sábado, 7 de diciembre de 2013

"Érase una vez en Francia"




Joseph Joanovici (o Joinovici) nació en el seno de una familia judía de Chisináu, Moldavia, hacia 1905. Por entonces la ciudad se llamaba Kishinev y pertenecía al Imperio Ruso.
Según relataría él mismo, tras el asesinato de sus padres durante un pogromo, Joanovici llegó a Francia en 1925. Se instaló en Clichy, un suburbio de París, donde supo hacer negocio con la chatarra. Un inmigrante pobre, huérfano e iletrado se transformó así en alguien importante, llegando a ser conocido como el Señor Joseph
Este increíble éxito le haría pensar durante el resto de su vida que con dinero podría conseguir lo que quisiera y comprar a quien fuera. Casi siempre fue así.

Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, permaneció en Francia durante la ocupación alemana y se convirtió en multimillonario vendiendo metal a los nazis, a pesar de ser judío.
No sólo tuvo trato con los nazis, también con el crimen organizado parisino. Por ese motivo necesitó de la protección de la llamada Gestapo francesa, una siniestra organización dirigida por dos maleantes, Henri Chamberlin, conocido como Lafont, y Pierre Bonny, a los que los nazis habían otorgado puestos de responsabilidad.

Lafont


Bonny

 
Se dice que durante una cena, Lafont le espetó a Joanovici:
-Después de todo, Joseph, no eres más que un sucio judío.
A lo que éste respondió:
-¿Y cuánto costaría dejar de serlo, Hauptsturmführer?




A la vez, Joanovici formó parte también de la resistencia francesa, y en 1944, tras la liberación de París, delató a Lafont y Bonny, que fueron juzgados y ejecutados.





Tras la guerra Joanovici fue detenido por colaboracionista, pero se le puso en libertad por falta de pruebas (a pesar de ser sospechoso incluso de participar en el asesinato un miembro de la resistencia: Robert Scaffa). En 1947 escapó a Munich, y al cabo de unos meses regresó esperando contar con la ayuda de algunos amigos de la Prefectura de Policía de París, burlando además a la DST que le estaba esperando en Phalsbourg para detenerlo.
  
En 1949 fue juzgado y condenado a cinco años de cárcel. 
 



En 1952 salió de prisión, pero tuvo que permanecer bajo arresto domiciliario en Mende. 




En 1957, acusado de fraude fiscal, escapó a Suiza y de ahí a Israel, pero fue expulsado de este país (junto a Robert Soblen y Meyer Lansky, es uno de los tres único judíos a los que no se les ha aplicado la Ley del Retorno de Israel).



Murió arruinado en 1965.
 

Este año se ha publicado en España una trilogía de cómics titulada Érase una vez en Francia (Nury y Vallée, Norma Editorial), que narra la vida de Joanovici. Los autores mezclan hechos reales con otros ficticios que rellenan las lagunas existentes en la biografía de este ambiguo personaje.



El resultado es magistral, no sólo por la excelente calidad del dibujo, sino también porque la narración engancha desde la primera a la última viñeta. La intensa vida de Joanovici es un reflejo de la propia Francia durante la guerra, que se movió entre la resistencia y la colaboración con el ocupante. A lo largo de la historia va apareciendo una serie de personajes más o menos oscuros, de dudosa ética, corruptos, de gánsteres y de asesinos. Nadie se libra de mostrar su lado maligno, empezando por el principal protagonista, cuyos escrúpulos dependen de su ambición y su instinto de supervivencia.
El título de la serie, obviamente, hace referencia a la famosa película de Sergio Leone.
 
Una obra muy recomendable, desde luego.









viernes, 6 de diciembre de 2013

Cuando faltan las palabras




Una pareja discutiendo a voz en grito mientras otra la mira con envidia. La envidia de los segundos era porque ambos eran mudos y les habría encantado poder gritarse lo mucho que se querían.


Cuando sobran las palabras




Aquella pareja decidió no hablarse nunca más: se querían mucho pero no se entendían nada, a pesar de que discutían en el mismo idioma. Fue la primera vez en que estuvieron de acuerdo en algo, y se quisieron para siempre.


domingo, 1 de diciembre de 2013

sábado, 30 de noviembre de 2013

Es cuestión de creencias (I)



Napoleón en su trono imperial, de Jean-Auguste-Dominique Ingres


-Buenos días, soy Napoleón y vengo a reclutarle para conquistar Europa.
-¿Napoleón? ¿Qué Napoleón?
-Napoleón Bonaparte.
-Sí, claro. No me creo que usted sea Napoleón. Demuéstremelo.
-Debería usted demostrar que no lo soy, más bien.


martes, 12 de noviembre de 2013

Apolonia



Santa Apolonia, de Zurbarán


Este relato está dedicado a los dentistas y a los catalanes. Está, por tanto, especialmente dedicado a los dentistas catalanes.


