jueves, 27 de junio de 2013

Armin T. Wegner y el genocidio armenio (I)



Dedicado al compañero bloguero Dessjuest :)


Por un momento, preso del vértigo de los sentimientos, pienso: ¿dónde estás, Dios? Así, me quedo dormido, y cuando despierto, la casa de oración está vacía; como si fuera una respuesta a mi pregunta, en aquel espacio sólo se oye el eco de un desierto sin confines.

Armin T. Wegner




Armin Theophil Wegner nació en Wuppertal (Renania, Alemania), en 1886. Se doctoró en Derecho y cuando estalló la Primera Guerra Mundial se enroló como sanitario. Por su labor obtuvo la Cruz de Hierro.

En 1915 fue enviado a Oriente Próximo formando parte del Cuerpo Sanitario Alemán, adscrito al ejército otomano. Allí fue testigo del genocidio llevado a cabo por los turcos contra el pueblo armenio. Advierto que, aunque dicho genocidio sólo ha sido reconocido por algunos países, me referiré al mismo como tal, pues creo que lo acontecido sí se ajusta a la definición de la palabra. De hecho, fue el primer genocidio del siglo XX y la mayor de las atrocidades que afectaron a los civiles durante la Gran Guerra.



¿Por qué...?

Las causas remotas del genocidio hay que buscarlas en los conflictos religiosos y étnicos que venían arrastrándose desde tiempo atrás. Por un lado, los armenios eran cristianos y los turcos musulmanes. De hecho, los armenios son más cristianos que nadie, pues fueron ellos los primeros en adoptar oficialmente el cristianismo allá por el año 301. Por otro lado, en Anatolia oriental los armenios eran muy numerosos, y desde finales del siglo XIX el nacionalismo armenio había cobrado fuerza, a la vez que el islamismo. En esta situación, bajo el mandato del sultán Abdul Hamid II, los armenios protestaban pidiendo derechos. Y empezaron a pagarlo caro. En el periodo de 1894 a 1896, desde la rebelión de Sasun, los armenios sufrieron varias masacres a manos de los turcos. Cientos de aldeas fueron borradas del mapa. El total de muertos estuvo entre los 200.000 y  los 300.000, a los que hay que añadir un millón de personas despojadas de sus bienes, miles de mujeres raptadas y miles de armenios islamizados por la fuerza.




Estas masacres no fueron resultado de estallidos de violencia popular, sino de la instauración de una “mentalidad asesina” en el nivel más alto de la autoridad del Estado. Hay que considerar tres elementos. Primero, que nadie fuera del Imperio Otomano protestó por las masacres, lo que otorgó a los asesinos un sentimiento de impunidad y alimentó la lógica de la violencia. Segundo, la exacerbación calculada de las situaciones de crisis y conflictos existentes entonces en la zona. Y por último, la religión. El poder otomano describía a los armenios como “enemigos” de los musulmanes, acentuando así la división entre ellos y otros grupos étnicos locales, kurdos o circasianos. El papel del islamismo aquí es fundamental. La política de las masacres se convirtió en un deber religioso legítimo. De hecho, muchas masacres se organizaron los viernes a la salida de las mezquitas, donde los muftís y los ulemas habían legitimado y absuelto por adelantado la violencia de los fieles. Así había dos ventajas: por un lado la víctima se convertía en el verdadero instigador de crimen, y por otro se podía desviar la culpa hacia los musulmanes de a pie, que obedecían a sus emociones básicas. Sin embargo, la cosa estaba clara, como constató el embajador francés en Constantinopla, quien aseguró que el sultán había “armado con su propia mano a los criminales”.
 


 El sultán Abdul Hamid II



Caricatura francesa de la época que retrata a Hamid como un carnicero de armenios


Había nacido un esquema mental basado en dos realidades: la ausencia de disuasión antes del crimen y la previsible impunidad posterior. Sólo tenía que desarrollarse dando lugar a una empresa mucho más radical: el exterminio. Para que el proceso exponencial de masacres lograra ese objetivo, el exterminio, hacía falta que la legitimación basada en el deber islámico fuera sustituida por una ideología globalizante y “científica”. La voluntad de “poner en su lugar” a la comunidad armenia debía ser reemplazada por la de hacerla desaparecer totalmente. Así de sencillo. Los medios para poner en marcha esa desaparición debían dejar de estar en manos de jefe locales y centralizarse. La muerte tenía que dejar de ser cosa de la violencia popular y profesionalizarse. Y finalmente, hacían falta un contexto y una oportunidad idóneos para llevar a cabo el genocidio.

