domingo, 29 de junio de 2014

Los "kamikazes" nazis


En estos tiempos de incertidumbre e inestabilidad, qué mejor para tranquilizar los ánimos que hablar de kamikazes nazis.

Mucho se conoce sobre los kamikazes por excelencia, los japoneses, todos hemos oído hablar de ellos, pero lo de los pilotos suicidas germanos –sus aliados en la Segunda Guerra Mundial- es bastante menos sabido.

La idea de que los pilotos alemanes se matasen estrellándose contra las fuerzas enemigas surgió en 1943 y partió de tres personajes: el Oberleutnant (teniente) Heiner Lange, el SS-Obersturmbannführer (teniente coronel de las SS) Otto Skorzeny, y la piloto de pruebas Hanna Reitsch.


Otto Skorzeny



Hanna Reitsch

 
El Oberleutnant Lange pertenecía a una unidad de la Luftwaffe denominada Kampfgeschwader 200 (KG 200, Ala de Bombardeo nº 200) destinada a operaciones especiales y clandestinas. Aquella unidad contaba con aparatos experimentales, de transporte, de reconocimiento y aviones enemigos capturados que se empleaban, entre otras cosas, para misiones secretas tales como lanzar agentes en territorio enemigo.


Bombardero estadounidense Boeing B-17 Flying Fortress capturado, perteneciente al KG 200


A inicios de 1944 Lange propuso la utilización de planeadores suicidas para atacar las centrales hidroeléctricas soviéticas, pero la idea no prosperó porque a sus superiores no les hizo mucha gracia. Entonces entraron en escena Skorzeny y Reitsch.

Otto Skorzeny era un oficial austriaco de las Waffen-SS que en 1943 recibió el mando de una unidad especial denominada Friedentahl, que no era otra cosa sino los comandos de las SS. Con ellos Skorzeny alcanzaría una gran fama, sobre todo gracias a su participación en la liberación de Mussolini, llevada a cabo ya en 1943, o por la Operación Greif, en la cual sus hombres disfrazados con uniformes estadounidenses se dedicaron a sembrar cierta confusión en la retaguardia enemiga durante la batalla de las Ardenas. Aunque Greif fracasó, Skorzeny consiguió despertar entre los yanquis bastante temor, por lo que estos le apodarían el hombre más peligroso de Europa.



La liberación de Mussolini


Hanna Reitsch fue una famosa aviadora que estableció varios récords antes de la guerra.

A Reitsch y Skorzeny, inspirados por las ideas de Lange, se les ocurrió la gran idea de que se podrían fabricar versiones tripuladas de las bombas volantes V-1 para que se arrojasen contra objetivos militares, después de que se descartara el desarrollo del Messerschmitt Me 328. Las V-1 normales (que a inicios de 1944 todavía seguían en periodo de prueba), poco precisas, servían para ser lanzadas contra una gran ciudad, pero no contra un objetivo pequeño, como por ejemplo un barco. Para que tuviesen la precisión necesaria, las bombas debían de ir tripuladas. Al ser propulsada por cohete, la V-1 alcanzaba gran velocidad (645 km/h), lo que la hacía difícil de interceptar. Skorzeny y Reitsch pensaron que las bombas tripuladas arrojadas contra la flota de invasión aliada podrían hacer fracasar el inminente desembarco enemigo en Francia.



Bomba volante V-1


En seguida se construyeron los primeros ejemplares de lo que se denominó Fieseler Fi 103 A-1 Reichenberg, es decir, la bomba volante V-1 tripulada. Se llevaron a cabo unas pruebas lanzando las V-1 pilotadas desde un bombardero Heinkel He 111, pero acabaron en sendos accidentes con los pilotos heridos. En vista de eso, Hanna Reitsch decidió pilotar ella misma un cacharro de aquellos, y el vuelo tuvo éxito. La acción fue recreada tiempo después en la peli Operación Crossbow (1965).



 Fieseler Fi 103 Reichenberg




Se entrenó a unos setenta pilotos voluntarios que firmaban esto:

Es mi voluntad ofrecerme como piloto de la bomba dirigible. Tengo plena conciencia de que esto significará mi muerte”.

A pesar de semejante declaración, se suponía que los pilotos iban a tener una pequeña oportunidad de salvar su vida eyectándose justo antes del impacto, pero vamos, la probabilidad era menos que mínima (Skorzeny dice en sus memorias que “se demostró que la voluntad de actuación de la mayoría de los voluntarios aumentaba cuando se les daba un uno por ciento de posibilidades de sobrevivir”; nos ha jodido). 

La unidad suicida era la 5/KG 200, es decir, la 5ª escuadrilla del KG 200, comandada por Lange. También se la conocía como "Escuadrilla Leónidas" (Leonidas Staffel), en referencia al famoso rey espartano que se sacrificó con sus hombres en la batalla de las Termópilas tratando de detener al ejército persa.