Se cuenta que Santa Apolonia, patrona de los dentistas, fue una virgen convertida en mártir cristiana tras morir a manos de los paganos egipcios, allá por el siglo III. Pero la verdadera protectora de los sacamuelas fue otra. He aquí su historia.

La Apolonia de la que hablamos tomó su nombre de una antigua y legendaria ciudad, y fue una joven siciliana que vivió en la segunda mitad del siglo XIII. Culta y educada, llegó a ser amante del mismísimo Carlos de Anjou, hermano del rey de Francia, que por entonces dominaba la isla. Apolonia era una mujer libre, autónoma, y como tal se ganaba la vida bregando en una actividad liberal: era dentista.

De espiritu rebelde e inquieto, Apolonia no fue inmune al hecho de que su amante dominara a los sicilianos a sangre, hierro y fuego. Incapaz de permanecer impasible ante las felonías que los franceses cometían contra su pueblo, respondió al grito de Sicilia abandonando a su amante y echándose al monte al frente de un grupo de insumisos. A la vez que se ocupaba de la salud bucodental de sus hombres, Apolonia lanzaba audaces golpes de mano contra las huestes de Carlos que, herido terriblemente en su orgullo, juró acabar si era preciso con todos los sicilianos hasta dar con la valerosa joven que a sus ojos le había traicionado.

La situación para los insurrectos sicilianos se tornó difícil. La crueldad de los franceses extendió un manto de terror sobre la isla que hacía que muy pocos se atrevieran a unirse a Apolonia. Hasta que a través de un emisario, el rey Pedro III de Aragón devolvió las esperanzas a los insumisos y a todo el pueblo de Sicilia: contaban con su apoyo.

La alianza entre Apolonia y Pedro desembocó en las famosas Vísperas Sicilianas: una vendetta en la que los sicilianos llevaron a cabo una masacre contra los franceses que terminó con el fin del dominio de Carlos de Anjou en la isla. El propio Carlos, hundido en la desesperación por haberlo perdido todo, no tardó en morir tras una sobreingesta compulsiva de arancini.

Es necesario señalar que estos hechos produjeron una rivalidad terrible entre Aragón y la casa de Anjou que perduró a través de los siglos. Así, cuando Felipe de Borbón, duque de Anjou, se convirtió en rey de España a principios del siglo XVIII, los nobles de la Corona de Aragón, temiendo una posible revancha por parte del francés, se rebelaron contra él dando lugar a una sangrienta guerra civil en el seno de una no menos sangrienta guerra europea. Como ganó Felipe, aún hoy persiste un fuerte sentimiento de honor ultrajado contra sus descendientes y quienes les apoyan en el territorio de la antigua Corona aragonesa que más resistencia ofreció: Cataluña.

Pero volvamos tras este inciso a nuestra heroína, Apolonia. En agradecimiento por su ayuda militar, la joven dentista se ofreció a arreglarle la boca sin cobro alguno a Pedro de Aragón, que al verla quedó prendado por la luz de sus ojos, por su blanca sonrisa, por sus labios carnosos, por sus sinuosas formas. O sea, por lo rebuena que estaba. Como el rey de Aragón, a pesar de ser entrado ya en la cuarentena, se mantenía recio y atractivo, Apolonia accedió a iniciar un romance con él. A partir de entonces, a Pedro se le conocería como el polaco, por aquello de que se estaba trajinando a (A)polonia. Incluso sus habituales acompañantes, casi todos de origen catalán, empezaron a ser motejados de igual forma: los polacos.

Pero el romance, ay, sería tan breve como el anterior. Pedro, coronado nuevo rey de Sicilia, embriagado por sus triunfos y no menos ambicioso y brutal que su antiguo rival Carlos, no tardó en desengañar a nuestra protagonista. Los nuevos señores de la isla perpetraron allí prontamente tal cantidad de perfidias e infamias que dieron origen nada menos que a la leyenda negra española.

Ante semejantes hechos, Apolonia, rota en su interior, se juró a sí misma no volver a besar ni tan siquiera sonreir a un hombre, y para asegurarse de cumplir tal voto se arrancó a sí misma todos y cada uno de sus dientes. Se cuenta que el dolor de su corazón herido le impidió percibir ningún otro, incluyendo el de sus automutilaciones bucales, pero el gesto fue malinterpretado durante siglos en los que se han venido practicando extracciones dentarias sin ningún tipo de anestesia, e incluso de forma doméstica con ayuda de cordeles atados a puertas que se cerraban bruscamente. Tal ha sido la trascendencia de aquellos acontecimientos.

Después, Apolonia se escapó decidida a luchar por la libertad y el derecho de autodeterminación de los sicilianos, causando esto último una honda impresión en los acompañantes catalanes de Pedro, quienes asombrados por no haber visto jamás un hecho semejante lo recordarían siempre como el fet diferencial.

