un estudio que demostraba que los gorriones se alimentaban más de insectos que de grano, pero Mao decidió ignorarlo al provenir de un país capitalista, prefiriendo aferrarse al aforismo ren ding sheng tian ("el hombre debe derrotar a la naturaleza"). No obstante, el exterminio de gorriones supuso una grave alteración del ecosistema al desequilibrar la cadena trófica. Es decir, al desaparecer los gorriones, que eran depredadores de los insectos, estos proliferaron de forma masiva. Y en especial lo hicieron las langostas, que devastaron las cosechas agravando notablemente la hambruna. Entonces Mao se dio cuenta de su error y ordenó detener la matanza de gorriones, aunque un poco tarde y sin reconocerlo.



Tratando torpemente de enmendar su error, Mao importó en secreto 200.000 gorriones de la Unión Soviética tras apelar al internacionalismo socialista, pero el daño ya estaba hecho. Desde entonces, los campesinos chinos han continuado la tradición de matar gorriones hasta el punto de que en 2001 se declaró al ave animal protegido en el país.

La población de gorriones continúa descendiendo hoy en China debido a la contaminación y los pesticidas.

En Corea del Norte se llegó a elaborar un "Plan Trienal para Castigar a los Gorriones" pero, viendo los catastróficos resultados que había dado la campaña en China, Kim Il-sung decidió no ponerlo en práctica.

Hasta los años ochenta (es decir, hasta después de la muerte de Mao), las autoridades chinas achacaban la hambruna del Gran Salto Adelante sobre todo a una serie de catástrofes naturales y, en mucha menor medida, a errores de gestión. La realidad era exactamente la contraria, pero la mentira criminal ha sido siempre inherente a los regímenes totalitarios.


Mao con Jrushchov en 1958. "Es probable que media China tenga que morir", dijo el Gran Timonel en aquel mismo año.


En el siglo XX los seres humanos cazaron casi tres millones de ballenas, la mayoría en la segunda mitad de la centuria. Es quizá la mayor matanza de animales de la historia en términos de biomasa total. En 1946 se creó la Comisión Ballenera Internacional (CBI) para regular la caza y el comercio de los cetáceos, y en 1986 la CBI prohibió la caza de ballenas con algunas excepciones. Durante las cuatro décadas que van de una fecha a otra, la Unión Soviética mató más de 534.000 ballenas, pero declaró ante la CBI un número bastante inferior (¿he dicho que la mentira es inherente a los regímenes totalitarios?). Así por ejemplo, los soviéticos declararon haber cazado menos de 3.000 ballenas jorobadas en el océano Antártico cuando en realidad mataron casi 50.000, amenazando con extinguirlas. La verdad de esta siniestra historia no se ha sabido hasta fechas muy recientes.




Lo absurdo del asunto es que la URSS, al contrario que otros países balleneros como Japón o Noruega, no obtenía casi beneficios de la caza de ballenas. A menudo, en los balleneros soviéticos se separaba la grasa de los animales muertos para transformarla en aceite y se abandonaba el resto del cuerpo en el mar. Como la industria ballenera en la URSS era estatal, la caza masiva se hacía solo por aumentar la producción, no importaba si era sostenible porque daban igual los beneficios. Se trataba de cumplir los planes estatales sin más, y se premiaba a los que lograban cazar más ballenas como si fueran héroes. Y claro, hablamos de la Unión Soviética, así que también se castigaba a los perdedores, que a veces eran las mismas personas. A un tipo llamado Aleksandr Dudnik, pionero de la industria ballenera soviética, lo condecoraron en 1936 con la Orden de Lenin, y dos años después, cuando no alcanzó los objetivos de producción, lo encarcelaron acusándole de ser un agente japonés.

No quiero dejar de mencionar el tremebundo caso de Norilsk, la ciudad más septentrional del mundo. Situada en el Círculo Polar Ártico, empezó siendo un campo de concentración del Gulag cuyos presos trabajaban bajo condiciones infrahumanas en las minas de níquel, a consecuencia de lo cual varios miles de ellos murieron. Por cierto, en el invierno de 1941 a 1942 fueron enviados a Norilsk medio centenar de marinos republicanos españoles que habían quedado atrapados en la URSS tras la Guerra Civil: ocho de ellos murieron en un par de meses y un noveno se suicidó. Con el tiempo Norilsk terminó transformado en un territorio apocalíptico azotado por el azufre, la lluvia ácida y la nieve negra.

De los nueve lugares más contaminados del mundo, cuatro están en territorio de la antigua URSS y dos en China.