En 1908 llegaron al poder en el Imperio Otomano los Jóvenes Turcos, un movimiento nacionalista, reformador y aparentemente progresista que depuso al sultán. Pese a que hubo más manifestaciones de odio hacia los armenios (en 1909, en una serie de pogromos antiarmenios, fueron asesinados entre 15.000 y 30.000 en la provincia turca de Adana), en principio los nuevos gobernantes los respetaron. Sin embargo, dos hechos contribuyeron a reavivar los sentimientos turcos contra los armenios. El primero fue que al estallar la guerra en 1914, en la que los turcos combatían al lado de Alemania, se dieron ciertos casos de colaboracionismo entre nacionalistas armenios y los rusos (incluso se llegó a proclamar una república armenia independiente en la ciudad turca de Van), si bien fue en respuesta a las agresiones turcas. El segundo fue que İsmail Enver, dictador del Imperio Otomano desde 1914 (el sultán Mehmed V, sucesor de Hamid II, sólo mantenía un poder simbólico), responsabilizó a los armenios de la estrepitosa derrota que sufrieron los turcos frente a los rusos en la batalla de Sarıkamış, en el invierno de 1914 a 1915. En consecuencia, los soldados armenios del ejército otomano fueron desarmados y asesinados o deportados a campos de trabajo.



İsmail Enver o Enver Paşa



Enver Paşa (en el centro) y Djemal Paşa (a su izquierda), dos miembros del triunvirato de los Jóvenes Turcos, en Jerusalén, 1915
 

Es decir, si bien los ánimos antiarmenios por parte de los turcos venían de muy atrás, el genocidio se dio en un determinado contexto, absolutamente necesario para ello, y no podemos saber si también hubiera ocurrido de no estallar la guerra.

Oficialmente el genocidio armenio comenzó en abril de 1915, tras el estallido de la revuelta de Van, pero ya en ese invierno se habían dado los primeros saqueos y asesinatos contra armenios por parte de los turcos. A partir de aquel mes, el gobierno de Constantinopla puso en marcha un conjunto de medidas y operaciones con respecto a la población armenia, destinado a asegurar lo que calificaba como el “restablecimiento del orden en una zona de guerra mediante medidas militares, necesarias por la connivencia con el enemigo, la traición y la participación armada de la población”. Desde el 24 de abril, todos los intelectuales y notables armenios fueron deportados a Asia Menor o ejecutados. Sólo en Estambul se detuvo a 2.345 personas. El 25 de mayo, Mehmet Talat, ministro del Interior, anunció que los armenios que vivían en Anatolia oriental serían deportados a Siria y el norte de Irak para evitar que colaboraran con los rusos. El decreto, sancionado por el consejo otomano de ministros el 30 de mayo, incluía provisiones destinadas a salvaguardar las vidas y propiedades de los deportados. Sin embargo, el consejo también comunicó a los comandantes militares que si encontraban resistencia por parte de la población local u “oposición a las órdenes (…) destinadas a la defensa del estado o la protección del orden público”, tenían “la autorización y obligación de reprimirla inmediatamente y de aplastar sin miramientos todo ataque y toda resistencia”.



Lo que siguió a todo ello fue un auténtico horror. Sin embargo, para algunos autores hoy resulta muy complicado desenmarañar la cuestión de la inmediata responsabilidad sobre lo acontecido. Desde el punto de vista turco, por un lado estaban los temores a tener un enemigo en la retaguardia, no uniformado y preparado para actuar de forma encubierta, ya que el nacionalismo armenio podía estar dispuesto a aprovechar la guerra con Rusia en su propio beneficio. Por otro, el ejército otomano era muy indisciplinado, y además contaba con la colaboración de los kurdos (que, paradójicamente, acabarían siendo también perseguidos por los turcos), quienes estaban tan ansiosos por derramar sangre armenia como cualquier turco. El saqueo y el pillaje fueron a la vez medios de supervivencia e instrumentos de terror. A todo ello hay que añadir que en 1915 el Imperio Otomano estaba siendo invadido en otros dos frentes, aparte de Anatolia Oriental. Las fuerzas indias bajo control británico avanzaban hacia Bagdad desde Basora, y la Entente realizó un desembarco en Galípoli, en los Dardanelos. Como escribe Hew Strachan, autor de un libro sobre la Primera Guerra Mundial, “las situaciones desesperadas propician respuestas desesperadas”.