Pero la situación había cambiado, los sicilianos estaban cansados de revueltas y Apolonia se encontró sola. Pedro la persiguió al frente de una mesnada y la acorraló nada menos que en la cima del Etna. Allí, frente a Pedro, se despojó de sus ropas y se lanzó desnuda a la lava ardiente derritiéndose cual calcinable en autoclave.

Y así terminó sus días Apolonia, la valiente dentista siciliana, la guerrillera que hizo frente a la tiranía de unos y otros, la mujer que prefirió desdentarse e incluso suicidarse antes que seguir soportando la estupidez de los hombres. Murió igual que vivió: libre.

(Pedro, sumido en una profunda depresión, murió poco después igual que Carlos: tras un atracón de arancini).


Nota: Esta historia es ficticia, aunque todo parecido entre ella y la realidad es bastante. De hecho, para escribirla me he inspirado en algunos hechos reales y además en un cómic: Bois-Maury (11) - Assunta, de Hermann (Norma Editorial).


miércoles, 6 de noviembre de 2013

Publicidad

 


Érase una vez un tipo al que sus parejas habían abandonado tantas veces, que salió en el anuncio de Él nunca lo haría.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Mis novias




-Buenos días, queria comprar una cama grande y me ha encantado ésa.
-Buenos días. Si quiere le puedo enseñar más, que las hay aún mayores.
-No, no hace falta, gracias, le aseguro que esta es la cama de mis sueños. Por cierto, yo vivo lejos. ¿Cuánto me costaría el transporte de la cama hasta mi casa?
-Pues es gratis.
-Ah, muy bien. Oiga, me chifla todo en esta tienda, incluido usted, ji, ji, ji. Creo que conmigo ya tiene una cliente segura.
-Muchas gracias, usted parece la cliente perfecta, je, je.
-Bueno, y a todo esto, ¿qué vale la cama?
-Pues quinientos.
-Mmm... ¿Y podría llevármela hoy y pagar la semana que viene? Es que gastarme ese dinero ahora mismo me viene fatal.
-Me temo que eso no es posible, lo siento.
-Vaya. ¿Y alguna rebaja me podría hacer?
-Sí, claro. Mire, se la dejo rebajada al 50%.
-Vaya. ¿No podría ser al 99%?
-De nuevo me temo que eso tampoco es posible, lo siento.
-Pues qué fastidio.
-Perdone pero, ¿seguro que le interesa a usted la cama?
-Mire, la verdad es que me voy porque necesito estar sola y pensar sobre esto. Y no me mire así, que me agobia.


Y así son siempre mis relaciones con mis sucesivas novias.


jueves, 24 de octubre de 2013

Deseo concedido




Justo Enmedio era una de esas personas que procuran ponerse delante de la puerta del vagón del metro cuando éste llega a la parada, entorpeciendo todo lo posible el paso de los demás viajeros. Como se sentía superior al resto de la humanidad, permanecía impasible ante los ruegos y miradas de reproche de quienes querían bajar o subir al tren y apenas podían por estar él estorbando. "Perdone, ¿me deja pasar?", escuchaba una y otra vez mientras, sin moverse ni un milímetro, pensaba que si esa chusma quería pasar sería por encima de su cadáver.
Cuando esperaba la llegada del metro, se colocaba siempre lo más cerca que podía de las vías, casi en el borde del andén, para que le resultara más fácil su pertinaz tarea obstructiva. Lo tenía todo calculado. Todo salvo que aquel día coincidió en el mismo lugar con una señora que se comportaba de forma similar a él aunque de un modo más violento. El afán de aquella mujer, que atendía al nombre de Becerra Empellón y que por su edad podía ser la madre de Justo, era entrar siempre la primera nada más se abriera la puerta del vagón y así poder ocupar un asiento antes que nadie. Para lograr su propósito, no dudaba en embestir como un miura desbocado a todo el que se le pusiera por delante.
La casualidad quiso que Becerra apareciera en el andén en el momento en que el metro entraba en la estación, y que Justo estuviera exactamente en el punto al que ella se dirigía. La mujer avanzó con paso firme y veloz, apartando a todo el mundo a empujones. Ni frenó ella a tiempo, ni pudo hacerlo el conductor: Justo cayó a la vía y le pasó por encima el metro con toda la chusma dentro.

sábado, 12 de octubre de 2013

El dolor es más fuerte que la risa




Ayer me caí aparatosamente de culo en el trabajo cuando iba a hacer una radiografía a un paciente que había acudido de urgencia por un fuerte dolor de muelas. Mientras mis compañeras se partían de risa por el numerito, el paciente, sentado a mi lado, no movía ni un músculo.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

La mala educación




Una mujer y su hija adolescente en la consulta del dentista. La mujer le reprocha con vehemencia a su hija que no se lave bien los dientes. Mientras tanto, de las axilas de la madre se desprende un intenso olor nauseabundo, perceptible a varios metros de distancia. “Es que contigo no hay manera, de verdad”, insiste la mujer en tanto su fuerte olor corporal va inundándolo todo...