Sin embargo, los comandantes del KG 200, el Oberst (coronel) Heinrich Heigl primero, y el Oberstleutnant (teniente coronel) Werner Baumbach después, siempre se opusieron con firmeza al asunto de las bombas suicidas. Baumbach insinúa en sus memorias que los voluntarios no habían sido realmente informados acerca de las casi nulas probabilidades de salir vivos de aquello. Vamos, que se les había dicho que las misiones eran peligrosas pero no hasta qué punto. En todo caso a Hitler tampoco le acababan de gustar las misiones de “autosacrificio” (Selbstopfer), así que los 175 Fieseler Reichenberg construidos jamás se utilizaron.

El Reichenberg no fue la única arma “desesperada” que idearon los nazis hacia el fin de la guerra. En ese sentido, otro aparato bastante conocido es el Bachem Ba 349 Natter (“Víbora”). Se trataba de un interceptor cohete de despegue vertical que partiría cuando las formaciones de bombarderos enemigos pasaran por encima. Cuando estuviera cerca de los bombarderos, el piloto elegiría uno y dispararía una batería de cohetes aire-aire dispuesta en el morro. Después emplearía la energía cinética restante para seguir subiendo hasta quedar por encima de los bombarderos, y volvería a descender para realizar un ataque de embestida. Instantes antes del impacto contra otro bombardero, el piloto se eyectaría y el aparato se dividiría en dos. El piloto y la parte trasera, que contenía el motor cohete, descenderían en paracaídas -así ambos serían reutilizables, como las botellas de leche de antes-, y el resto del aparato se estrellaría contra el avión enemigo. Más tarde la idea de la embestida final fue abandonada, pero aun así la misión de pilotar aquel cacharro se antojaba muy peligrosa.

Se realizaron varias pruebas, algunas con pilotos y tal, y claro está, hubo algún que otro accidente: el piloto Lothar Sieber perdió la vida. Afortunadamente para los pilotos alemanes, los estadounidenses tomaron la fábrica y la pista de lanzamiento antes de que se pudiera llevar a cabo ninguna misión de combate con el Natter.


El Ba 349 Natter


Esto de los aparatos tripulados diseñados específicamente para estrellarse contra objetivos enemigos lógicamente hizo más furor entre los japoneses, tan dados ellos al suicidio apoteósico. Así, el Reichenberg les inspiró para construir su propia bomba volante tripulada. Esta se denominó Yokosuka MXY7 Ohka (“Flor de Cerezo”). Igual que la bomba alemana, la Ohka debía ser lanzada desde un bombardero nodriza, y resultó ser una presa relativamente fácil para la aplastante superioridad aérea aliada, razón por la que los yanquis la apodaron Baka” (“Idiota”). Así, el 21 de marzo de 1945 dieciséis bombarderos nipones Mitsubishi G4M2 "Betty", con las bombas Ohka colgadas, trataron de atacar a la Fuerza Operativa 58, compuesta entre otros buques por varios portaaviones, pero fueron interceptados por cazas Grumman F6F Hellcat ("Gato infernal") de la US Navy. Los bombarderos soltaron sus bombas tripuladas prematuramente con el resultado de que todas se estrellaron en el mar. Por lo demás, todos los bombarderos japoneses fueron derribados y los barcos yanquis no sufrieron el menor rasguño.

Los éxitos de las bombas Ohka fueron más bien escasos. Así por ejemplo, el 1 de abril de 1945 parece ser que dañaron al acorazado USS West Virginia y doce días después hundieron el destructor USS Manert L. Abele, cerca de Okinawa. En mayo dejaron inutilizado el destructor USS Hugh W. Hadley y... poco más.
 

Yokosuka MXY7 Ohka
 

Pilotos japoneses con un Mitsubishi G4M “Betty” y su bomba Ohka al fondo


Un “Betty” con la bomba Ohka colgada


El Natter inspiró a los japoneses para diseñar el Mizuno Shinryu (“Dragón Divino”), un interceptor cohete kamikaze que nunca pasó de la fase de proyecto.



Aunque no fueron exactamente suicidas, los ataques de embestida llevados a cabo durante la Segunda Guerra Mundial provocaban muchas veces la muerte del piloto. 

Si bien parece ser que hubo antecedentes, por ejemplo durante la Guerra Civil Española o la campaña de Polonia, los primeros que pusieron ampliamente en práctica los ataques de embestida fueron los soviéticos, entre 1941 y 1943. Ellos denominaban a estos ataques precisamente Taran, que significa “embestida”. Cuando la Luftwaffe dominaba los cielos soviéticos, se dio la orden en la V-VS (Fuerzas Aéreas Militares soviéticas) de que los pilotos estrellasen sus aviones contra los aparatos germanos que se aproximasen a ellos. Si se acababan las municiones había que embestir. Se trataba de cortar la cola, el ala o el fuselaje del avión alemán con la hélice o el borde de ataque de las alas, o directamente lanzar el avión contra el enemigo y justo antes del impacto tirarse en paracaídas. Evidentemente había pilotos soviéticos que perecían en el empeño, pero algunos no sólo sobrevivieron, sino que lo volvieron a intentar. Un ejemplo es el del ex piloto republicano español Andrés Fierro Ménu, que mientras sirvió en la aviación soviética consiguió derribar dos aviones alemanes con ataques taran.