Si bien se podría decir que la violencia inicial no fue responsabilidad directa del gobierno de los Jóvenes Turcos -aunque sí fue indirectamente sancionada por él-, a mediados de 1915 no hay duda de que las autoridades otomanas estaban dispuestas a turquizar Anatolia y terminar con el problema armenio como fuera. Y resulta obvio asimismo que los comandantes militares tomaron las instrucciones del consejo de ministros como carta blanca para la violación y el asesinato. No se distinguió al inocente del culpable ni al combatiente del no combatiente.

En sus memorias, publicadas en 1918, el embajador estadounidense en el Imperio otomano, Henry Morgenthau (padre), reproduce sus conversaciones con Talat, donde éste definía la actitud de su partido respecto a los armenios basándose en tres constataciones: “En primer lugar, los armenios se han enriquecido a expensas de los turcos; en segundo lugar, han decidido liberarse de nuestra dominación y crear un Estado independiente; por último, han ayudado abiertamente a nuestros enemigos y apoyado a los rusos en el Cáucaso, lo que nos ha causado varios reveses. En consecuencia, hemos tomado la decisión irrevocable de dejarles impotentes antes de que termine la guerra”. Y añadió: “Hemos liquidado ya la situación de las tres cuartas partes de los armenios”. “No queremos ver armenios en Anatolia; pueden vivir en el desierto, pero no en otra parte”.

 
Telegrama del embajador Morgenthau al Departamento de Estado, en 1915, describiendo las masacres de los armenios como una campaña de exterminio racial


Todas las acusaciones eran falsas. El “enriquecimiento a expensas de los turcos” en realidad era el reconocimiento del desarrollo social y económico de la comunidad armenia a lo largo del siglo XIX, que desembocó en un verdadero renacimiento cultural. La renovación de la lengua, el nacimiento de una literatura moderna, la multiplicación de escuelas, el desarrollo de la prensa... Todo ello hizo que los armenios despuntaran respecto a las comunidades musulmanas del Imperio y fue una de las causas de las masacres de 1894-1896. Había que devolver a una minoría a su “justo” lugar de dominada. Fue también el detonante de las masacres de abril de 1909 en Adana, situada en una región en plena expansión económica (Cilicia), donde la prosperidad de los comerciantes y campesinos armenios contrastaba con la disgregación de la sociedad musulmana tradicional.

Aunque, como ya hemos dicho, existía un movimiento nacionalista armenio, éste no era independentista. El nacionalismo armenio buscaba más bien reformar el sistema otomano para que se otorgara a los armenios una autonomía dentro de un marco federal. La retórica liberal empleada por los Jóvenes Turcos en 1908 dio al nacionalismo armenio esperanzas en ese sentido. Falsas, claro.
En cuanto a la supuesta connivencia de los armenios con los rusos, no era más que una excusa con el objeto de encontrar un chivo expiatorio al que culpar de la desastrosa derrota sufrida por el Tercer Ejército otomano de Enver en Sarıkamış, frente al Ejército Ruso del Cáucaso durante el invierno de 1914 a 1915.