 

jueves, 29 de agosto de 2013

Cuando Stalin "creó" Israel (II)


Antes de nada, hay que tener en cuenta que existe una primera parte.


En septiembre de 1951, Rudolf Slánský fue destituido de su puesto de secretario general del Partido Comunista de Checoslovaquia. En noviembre fue detenido junto a otros trece líderes. Once de ellos, incluido Slánský, eran judíos. Fueron interrogados y torturados durante todo un año. En noviembre de 1952 se celebró un juicio farsa estalinista, y once de los acusados fueron condenados a la horca. Slánský fue declarado culpable de formar parte de una conspiración cuyos apelativos reunían todas las obsesiones del momento: trotskista, titoísta, sionista y estar al servivio del imperialismo estadounidense. Fue ejecutado en Praga el 3 de diciembre.



martes, 27 de agosto de 2013

Cuando Stalin "creó" Israel (I)


El antisemitismo es la herencia más peligrosa del canibalismo

Stalin, 1931


A pesar de la cita, Stalin siempre fue antisemita. Eso sí, durante la mayor parte de su vida mantuvo su antisemitismo más o menos oculto, con manifestaciones esporádicas y en privado del mismo, como cuando le prometió a Von Ribbentrop en 1939 que se desharía de los intelectuales judíos, o cuando envió diez años al Gulag al amante judío de su hija adolescente.

A pesar de sus sentimientos, tras la invasión nazi de la URSS Stalin decidió actuar con pragmatismo en relación a los judíos. De esa forma, creó el Comité Judío Antifascista y, lo más importante, apoyó todo lo que pudo la creación del Estado de Israel. Esto fue así hasta el punto de que personalidades importantes de Israel afirmaron después que el apoyo soviético durante su guerra de la independencia fue esencial para lograr el triunfo. Sin embargo, cuando quedó claro que Israel no se iba a colocar en la órbita soviética, Stalin se sintió traicionado, dio rienda suelta a sus recelos contra los judíos e inició una purga antisemita que sólo se detuvo con su muerte. No obstante, las relaciones entre el Bloque del Este e Israel quedarían ya envenenadas durante el resto de la Guerra Fría.

jueves, 22 de agosto de 2013

Il castrato



Stefano Dionisi en la película Farinelli, il castrato (1994), de Gérard Corbiau


"Ante todo, quiero dar las gracias a mis padres por este premio: si no me hubieran cohibido y despreciado tanto desde pequeño, seguramente yo no tendría esta voz".


Kovalev




Cuando uno cree que ya lo ha leído todo acerca de las barbaridades de la Segunda Guerra Mundial va y descubre que no, que todavía quedan horrores nuevos que van saliendo a la luz.

Michael Jones es un historiador británico que ha escrito una trilogía sobre la guerra en el Frente del Este. El último de sus tres libros, publicado el año pasado en España, es El trasfondo humano de la guerra (Crítica). Tras una pequeña introducción sobre la campaña de 1941, el libro cuenta las vicisitudes del Ejército soviético desde Stalingrado hasta Berlín. Para ello Jones se apoya en los testimonios de  muchos veteranos a través de sus cartas o de entrevistas.



El libro es en realidad, como el propio autor admite, un homenaje a los soldados del Ejército Rojo cuyo sacrificio permitió la derrota de la Alemania de Hitler. Describe con todo detalle sus sufrimientos y las atrocidades que descubrían a medida que atravesaban los territorios antes ocupados por los nazis, o cuando entraban en los campos de la muerte. Pero también hace referencia, como es lógico, a los crímenes que muchos de esos hombres cometieron cuando entraron en suelo alemán.

Y no solo en suelo alemán.



Yevgeni Ananevich Jaldei tenía 28 años cuando tomó la fotografía más famosa de su vida, la del oficial soviético que sostenía una bandera roja en lo alto del Reichstag. La imagen ha llegado a ser un icono, un símbolo de la derrota del nazismo y del fin de la guerra en Europa.



Como corresponsal de la agencia de noticias TASS, Jaldei acompañó al Ejército Rojo desde el inicio de la guerra. Fue testigo directo del terrible precio pagado y del enorme sufrimiento, tanto de civiles como de militares, en el Frente del Este. Él mismo, que era judío y había nacido en Ucrania, descubrió que los nazis habían asesinado a su familia y habían tirado los cuerpos al fondo de una mina. Conforme el Ejército Rojo avanzaba hacia el oeste, Jaldei tomaba fotos de las atrocidades cometidas por los nazis contra la población y los judíos. Las autoridades soviéticas permitían la publicación de las primeras, pero se mostraban reticentes con las imágenes de judíos asesinados.