Andrés Fierro Menu y dos ilustraciones de ataques taran; la segunda es un póster sovietico de la época


Después de los soviéticos, fueron los pilotos alemanes quienes acabaron recurriendo a las embestidas para enfrentarse a las oleadas de bombarderos aliados que arrasaban su país. En 1944 se crearon en la Luftwaffe los Sturmgruppen (Grupos de Asalto), unidades especiales de caza destinadas a enfrentarse con los bombarderos aliados. Disponían de cazas Focke-Wulf Fw 190 A-8 especiales, fuertemente armados y blindados, que debían disparar a los bombarderos desde distancias muy cortas para así derribarlos con facilidad. Las instrucciones que recibían los pilotos de los Sturmgruppen decían que debían embestir a los aviones enemigos “si fuese necesario”.




La primera unidad de este tipo, el IV/JG 3 “Udet” (IV Grupo del Ala de Caza nº 3), entró en combate por primera vez el 7 de julio de 1944, y destruyó 23 bombarderos yanquis B-24 Liberator (“Libertador”) en tan sólo dos minutos. Cuando acabó el mes, los pilotos de asalto germanos habían derribado 60 aviones, así que en vista del éxito se crearon más Sturmgruppen. Varios pilotos consiguieron derribos de bombarderos con embestidas, y normalmente lograban sobrevivir. Así, el Oberleutnant Walther Dahl, un as que logró 128 derribos al final de la guerra, embistió un B-17 Flying Fortress (“Fortaleza volante”) el 13 de septiembre de 1944, lanzándose previamente en paracaídas.



Walther Dahl


Las operaciones de los Sturmgruppen terminaron a finales de marzo de 1945. Sus pilotos habían conseguido derribar cerca de 500 bombarderos aliados, aunque sólo diez de ellos por el procedimiento de la embestida. A cambio, los alemanes habían sufrido más de 150 muertos.

En 1945 se formó una nueva unidad de caza, aunque esta sí debía de especializarse en los ataques de embestida. Se trataba del Sonderkommando Elbe (Comando Especial Elba), y sus pilotos, al contrario de los de los Sturmgruppen, eran jóvenes e inexpertos. El 7 de abril de 1945, en su única misión, el Sonderkommando Elbe despegó para interceptar una formación de 1.300 bombarderos estadounidenses escoltados por 850 cazas. El Sonderkommando tenía 183 aviones y una escolta de 40 cazas a reacción Messerschmitt Me 262 Schwalbe (“Golondrina”). Los novatos alemanes se arrojaron contra los bombarderos y consiguieron derribar ocho. A cambio, el Sonderkommando perdió 77 aparatos.



Evidentemente cuanto más desesperadas eran las tácticas empleadas, mayores y más dramáticas eran las pérdidas.

Sin embargo, hacia el final de la guerra el Oberleutnant Lange consiguió su empeño de emplear tácticas claramente suicidas. El 17 de abril de 1945, su “Escuadrilla Leónidas” trató de hacer frente a las masas de soldados soviéticos arrojándose contra los puentes de pontones instalados por el Ejército Rojo en el Oder. Se informó de la destrucción de 17 puentes, aunque a Antony Beevor la cifra le parece exagerada. De todas formas, como él dice, “treinta y cinco pilotos con sus aparatos siguen siendo un precio muy elevado para logros tan limitados y temporales”.

Como conclusión cabría decir que las tácticas suicidas o semisuicidas fueron procedimientos desesperados empleados por los nazis, los japoneses y los soviéticos -es decir, por regímenes que valoraban muy poco la vida humana, incluyendo la de los suyos- cuando la situación militar se tornaba difícil. Sus protagonistas eran calificados de héroes, aunque no eran más que carne de cañón, pobres incautos al servicio de la tiranía.



Real Trouble, ilustración de Keith Ferris



Más información:

-Anderton, David A., “Aggressors. Interceptor vs. heavy bomber” (Zokeisha, 1991).

-Axell, Albert y Kase, Hideaki, “Kamikazes” (La Esfera de los Libros, 2004).

-Baumbach, Werner, “Vida y muerte de la Luftwaffe” (Niseos, 2006).

-Beevor, Antony, “Berlín. La caída: 1945” (Crítica, 2002).

-Fierro Ménu, Andrés, “¡Tarán!” (2000).

-Miranda J. y Mercado P., “Die Geheim Wunderwaffen des III Reiches” (Flugzeug, 1995).

-Reitsch, Hanna, “Volar fue mi vida. Memorias de la piloto de pruebas de la Luftwaffe” (Galland Books, 2008).

-Skorzeny, Otto, “Luchamos y perdimos” (Acervo, 1979).

-Weal, Elke C. et al., “Aviones de combate de la Segunda Guerra Mundial“ (San Martín, 1978).

-Weal, John, “Luftwaffe Sturmgruppen” (Osprey, 2005).

-Wood, Tony y Gunston, Bill, “La Luftwaffe de Hitler” (San Martin, 1981).



Nota: Este artículo es una revisión corregida y aumentada de otro que publiqué originalmente en el desaparecido foro Debatalia hace años. Lo he visto copiado en varias webs, como aquí, por ejemplo, donde al menos ponen la fuente.


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