Para terminar, habría que añadir que el accidente de Chernóbil, ocurrido en la Unión Soviética en 1986, es junto al de Fukushima (Japón, 2011), el accidente nuclear más grave sucedido hasta ahora (y esperemos que siga siéndolo), y uno de los peores desastres medioambientales de la historia. El accidente de Chernóbil fue la consecuencia de una chapuza tras otra, del secretismo de la URSS y de un modo de hacer las cosas contaminante de por sí, aunque lo que resultó ser absolutamente criminal fue la respuesta de las autoridades soviéticas.

En resumen, los regímenes comunistas, como el de la URSS o el de China, llevaron a cabo crímenes ecológicos masivos que además eran de lo más estúpidos. De todas formas no deja de tener su lógica por lo que decía antes: la mentira constante y la huida hacia adelante siempre han formado parte intrínseca de esas dictaduras.

Y luego ya se inventó el ecosocialismo.


Más información:

-AAVV, "El libro negro del comunismo", Planeta/Espasa, 1998.

-Chang, Jung y Halliday, Jon,  "Mao, la historia desconocida", Taurus, 2006.

-Judt, Tony, "Postguerra. Una historia de Europa desde 1945", Taurus, 2006.

http://www.digitalmx.net/cuando-matar-gorriones-le-costo-la-vida-a-mas-de-20-millones-de-personas/

http://spo.nmfs.noaa.gov/mfr761-2/mfr761-21.pdf

https://psmag.com/the-most-senseless-environmental-crime-of-the-20th-century-9594972483d1#.qx0a9v6fu




lunes, 2 de enero de 2017

An Gorta Mór: la Gran Hambruna irlandesa




Mucho se habla de los crímenes nazis, o del fascismo en general. También con frecuencia se mencionan los del comunismo, haciendo especial hincapié en las hambrunas. Yo mismo en este blog me refiero una y otra vez a todo ello, pero hoy quiero dedicar esta entrada a otras maldades menos conocidas, las del capitalismo, de las que ya hablé de forma genérica en otra ocasión. Mencionar los crímenes del capitalismo puede traernos a la cabeza en primer lugar el imperialismo estadounidense, un fenómeno asimismo muy trillado, sobre todo en círculos izquierdistas. Pero los responsables de lo que vamos a hablar hoy no son tampoco los yanquis, sino los británicos.

El Reino Unido, que al fin y al cabo es la cuna del capitalismo y de la Revolución Industrial, tiene tras de sí un largo historial imperialista y de crímenes de masas. Dejando aparte su sangrienta relación con Irlanda, de la que me ocuparé después, y por poner algunos ejemplos, resulta que la política colonial británica provocó una serie de hambrunas en la India que se llevaron por delante a decenas de millones de personas. La época victoriana fue en realidad un largo y oscuro periodo plagado de episodios que compiten entre sí por su brutalidad. El Imperio Británico fue el primer gran narcotraficante de la historia, pues en el siglo XIX extendió el consumo de opio por China, y lo hizo a la fuerza, gracias a dos guerras. El lado mafioso del Imperio Británico quizá tuvo un exponente muy claro durante la Guerra de la Triple Alianza. Con el objeto de beneficiar sus intereses económicos, parece ser que la diplomacia británica azuzó en 1864 un conflicto contra Paraguay que se saldó con la devastación de este país y un genocidio: el de casi todos sus varones mayores de doce años, un desastre demográfico del que tardaría en recuperarse. Ya en el siglo XX, los británicos tuvieron un papel estelar en los orígenes del conflicto árabe-israelí. En plena descolonización, los británicos llevaron a cabo un genocidio en Kenia que se saldó con cientos de miles de personas asesinadas después de que se encerrara a un millón y medio en campos de concentración. Y en tiempos más recientes, el Reino Unido participó muy activamente en la absurda invasión de Irak liderada por el presidente de EEUU, George W. Bush, que contribuyó notablemente al auge del islamismo radical en la zona.