De hecho, su condición de judío hizo que Jaldei perdiera su trabajo en 1948. Durante una década tuvo que apañárselas por su cuenta, hasta que en 1959 empezó a trabajar para Pravda. No obstante, en 1970 fue forzado a abandonar el trabajo de nuevo y por el mismo motivo.

La fama internacional por sus fotos sólo le llegó tras la caída de la URSS, pero no tuvo mucho tiempo para disfrutarla ya que murió en 1997.

Jaldei se inspiró en la famosa foto de Iwo Jima, de Joe Rosenthal, para tomar la suya sobre el Reichstag. Llegó a Berlín con una bandera hecha con un mantel rojo: «Y entonces, al Reichstag. Subí al tejado con unos cuantos soldados y busqué un buen ángulo. Encontré el sitio y le dije a uno de los soldados: “Sube ahí arriba”. Y él me respondió: “Vale, pero si alguien me sujeta los pies”».
 
Era el 2 de mayo de 1945.

La foto fue retocada. Ésta es la original:



El propio Jaldei añadió después humo para dar la sensación de que en el momento de tomar la foto se continuaba combatiendo en Berlín (en realidad, los alemanes se acababan de rendir):



Más tarde, las autoridades soviéticas ordenaron acentuar el humo del fondo y eliminar uno de los dos relojes de pulsera que lleva el tipo que sujetaba al de la bandera, para no dar la sensación de que los militares soviéticos eran unos saqueadores:




 El resultado final:



Durante cincuenta años la propaganda soviética divulgó que el hombre que alzaba la bandera en la fotografía de Jaldei era un georgiano llamado Meliton Varlamovich Kantaria. Hoy sabemos que se le eligió simplemente por satisfacer a Stalin, que también era georgiano, pero lo cierto es que el tipo que levantó la bandera aquel día sobre el Reichstag era ucraniano y se llamaba Aleksei Kovalev (o Alyosha Kovalyov, en ucraniano).

En su libro, Michael Jones cuenta la entrevista que le hizo a Kovalev. Cuenta su historia.

El 30 de abril de 1945 los soviéticos ocuparon posiciones alrededor del Reichstag. Aunque la importancia de aquel edificio (el parlamento) en la Alemania de Hitler había sido mínima, tenía un gran poder simbólico. El mariscal Zhukov había pedido a sus hombres que plantasen una bandera roja allí. Esa bandera simbolizaría el fin de la guerra. El soldado Mijail Petrovich Minin recordaba: «En el cuartel general y los puestos de mando, los oficiales políticos nos habían explicado que cualquier bandera o enseña roja, cualquier tela roja que se alzase sobre el Reichstag sería considerada la bandera de la victoria. Y todo el que ayudase a ponerla allí sería condecorado con el título de Héroe de la Unión Soviética. Éramos conscientes de que aquellas condecoraciones nos podían costar la vida».

Hubo una serie de ataques a lo largo del día contra el edificio, pero fracasaron y los soviéticos tuvieron muchas bajas. A las 14:40 un grupo entró en el Reichstag y se vio ondear una bandera roja en una de las ventanas del primer piso. El hombre que la puso allí fue Kovalev. Después, la bandera desapareció y el grupo fue expulsado del edificio.

Conforme se acercaba la prestigiosa fecha del 1 de mayo, los intentos por tomar el Reichstag -o al menos por plantar una bandera en lo alto- se volvieron cada vez más frenéticos. La noche del 30 de abril se formó un grupo de cinco soldados, uno de los cuales era Minin. Fue él quien consiguió abrirse paso a tiros y finalmente alzar la bandera en el tejado del Reichstag.

El 1 de mayo la noticia del suicidio de Hitler llegó hasta los mandos soviéticos transmitida por el general alemán Hans Krebs, que inició las negociaciones para la rendición de la ciudad. Al concluir ese día, el Reichstag ya estaba completamente controlado por los soviéticos.

Al día siguiente llegó Jaldei.

La persona escogida para salir alzando la bandera en la foto de Jaldei fue el teniente Kovalev. Él había sido uno de los primeros en llegar al Reichstag. Él había sido en realidad el primero en colocar una bandera roja allí, y además era un tipo admirado en el Ejército como jefe de una sección de reconocimiento.

La mañana del 2 de mayo el mariscal Zhukov visitó el Reichstag. Se encontró con Kovalev y le preguntó acerca de la toma del edificio. Kovalev le habló de una carga desenfrenada, de cómo habían subido las escaleras hasta el primer piso y habían ametrallado a dos alemanes que se escondían tras un colchón. Fue entonces cuando anudó una bandera roja a una ventana.

Zhukov quedó encantado y le regaló a Kovalev su mapa personal de Berlín como recuerdo. Cuando Jaldei llegó para hacer su foto, Zhukov insistió en que fuera Kovalev el que apareciera izando la bandera. Después los censores soviéticos modificaron la foto, cambiaron la identidad de Kovalev y le dijeron que guardara silencio. Hoy, por fin, sabemos la verdad.