En realidad, la percepción de los armenios como un peligro mortal no dependía de lo que éstos hicieran o dejaran de hacer. La causa de la percepción del peligro fue la alteración del contexto geopolítico que se produjo desde octubre de 1908, tres meses después de la llegada de los Jóvenes Turcos al poder, y que llevó a Turquía de derrota en derrota. Sucesivamente tuvieron lugar la independencia de Bulgaria, la transformación de Bosnia-Herzegovina en protectorado austriaco, la pérdida de Libia y el Dodecaneso ante los italianos y, a raíz de la derrota turca frente a la coalición de búlgaros, serbios, montenegrinos y griegos en la Primera Guerra Balcánica (1912-1913), su práctica expulsión de territorio europeo. En pocos años, el Imperio Otomano perdió 424.000 kilómetros cuadrados, convirtiéndose en una entidad asiática. Además, estos acontecimientos destruyeron su carácter multinacional y multicultural, de modo que en 1913 los armenios eran su última gran minoría no musulmana. Su soledad y su vulnerabilidad se acentuaron en un contexto internacional que los dirigentes turcos consideraban eminentemente peligroso, algo que les llevaba fácilmente a la paranoia.

Para el poder turco, sólo cabía una solución que evitara males mayores, una solución muy típica de la época: la homogeneización de la nación turca.
Los Jóvenes Turcos llegaron al poder tomando como modelo la Revolución Francesa, restaurando la Constitución abolida por Abdul Hamid II e incluso adoptando el famoso lema francés: “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. El problema es que también tomaron lo malo del jacobinismo, y así decidieron crear un Estado centralizado, homogeneizador a lo bestia y ultranacionalista. Un Estado otomano en busca de sus fronteras supuestamente “naturales” y en el que todos sus ciudadanos fueran eso, otomanos. La homogeneización significó entonces la eliminación de los diferentes, de los no otomanos, para evitar que dieran problemas. Ya en un congreso en Salónica, en 1910, se habló de la “otomanización completa de todos los súbditos turcos”.
Los armenios, para empezar y como ya señalamos, eran cristianos. Además, tenían su propia cultura, su propia identidad. Mantenían contactos económicos con Occidente (imperialista y también cristiano), y además residían en su mayoría en un territorio oriental que se consideraba el corazón del pueblo turco. Un territorio que además estaba situado en la frontera con el enemigo ruso. En definitiva, para los dirigentes otomanos los armenios eran la encarnación ideal del enemigo en casa de una nueva nación que, por otro lado, se definía en términos étnicos. Esta idea se refleja claramente en una observación de Talat en respuesta a una súplica en favor de los refugiados que le había hecho el embajador Morgenthau en 1915. Decía el ministro del Interior: “Nos han reprochado que no hayamos hecho ninguna distinción entre los armenios inocentes y los culpables; pero esto no era posible, porque los que son inocentes hoy podrían ser culpables mañana”.

En vísperas de la guerra, los periódicos nacionalistas otomanos calificaban a los giaours (infieles) armenios como “microbios tuberculosos”.

Por otra parte, las deportaciones de 1915 supusieron una expropiación a gran escala, es decir, un enorme robo a nivel estatal que condujo a una “nacionalización“ de la economía. Una homogeneización de la economía, al fin y al cabo.

Todos estos elementos relativos a la voluntad de la homogeneización radical de la nación turca nos llevan a la conclusión de que el genocidio terminó siendo visto por sus autores como una etapa necesaria en la transformación revolucionaria de la sociedad. El genocidio fue racional y moderno porque surgió de un proyecto de ingeniería social desmesurado, estaba orientado hacia el futuro y fue legitimado por una ideología globalizante pseudocientífica. Y necesitó de un momento propicio, un contexto adecuado que fue la guerra. La guerra se instrumentalizó para resolver el problema del “enemigo interior”. Así lo escribió Morgenthau:

Las condiciones de la guerra dieron al gobierno turco la oportunidad de ajustar cuentas con los armenios, con lo que había soñado desde hacía tiempo... Llegaron a la conclusión de que una vez hubieran realizado su plan, las Grandes Potencias se encontrarían ante un hecho consumado y perdonarían sus crímenes, como habían hecho con las masacres de 1895-1896, cuando no se tomaron siquiera la molestia de responder al Sultán.

Por otro lado, existen una serie telegramas firmados por Talat Paşa que indican una intención inequívoca de exterminar a los armenios, e incluso un decálogo de medidas redactado por las autoridades turcas para lograr el mismo fin, aunque hay controversia acerca de la autenticidad de dichos documentos.


Talat Paşa 


¿Cómo...?