Pero vamos con Irlanda. Tras una tenaz resistencia que duró centenares de años, a mediados del siglo XVII las tropas inglesas comandadas por Oliver Cromwell consumaron la conquista de aquel país, que fue despiadada y sangrienta a más no poder. Las consecuencias de estos hechos fueron absolutamente criminales. Hasta el siglo XIX, y a través de las Leyes Penales, los católicos irlandeses -que eran más del 80% de la población- tuvieron prohibido estudiar, votar, ocupar cargos políticos o puestos de funcionarios, ingresar en un gremio profesional, vivir en una ciudad o a menos de ocho kilómetros de alguna, y poseer tierras. Los irlandeses eran parias en su propia tierra. Al llegar el siglo XIX la situación mejoró, pero la gran mayoría de los católicos irlandeses vivían en condiciones de pobreza y tres cuartas partes de los trabajadores estaban en paro, mientras la población crecía de forma exagerada. Casi todos los representantes de Irlanda en el Parlamento británico eran terratenientes ingleses o de origen inglés, y a su vez, la mayor parte de las tierras eran de estos terratenientes. Muchos campesinos irlandeses trabajaban en esas tierras, cuyos propietarios en no pocos casos vivían en Inglaterra. Los alimentos y las rentas obtenidas de las tierras se enviaban entonces a Inglaterra, en un prolongado saqueo inhumano, organizado e institucionalizado. Los campesinos subsistían casi exclusivamente a base de patatas obtenidas en la huerta familiar. Las bases para una catástrofe estaban bien asentadas y solo era cuestión de tiempo que esta ocurriera.

Y el cataclismo llegó en 1845 en forma de organismo microscópico: un protista, similar a un hongo, llamado Phytophthora infestans, y más conocido como tizón tardío, que destruyó tanto las plantas de la patata como los tubérculos almacenados. Parece ser que el microorganismo iba en el guano que transportaban los barcos desde Sudamérica al resto del mundo para ser utilizado como fertilizante. Precisamente el guano era el producto más importante del comercio entre la costa sudamericana e Irlanda. Hay que decir que la penuria de la patata no afectó solo a Irlanda, sino a toda Europa. Esto quiere decir que todo el Reino Unido se vio perjudicado, pero curiosamente solo Escocia y sobre todo Irlanda padecieron hambruna. Como es obvio, una hambruna se produce no por falta de patatas, sino de alimentos. La patata no es lo único que se puede comer. La crisis alimentaria que afligió a Europa a mediados de la década de 1840 no provocó una catástrofe humana como la de Irlanda en ningún otro lugar.

Escribe el catedrático de Biología Celular José Ramón Alonso que "Phytophthora podía haber causado un daño menor pero las políticas de los dirigentes ingleses se movieron en un rango que va de la crueldad a la ineptitud pasando por la arrogancia, el desprecio y la codicia". Según escribió en 1860 el periodista y activista irlandés John Mitchel: "El Todopoderoso, de hecho, envió la plaga de la patata, pero los ingleses crearon la hambruna".

La respuesta de las autoridades británicas ante el hambre que comenzó a asolar Irlanda fue criminal. Las patatas se pudrían, pero los trigales no se veían afectados. No obstante, los irlandeses no podían acceder al trigo, pues pertenecía a los ingleses y se continuaba exportando desde Irlanda a pesar de la hambruna. Los barcos con víveres tardaban meses en llegar y muchos terratenientes expulsaban a sus aparceros para no tener que ayudarlos o porque estos no podían pagar el arriendo. El Gobierno británico, dirigido desde 1846 por John Russell, y sobre todo Sir Charles Trevelyan, encargado de administrar la ayuda a Irlanda, decidieron aprovechar la hambruna para poner en práctica las ideas sobre el libre mercado, el laissez faire y las teorías malthusianas sobre la superpoblación. De esa forma, se limitó severamente la asistencia a Irlanda, puesto que las autoridades británicas estaban en contra de cualquier intervención del Estado y opinaban que debían ser los propios irlandeses quienes costeasen las ayudas que necesitaran gracias a la iniciativa privada. Vaya, que tenían que apañárselas solitos para salir del entuerto. Como los campesinos que poseían alguna tierra dejaron de recibir ayudas, tuvieron que malvenderlas a los grandes señores para que sus familias no murieran de hambre. En palabras de Trevelyan, la hambruna era "una calamidad enviada por Dios para enseñar a los irlandeses una lección" a la vez que "un mecanismo efectivo para reducir la población excedente". Añadió que "el verdadero mal con el que tenemos que lidiar no es el mal físico de la hambruna, sino el mal moral del carácter egoísta, perverso y turbulento del pueblo".


Sir Charles Trevelyan


Nada como unos seres inferiores -en este caso los irlandeses, desde el punto de vista inglés- para experimentar con ellos. Nassau William Senior, economista, profesor en la Universidad de Oxford y asesor del Gobierno británico, lamentó sin embargo que la hambruna irlandesa "would not kill more than one million people, and that would scarcely be enough to do any good" ("no mataría más que un millón de personas y eso apenas sería suficiente para hacer algo bueno"). Parece bastante claro que las autoridades británicas decidieron llevar a cabo una limpieza étnica como Dios manda en Irlanda por motivos racistas. 