Jones resalta que Kovalev «fue un hombre valiente y un soldado duro que siempre estuvo en la vanguardia de la acción». El propio Kovalev dice que «he matado a más gente que pelos tengo en la cabeza». Pero la entrevista sigue, y la voz de Kovalev empieza a cortarse:

«Como explorador con labores de reconocimiento, siempre iba por delante de nuestro ejército y tenía que reunir datos para la inteligencia. Usaba a la gente local; los abordaba y les preguntaba por el paradero de los alemanes. Eran rusos, gente buena, y querían ayudarme. Me decían todo lo que sabían».

A Kovalev le cuesta continuar, pero sigue hablando:

«Imagine esto. Cojo a una joven rusa, que está lavando la ropa en el río, a un niño que juega en un pueblo, o a un anciano sentado a la puerta de su casa. Les pregunto. Ellos me ayudan en todo lo que pueden. Y entonces, la “norma férrea de nuestro ejército”: tengo que matar a mis fuentes, sin excepción. No puedo correr el riesgo de que los alemanes los capturen, interroguen y descubran que nuestras tropas están en las inmediaciones. No puedo poner en peligro a todo nuestro ejército por la vida de una sola persona».

Kovalev llora pero sigue:

«Les cortaba el cuello con un cuchillo. Maté a centenares de los nuestros, personas decentes, amables, honradas. Los maté, los asesiné para poder derrotar a los alemanes. Este es el precio que pagué. Tengo que vivir con esto cada día, durante toda mi vida».

Jones habla de los crímenes del Ejército Rojo, pero también pide comprensión. Comprensión hacia unos hombres que se vieron metidos en el peor de los infiernos y que derrotaron a la Alemania nazi tras unos sacrificios extremos, en una lucha sin Convención de Ginebra, en la que se libraron las batallas más brutales y más importantes. Unos hombres que fueron testigos de las peores atrocidades.

En fin, creo que esto fue la guerra en el Frente Oriental. Se me hace complicado hablar de “buenos” y “malos”. Más bien fue un cataclismo en el que muchas personas se mataron entre sí de la forma más brutal, y muchísimos inocentes fueron asesinados. Y en la que hubo mucha propaganda, muchísima propaganda.

La guerra en todo su esplendor, en definitiva.


viernes, 16 de agosto de 2013

Los dos museos de Hiroshima


Alemania y Japón, las grandes potencias del Eje derrotadas en la Segunda Guerra Mundial, han hecho frente a su pasado de muy distinta forma. Básicamente, Alemania ha admitido sin problemas su responsabilidad en la contienda, pero Japón no. Alemania se siente culpable pero Japón víctima, a pesar de que ambas naciones fueron agresoras. Alemania lo ha hecho más o menos bien y Japón tiene un morro que se lo pisa.

Hiroshima es el símbolo supremo de la guerra del Pacífico para casi todos los japoneses. Es una palabra sagrada que simboliza no sólo el sufrimiento del pueblo nipón, su martirio, sino también el mal absoluto. A menudo se la compara con el Holocausto.

En Hiroshima está el Parque Conmemorativo de la Paz, un lugar destinado a perpetuar la memoria de las víctimas de la bomba atómica y a servir de testimonio contra la guerra y las armas nucleares. Un lugar de culto, en realidad, ya que justo encima estalló la bomba.


Cenotafio del Parque de la Paz de Hiroshima


Hiroshima es además un símbolo de la paz mundial y todos los años recibe a millones de visitantes que hacen así su peregrinaje al Parque de la Paz. Cada 6 de agosto se celebra allí una ceremonia en recuerdo de las 140.000 víctimas de la explosión (hay una conmemoración similar cada 9 de agosto en el Parque de la paz de Nagasaki).
 
El elemento que más destaca en el parque es la Cúpula Gembaku o Cúpula de la Bomba Atómica, un edificio preservado tal y como quedó después de la explosión.



Por supuesto también hay un Museo de la Paz:



El parque es, en definitiva, un auténtico santuario en el que se reza, se venden recuerdos, se celebran ceremonias y se hacen flotar farolillos de papel.

Todo muy bonito, pero si analizamos el tema más en profundidad podemos descubrir cosas inquietantes.

El Parque de la Paz de Hiroshima no está dedicado a todas las víctimas de la guerra, ni siquiera a todas las víctimas de la Guerra del Pacífico. Y cuando se inauguró, en 1954, tampoco estaba dedicado a todas las víctimas de la bomba de Hiroshima, sino sólo a las víctimas japonesas.
 