En 1915 cientos de miles de armenios fueron deportados a unos campos en Siria sin alojamiento ni comida adecuados. Si el Imperio Otomano, un estado atrasado, no era capaz de proveer ni transportar a su propio ejército en el campo, menos aún iba a estar en condiciones de organizar deportaciones a gran escala en unas condiciones mínimamente aceptables. Sin embargo, a pesar de ello el desarrollo del ciclo de deportaciones sorprende por el rigor metódico de su calendario y la rapidez de su ejecución. Entre abril y junio se depuró el ejército y la administración, y se deportó y suprimió a los notables. Inmediatamente después, le tocó el turno al resto de la población. Las últimas deportaciones se llevaron a cabo en octubre. Casi no hubo resistencia, salvo episodios aislados como el de la heroica acción protagonizada por 4.000 hombres en Musa Dagh, Cilicia, durante el verano, que rechazaron todos los asaltos turcos antes de ser socorridos por la marina francesa.




La historia se popularizó gracias a la novela de Franz Werfel Los 40 días de Musa Dagh.

Durante las deportaciones, los maltratos, las violaciones, las torturas y los asesinatos fueron habituales. Por ejemplo, se arrojó al Éufrates a las víctimas atadas de dos en dos. El río arrastró así durante semanas cadáveres que se acumularon en bancos de arena, convertidos en alimento para los perros y los buitres. Muchos armenios sucumbieron también al hambre y las enfermedades. Fueron auténticas marchas de la muerte.

La ciudad de Alepo, en Siria, se convirtió en el centro de la deportación. El gobierno turco instaló allí la Dirección General de Deportados, es decir, un organismo encargado de ocuparse de los supervivientes de las marchas de la muerte de Anatolia, del oeste de Asia Menor y de Cilicia: 870.000 personas en total, repartidas en varias decenas de sencillos campos al aire libre situados a lo largo del Éufrates, en una línea de más de 200 kilómetros. A partir de entonces, con otros métodos, comenzó la segunda parte de la aniquilación del pueblo armenio.

La estrategia turca consistía en dejar que los deportados se pudrieran durante varias semanas en los campos de tránsito de la periferia de Alepo, antes de desplazarlos de un campo de concentración a otro a lo largo del Éufrates, hasta llegar al final de un proceso de selección natural. Los primeros campos eran ya verdaderos mataderos donde los deportados, amontonados sin techo, ni comida, ni cuidados, caían como moscas. Sólo en el campo de Islahiye, se calcula en 60.000 el número de armenios que murieron de hambre y enfermedades hasta la primavera de 1916. Y cuando el asunto se retrasaba, las autoridades ordenaban liquidaciones en masa. En Ras al-Ayn, en abril de 1916, se habría masacrado así a 40.000 personas, dejando a varios centenares de supervivientes, enfermos, ciegos, inválidos y niños, condenados a morir de forma “natural” después.

En el campo de Meskene, el más asesino de la red, desaparecieron 100.000 internos.

En junio de 1916 se decidió terminar con los últimos deportados supervivientes del Éufrates. Las limpiezas finales se llevaron a cabo hasta diciembre en la región de Deir ez-Zor, donde varias decenas de armenios fueron asesinados con la colaboración de chechenos y tribus nómadas locales. Las últimas víctimas fueron 2.000 huérfanos que habían sobrevivido en condiciones deplorables. Los llevaron al desierto y los dinamitaron en sus carritos, o los metieron en grutas y los quemaron vivos.



No se sabe con seguridad cuántos armenios vivían en el Imperio Otomano en 1915, aunque los cálculos van de 1.3 millones a 2,1 millones. Se cree que el número total de armenios muertos hasta 1917 estuvo en torno al millón.


Continuara...


Actualizado el 3 de junio de 2016.






















































































































































































































































































































































































































































































1 comentario:

  1. La verdad es que es un episodio que por mucho que leas te parece cada vez más cruel, para mí también fue un genocidio, aunque quizás técnicamente puedan sugrir dudas, en cualquier caso fuera galgo o podenco fue el episodio más vergonzoso de toda la contienda y con diferencia, y mira que sobre todo en el este de Europa la población civil sufrió en esos años.

    Esperaremos la segunda parte.

    ResponderEliminar