La hambruna se prolongó hasta 1852, mató a un millón de personas en Irlanda e hizo emigrar a otros dos millones, la mayor parte a EEUU y Canadá. El país perdió así más de un cuarto de su población.




La Gran Hambruna irlandesa fue el culmen de la colonización inglesa de la isla. Resultó ser la consecuencia lógica de la larga y brutal explotación de Irlanda en todos los terrenos: económico, social, político y biológico. Recordemos, por cierto, que antes de la colonización, Irlanda estaba poblada de bosques que fueron diezmados por los ingleses para construir barcos y por el uso de la madera como carbón vegetal durante la Revolución Industrial. Esta masiva deforestación alteró radicalmente el ecosistema y la apariencia física de Irlanda. Además, muchas de sus especies animales como el lobo fueron cazadas hasta su extinción. 

La hambruna supuso un punto de inflexión en la historia de Irlanda. Sus efectos cambiaron para siempre el panorama demográfico, político y cultural de la isla. Quedó grabada a fuego en la memoria colectiva de los irlandeses y potenció su nacionalismo (hago un inciso para resaltar la extrema demagogia de quienes igualan las motivaciones de ciertos nacionalismos españoles con la del irlandés: ni el País Vasco, ni Cataluña, ni Galicia han recibido jamás un trato ni remotamente similar al de Irlanda).


Monumento conmemorativo en Dublín


En 1997, con motivo del 150º aniversario del desastre y en el marco del conflicto norirlandés, el primer ministro Tony Blair reconoció tímidamente la inacción del Gobierno británico durante la hambruna de la patata. Tony Blair, que seis años más tarde participaría de forma entusiasta en la invasión de Irak, y por lo que a su vez también pediría disculpas en 2015. En fin.

Por fortuna, en esta aterradora historia también hay algún espacio para la bondad. Cuando tuvo noticias de la hambruna, el sultán turco Abdülmecid I mostró su intención de enviar 10.000 libras de ayuda a los campesinos irlandeses, pero la reina Victoria le pidió que mandara solo 1.000, pues ella no había donado más que 2.000. El sultán así lo hizo, pero envió a escondidas tres barcos llenos de comida. Los tribunales británicos trataron de bloquearlos, pero los marineros turcos se saltaron las instrucciones, llevaron la comida al puerto de Drogheda y la descargaron, jugándose una posible estancia en la cárcel. Este relato viene muy a cuento en una época como la actual, en la que desde el Occidente cristiano se criminaliza todo lo que provenga de los incivilizados países musulmanes.

Y hubo también por entonces otro pueblo de salvajes que mostró bastante más humanidad que los supuestamente civilizados británicos. Los choctaws son unos indios norteamericanos que en 1831 fueron obligados por el Gobierno estadounidense a abandonar sus tierras ancestrales, cruzar el Misisipi y establecerse en el oeste. Las condiciones del viaje fueron terribles, de forma que de los 17.000 hombres, mujeres y niños que iniciaron el viaje, entre 2.500 y 6.000 murieron de agotamiento, hambre, enfermedades y frío. Hay que decir que en esos años hubo otras tribus que corrieron la misma suerte que los choctaws, en lo que se conoce como el Sendero de Lágrimas (Trail of Tears). Pues bien, dieciséis años después, los choctaws se enteraron de la hambruna en Irlanda, se identificaron con aquellos campesinos que estaban muriéndose de inanición y juntaron todo lo que pudieron para ayudarlos. Reunieron en total 710 dólares. En 1995, Mary Robinson, por entonces presidenta de Irlanda, hizo un homenaje en agradecimiento a la nación Choctaw.

Y termino recogiendo de nuevo con unas palabras del catedrático José Ramón Alonso:

"Phytophthora infestans sigue causando un daño a las cosechas de patata estimado en unos 5.000 millones de euros anuales y es necesario seguir buscando medios para hacer a las patatas más resistentes o para tratar la infección pero es que además, a veces, la estupidez, la avaricia o el racismo, hacen que el daño sea aún mayor."


Revisado y ampliado el 6 de diciembre de 2017.

Más información:

-Alonso, José Ramón y González, Yolanda, "Botánica insólita", Next Door Publishers, 2016.

-Roca Barea, María Elvira, "Imperiofobia y leyenda negra", Siruela, 2017.

https://es.wikipedia.org/wiki/Gran_hambruna_irlandesa