En 1970, fuera del parque, se inauguró un monumento a los 20.000 trabajadores forzados coreanos que estaban en Hiroshima el 6 de agosto de 1945 y que murieron allí por la bomba. Uno de cada siete muertos por aquella explosión era coreano. Fue levantado por la asociación de residentes surcoreanos de Japón, y durante casi treinta años la colonia coreana tuvo que presionar para que el monumento fuera trasladado al interior del Parque de la Paz, cosa que no ocurrió hasta 1999.


Monumento en memoria de las víctimas coreanas de la bomba atómica de Hiroshima


Para los japoneses de hoy, su país fue ante todo víctima de la guerra, de un maligno experimento militar, de la primera acción de la Guerra Fría e incluso del racismo de los blancos. Fue víctima de los Estados Unidos y su racismo en la misma medida que el pueblo judío fue víctima del racismo alemán. Tras haber pasado por el infierno de las bombas atómicas, los japoneses creen haberse ganado el derecho e incluso el deber sagrado de juzgar a los demás, y muy particularmente a los Estados Unidos. El 6 de agosto de 1987, el alcalde de Hiroshima dijo: «El mundo sigue controlado por la "filosofía del poder". Debemos lograr que el mundo se convierta al espíritu de Hiroshima». Es decir, que cada vez que los Estados Unidos, país responsable de las bombas atómicas, hace uso de la fuerza, incluso con ayuda de su aliado japonés, está traicionando a las víctimas, al espíritu de Hiroshima.

A nivel mundial, Hiroshima y Auschwitz se han convertido en los símbolos de la Segunda Guerra Mundial, y la muerte de todos esos inocentes ha pasado a simbolizar la crueldad de la guerra y los hombres en general. Son el mismo error, el mismo horror.

Obviamente es una gran mentira.

Nada más lejos de mi intención que justificar o defender los lanzamientos de las bombas atómicas en 1945. Lo que pretendo más bien es señalar una manipulación flagrante de eso que está hoy tan de moda que es la memoria histórica.

Lógicamente es más fácil mirar y denunciar un infierno cuando no es de creación propia. Los japoneses pueden indentificarse perfectamente con las víctimas de Hiroshima y Nagasaki, pero es imposible que los alemanes se identifiquen con las víctimas del Holocausto. No obstante, eso no implica que ambos terribles hechos sean lo mismo. Son similares en cuanto a que en los dos murieron muchísimos inocentes, pero no lo son en cuanto a sus causas ni su contexto. Y además, el enorme mito creado en torno a Hiroshima y su espíritu es una falacia que sirve para no hablar de otras cosas.

Para empezar, alegar que las bombas atómicas fueron el resultado del racismo de los yanquis (o de los blancos) es falso si tenemos en cuenta que se crearon incialmente para ser empleadas contra Alemania. Que existió durante la guerra un desprecio racista por parte de los estadounidenses hacia los japoneses es cierto, pero no fue el motivo de lanzar las bombas atómicas.

Para seguir, si bien no existe ninguna justificación del Holocausto, sí hay abierto un debate en el que se dice que las bombas atómicas en realidad salvaron vidas y acortaron la guerra, argumentos incompatibles con el espiritu de Hiroshima.

Además, el famoso espíritu oculta el hecho de que la ciudad de Hiroshima era en 1945 un centro de operaciones militares y estaba atestada de soldados. Es decir, que era un objetivo militar.

Pero sobre todo, obvia o esconde algo mucho más importante, que es que Japón fue una potencia agresora, que provocó la guerra y que actuó de una forma tan racista y criminal como sus aliados nazis. Y esto me parece muy grave.

En 1987, un grupo local de pacifistas solicitó al Ayuntamiento de Hiroshima que incorporara al Museo de la Paz la historia de la agresión japonesa, que al fin y al cabo es el contexto en que ocurrió todo y que resulta fundamental para entender por qué pasó. La respuesta fue negativa.

En su libro El precio de la culpa, Ian Buruma cuenta que le preguntó al director del Museo de la Paz de Hiroshima por qué allí no se hace referencia a la guerra, sino sólo a la explosión de la bomba. Éste le vino a decir que el propósito del museo es recordar a las víctimas de la bomba y contribuir a la paz mundial. En fin, que no es un  museo sobre la Segunda Guerra Mundial ni sobre la guerra en general, sino sobre un hecho horrible concreto y sus víctimas. Es cierto que los lanzamientos de las bombas atómicas fueron algo singular, inusitado, y que produjeron una enorme cantidad de víctimas civiles, y por eso se compara con el Holocausto. A finales de los años ochenta, se propuso construir un centro en memoria de Auschwitz entre Hiroshima y Kure. A todo el mundo le pareció bien hasta que los pacifistas propusieron que también entrara en el proyecto la conmemoración de la masacre de Nankín. El plan fue abandonado discretamente.

¿Por qué no se puede pedir la paz recordando también a las más de 200.000 víctimas de Nankín, que quizá sean más numerosas que las de las dos bombas atómicas juntas? ¿Por qué Japón recuerda con profusión a sus muertos pero deja de lado a los que asesinó?


A una hora y media en tren de Hiroshima y unos cuarenta minutos en ferry hay una pequeña isla: Ōkunoshima. Al parecer, lo primero que uno ve allí cuando desembarca del transbordador son unos simpáticos conejos que corretean y saltan por los limpios senderos y las cuidadas extensiones de hierba. Son tan mansos que se dejan acariciar y comen de la mano.





 



A causa de estos animales, el lugar también se conoce con el pintoresco nombre de Isla del Conejo.


 
En la isla hay poco más: un hotel, unas ruinas de edificios de finales del siglo XIX o principios del XX (entre ellos varios fuertes de la Guerra Ruso-Japonesa), una vieja batería de cañones que apunta a tierra firme y un pequeño edificio cerca del embarcadero. Es el Museo del Gas Tóxico de Ōkunoshima.



Los conejos son los descencientes de los animales de laboratorio empleados en experimentos con gas mostaza y otras sustancias mortíferas en lo que entonces era la mayor fábrica de gases tóxicos del Imperio Japonés. Durante la guerra, trabajaron en sus instalaciones más de 5.000 personas, muchas de las cuales eran mujeres y niños. Alrededor de 1.600 murieron por exposición a gases de cianuro de hidrógeno, difenilcianorsina y lewisita. Otros sufieron daños irreversibles. El emplazamiento de la fábrica era tan secreto que la isla sencillamente desapareció de los mapas japoneses.
 
Aunque Japón había firmado el Protocolo de Ginebra, que prohibía el uso de armas químicas, según fuentes oficiales chinas, los gases producidos en la fábrica de Ōkunoshima mataron a más de 80.000 chinos.
 
En 1945 los estadounidenses llegaron a la isla, se llevaron los documentos, vertieron al mar grandes cantidades de gas y prendieron fuego a la fábrica, cuyas ruinas todavía se pueden ver.



En los años ochenta, un joven profesor de historia japonés llamado Yoshimi Yoshiaki encontró en los archivos estadounidenses un informe al respecto y se pudo saber que Japón tenía 15.000 toneladas de armas químicas en la isla o en sus alrededores y que, enterrado bajo Hiroshima, había un contenedor con 200 kilogramos de gas mostaza.

Debajo de Hiroshima, atención.

Los supervivientes de la fábrica, muchos de los cuales contrajeron enfermedades crónicas, pidieron el reconocimiento oficial de sus padecimientos en los años cincuenta, pero el Gobierno nipón se lo denegó. Conceder indemnizaciones a los trabajadores habría equivalido a reconocer oficialmente que el Ejército japonés había desarrollado una actividad ilegal. Cuando se coló una breve mención a la guerra química en los libros de texto japoneses, el Ministerio de Educación se apresuró a eliminarla. Afortunadamente, en 1975 los supervivientes capaces de demostrar que habían sufrido daños por los gases recibieron una indemnización. Y en 1988, gracias a los esfuerzos de los supervivientes, se construyó el pequeño museo de Ōkunoshima.

Pero Ōkunoshima no es un santuario, ni un lugar famoso en el mundo entero por lo que pasó allí, ni recibe a millones de visitantes cada año que vayan a rezar, a recordar a las víctimas o a pedir la paz mundial. No es un símbolo contra la guerra o las armas de destrucción masiva que allí se fabricaban, es una islita llena de simpáticos conejitos.

Recordar un auténtico horror como lo fueron las explosiones de las bombas atómicas no debe hacernos perder la perspectiva histórica. Las bombas fueron consecuencia de la peor guerra de la Historia, una guerra criminal que inició Japón en colaboración con la Alemania nazi y la Italia fascista. Los dirigentes japoneses fueron responsables del sufrimiento de millones de personas, incluyendo su propio pueblo. Japón fue víctima pero, ante todo, agresor. Sin embargo, lo que transmite hoy es algo muy diferente. Las 200.000 víctimas de Nankín, los cientos de miles de víctimas de las armas biológicas y químicas fabricadas y empleadas por los japoneses, los cientos de miles de esclavas sexuales que tuvieron los nipones en su poder, los civiles inducidos u obligados por las fuerzas imperiales a sucidarse en Saipán u Okinawa, y tantos otros, merecen ser recordados al menos igual que las víctimas de las bombas atómicas. Pero el Parque de la Paz está en Hiroshima.

En el libro de Buruma, el conservador del museo de Ōkunoshima, Murakami Hatsuichi, un antiguo trabajador de la fábrica, dice:

Antes de gritar "no más guerras", quiero que la gente vea cómo fue. Mirar el pasado simplemente desde el punto de vista de las víctimas sólo sirve para fomentar el odio.

Me parecen unas palabras muy acertadas. Y no sólo aplicables en este caso, claro.


Más información:


El precio de la culpa, de Ian Buruma (Duomo, 2011).